Santa Micaela del Santísimo Sacramento

Desde el cielo con humor

15/06/2010 | Juan Bosco Martín Algarra

Retrato de santa Micaela del Santísimo Sacramento.

Nadie respeta más a una prostituta que quien la ayuda a dejar de serlo. Punto. Quien niegue esto o es un cretino o… un cliente. Jesús predicó con el ejemplo volcando también hacia ellas su caridad infinita (lo que luego no le salió gratis, como sabemos). Y a través de los siglos, muchos cristianos -y sobre todo cristianas- han frecuentado meretrices con el único y noble objetivo de rescatar su dignidad. Precisamente eso hizo santa Micaela en la España del siglo XIX. Nacida en Madrid en 1809, su familia pertenecía a la alta nobleza, y así se educó: sabía idiomas, tocaba el arpa, se movía con la misma naturalidad en los grandes salones que el doctor Morín en una fábrica de trituradoras. Y, además, se tomaba en serio su vida cristiana.

Dedicaba las mañanas a sus prácticas de piedad: misa, oración, rosario, visitas a los pobres… Por la tarde, atendía sus compromisos sociales, ora asistiendo a un baile en la Corte de Isabel II, ora montando a caballo en la finca de un antepasado de José Bono. Residió un tiempo en París junto a su hermano, el embajador, y fue tal la dedicación de la española a los pobres y desvalidos gabachos, que el rey Luis Felipe de Orleans quiso distinguirla públicamente. Cuando regresó a España, a pesar de que siguió ejerciendo actividades nada compatibles con el comercio carnal, Micaela pudo conocer la triste situación de muchas mesalinas gracias a sus visitas de caridad al hospital de San Juan de Dios. Si la prostitución continúa siendo hoy una realidad deprimente -amén de lucrativa para determinados periódicos ‘progresistas’-, imagínense hace doscientos años.

Muchas de esas mujeres eran abocadas al fulaneo por hombres tan poco hombres que, después de corromperlas y explotarlas, las abandonaban a su suerte enfermas y desvalidas. Las pobrecillas, algunas de ellas adolescentes, no sólo no tenían lugar donde caerse muertas cuando salían del nosocomio, sino que además se veían obligadas a cargar con un estigma social que, indefectiblemente, las conducía poco tiempo después al mismo infierno.

Micaela tenía su vida más resuelta que la Chabeli y contaba con más enchufes en altas esferas que una central de Iberdrola, pero decidió meterse en semejante berenjenal porque entendió que Cristo le pedía insistentemente que ayudase a esas pobres mujeres. Como pueden suponer, el entorno en que se movía no encajó nada bien esa opción preferencial por las furcias. Y comenzaron las incomprensiones, las maledicencias, los dimes y diretes -”¿no será también ella…?”- que arreciaban conforme la obra crecía y se le unían colaboradoras, como María Ignacia Rico, que la ayudó a conseguir una casa donde alojar y reeducar a las féminas rescatadas de esa puerca existencia. Micaela abandonó su lujosa mansión y se instaló pobremente con aquellas a las que iba a atender. Empero, la que fue casa de salvación para tantas fue calificada de perdición por no pocos personajes influyentes, clérigos incluidos. Llegaron incluso a intentar asaltarla. Una vez el obispo, escandalizado por las habladurías, llamó a la puerta para sacar de allí el Santísimo Sacramento, lo que Micaela debió de sentir como un puñal en el pecho, pues con siete de sus seguidoras había fundado una congregación dedicada a adorar a Jesús en la Eucaristía, a preservar a las jóvenes en peligro y a redimir a las víctimas de la prostitución. Eso, sin contar las penurias económicas derivadas de su ingente tarea: tuvo que vender sus propias joyas, las de su difunta madre y todos los regalos recibidos de las Cortes francesas y española (aprende, Bono). Con todo, también recibió el aliento de un futuro santo que, además, era confesor de la Reina, Antonio María Claret, quien bendijo su apostolado y la aconsejó prudentemente.

* Artículo íntegro en el número 281 del semanario, desde el 11 de junio en los quioscos.

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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