La nueva revolución sexual

Estados Unidos habla de castidad y amores comprometidos

24/05/2010 | Marta Santín.

La iniciativa 'Pure love' causa furor en Estados Unidos.

En una de las respuestas que ofrece Jason Evert sobre el amor en la página web www.chastity.com, no duda en abrir su intimidad y su pasado: “Sé cómo te sientes, ya que yo era virgen cuando me casé y mi mujer no lo era. Al igual que tu novia, mi esposa se había convertido a la fe y a la castidad. Pero pensar en su pasado me dolía, a pesar de que el mío también había sido poco casto, por todo el porno que había visto cuando era adolescente. La madre Teresa dijo que para que el amor sea real, debe doler. Para mí, la paz llegó con la aceptación. Es entonces cuando nos damos cuenta de que el perdón no es un sentimiento, es una decisión. Tú vas a recibir el don de sí misma. Sería triste perder el don de una persona por anteponerlo al don de la virginidad”.

Jason Evert (1976), autor de más de diez libros sobre el amor real, se define como “orador católico” y habla sin prejuicios y abiertamente de la castidad, del amor comprometido, de comenzar de nuevo y del romance sin lamentos ni reproches.

Cada año, su mensaje llega a más de 100.000 estudiantes. Máster en Teología con especialización en Filosofía por la Universidad Franciscana de Steubenville (Ohio, Virginia), pertenece a la organización apostólica Catholic Answers, fundada en 1982, con sede en California. Evert creó “Pure Love Club”, el programa de divulgación de la castidad de Catholic Answers. Tanto él como ahora su mujer animan a adolescentes y jóvenes a crear clubes de este tipo en las escuelas de Secundaria y en la Universidad. Participan en un sinfín de debates en televisión y radio.

Otro amor es posible

En sus múltiples encuentros por todo Estados Unidos, algunos adolescentes le preguntan cómo promover el mensaje de la castidad en la escuela. Él recomienda, lo primero, orar y ayunar. Después vivirla, porque “el mundo tiene serias dudas de que las parejas modernas puedan posponer sus relaciones sexuales hasta después del matrimonio. Desconocen que esta espera conduce a la felicidad, a una intimidad mayor en el matrimonio, a un amor sin lamentos. A veces puede dar la sensación de que la pureza es sólo un sistema de restricciones. No se trata de evitar enfermedades de transmisión sexual, se trata de encontrar una clase de amor mejor”, señala.

Y en tercer lugar, recomienda hacer llegar este mensaje, bien a nivel personal o bien creando un “Pure Love Club” (PLC). “Teniendo en cuenta que hay más de dieciséis millones de estudiantes de Secundaria en Estados Unidos, hay mucho trabajo por hacer”, dice.

En sus libros y declaraciones, deja bien claro que su iniciativa no se basa en la abstinencia porque sí o sólo por el hecho de evitar enfermedades, sino que su interés principal es demostrar que otro amor es posible. “Algunos piensan que la castidad simplemente significa no tener relaciones sexuales. Pero eso es sólo la abstinencia: lo que no puedo hacer y no puedo tener. La castidad es más que eso, se trata de lo que puedes hacer, y ahora: un estilo de vida casto que trae la libertad, el respeto, la paz y el romance sin reproches”, señala.

En la web, Evert expone algunas ideas de lo que muchos jóvenes entienden por amor. “Amigos con derecho a roce, sexo seguro, más sexo seguro, no se mete en mis asuntos, ella se ocupa de su vida y yo de la mía…Nuestra generación escucha mensajes acerca de la sexualidad, pero ninguno de ellos proporciona el amor que deseamos. En cambio, la nueva revolución sexual, sin lamentos ni reproches, existe”, argumenta.

* Reportaje íntegro en el número 278 del semanario, desde el 21 de mayo en los quioscos.

El santo bebedor

Galería de heterodoxos

Joseph Roth: el santo bebedor


25/05/2010 | Kiko Méndez-Monasterio

Las mejores ideas literarias le asaltaban en momentos de embriaguez, decía.

Afirmó a sus amigos que las mejores ideas literarias le asaltaban en los momentos de embriaguez; incluso pretendía ser capaz de demostrarlo: “Si queréis, os enseño todos los buenos pasajes de mis novelas, y os digo a qué bebida debo cada uno de ellos”. Se había enamorado del alcohol tras la guerra del catorce, a la que acudió de voluntario para defender la única patria que sintió suya, la monarquía austriaca; por eso tras la derrota se nacionalizó en la nostalgia de un tiempo que no habría de volver: “Esa guerra que llaman mundial no porque la haya hecho todo el mundo, sino porque en ella todos perdimos un mundo: nuestro mundo”.

Durante un tiempo quiso creerse la utopía soviética, quizá porque prometía un futuro sin naciones. Ya era un periodista consagrado y firmaba sus reportajes como “Joseph el rojo”, mientras recorría Europa como corresponsal… Hasta que llegó a Rusia y se curó para siempre de cualquier virus revolucionario. Fue el primero en vaticinar la caída de Trotsky y el antisemitismo de Stalin, al mismo tiempo que la sombra de Hitler se alargaba hasta Viena. Nunca consideró su condición de judío más relevante que el color de su pelo, pero sabía que no era una excusa suficiente para los camisas pardas y se marchó a París, mientras en Alemania se alimentaban las hogueras con sus libros.

También es heterodoxa su reacción ante esa fogata, porque afirma que es necesario reconocer la derrota y cuando escribe El Anticristo -especie de catálogo de los horrores de su época-, no duda en incluir el sionismo junto a los nazis, el capitalismo salvaje y hasta la tecnología. Todo eso y más, según Roth, constituía la negación de los valores sobre los cuales se había construido la civilización europea.

A orillas del Sena

Por aquel entonces su firma había variado, y ahora en vez de un color añadía a su nombre el empleo militar: Lugarteniente del Ejército Imperial. Se definía como “monárquico austriaco, conservador y enemigo irreductible de todo Gobierno a la cabeza del cual se encuentre un pintor de brocha gorda”. Sin embargo, en su exilio parisino no dejó de frecuentar los ambientes de izquierda, por bohemios, sin renunciar por ello a cierto dandysmo -bastón y monóculo- que había adquirido en su trato con la antigua aristocracia del Imperio. Y todo ello, por supuesto, regado siempre con vino y con absenta, autodestructivo refugio de su pulsión artística. Stefan Zweig se ofreció a correr con los gastos de una rehabilitación, pero Roth adivinó otra intención en su amigo: “Claro, quiere pagar porque sabe que, sin alcohol, yo no escribiría una línea”.

Mirado de cierta manera, el siglo XX fue un horror que como para pasárselo borracho, y él ni siquiera abrigaba esperanzas en la capacidad regeneradora de la literatura: “Hay que escribir precisamente cuando uno ya no cree que se pueda mejorar nada por medio de la palabra impresa”. Ya se había convertido al catolicismo, y alejándose mucho de los visionarios que quieren cambiar el mundo escribiendo un libro, quiso relatar él La leyenda del santo bebedor, un clochard de París que habita bajo un puente, a la orilla del Sena, y que se pasa los días tratando inútilmente de devolver una deuda contraída con santa Teresita. Al fin muere en la iglesia donde se venera a la santa, creyéndola reencarnada en una jovencita. “Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte”.

* Artículo íntegro en el número 278 del semanario, desde el 21 de mayo en los quioscos.

Un cura en calzoncillos

Desde el cielo con humor

San Román Adame (25 de mayo): un cura en calzoncillos

25/05/2010 | Juan Bosco Martín Algarra

¿Qué hace un cura en calzoncillos, a las dos de la mañana, en la plaza del pueblo? Buena pregunta para san Román, al que humillaron de tal guisa un par de días antes de morir. Podríamos contestar, sin temor a equivocarnos, que así, casi en pelota picada, también se puede dar testimonio de Cristo. Pero no adelantemos acontecimientos… Mejor les cuento la sencilla historia de este santo sacerdote.

Nació en Teocaltiche (México) a mediados del siglo XIX. Como miles y miles de curas a lo largo de la Historia, vivió entregado a las parroquias y feligresías que le fueron encomendando. Quienes convivieron con él, le recuerdan especialmente piadoso y dedicado a los enfermos y a los pobres, a los que ayudaba y evangelizaba por aquellos enormes ranchos mexicanos. ¿Algo de especial? Si entendemos que una vida tan discreta como santa no tiene nada de especial, pues no. Ahora bien: seguramente esa perseverancia cotidiana fue lo que le permitió llevar gayumbos con dignidad inigualable en el instante supremo.

Cuando Román frisaba la venerable edad de setenta años, el Gobierno mexicano, presidido por Plutarco Elías Calles, socialista y masón (ejem, ejem, no les digo más) y tras años de hostilidad contra la Iglesia, promulgó una ley tan rabiosamente anticatólica que sólo de soñar con ella nuestro ministro Caamaño se haría pis encima de la envidia. Cualquier manifestación pública de culto fue prohibida. Varios obispos dieron con sus mitras en la frontera. Muchos clérigos y laicos murieron, como se dice, por exceso de plomo en la sangre… inoculado por el ejército. Y otros tantos tuvieron que esconderse, como por ejemplo el bueno de Román.

Una tarde, ante la angustia de una parroquiana que sufría por la triste suerte de los sacerdotes en aquellos momentos, Román se limitó a contestar: “¡Qué dicha ser mártir! ¡Dar la sangre por mi parroquia!”. Quiso el destino que un Judas del lugar encauzara los deseos del cura, delatando su escondrijo a una patrulla de soldados. El pelotón era comandado por una especie de Marcos Ana con sombrero charro, deseoso de ahorcar al último cura con las tripas del último obispo, por lo que, en cuanto cayó la noche, irrumpió en la vivienda donde se ocultaba el ‘padrecito’ y le sacó de la cama como hemos contado al principio, en paños menores.

El padre Román estuvo preso sesenta horas, durante las cuales no le dieron de comer ni de beber, por lo que su salud se deterioró cual bolsillo de pensionista español. Unos amigos del párroco suplicaron por su vida, a lo que el mandamás del destacamento, el coronel Quiñónez, respondió: “Tengo órdenes de fusilar a todos los sacerdotes, pero si me dan seis mil pesos en oro, a éste le perdono la vida”. Al oír aquello, todos se fajaron para reunir la pasta, mas cuando la pusieron en manos del canalla, éste ordenó fusilar… ¡a los vecinos que habían contribuido en el rescate! Sólo la intervención de personas influyentes en la comarca consiguió evitar la matanza, pero no salvó a Román. El coronel se quedó con el dinero y mandó liquidar al sacerdote sin importarle las lágrimas de todo el pueblo.

* Artículo íntegro en el número 278 del semanario, desde el 21 de mayo en los quioscos.

Compró 30 crucifijos para sus jugadores

Mourinho desvela el secreto de sus éxitos: “Rezo mucho, soy católico e intento ser una buena persona”

En una reciente visita al Vaticano compró 30 crucifijos para sus jugadores

José Mourinho, flamante vencedor del triplete con el Inter de Milán (Calcio, Copa y Champions) y probable entrenador del Real Madrid para la próxima temporada, es un personaje que no deja a nadie indiferente.

A pesar de su facilidad para provocar –de reciente factura es su celebración en el Camp Nou o sus gesticulaciones siempre presentes desde el banquillo- su rendimiento en los equipos que ha entrenado habla por sí solo. Hizo campeón de Europa al humilde Oporto en 2004, completó grandes temporadas con el Chelsea aunque sin llegar a ganar la Champions y, ahora, ha ganado todo con el Inter.

De su persona destaca su liderazgo, la forma de quitar la presión a sus futbolistas atrayendo todos los focos sobre sí mismo y ahora también se le conoce por su fe en Dios.

Preguntado recientemente por el secreto de sus éxitos, Mourinho hizo la siguiente declaración para BBC Sports: “Rezo mucho. Soy católico, creo en Dios. Intento ser buena persona de modo que Él pueda dedicarme un poco de su tiempo para darme una mano cuando lo necesito”.

‘A Dios rogando…’

Se encomendará unos minutos a Dios pero lo que es seguro es que el resto del tiempo no ahorra esfuerzos ni le falta ambición para conseguir sus objetivos. Todo el mundo le tiene por un enfermizo trabajador y un excelente profesional. Destaca su minuciosa preparación de los partidos, el control de cada detalle sobre sus jugadores y su especial relación con ellos.

En este sentido le define esta afirmación: “no basta con trabajar duro, hay que trabajar bien”. Se muestra partidario de “crear un liderazgo positivo en los jugadores, un liderazgo aceptado por todos que no esté basado en el estatus o el poder. Con una atmósfera así, hasta el vigilante o el cocinero se sienten parte del grupo y partícipes del éxito”.

Visita al Vaticano… y a la capilla del Camp Nou

Muestra de sus creencias religiosas fue la visita privada que hizo el pasado 3 de mayo al Vaticano, acompañado por varios directivos del Inter. Durante la misma, según recoge el diario AS, rezó unos minutos en la Capilla Sixtina. Y no se fue sin comprar una treintena de crucifijos, escogiéndolos uno a uno, que repartió entre jugadores y empleados del club.

La misma noche en que eliminó al Fútbol Club Barcelona en las semifinales de la Champions, quiso agradecer el pase a la final rezando unos minutos a la Virgen en la capilla del Camp Nou, cerca de los vestuarios.

Pío VII, Don Bosco y María Auxiliadora

Actualizado 24 mayo 2010

No se nos podía olvidar hoy, 24 de mayo, la fiesta de María Auxiliadora. Crecí en un barrio donde había, y hay todavía, un colegio de Salesianos, y por lo tanto la devoción a María auxilio de los cristianos, según la imagen popularizada por don Bosco y sus hijos, es parte de la identidad del barrio. Muchos de los chicos y chicas de por allí han estudiado en el colegio de los Salesianos -yo no, mis padres me mandaron a los Agustinos- y algo les ha marcado: Serán más o menos practicantes en las cosas de la religión, mejores o peores personas, más o menos cercanos a Dios, pero casi todos llevan en el corazón a María Auxiliadora: Y un día como hoy vuelven al colegio para participar en alguna de las muchas Misas que hay o acompañar a la Virgen en la procesión de la tarde.

Es quizás una de las devociones más extendidas en el mundo entero, y eso porque los hijos de Don Bosco la llevaron hasta los confines del orbe: Desde la Patagonia hasta los rincones de Asia. Es una de las Congregaciones más numerosas de la Iglesia (por desgracia decayendo en España, pero todavía fuerte en otros países) y por donde pasan dejan grabada la devoción a María Auxiliadora en los corazones de los jóvenes. Que después éstos la guarden, es cosa diferente. No hay ningún colegio religioso en toda la Iglesia que consiga que sus ex-alumnos sean todos fervorosos católicos. Ni lo hubo ni lo habrá, como máximo puede haberlos con mejor o menor formación. No soy yo quien para juzgar si los salesianos trabajan bien o mal en este sentido, pero lo que sí está claro es que muchísimos de sus antiguos alumnos no se olvidan de María Auxiliadora.

No la inventó don Bosco esta fiesta ni esta devoción, pero contribuyó de modo fundamental a su devoción: Uno de los momentos más difíciles de la historia de la Iglesia en relación con el Estado, fue sin duda, la llamada “Cuestión de Roma y el Estado Pontificio”. Luego de la segunda guerra de  Italia el Estado Pontificio – como un estado independiente- parecía ser condenado  a ser conquistado por el  Reino de Italia. Los obispos de Umbría invitaban a los fieles a invocar a Dios por la intercesión de la  Madre de Dios “Auxiliadora de los cristianos”, recordando los orígenes de esta fiesta, que luego veremos. Un milagro sucedió en Spoleto en mayo de 1862 cuando la Virgen le había hablado a un niño de 5 años desde una antigua imagen de una iglesia destruida. Enseguida llegaron las peticiones de todos lados para su reconstrucción. Mons. Arnaldi en 1862 lanzó una idea de levantar un templo en el lugar del milagro, dando a la imagen el titulo de “Auxiliadora de los cristianos”. Don Bosco leyó esta relación del  obispo de Spoleto . En eso Don Bosco tuvo un sueño el día 30 de mayo: “Don Bosco  vio la nave del Papa junto a dos columnas: una representaba la Eucaristía y la otra, a la  Virgen Inmaculada con la inscripción de Auxilio de los Cristianos”.

La advocación venía de lejos y la fiesta había sido declarada unos años antes. Eran tiempos duros para la Iglesia y la Virgen ayudó al Papa en uno de los peores momentos del pontificado, de ahí el recurso a dicha advocación cuando volvieron los momento difíciles años después. La historia de la fiesta nos lleva al Papa Pío VII, un Papa débil prisionero de Napoleón Bonaparte, coronado Emperador. Lo recordamos tomando el artículo que sobre el tema escribió Rodolfo Vargas en mi blog sobre Historia de la Iglesia: Napoléon había ocupado en 1806 el Reino de Nápoles, expulsando a los Borbones y poniendo sobre el trono partenopeo a su hermano José. La flota inglesa, sin embargo, era todavía fuerte en el Mediterráneo. Al negarse Pío VII a sumarse al bloqueo continental contra la Gran Bretaña, dejando abiertos a sus barcos el puerto de Civitavecchia y los del Adriático, el emperador francés ordenó al general Miollis que ocupara Roma, en la que entraron sus fuerzas el 2 de febrero de 1808.

Mientras tanto, Francia invadía Portugal y de paso se apoderaba del trono español, que dio Napoleón a su hermano José, el cual dejó el trono de Nápoles a Murat, su cuñado. Austria, que se había levantado en armas nuevamente, fue vencida nuevamente en Essling. Desde Viena, el 27 de mayo de 1809 (cinco días después de esa batalla), el que ya era dueño de la situación en toda Europa, decretaba la anexión al Imperio Francés de los Estados de la Iglesia, declarando a Roma ciudad libre imperial y dejándosela al Papa como residencia. Pío VII reaccionó haciendo publicar, el 10 de julio, la bula Quam memorandum de excomunión contra los violadores de los derechos de la Iglesia. Se sucedieron graves desórdenes en la Ciudad Eterna y el general Miollis ordenó la captura del Pontífice, que se llevó a cabo la noche del 6 al 7 de julio, cuando tropas francesas al mando del general Radet invadieron el palacio papal del Quirinal. El papa Chiaramonti no quiso que se derramara la sangre de sus valientes defensores de la Guardia Suiza y se rindió a sus captores. Radet dispuso la salida inmediata de Roma de su augusto prisionero (que tuvo apenas tiempo de coger su breviario), acompañado del cardenal Bartolomeo Pacca, pro-secretario de Estado (en reemplazo del cardenal Consalvi, que se había exiliado en París por exigencia de Napoleón tres años antes).

El viaje fue un verdadero viacrucis para el enfermizo Pío VII, que había superado los 67 años. Al salir de Poggibonsi, cerca de Siena, volcó el carruaje, acabando en medio de aguas pantanosas de las que salieron a duras penas el Papa y su ministro, magullados por el accidente. Más tarde, se detuvieron un tiempo en la Cartuja de Florencia, pero al partir, el cardenal Pacca fue separado de su augusto señor y enviado al Piamonte por una vía distinta. A Pío VII lo llevaron hasta Sarzana donde fue embarcado con rumbo a la Liguria. Llegado que hubo al puerto de San Pier d’Arena en Génova, continuó el viaje por tierra por Alessandria y Turín hasta el Cenisio, donde se reunió con él el cardenal Pacca, para acompañarlo hasta Grenoble. Aquí los dos hombres de Dios volvieron a ser separados: Pacca fue llevado prisionero a la fortaleza de Fenestrelle (donde permaneció hasta 1813), mientras el Pontífice tuvo que seguir una accidentada e incoherente ruta que lo llevó por Valence en el Delfinado (la ciudad donde estuvo cautivo y murió Pío VI), Aviñón y Niza, hasta llegar a Savona a finales de año. Aquí recibió Pío VII las expresiones de fidelidad de la población, permaneciendo hasta 1812.

Napoleón quiso aprovechar el cautiverio del Papa para arrancarle inauditas concesiones que constituían graves atentados a la independencia de la Iglesia del poder civil. Quería, además, que se estableciese su sede en París, haciendo de la capital imperial también la del Catolicismo. Pío VII se resistió a tales pretensiones, a pesar que se le quiso forzar alejando de él a todos los prelados fieles y secuestrando su correspondencia. Napoléon quiso forzar las cosas convocando un concilio en París, al que asistieron 95 entre cardenales y prelados, que, ante su sorpresa, se declararon incompetentes para suplir la autoridad pontificia. El 6 de octubre de 1811, después de tres meses de estériles sesiones, el concilio parisino fue disuelto por un enfurecido emperador. El 27 de mayo de 1812, éste ordenaba, antes de partir para la campaña de Rusia, el traslado del Papa de Savona a Fontainebleau. La travesía de los Alpes casi le costó la vida, llegándosele a administrar la extremaunción y el viático. En el palacio renacentista de Francisco I pasó el resto de su cautividad. Pero en Rusia y en España empezó a cambiar la fortuna del águila rapaz.

El 19 de enero de 1813, Napoléon se entrevistó en Fontainebleau con Pío VII. Lo trató cordialmente, pero logró convencerlo de la necesidad de un nuevo concordato con mayores concesiones a la potestad temporal. Obtuvo la firma papal el 25 de enero y se apresuró a publicar el nuevo acuerdo. El Pontífice fue presa de grandes escrúpulos de conciencia, pero fue confortado y tranquilizado por el cardenal Pacca (al que se había autorizado a reunirse con Pío VII en vistas al concordato), que le aseguró que podía retractarse, lo cual efectivamente hizo en carta a Napoléon (que se hallaba en Alemania) el 14 de marzo siguiente. Los consejeros de éste le insistían para que rompiera definitivamente con Roma como Enrique VIII, pero no quiso hacerles caso.

En medio del tira y afloja entre el Papa y el Emperador de los Franceses, ocurrió la derrota de éste en la Batalla de Leipzig, llamada de las Naciones, del 16 al 19 de octubre. Pensando que el prisionero de Fontainebleau atraía sobre él las iras del cielo, ordenó inesperadamente su liberación el 23 de enero de 1814. En marzo el Papa partía de regreso a Roma en un viaje triunfal. Mientras tanto, el 20 de abril, en el mismo palacio que había servido de encierro a Pío VII, su antiguo carcelero firmaba el acta de abdicación de su corona imperial. El 24 de mayo de 1814, entraba en Roma su anciano y trabajado Obispo, siendo recibido entre lágrimas por su pueblo. En recuerdo de esta fecha instituyó la festividad de Santa María bajo la advocación de Auxilio de los Cristianos.

Tiempos difíciles aquellos para la Iglesia y para el Papa y María no dejó de auxiliar a los cristianos. Tiempos ahora también difíciles, por lo que esperamos que maría seguirá siendo Auxiliadora para nosotros.

La fe de «Mou»

REZA, REGALA ROSARIOS…

Actualizado 25 mayo 2010

R.R./ReL

Los hinchas del Inter de Milán lo consideran un dios…o algo así. Parece ser que el Real Madrid también. Sin embargo, el gran protagonista y triunfador de la última edición de la Champions League parece que no lo ve de la misma manera.

Según lo cuenta el diario deportivo «As», «Mou» «es una persona con profundas creencias religiosas» y que una muestra de esa devoción fue la visita privada que, acompañado por varios directivos del Inter, realizó el 3 de mayo al Vaticano.

El portugués, prosigue el diario, «rezó durante unos minutos en la Capilla Sixtina. Y tras la oración, compró 30 crucifijos, con precios y formas diferentes. Los escogió uno a uno. Y los repartió entre sus jugadores y empleados del club».

Una semana antes había apeado al Barça de la Champions. Tras eliminar a los hombres de Guardiola, Mourinho se dirigió a la capilla que tiene el Camp Nou en sus instalaciones para dar gracias a Dios. Rezó durante un par de minutos y después se fue a celebrar el pase a la final con sus jugadores.

Hasta ese momento, el Inter no había ganado nada. Sin embargo, unas semanas después pasó a convertirse en el mejor equipo del mundo en 2010.