Globalizar la vida cristiana

domingo, 27 de junio de 2010
Pablo Cabellos Llorente


Las Provincias

Tener una idea cabal de cosas y personas conduce a un mejor juicio sobre las mismas y a tomar decisiones más acertadas cuando son precisas. Querría aprovechar la fiesta litúrgica de San Josemaría Escrivá para recordar algún aspecto de su vida en el que rompió los moldes de su tiempo e incluso de los actuales.

Aplicarle esquemas caducos puede conducir a una comprensión menos certera de su vida y Obra. Pienso que esto puede suceder principalmente por dos motivos: el más elemental es la Almudi.org - Pablo Cabellos  Llorentevisión de los santos obtenida extramuros de la fe, cosa que lleva a conceptuarlos con categorías exclusivamente humanas.

La apreciación podrá ser más o menos cierta, pero incompleta con toda seguridad. Otro es actuar a través de estereotipos procedentes de prejuicios anteriores o de una voluntad menos buena. Todo es sencillo cuando se estudia la realidad y su contexto; en cambio, se complica si algo se desquicia, se altera.

Reconozco que admitir la posibilidad de recibir el encargo divino para realizar una tarea no está al alcance de todos, no por infravalorar la inteligencia de nadie: es cuestión de fe. Pues bien, en una fecha muy precisa —2 de octubre de 1928—, Josemaría Escrivá «ve» ese cometido que Dios le pide.

No es cosa suya, no es resultado de una deliberación precisa y prudente. Son una idea y un encargo divinos que podrían sintetizarse en estas palabras de 1932: «Al suscitar en estos años su Obra, el Señor ha querido que nunca más se desconozca o se olvide la verdad de que todos deben santificarse, y de que a la mayoría de los cristianos les corresponde santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle».

Cabría interrogarse: ¿por qué el Opus Dei? ¿Por qué unos cristianos corrientes recordando a otros cristianos lo que incumbe a todos? Es un querer de Dios, cuya causa quizá sea la grandeza de la vocación cristiana y las debilidades humanas. No se es más cristiano por pertenecer al Opus Dei, se tiene una vocación para recordar con el ejemplo y la palabra que hemos de seguir a Cristo.

La llamada a la vida cristiana procurada con plenitud para todos es vieja como el Evangelio, pero no hay duda de que existe un paréntesis de siglos, en el que esa realidad se sumerge; tanto que era una revolución afirmar que la santidad cristiana puede acontecer en cualquier tarea, en todo bautizado sin distinción alguna.

Es volver a vivir seriamente aquello que escribió san Pablo a los colosenses: ya no hay griego o judío, circuncisión o no circuncisión, bárbaro o escita, siervo o libre, sino que Cristo lo es todo en todos. Tampoco hay distinción de hombre y mujer en esa llamada a la más radical igualdad que ha existido y existirá entre los humanos.

A partir de 1930, san Josemaría comienza a buscar también mujeres que deseasen santificarse en todas las tareas humanas, adelantándose mucho tiempo a la presencia real de la mujer en el mundo laboral, como se anticipó —no olvidemos que por disposición divina— al fundar una realidad en la que cupiesen hombres y mujeres, sacerdotes y laicos de toda condición social, puesto que el Señor no hace distinción alguna entre los llamados.

Precedió a su tiempo en la configuración jurídica de esa porción del Pueblo de Dios que es el Opus Dei, tanto se anticipó que, habiéndola dejado diseñada, la Obra fue erigida en Prelatura Personal siete años después de su muerte. Pero justamente prelatura personal porque la entidad a la que dio vida es un grupo humano variadísimo —edad, raza, sexo, posición social, profesión, nacionalidad, laicos la inmensa mayoría, los sacerdotes seculares suficientes para atender a esos laicos y sus iniciativas apostólicas…—, en definitiva gente normal y corriente necesitada de una estructura jurídica que sea expresión de esa normalidad.

Me viene a la mente otra peculiaridad: las tareas apostólicas que dirige la Prelatura, o bien las que realizan libremente sus miembros, nunca son confesionales, precisamente porque son propias de laicos con mentalidad secular, libre y responsable, que no desea cargar a la Iglesia con sus decisiones libres.

Lo mismo puede decirse de cualquier tarea profesional, social, política, económica, artística, etc., que puedan desempeñar, en la que poseen la misma libertad que cualquier católico, la misma independencia de criterio y el mismo deseo de no involucrar a la Iglesia en sus decisiones.

Diría que los miembros del Opus Dei abominan de cualquier gregarismo o de todo intento de coartar su libertad. Saben que sus decisiones personales pueden ser causa injusta de murmuraciones sobre la Obra, pero el fundador no aceptó jamás este chantaje ni lo consienten sus hijos espirituales.

Es la realidad que conozco, con miembros defectuosos, como toda criatura, pero deseosos de servir a Dios y a la humanidad a través de lo común y corriente.

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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