Aparicion de la Virgen a la vidente Ivanka

Aparicion anual de la Virgen a la vidente Ivanka

La vidente Ivanka Ivankovic-Elez tuvo su aparición anual regular el día 25 de junio del 2010. Según el testimonio de los videntes, Vicka, Marija, Ivan todavía tienen apariciones cotidianas, mientras que Mirjana, Ivanka y Jakov tienen apariciones una vez al año.

Con ocasión de la última aparición cotidiana a Ivanka, el día 7 de mayo de 1985, la Virgen, después de confiarle el último y décimo secreto, le dijo a ella que durante todo el resto de su vida tendría apariciones una vez al año, en el aniversario de las apariciones.

Ivanka tuvo la aparición en su casa y duró seis minutos, estuvo presente sólo la familia de Ivanka. Después de la aparición, la vidente Ivanka dijo: «La Virgen me habló del 5º secreto, y al final dijo: “Queridos hijos, reciban mi bendición maternal”».

LA CONFESIÓN Y SAGRADA COMUNIÓN

Es necesario que reciban los Sacramentos como es debido. La verdadera confesión, no sólo participar en ceremonias penitenciales y la comunión. El sacerdote debe decir 3 veces: «Señor, yo no soy digno» y no sólo una vez. Deben recibir la comunión en la boca y no en la mano. Hemos debatido largamente allí abajo (señala abajo), hasta que hemos conseguido introducir la comunión en la mano. La comunión en la mano es muy buena para nosotros en el infierno, pueden creerme. Ella (señala Advertencias desde el Mas Allá Página 5 de 28
arriba), quiere que diga, la Gran Señora si viviera todavía recibiría la comunión en la boca y de rodillas, y se inclinaría profundamente de esta forma (lo muestra). Debo decir que no se debe tomar la comunión en la mano. El mismo Papa da la comunión en la boca. No quiere en absoluto que se de en la mano. Esto viene de los Cardenales, después pasa a los obispos, que se figuran que se trata de obediencia. Luego pasa a los sacerdotes, que se figuran que deben someterse, porque la obediencia se escribe con mayúsculas. No se debe obedecer a los malos, hay que obedecer solamente al Papa, a Jesucristo y a la Santísima Virgen. Dios no quiere la comunión en la mano.

EL CULTO A LA VIRGEN BENDITA

Los jóvenes deben ir de nuevo más frecuentemente de peregrinación. Deben volverse hacia la Santísima Virgen, no deben eliminarla. Deben reconocerla, y no vivir según el espíritu de los innovadores. – absolutamente nada deben ellos aceptar de aquéllos (él grita furiosamente). Nosotros sostenemos a aquéllos, los lobos – nosotros ya los tenemos en nuestras garras.
E: ¡Continúe, diga la verdad, en el nombre…!
A: Los jóvenes creen hoy que hacen algo extraordinario si hacen obras de caridad y se reúnen entre ellos. Pero es no es casi nada. Ellos deben empezar a ofrecer sacrificios, ellos deben mortificarse, ellos deben orar; ellos deben ir por lo menos a los Sacramentos cada cuatro semanas. Oración y sacrificios también son muy importantes.

No hay tiempo que perder en la educación sexual

No hay tiempo que perder en la educación sexual: Programa SABE Escolar

A las 6:49 AM, por Reme

Con el fin de suplir las carencias formativas de la educación de la sexualidad para niños y jóvenes de entre 5 y 14 años , el Instituto Valenciano de Fertilidad, Sexualidad y Relaciones Familiares, IVAF, junto al Instituto Pontificio Juan Pablo II, acaba de presentar en Valencia uno de los mejores programas de educación sexual que existen hoy en el mercado.

Se trata del programa SABE Escolar. Un programa integral de educación de la sexualidad para las escuelas y colegios que a juicio de uno de sus creadores, José Pérez Adán, “es el primer programa que contempla la educación de la sexualidad, como educación para la vida, no como un complemento importante de la formación escolar sino como un eje fundamental de lo que en definitiva es: la incorporación de las virtudes al desarrollo de la personalidad y maduración del carácter (asumimos la apuesta por el autodominio y la continencia), la visión de la familia como lo que nos hace humanos (asumimos la apuesta por la familia funcional y el consecuente rechazo del multifamilismo), y la contextualización de la actividad sexual en el marco de acción de decisiones libres y racionales”.

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Globalizar la vida cristiana

domingo, 27 de junio de 2010
Pablo Cabellos Llorente


Las Provincias

Tener una idea cabal de cosas y personas conduce a un mejor juicio sobre las mismas y a tomar decisiones más acertadas cuando son precisas. Querría aprovechar la fiesta litúrgica de San Josemaría Escrivá para recordar algún aspecto de su vida en el que rompió los moldes de su tiempo e incluso de los actuales.

Aplicarle esquemas caducos puede conducir a una comprensión menos certera de su vida y Obra. Pienso que esto puede suceder principalmente por dos motivos: el más elemental es la Almudi.org - Pablo Cabellos  Llorentevisión de los santos obtenida extramuros de la fe, cosa que lleva a conceptuarlos con categorías exclusivamente humanas.

La apreciación podrá ser más o menos cierta, pero incompleta con toda seguridad. Otro es actuar a través de estereotipos procedentes de prejuicios anteriores o de una voluntad menos buena. Todo es sencillo cuando se estudia la realidad y su contexto; en cambio, se complica si algo se desquicia, se altera.

Reconozco que admitir la posibilidad de recibir el encargo divino para realizar una tarea no está al alcance de todos, no por infravalorar la inteligencia de nadie: es cuestión de fe. Pues bien, en una fecha muy precisa —2 de octubre de 1928—, Josemaría Escrivá «ve» ese cometido que Dios le pide.

No es cosa suya, no es resultado de una deliberación precisa y prudente. Son una idea y un encargo divinos que podrían sintetizarse en estas palabras de 1932: «Al suscitar en estos años su Obra, el Señor ha querido que nunca más se desconozca o se olvide la verdad de que todos deben santificarse, y de que a la mayoría de los cristianos les corresponde santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle».

Cabría interrogarse: ¿por qué el Opus Dei? ¿Por qué unos cristianos corrientes recordando a otros cristianos lo que incumbe a todos? Es un querer de Dios, cuya causa quizá sea la grandeza de la vocación cristiana y las debilidades humanas. No se es más cristiano por pertenecer al Opus Dei, se tiene una vocación para recordar con el ejemplo y la palabra que hemos de seguir a Cristo.

La llamada a la vida cristiana procurada con plenitud para todos es vieja como el Evangelio, pero no hay duda de que existe un paréntesis de siglos, en el que esa realidad se sumerge; tanto que era una revolución afirmar que la santidad cristiana puede acontecer en cualquier tarea, en todo bautizado sin distinción alguna.

Es volver a vivir seriamente aquello que escribió san Pablo a los colosenses: ya no hay griego o judío, circuncisión o no circuncisión, bárbaro o escita, siervo o libre, sino que Cristo lo es todo en todos. Tampoco hay distinción de hombre y mujer en esa llamada a la más radical igualdad que ha existido y existirá entre los humanos.

A partir de 1930, san Josemaría comienza a buscar también mujeres que deseasen santificarse en todas las tareas humanas, adelantándose mucho tiempo a la presencia real de la mujer en el mundo laboral, como se anticipó —no olvidemos que por disposición divina— al fundar una realidad en la que cupiesen hombres y mujeres, sacerdotes y laicos de toda condición social, puesto que el Señor no hace distinción alguna entre los llamados.

Precedió a su tiempo en la configuración jurídica de esa porción del Pueblo de Dios que es el Opus Dei, tanto se anticipó que, habiéndola dejado diseñada, la Obra fue erigida en Prelatura Personal siete años después de su muerte. Pero justamente prelatura personal porque la entidad a la que dio vida es un grupo humano variadísimo —edad, raza, sexo, posición social, profesión, nacionalidad, laicos la inmensa mayoría, los sacerdotes seculares suficientes para atender a esos laicos y sus iniciativas apostólicas…—, en definitiva gente normal y corriente necesitada de una estructura jurídica que sea expresión de esa normalidad.

Me viene a la mente otra peculiaridad: las tareas apostólicas que dirige la Prelatura, o bien las que realizan libremente sus miembros, nunca son confesionales, precisamente porque son propias de laicos con mentalidad secular, libre y responsable, que no desea cargar a la Iglesia con sus decisiones libres.

Lo mismo puede decirse de cualquier tarea profesional, social, política, económica, artística, etc., que puedan desempeñar, en la que poseen la misma libertad que cualquier católico, la misma independencia de criterio y el mismo deseo de no involucrar a la Iglesia en sus decisiones.

Diría que los miembros del Opus Dei abominan de cualquier gregarismo o de todo intento de coartar su libertad. Saben que sus decisiones personales pueden ser causa injusta de murmuraciones sobre la Obra, pero el fundador no aceptó jamás este chantaje ni lo consienten sus hijos espirituales.

Es la realidad que conozco, con miembros defectuosos, como toda criatura, pero deseosos de servir a Dios y a la humanidad a través de lo común y corriente.

“400.000 sacerdotes y, sin embargo, un único Sacerdote”

lunes, 28 de junio de 2010
Marc Ouellet


LaBuhardillaDeJeronimo.blogspot.com

Almudi.org - Cardenal Marc  Ouellet
En el encuentro internacional de sacerdotes, con ocasión de la clausura del Año Sacerdotal, además del Arzobispo de Colonia, intervino también el Cardenal Marc Ouellet, Arzobispo de Québec y Primado de Canadá. Ofrecemos nuestra traducción de su conferencia.

* * *

“Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago. Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús” (Hechos 1, 13-14)

Queridos amigos,

El Santo Padre Juan Pablo II amaba particularmente esta escena de los Hechos de los Apóstoles. Se sumergía literalmente en contemplación, en la conciencia de pertenecer a este misterio con toda la Iglesia y de modo especial con los sacerdotes. Desde el Cenáculo de Jerusalén, él les dirigía este mensaje:

“Desde este lugar santo me surge espontáneamente pensar en vosotros en las diversas partes del mundo, con vuestro rostro concreto, más jóvenes o más avanzados en años, en vuestros diferentes estados de ánimo: para tantos, gracias a Dios, de alegría y entusiasmo; y para otros, de dolor, cansancio y quizá de desconcierto. En todos quiero venerar la imagen de Cristo que habéis recibido con la consagración, el «carácter» que marca indeleblemente a cada uno de vosotros. Éste es signo del amor de predilección, dirigido a todo sacerdote y con el cual puede siempre contar, para continuar adelante con alegría o volver a empezar con renovado entusiasmo, con la perspectiva de una fidelidad cada vez mayor” (Carta a los sacerdotes, Jueves Santo del año 2000).

Este mensaje formulado en el cenáculo de Jerusalén, la ciudad santa por excelencia, nos interpela en esta primera basílica mariana de la cristiandad y en esta hora bendita del Año Sacerdotal. Nos recuerda el amor de predilección que nos eligió y nos reúne en oración en el cenáculo, como los Apóstoles permanecieron en oración con María después de la Resurrección, en la espera de que se cumpliera la promesa del Señor: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hechos 1, 8).

San Ireneo de Lyon describe esta fuerza del Espíritu que ha atravesado los siglos:

“El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor, Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de piedad, Espíritu de temor de Dios. A su vez, el Señor lo ha donado a la Iglesia, enviando al Paráclito sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de donde dijo el Señor que había sido arrojado Satanás como un rayo” (Contra las herejías).

El día de mi ordenación sacerdotal, después de la imposición de manos, yo quedé impresionado por una palabra de San Pablo para el resto de mis días: “Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús” (Fil. 3, 12). Ordenado sacerdote en 1968, comencé mi ministerio en una atmósfera de contestación general que habría podido hacer desviar o incluso interrumpir mi carrera, como ocurrió en aquel período para muchos sacerdotes y religiosos. La experiencia misionera, la amistad sacerdotal y la cercanía de los pobres me ayudaron a sobrevivir a la agitación de los años postconciliares.

Hoy somos testigos de la irrupción de una ola de contestación sin precedentes sobre la Iglesia y el sacerdocio, tras la revelación de escándalos de los que debemos reconocer la gravedad y reparar con sinceridad las consecuencias. Pero más allá de las necesarias purificaciones merecidas por nuestros pecados, también hay que reconocer en el momento presente una abierta oposición a nuestro servicio de la verdad y también los ataques desde el exterior y desde el interior que buscan dividir a la Iglesia. Nosotros rezamos juntos por la unidad de la Iglesia y por la santificación de los sacerdotes, estos heraldos de la Buena Noticia de la salvación.

En el auténtico espíritu del Concilio Vaticano II, nos recogemos en la escucha de la Palabra de Dios, como los padres conciliares que nos han dado la Constitución Dei Verbum: «Os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros, y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn.1, 2-3).

Queridos amigos, una gran figura sacerdotal nos acompaña y nos guía en esta meditación, el santo Cura de Ars, declarado patrono de todos los sacerdotes, por la gracia de Dios y la sabiduría de la Iglesia.

San Juan María Vianney confesó a la Francia arrepentida, desgarrada y atormentada por la Revolución y de lo que allí surgió. Fue un sacerdote ejemplar y un pastor lleno de celo. Puso la oración en el corazón de la vida sacerdotal. “Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con Él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada”. “Oh Dios mío, si mi lengua no pudiera decir que te amo en cada instante, quiero que mi corazón te lo repita tantas veces cuantas respiro”.

Estamos aquí, en gran número, en esta Basílica, con María, madre de Jesús y madre nuestra. Juntos “adoramos al Padre en espíritu y en verdad por la mediación del Hijo que hace descender sobre el mundo, de parte del Padre, las bendiciones celestiales” (San Cirilo de Alejandría). A través de la fe, estamos unidos a todos los sacerdotes del mundo en comunión fraterna, bajo la guía de nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI, a quien agradecemos desde lo profundo del corazón por haber convocado este Año Sacerdotal.

El misterio del sacerdocio

La Iglesia Católica cuenta hoy con 408.024 sacerdotes distribuidos en los cinco continentes. 400.000 sacerdotes: es mucho y es poco para más de mil millones de católicos. 400.000 sacerdotes y, sin embargo, un solo Sacerdote, Jesucristo, el único mediador de la Nueva Alianza, aquel que presentó “súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a Aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión” (Heb. 5, 7).

A causa de la desobediencia, el hombre pecador ha perdido desde los orígenes la gracia de la filiación divina. Es por eso que los hombres nacen privados de la gracia original. Era necesario que esta gracia fuese restaurada por la obediencia de Jesucristo: “Aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, porque Dios lo proclamó Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec” (Heb 5).

Este único y gran Sacerdote está en la cima del calvario como un nuevo Moisés, sosteniendo el combate de las fuerzas del amor contra las fuerzas del mal. Con los brazos clavados a la cruz de nuestras iglesias, pero los ojos abiertos como el crucifijo de San Damián, Él pronuncia sobre la Iglesia, sobre el mundo y sobre el universo entero, la gran Epíclesis.

Luego, en cada Eucaristía, la inmensa epíclesis de Pentecostés escucha y corona la invocación de la cruz. Cristo, con los brazos extendidos entre cielo y tierra, recoge todas las miserias y todas las intenciones del mundo. Él transforma en ofrenda agradable todo el dolor, todos los rechazos y todas las esperanzas del mundo. En un único Acto de Amor infinito, Él presenta al Padre el trabajo de los hombres, los sufrimientos de la humanidad y los bienes de la tierra. En Él, “todo está cumplido”. El sacrificio de amor del Hijo satisface todas las exigencias de amor de la Nueva Alianza. Su descenso a los infiernos, hasta las profundidades extremas de la noche, hace resonar la Palabra de Dios, la Palabra del Padre, que proclama hasta los confines del universo: “Tú eres mi Hijo muy amado, en ti tengo puesta toda mi predilección” (Mc 1, 11).

De este modo, el Padre responde a la oración del Hijo: “Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera” (Jn 17, 5). No pudiendo negar nada a su Hijo, el Padre hace descender sobre él el don último de la gloria, el don del Espíritu Santo, según la palabra de san Juan Evangelista y la interpretación que da de ella san Gregorio de Nisa.

De aquí el Evangelio de Dios proclamado por Pablo a los Romanos, “acerca de su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, nacido de la estirpe de David según la carne, y constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador por su resurrección de entre los muertos” (Rm 1, 3-4). Resurrección de Cristo: revelación suprema del misterio del Padre, confirmación de la gloria del Hijo, fundamento de la creación y de la salvación.

La Iglesia de Dios lleva este Evangelio de Dios a todo el mundo desde sus orígenes, en el poder del Espíritu Santo. De esto, nosotros somos testigos.

Queridos hermanos sacerdotes, la Iglesia es el sacramento de la salvación. En ella, nosotros somos el sacramento de este gran Sacerdote de los bienes presentes y futuros. Hemos nacido del intercambio de amor entre las Personas divinas y el Cristo-Sacerdote ha puesto sobre nosotros su celestial y gloriosa impronta. Habitados y poseídos por Él, elevamos a Dios Padre la súplica y el grito de la humanidad sufriente. Por Él, con Él y en Él, en comunión con el pueblo de Dios, reconocemos el misterio que nos es propio y damos gracias a Dios.

400.000 sacerdotes y, sin embargo, un único Sacerdote. Por el poder del Espíritu Santo, el Resucitado une a sí ministros de su Palabra y de su ofrenda. Por medio nuestro, Él permanece presente como el primer día y aún más que en el primer día ya que ha prometido que nosotros haríamos cosas más grandes. Cristo iba al encuentro de sus hermanos y sus hermanas caminando hacia la Cruz. Nosotros, sus ministros, vamos hacia nuestros hermanos y hermanas en su Nombre y en su poder de Resucitado. Nosotros estamos aferrados a Cristo, plenitud de la Palabra, y enviados por todos los caminos del mundo sobre las alas del Espíritu.

“Por lo tanto —escribe Benedicto XVI—, el sacerdote que actúa in persona Christi Capitis y en representación del Señor, no actúa nunca en nombre de un ausente, sino en la Persona misma de Cristo resucitado, que se hace presente con su acción realmente eficaz” (Audiencia general, 14 de abril de 2010).

El Espíritu Santo garantiza nuestra unidad de ser y de obrar con el Único Sacerdote, aunque sigamos siendo 400.000. Él es quien hace de la multitud una sola grey, un solo Pastor. Ya que si el sacramento del sacerdocio es multiplicado, el misterio del sacerdocio permanece único e idéntico, como las hostias consagradas son múltiples pero único e idéntico es el Cuerpo del Hijo de Dios presente en ellas.

Benedicto XVI señala las consecuencias espirituales y pastorales de esta unidad: “Para el sacerdote vale lo que Cristo dijo de sí mismo: «Mi doctrina no es mía» (Jn 7, 16); es decir, Cristo no se propone a sí mismo, sino que, como Hijo, es la voz, la Palabra del Padre. También el sacerdote siempre debe hablar y actuar así: “Mi doctrina no es mía, no propago mis ideas o lo que me gusta, sino que soy la boca y el corazón de Cristo, y hago presente esta doctrina única y común, que ha creado a la Iglesia universal y que crea vida eterna” (Audiencia general, 14 de abril de 2010).

Que nosotros podamos, queridos amigos, conservar una conciencia viva de actuar in persona Christi, en la unidad de la Persona de Cristo. Sin esto, el alimento que ofrecemos a los fieles pierde el gusto del misterio y la sal de nuestra vida sacerdotal se vuelve insípida. Que nuestra vida conserve el sabor del misterio y, por eso, sea en primer lugar una amistad con Cristo: “Pedro, ¿me amas? Apacienta mis ovejas” (Jn. 21, 15). Vivida en este amor, la misión del sacerdote de apacentar las ovejas será entonces realizada en el Espíritu del Señor y en la unidad con el Sucesor de Pedro.

El Espíritu Santo, la Virgen María y la Iglesia

Busquemos ahora el secreto y desconocido fundamento de la santidad sacerdotal allí donde convergen todos los misterios del sacerdocio: en la intimidad espiritual de la Madre del Hijo en la que reina el Espíritu de Dios.

Sobre las agua de la creación primordial, el Espíritu aletea y hace surgir el orden y la vida. El salmista se hace eco de esta maravilla cantando: “Oh Señor, nuestro Dios, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2). A lo largo de toda la historia de la salvación, el Espíritu desciende sobre patriarcas y profetas, reuniendo al Pueblo elegido en torno a la Promesa y a las “diez Palabras” de la Alianza. El profeta Isaías se hace eco de esta historia santa: “¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia!” (Is 52, 7).

En la casa de Nazareth, el Espíritu cubre a la Virgen con su sombra para que dé a luz al Mesías. María adhiere con todo su ser: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Ella acompaña al Verbo encarnado en el curso de su vida terrena; camina con Él en la fe, a menudo sin comprender, sin dejar nunca de otorgar el asentimiento sin condiciones y sin límites que había dado de una vez para siempre al Ángel de la Anunciación.

Bajo la cruz está de pie, en silencio, aceptando sin comprender la muerte de su Hijo, asistiendo dolorosamente a la muerte de la Palabra de vida que había dado a luz.

El Espíritu la tiene en este sí “nupcial” que desposa el destino del Cordero inmolado. La Virgen de los dolores es la Esposa del Cordero. En ella y por ella, toda la Iglesia es asociada al sacrificio del Redentor. En ella y por ella, en la unidad del Espíritu, toda la Iglesia es bautizada en la muerte de Cristo y participa en su resurrección.

Estamos aquí con ella en el cenáculo, nosotros, sacerdotes de la Nueva Alianza, nacidos de su maternidad espiritual y animados por la fe en la victoria de la Palabra sobre la muerte y el infierno. Estamos aquí para implorar con un solo corazón la venida del Reino de Dios, la revelación de los hijos de Dios y la glorificación de todas las cosas en Dios (cfr. Rm 8, 19).

Nuestra santidad sacerdotal en y con Cristo está envuelta en la unidad de la Madre y del Hijo, en la unión indisoluble del Cordero inmolado y de la Esposa del Cordero. No olvidemos que la sangre redentora del Sumo Sacerdote proviene del seno inmaculado de María que le ha dado vida y que se ofrece con Él. Esta sangre purísima nos purifica, esta sangre de Cristo “que por obra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios” (Heb 9, 14).

“Todas las buenas obras juntas —escribe el Cura de Ars— no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios. El martirio no es nada en comparación: es el sacrificio que el hombre hace de su vida a Dios; pero la Misa es el Sacrificio que Dios ofrece al hombre de Su Cuerpo y de Su Sangre”

La grandeza y la santidad del sacerdote derivan de esta obra divina. Nosotros no ofrecemos a Dios una obra humana; nosotros ofrecemos Dios a Dios. “¿Cómo puede ser esto?”, podríamos preguntar con María, haciéndonos eco de la pregunta que ella hizo al Ángel. “Nada es imposible para Dios” (Lc 1, 37) fue la respuesta dada a la Virgen con el signo tangible de la fecundidad de Isabel. Recibamos y hagamos nuestra esta respuesta, con María, para que “no vivamos ya para nosotros mismos sino para Él, que por nosotros murió y resucitó” (Plegaria Eucarística IV). “Nada es imposible para Dios”. El Evangelio nos dice en otro punto: “Todo es posible para el que cree” (Mc. 9, 23).

“Los sacerdotes están en una relación de especial alianza con la santísima Madre de Dios —escribe San Juan Eudes—. Así como el eterno Padre la ha hecho partícipe de su divina paternidad, del mismo modo dona a los sacerdotes formar a este mismo Jesús en la santa Eucaristía y en el corazón de los fieles. Así como el Hijo la ha hecho cooperadora en la obra de la redención del mundo, así los sacerdotes son sus cooperadores en la obra de la salvación de las almas. Así como el Espíritu Santo la ha asociado en aquella obra maestra que es el misterio de la Encarnación, así se asocia a los sacerdotes para una continuación de este misterio en cada cristiano mediante el bautismo…”.

Virgen María, Mater misericordiae, vita, dulcedo et spes nostra, salve! En tu santa compañía, Madre de misericordia, nosotros bebemos de la fuente del amor. Nuestros corazones sedientos y nuestras almas inquietas tienen acceso, a través de ti, a la habitación nupcial de la Nueva Alianza. “He aquí que los sacerdotes, al poseer una alianza tan estrecha y una conformidad tan maravillosa con la Madre del supremo Sacerdote —añade San Juan Eudes—, tienen vínculos especialísimos de amor hacia ella, de honrarla y de revestirse de sus virtudes y sus disposiciones. Entrad en el deseo de tender a esto con todo vuestro corazón. Ofrecéos a ella y pedidle que os ayude con fuerza”.

Epíclesis sobre el mundo

“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva” (Jn. 4, 10). El Espíritu del Señor es un agua viva, un soplo vital, pero es también un fuerte viento que sacude la casa, una alegre paloma portadora de paz, un fuego que arde, una luz que rompe las tinieblas, una energía creadora que cubre con su sombra a la Iglesia.

De un extremo al otro de las Sagradas Escrituras, el Dios de la Alianza se revela como un Esposo que quiere donar todo y donarse a sí mismo, a pesar de los límites y los errores de la humanidad pecadora, su Esposa. El Dios celoso y humillado no se cansa de buscar a la esposa vagabunda e idólatra hasta el día bendito de las bodas del Cordero. Es por eso que la esperanza del don de Dios nunca falla: “El Espíritu y la Esposa dicen: « ¡Ven!», y el que escucha debe decir: « ¡Ven!». Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida” (Ap 22, 17).

Sí, Padre, nosotros te damos gracias porque Tú ya derramas tu agua viva sobre la tierra en el corazón de los más pobres entre los pobres, gracias a la incansable dedicación de todas estas almas consagradas que hacen de su existencia un sacramento de tu amor gratuito.

Oh, Padre de todas las gracias, por la luz inaccesible en la que habitas y en la que somos introducidos por el Espíritu, con Jesús y María, nosotros te pedimos consumirnos en la unidad consagrándonos en la verdad.

Infunde tu Espíritu Santo sobre nosotros y sobre toda carne, el Espíritu de verdad que regenera la fe, el Espíritu de libertad que resucita la esperanza, el Espíritu de amor que hace a la Iglesia santa, creíble, atrayente y misionera.

¡Venga tu Reino! Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Tu voluntad salvífica realizada en tu Hijo crucificado y glorificado se realice también en nosotros, sacerdotes de la Nueva Alianza, y en las almas confiadas a nuestro ministerio.

“Con el Espíritu Santo —escribe san Basilio el Grande— llega nuestra readmisión al Paraíso, el retorno a la condición de hijos, la audacia de llamar a Dios Padre, el llegar a ser partícipes de la gracia de Cristo, el ser llamados hijos de la luz, el compartir la gloria eterna”.

“Si, por lo tanto, queréis vivir del Espíritu Santo —escribe san Agustín—, conservad la caridad, amad la verdad, desead la unidad, y alcanzaréis la eternidad”.

Nosotros, pobres pecadores, llevamos dentro las heridas de la humanidad desgarrada por los crímenes, por las guerras y por las tragedias. Nosotros confesamos los pecados del mundo en su crudeza y en su miseria con Jesús crucificado, convencidos de que la gracia y la verdad hacen libres. Nosotros confesamos los pecados en la Iglesia, sobre todo aquellos que son motivo de escándalo y de alejamiento de los fieles y de aquellos que no creen.

Por encima de todo, nosotros confesamos, Señor, tu Amor y tu Misericordia que se irradia desde tu corazón eucarístico y por la absolución de los pecados que nosotros damos a los fieles.

El Santo Padre nos los ha recordado abundantemente en todo el desarrollo de este Año Sacerdotal:

“Queridos sacerdotes, ¡qué extraordinario ministerio nos ha confiado el Señor! Como en la celebración eucarística él se pone en manos del sacerdote para seguir estando presente en medio de su pueblo, de forma análoga en el sacramento de la Reconciliación se confía al sacerdote para que los hombres experimenten el abrazo con el que el padre acoge al hijo pródigo, restituyéndole la dignidad filial y la herencia” (cf. Lc 15, 11-32). (Discurso a los participantes en un curso sobre fuero interno, 10 de marzo de 2010).

San Juan María Vianney nos lo repite a su manera:

“El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!».

En el altar del Sacrificio, en unión con María, ofrecemos a Cristo al Padre y nos ofrecemos nosotros mismos con Él. Somos conscientes, queridos amigos, de que al celebrar la Eucaristía no realizamos una obra humana sino que ofrecemos Dios a Dios. ¿Cómo puede ser esto?, se podría objetar. Es posible mediante la fe, ya que la fe nos da a Dios. La fe nos da también a Dios. De alguna manera, nosotros disponemos de Dios como Él dispone de nosotros. Aquel que los filósofos designan como el Totalmente Otro y el Inaccesible por excelencia ha querido nacer y vivir entre nosotros, hombre entre los hombres, en virtud de una Sabiduría que es escándalo para los judíos y locura para los paganos (cfr. 1 Cor 1, 23). En su divina compañía, nos asemejamos a veces a niños despreocupados y rebeldes que se acercan a tesoros, prontos a derrocharlos como si nada fuese.

¡Qué abismo es el misterio del sacerdocio! ¡Qué maravillas el sacerdocio común de los bautizados y el sacerdocio ministerial! Estos misterios sacramentales remiten finalmente al misterio del Dios uno y trino. La ofrenda sacrificial de Cristo redentor es, en el fondo, la eterna Eucaristía del Hijo que responde al Amor del Padre en nombre de toda la creación. Nosotros estamos asociados a este misterio por el Espíritu de nuestro bautismo que nos hace partícipes de la naturaleza divina (2 Pe. 1, 4). El Espíritu hace que los bautizados vivan de la filiación divina y que los sacerdotes resplandezcan por la paternidad divina; los dos se unen en una común epíclesis que irradia sobre el mundo la alegría del Espíritu. “Para que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn. 17, 21).

Reunidos en el Cenáculo, invocando al Esp íritu Santo con María, en comunión fraterna, oramos por la unidad de la Iglesia. El escándalo permanente de la división de los cristianos, las recurrentes tensiones entre clérigos, laicos y religiosos, la laboriosa armonización de los carismas, la urgencia de una nueva evangelización, todas estas realidades piden sobre la iglesia y sobre el mundo un nuevo Pentecostés.

Un nuevo Pentecostés, en primer lugar, sobre los obispos y sus sacerdotes para que el Espíritu de santidad recibido con la ordenación produzca en ellos nuevos frutos, en el espíritu auténtico del Concilio Vaticano II. El decreto Presbyterorum Ordinis ha definido la santidad sacerdotal partiendo de la caridad pastoral y de las exigencias de unidad del presbyterium:

“La caridad pastoral exige que los presbíteros, para no correr en vano, trabajen siempre en vínculo de unión con los obispos y con otros hermanos en el sacerdocio. Obrando así hallarán los presbíteros la unidad de la propia vida en la misma unidad de la misión de la Iglesia, y de esta suerte se unirán con su Señor, y por El con el Padre, en el Espíritu Santo, a fin de llenarse de consuelo y de rebosar de gozo” (PO 14).

Actualmente, como en los orígenes de la Iglesia, los desafíos de la evangelización están acompañados por la prueba de las persecuciones. Recordemos que la credibilidad de los discípulos de Cristo se mide en el amor recíproco que les permite convencer al mundo (cfr. Jn. 13, 35; Jn. 16, 8). “Más aún —dice san Pablo a los Romanos—, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom. 5, 3-5).

Acción de gracias Trinitaria

Queridos amigos, demos gracias a Dios por el don insigne del sacerdocio de la Nueva Alianza. Desde el momento en que somos asociados al sacrificio del Cordero inmolado, nosotros entramos en contacto con la plenitud de la fe que abre los misterios de la vida eterna. Junto con María dejémonos llevar por el Espíritu con el coro de los ángeles en la alabanza de la gloria del Dios tres veces santo. “Que Él nos transforme en ofrenda permanente” (Plegaria Eucarística III).

“Te amo, Oh infinitamente amoroso Dios, y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti”. San Juan María Vianney, patrono de todos los sacerdotes, nos guíe en el seguimiento de Cristo por el camino de la intimidad con el Padre en el gozo del Espíritu Santo, nos conserve en la alegría del servicio de Dios.

Siguiendo su ejemplo, amemos a Dios con todo nuestro corazón en la unidad del Espíritu Santo y amemos también a la Iglesia que es su morada en la tierra:

“Recibimos también nosotros —escribe san Agustín— el Espíritu Santo si amamos a la Iglesia, si somos compañeros en la caridad, si nos alegramos de poseer el nombre de católico y la fe católica. Creedlo, hermanos: en la medida en que uno ama a la Iglesia, posee el Espíritu Santo”.

El Siervo de Dios Juan Pablo II resumía en dos palabras su existencia sacerdotal en el seguimiento de Cristo: Don y Misterio. Don de Dios, Misterio de comunión. Sus grandes brazos abiertos para abrazar al mundo entero permanecen grabados en nuestra memoria. Son para nosotros el icono de Cristo, Sacerdote y Pastor, remitiendo sin cesar nuestro espíritu a lo esencial, el Cenáculo, donde los Apóstoles con María esperan y reciben el Espíritu Santo, en la alegría y en la alabanza, en nombre de la humanidad entera. ¡Amén!

Fuente: Annus Sacerdotalis

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

“The blind side” (Un sueño posible)

sábado, 26 de junio de 2010
Teresa Ekobo


Alfa y Omega

Sandra Bullock ganó el Oscar como Mejor Actriz por su interpretación en “The blind side” (Un sueño posible). La actriz demuestra su gran talento encarnando a un personaje real, Leigh Anne Tuohy, una madre de familia cristiana que cambia su vida, la de sus hijos y su esposo cuando acoge en casa a un joven afroamericano de los suburbios.

La película, basada en hechos reales, llega a España, tras su éxito en Estados Unidos

Almudi.org - The Blind SideEl entrenador Burt Cotton (Ray McKinnon) convence a los miembros del Consejo de una pequeña escuela cristiana en Memphis, Tennessee, para que admitan a Michael Oher (Quinton Aaron), un gigantesco afro-americano de los suburbios de la ciudad. Ve en él a un portento del mundo del deporte, mientras que los demás profesores se fijan en sus bajas calificaciones y en sus problemas. Al final, unos y otros se enfrentan al reto de hacer honor al calificativo de cristiano que lleva el colegio para acoger a Michael.

Leigh Anne Tuohy (Sandra Bullock) es una diseñadora de interiores casada con Sean (Tim McGraw), un ex deportista convertido en empresario de comida rápida. Son los padres de Collins (Lily Collins), una hermosa adolescente, y S.J. (Jae Head), un encantador niño pequeño. Al enterarse de que Michael no tiene hogar, Leigh Anne siente compasión por él y decide ofrecerle un lugar para quedarse por una noche. Ese ofrecimiento se alargará a toda la vida.

¿Es posible que una familia blanca y rica acoja a un adolescente negro, pobre, con un terrible pasado? ¿Es posible que salga bien? A las mil y una preguntas que puedan surgir, Lo que es imposible para el hombre es posible para Dios es la respuesta que da la película. En el contexto de esta familia, si algo queda claro en cada plano, es que el motor de sus actos es la fe. Y como dice el Papa Benedicto XVI, en Deus caritas est, «la parábola del Buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento, y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado casualmente, quienquiera que sea».

La hospitalidad cristiana

El desarrollo del film es de un maravilloso realismo. Hay que recordar que se trata de un caso real: la historia de cómo la familia Tuohy acogió a Michael Oher, y cómo todos superaron innumerables dificultades, y emprendieron un camino en el que los milagros eran constantes. Michael es, en la actualidad, uno de los deportistas de mayor éxito de la NFL, la Liga Nacional de Fútbol Americano. El título original de la película, de hecho, hace alusión al ángulo ciego que tienen los quaterbacks de este deporte, y a los jugadores que cuidan de ellos en el campo.

The blind side está dirigida por John Lee Hancock (El novato), que también ha escrito el guión, basado en el libro The blind side: Evolution of a game, de Michael Lewis. Hancock, que tiene gran habilidad para las películas deportivas, no convierte el juego en el centro de The blind side, sino que da el protagonismo al milagro de la hospitalidad cristiana que se produce en la familia Tuohy.

Desde el momento en el que Leigh Anne decide ayudar a Michael, es consciente de que puede hacerlo de muchas maneras, como admite en una escena, pero el camino va a ser integrándole en la familia.

El centro de una familia en la que la fe es crucial tiene como núcleo un amor que va de los padres a los hijos, y se extiende a otras personas. Los pequeños reproducen la capacidad de amar que ven en sus padres, y los adultos ven cómo su capacidad de amar se extiende hacia todo el mundo que les rodea, en particular hacia Michael. Para el joven afroamericano, que acepta un nuevo horizonte vital, son muchos también los retos, y en ellos, el amor como clave de la caridad cristiana es la respuesta.

Para dar vida a la matriarca de la familia, Sandra Bullock tuvo que cambiar su melena castaña habitual para adoptar el cabello rubio del personaje real, además de adoptar un acento y nuevas inflexiones en su voz, para parecer sureña. Además, conoció a la auténtica Leigh Anne Tuohy para adentrarse en el papel.

(…)

La conmoción que siente el espectador al ver The blind side tiene mucho que ver con la experiencia del ciento por uno que puede reconocer que se ha producido en la familia Tuohy. Dios se lo concedió de la forma más sorprendente, como reflexiona la matriarca real, Leigh Anne Tuohy: «Creo que Michael ha tenido mucho más impacto en nuestras vidas que nosotros en la suya. Hay muchas cosas que das por supuesto, pero cuando Michael vino a vivir con nosotros, nos dimos cuenta de la gran suerte que teníamos. Empezamos a ver la vida con otros ojos gracias a su llegada».

Todo para la gloria de Dios Padre

Mamá del Cielo

La Trinidad: Mi querida hija del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, nosotros te bendecimos. Madre, he aquí tu hija obediente a la Divina Voluntad.

María: Mi hija obediente, yo soy tu Mamá del Cielo quien te pide de cumplir bien tus deberes de hija de Dios. Todo está en Dios, todo es para Dios. Hijos míos, todo lo que ustedes hacen en la tierra es para la santa gloria de Dios Padre. Mi Hijo Jesús vino a la tierra para que ustedes vivan en el amor de Dios Padre. Él le ofreció su Vida por obediencia para que ustedes se vuelvan hijos de Dios Padre. Todo es para él.

Hijos míos, ¡cuántas veces los he exhortado a la oración! La oración es parte de ustedes, ella es plenitud de su interior. La oración es don de sí mismo. Hija mía, di bien tu oración con tu ángel y tu esposo porque Dios, en su amor, ha querido que sus voces sean escuchadas por ti. Yo te amo, hija mía. Ama a tu Mamá del Cielo. Yo soy la Madre del Altísimo, Jesucristo, Hijo de Dios vivo.

Toda oración es una elevación de sí mismo hacia el Padre. El Padre, hija mía, está en ti, tú estás en él. Yo, su Hija, y ustedes, hijos míos, somos hijos de Dios. Dios trinitario está en nosotros. Nosotros no estamos al exterior del Amor: el Amor está en nosotros. Hay que entrar en nosotros para rezar. La oración es parte de nosotros mismos.

Nosotros no podemos divinizarnos, es la Divina Voluntad que está en nosotros quien nos diviniza. La oración está en nosotros, nosotros en ella. Por su abandono a mi santo y muy honorable Hijo Jesús, ustedes ya no son ustedes, ustedes son lo que Dios quiere que sean en la Divina Voluntad: el amor. El Amor es él. Es el Amor que nos hace hijos de la oración. Por nuestro abandono en el Amor, dejamos orar a Dios en nosotros. Nosotros en Dios, nos volvemos oración.

Es Dios, en su Voluntad Divina, que actúa en nosotros. Nosotros, que estamos en Dios, formamos su Cuerpo Místico. Nosotros estamos en el Cuerpo de la Divina Voluntad, Jesús. Hijos míos es necesario consentir a rezar en el Amor, la Divina Voluntad.

La oración es gracia. Ella nos hace entrar en nuestro interior para la gloria de Dios. En su amor por nosotros, Dios nos vuelve puros. En la Divina Voluntad, la oración es un movimiento de entrega de nosotros mismos a Jesús.

Cuando nos ofrecemos a Jesús, él nos toma y nos hace él. Nuestra acción es oración. Cuando nosotros tomamos una decisión diciendo que es Jesús que la ha tomado, nuestra decisión tomada por nosotros es oración para él. Cuando nosotros ofendemos a Dios y nos arrepentimos de esta falta entregándonos a Dios, nosotros participamos a nuestra redención porque no somos más nosotros, nosotros somos Jesús; esta acción es oración. ¡Cuidado hijos míos, esto no remplaza la confesión que santifica al alma! Sólo la confesión vuelve al alma pura.

La oración es entrega de nosotros mismos, ella nos vuelve amor. El hijo que se entrega a Jesús renuncia de hacer su acción con su voluntad humana. Para hacer su acción en la Divina Voluntad, él se entrega al Amor. Por su propio consentimiento, él se vuelve oración. Ya no es él que hace la acción, es Jesús, que es Dios, quien actúa. Ustedes se vuelven movimiento en su actuar.

Hijos míos, Jesús ha tomado la naturaleza humana para venir a salvarnos. Entregándole todas sus acciones, es como si él mismo las realizara. Ustedes le hacen revivir su humanidad. Todo en él es divino. Él es Dios. Por el consentimiento de ustedes, él toma con él sus acciones y las hace suyas, como si él las realizara al mismo momento que ustedes las ejecutan. Él es la Vida. Él es omnipresente. El tiempo para Dios no existe. Todo está en él.

La oración hecha en la Divina Voluntad nos transforma. Así, nuestro exterior aprovecha los cambios producidos en nosotros. La oración es un don de sí mismo a Dios. Cuando un hijo reza diciendo: “eres tú Jesús quien reza”, él reza entonces en la Divina Voluntad. Eso se hace sin esfuerzo alguno por él, porque Dios la tomó en él. Todo en él se volvió oración.

Hijos míos, todo lo que hacemos en Dios se vuelve oración. Morir en mi Hijo, es entregar nuestra vida a su Padre. Seamos oración para la gloria de Dios. Dios Padre, nuestro Padre, para nosotros es un Padre de amor. Él nos ama. Él quiere en él a sus hijos.

Hijos míos, es tan bueno de saber que Dios está amoroso de nosotros. En la oración, nos volvemos amorosos de él. Mis pequeñitos, cuando ustedes dicen sus oraciones, díganlas con Jesús en su corazón: ellas serán gracias. Sean como su Mamá del Cielo. Todo debe ser para Dios. Nosotros somos sus hijos.

Si ustedes están distraídos por sus pensamientos, pídanme las gracias. Yo, la Madre de Jesús su Dios, vertiré en ustedes las gracias que los ayudarán a rezar con su corazón. Si sus pensamientos persisten, entréguenle a Jesús su voluntad humana. Él los tomará con él y estos pensamientos que no son de amor, él los purificará. En Dios todo es amor.

Hijos míos, cuando ustedes pidan un favor, piensen en lo que piden y crean que su petición es oída. La oración es así. La oración es un don de ustedes. Ofrecerse es una oración. Entregar su ser, es aceptar que Dios los une a él. Mi Hijo Dios y ustedes, están en unión. Dios, que está en ustedes, les hace un don de él mismo. Él los toma y los cubre con su Ser; ustedes se vuelven él. Su Dios los habita. Cuando ustedes rezan, ya no son ustedes que rezan, es él. Dejen rezar a Dios en ustedes, con ustedes.

¿Cómo ser don de sí mismo? Hijos míos, digan a Dios: “Yo te doy mi vida, te doy todo lo que yo hago. No soy yo que hago que mi acción sea gracia, eres tú, Jesús. Yo quiero hacer todo en ti. Ser tú, no puedo, porque yo soy un pequeñito niño, pero te doy todo, tu puedes todo. Toma mi vida en ti, tú sabes lo que es bueno para mí.”

Hijos míos de amor, yo soy la santa Hija de Dios Padre. Ustedes y yo, hijos míos, somos los hijos de Dios, somos hijos de la Divina Voluntad. Nosotros debemos rezar en mi Hijo para dar a Dios nuestro Padre toda la gloria que debe recibir. Hijos míos, ¿ven por qué nosotros, los hijos de Dios, debemos inclinarnos ante tanta magnificencia? ¡Cómo es de grande nuestra oración cuando se hace en mi santo Hijo!

Yo los bendigo, mis hijos de amor. Mamá del Cielo está con ustedes y con su Dios trinitario. Yo los amo.

Ruta mariana

Actualizado 20 junio 2010

Ruta mariana: la unión de cuatro santuarios hispano-franceses

El proyecto es de 2008 y aunque podría pensarse que es de carácter exclusivamente religioso, también se ha deseado potenciar el cariz cultural de El Pilar, Torre Ciudad, Montserrat y Lourdes, por su rico legado histórico y artístico, además del espiritual.


Visitando http://rutamariana.com se puede conocer mejor el proyecto: lugares para visitar, dormir, comer; historia y enlaces multimedia, vistas panorámicas, etc. Ruta Mariana es un proyecto que anualmente moviliza a más de 12 millones de personas. Como dejar ver el siguiente video, Ruta Mariana cuenta con el apoyo de organizaciones gubernamentales:


Y por último el tráiler oficial promocional y un video más sobre una agencia de viajes que vale la pena conocer:


New gate tour

Video oficial promocional JMJM2011

Actualizado 26 junio 2010

El alma de Madrid: video oficial promocional JMJM2011

Acaba de salir el video oficial que promociona la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011. Un excelente producto con una finalidad que va más allá de conseguir una multitudinaria aglomeración de jóvenes.

Para ver más videos se puede acceder al canal oficial de la Jornada Mundial de la Juventud en You Tube (enlace). La web oficial de Madrid 2011 es http://www.madrid11.com.

Estrenar un santo

La Iglesia Católica conmemora el 26 de junio a san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, quien fue canonizado el 6 de octubre de 2002. Su memoria se celebra en esa fecha, en virtud del aniversario de su muerte.

Quienes intervienen en los procesos de canonización explican que ellos se limitan a estudiar las virtudes del candidato, analizar sus escritos, investigar el ambiente en el que se desempeñaba, sumar los frutos visibles que dejó, pero nada más.

Respecto al ámbito del yo profundo de esas personas, la respuesta a las gracias internas que sólo Dios conoce, escapa a su tarea. Entonces esperan la respuesta divina, el milagro. Como si se tratara de un resello: ‘Sí’, parece que contestara Dios al comprobarse el prodigio hecho por intercesión del candidato. ‘Sí, fue fiel a las inspiraciones que le mandé: pueden añadirlo a la lista’. Porque la santidad consiste precisamente en eso, en respaldar el actuar divino. Fue quizá esa razón la que motivó al Papa Juan Pablo II a hablar del Espíritu Santo durante la canonización de san Josemaría. Recordó ahí que el fundador del Opus Dei “no dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo”. Y continuaba especificando el rasgo propio del carisma fundacional: “… para hacer que la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social… constituyeran una sola existencia, santa y llena de Dios”. Sí, invocar al Espíritu Santo… para lograr una vida “llena de Dios”.

Porque san Josemaría tuvo esa misión: recordarnos que la línea entre el ser humano y su Creador es una línea continua. No hay lagunas, paréntesis o saltos en el vacío. Es verdad que no resulta sencillo advertir esa línea, pero tenemos para ello al Espíritu Santo. Y el mensaje del Opus Dei es invitar al cristiano a disponerse para alcanzar a percibir la presencia amorosa de Dios en la realidad cotidiana. Porque el Espíritu Santo lo hace posible a través de uno de sus dones.

El don a través del cual logra Dios que advirtamos el secreto profundo que subayace en todo cuanto existe se llama don de ciencia. La ciencia es un don contemplativo que nos permite vislumbrar al Creador a través de lo creado, como cuando Jesús nos invita a descubrir a su Padre en los lirios del campo y en las aves del cielo. Cualquier realidad nos habla de Áquel a quien amamos. Ocurre algo semejante a los enamorados: hay situaciones que para ellos resultan especialmente evocadoras, momentos de particular intensidad, un lugar, una canción, un gesto o una frase.

El don de ciencia del Espíritu Santo actúa en el cristiano común al abrir la puerta de la calle, un día ordinario en el que realizará una actividad cualquiera. Actúa en gente que tiene enfermedades y lutos ordinarios, que ama la puerta de la calle porque en la calle, entre la gente de la calle, en cualquier calle, actúa el Espíritu de Dios: “No hay otro camino, hijos míos –dijo san Josemaría- o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”.

Este mensaje quiso Dios que recordara el santo que estrenamos. Y como la santidad es básicamente docilidad a la acción interior del Espíritu Santo, podemos hoy alegrarnos al descubrir que también nosotros, gente de la calle, en cualquier calle, podemos lograr que nuestra existencia esté colmada ahí, “en medio de la calle”, de la presencia y de la acción del Espíritu de Dios.

Ricardo Sada / www.es.josemariaescriva.info