Mostrar la belleza del sacerdocio

Un encuentro inédito para mostrar la belleza del sacerdocio

Buena parte de los 15 mil sacerdotes que acudieron a Roma a la clausura del Año Sacerdotal participaron en el mayor encuentro mundial de sacerdotes de la Historia, que se celebró del 9 al 11 de junio. Junto a meditaciones, encuentros de oración y liturgias, se vivieron momentos de testimonio, como el que organizaron el Movimiento de los Focolares, el movimiento de Schoenstatt y la Renovación Carismática Católica Internacional, en el Aula Pablo VI del Vaticano. Fue una oportunidad, como explicó el cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado de Benedicto XVI, para descubrir la belleza del celibato, que hace del sacerdote hermano de todo hombre y mujer.

Los sacerdotes «son esencialmente hermanos entre los hermanos, en los cuales reconocen el rostro de Cristo. Hermanos de toda persona, de los hombres y mujeres, a los que deben amar y servir con total entrega, sin ningún apego, sin buscar el propio interés», explicó el cardenal Bertone. «Se comprende así la actualidad y la belleza del celibato -añadió-. Y en vosotros esta belleza resplandece, ese amor incondicional que siempre ha sido sumamente valorado por la Iglesia, como signo y estímulo de la caridad y como un manantial especial de fecundidad en el mundo».

La intervención del Secretario de Estado del Papa cobró un carácter testimonial cuando reconoció que, «en este tiempo, hemos tenido que cargar con el dolor por la infidelidad, en ocasiones grave, de algunos miembros del clero, que han tenido una influencia sumamente negativa en la credibilidad de la Iglesia». Por este motivo, Benedicto XVI, en la conversación con los periodistas en el vuelo que le llevaba, el mes pasado, a Portugal, habló «de unapersecución que nace dentro de la misma Iglesia», a causa de las infidelidades de algunos de sus hijos.

«De este dolor, surge una toma de conciencia providencial -añadió el cardenal Bertone, citando la Carta pastoral de Benedicto XVI a los católicos de Irlanda-. Es necesario vivir una época de renacimiento y renovación espiritual, seguir con valentía el camino de la conversión, la purificación y la reconciliaciónencontrar nuevos modos para transmitir a los jóvenes la belleza y la riqueza de la amistad con Jesucristo en la comunión de su Iglesia».

La conversión del sacerdote

El encuentro fue también un llamamiento a la conversión del sacerdote, a quien se invitó a acercarse, como todo fiel, a recibir el perdón de Dios en el sacramento de la Reconciliación. El cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Colonia, lanzó este mensaje al pronunciar la meditación inaugural, recordando que «la Iglesia siempre debe ser reformada». Hablando junto a la tumba del apóstol Pablo, en la basílica romana que custodia sus restos, el cardenal subrayó que «no es suficiente en nuestro trabajo pastoral hacer correcciones sólo a las estructuras de nuestra Iglesia para que sea más atractiva. ¡No es suficiente! Lo que hace falta es un cambio de corazón, de mi corazón. Sólo un Pablo convertido pudo cambiar el mundo, no un ingeniero de estructuras eclesiásticas». De hecho, reconoció, «una de las pérdidas más trágicas» que la Iglesia ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX ha sido «la pérdida del Espíritu Santo en el sacramento de la Reconciliación». La escasa participación en este sacramento, comentó, «constituye la raíz de muchos males en la vida de la Iglesia y en la vida del sacerdote». Y añadió a esto: «Cuando fieles cristianos me preguntan: ¿Cómo podemos ayudar a nuestros sacerdotes?, entonces siempre respondo: Id a confesaros con ellos». Según el purpurado alemán, «allí donde el sacerdote deja de confesar, se convierte en un agente social religioso» y «cae en una grave crisis de identidad». Concluyó: «Un sacerdote que no se encuentra, con frecuencia, de un lado o del otro de la rejilla del confesionario, sufre daños permanentes para su alma y su misión». Por el contrario, «un confesionario en el que está presente un sacerdote, en una iglesia vacía, es el símbolo más impresionante de la paciencia de Dios que espera».

Alfa y Omega

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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