Copago y edad de jubilación

Josep Miró i Ardèvol


Vuelve a estar sobre la mesa aquello que los socialistas antes llamaban un “recorte de derechos sociales”, y ahora una “exigencia de los mercados” o del “sistema”, según los casos. Se trata del copago, la obligación de pagar una pequeña fracción o cuota por determinados actos o servicios relacionados con la sanidad pública. Otro cambio que está al caer es el de alargar la jubilación hasta los 67 años.

Cabe decir de entrada que una vez más el peso de la crisis ha de ser soportado por los mismos de siempre: la clase media, cada vez más castigada, trabajadores, pequeños y medianos empresarios, trabajadores autónomos, profesionales liberales, que se retratan fiscalmente con el IRPF, así como los jubilados. La razón que se da para no ir más allá en la búsqueda de dinero es que los verdaderamente ricos, que se escapan en gran medida al impuesto sobre la renta y se refugian en los SICAV y otras posibilidades de opacidad fiscal, son difíciles de identificar o, también, que estos podrían “asustarse” y alejar el capital de España.

No es un detalle menor que cuando los medios de comunicación hablan de reformas necesarias, de la larga lista, mercado del trabajo, pensiones, energías y un extenso etc, la fiscal la mayoría de veces no sale. No es un hecho inocente.

Por todo ello, hay que decir con toda claridad en nombre de la justicia y también en nombre de la racionalidad, que es urgente y necesaria una reforma fiscal dirigida, no a hacer pagar más a quienes ya pagan, sino a aquellos que no lo hacen en una proporción mínima a sus ingresos reales. Esta es una primera prioridad, la de repartir equitativamente el esfuerzo económico. Como lo es también el que las administraciones públicas, empezando por el Gobierno español, apliquen el presupuesto cero, única forma de racionalizar el gasto público y eliminar todo lo innecesario, lo superfluo. Esto y transparencia. Una vez iniciadas las dos cuestiones se puede empezar a tratar, en lo que haga falta, el copago.

Sobre la edad de jubilación hay que decir como mínimo tres cosas: 1) No puede tratarse el sistema público de pensiones como una pieza aislada del conjunto de factores que lo hacen posible: ocupación y productividad a corto y largo plazo, y natalidad e inmigración a largo. Aquí son necesarios pronunciamientos y compromisos claros y concretos que van más allá del Pacto de Toledo, que en sus contenidos ya resulta insuficiente y necesita ser replanteado a fondo. 2) El ciudadano, las instituciones de la sociedad civil, han de conocer con claridad cuál es la situación real del sistema de pensiones, cuál es la deuda futura que ya tiene acumulado el Estado con los ciudadanos y cómo se pagará. Sin estos datos se está tratando a los ciudadanos como a menores de edad. 3) No todo el mundo puede aguantar dos años más de trabajo y a su vez bastantes personas están en condiciones y querrían prolongar más allá de los 67 su jubilación. No puede aplicarse una medida rígida y general, sino que debe ser flexible. Ha de considerar la actividad profesional y las condiciones de salud de la persona. Incentivar mucho más que ahora la prolongación del período de trabajo, dar flexibilidad al trabajador para acogerse y hacer obligatoria la continuidad para la empresa. Son cuestiones inexcusables si se quiere un sistema económico al servicio de la persona.

De hecho, éste debería de ser el gran debate que no se da. Cómo debe ser una economía más abocada al servicio de la comunidad y menos –que no quier decir nada- pendiente del PIB, que es una forma de medir limitada hasta la caricatura.

Los cristianos debemos trabajar, y fruto de este esfuerzo ocupar un lugar central en este debate que es uno de los decisivos a inicios del siglo XXI. El Papa así lo ha pedido y, una vez más, demuestra una visión acertada de lo que es necesario hacer.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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