Ganando batallas después de muerto

Actualizado 15 junio 2010

Hoy he tenido la oportunidad de ver, con un  grupo de sacerdotes y nuestro Obispo, la película “La última Cima”. Los comentarios que me habían llegado eran todos elogiosos, pero la realidad supera todo lo que se pueda decir de ella. Desde el punto de vista técnico estamos ante la obra de un director  joven que sabe de cine. Lleva a la pantalla la figura de un gran sacerdote, y lo cuenta con un lenguaje cinematográfico que llega al público, que cala hondo, que te tiene en vilo desde el principio hasta el final.

Parte de la vida y trágica muerte  del  sacerdote Pablo Domínguez, al que tuvo la oportunidad de conocer, y hace una defensa de lo que debe ser un sacerdote, de lo que el mundo espera hoy del cura, sin teorías, ni argumentos ñoños, sencillamente con el testimonio de los que le conocieron, le trataron, le amaron.

¿Quién era Pablo Domínguez? Un sacerdote listo, bien preparado, bien parecido,  con sus dos doctorados en Filosofía y Teología, profesor y Decano del Instituto Teológico San Dámaso de Madrid.  Un joven que un día Dios le hizo ver lo que quería de él y le dijo que sí. Muy de nuestro tiempo. Conociendo el mundo de hoy a la perfección, las teorías filosóficas, las ideologías, todo lo que puede provocar, en un sentido o en otro, al hombre moderno, al joven y al mayor, y también al niño.  Lo mismo daba una clase, que predicaba unos ejercicios espirituales, se acercaba a la cabecera de un enfermo, o acompañaba a una madre que estaba a punto de dar a luz un hijo que venía ya con la sentencia de muerte.  Oraba mucho, dos horas cada día, y siempre que podía se escapaba a la montaña, que era su pasión. Decía que en las cumbres se encontraba más cerca de Dios. No era raro que celebrara la Eucaristía, a veces él solo, entre montañas, en ese templo que es la misma naturaleza creada por Dios.

En la película hablan niños, jóvenes, religiosas, compañeros, Obispos, madres de familia, sus propios hermanos y sobrinos. Me ha llegado al corazón la entereza del padre, que era feliz por tener un hijo sacerdote y que ahora sabía que estaba junto a Dios. Y la ternura de la madre, la única que ha derramado algunas lágrimas hablando orgullosa del hijo que Dios le había dado.

La nota de humor la ponen los niños, sus propios sobrinos, que él quería con locura. Una vez que estaba predicando empezó a llorar un niño en la Iglesia. En lugar de llamar la atención a la madre dijo: –Guardemos silencio y escuchemos a ese niño que tanto quiere Dios. Habla en la película la monja que lo había invitado a dar unos Ejercicios Espirituales a su comunidad de Navarra, y cuenta la impresión tan profunda  que le produjo la noticia de su muerte en la montaña al día siguiente de terminar los Ejercicios. Fue el último servicio que prestó como sacerdote, antes de subir a la última cima que le llevó al cielo.

Salimos todos de la sala de cine con el regusto de haber oído hablar bien de los curas, y con las ganas de vivir con el mismo Espíritu que él lo hizo. Invito al lector a que vea y propague esta película, un modelo de lo que debe ser un cine católico. Solo me queda darle las gracias al joven director por el bien que nos ha hecho, y encomendarme a Pablo para que interceda por los que todavía seguimos escalando la montaña de nuestra vida.

www.youtube.com/watch

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Juan García Inza
juan.garciainza@gmail.com

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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