La comisión de investigación de Medjugorje

Actualizado 5 abril 2010

Cómo son las cosas y los tiempos. Una de las inquietudes sobre Medjugorje que más preocupa a los que nunca han conocido Medjugorje es el tema de la comisión de investigación. Es alucinante la cantidad de comentarios, posts, noticias mal interpretadas y erróneas que circulan por la red y demás. Me llama la atención el interés que levanta Medjugorje en gente que nunca ha mostrado el más mínimo interés, o que cuando lo han mostrado ha sido para defenestrar a los peregrinos que van allí a rezar. Los que han sufrido esas miradas saben de qué hablo, pero ha habido un tiempo –muuuucho tiempo- en que decir en tu parroquia o en tu comunidad que ibas a Medjugorje era como mentar a Islero en la casa de Manolete, o a Luis Figo en casa de Joan Gaspart.

Poco a poco las cosas van cambiando y los que mostraron algo más que desprecio sobre Medjugorje se van haciendo la cama y empiezan a mirar con un interés extraño los acontecimientos de Medjugorje, pero me permito decir que los acontecimientos en torno a Medjugorje. La comisión, el fraile desobediente… pero de meterse a interiorizar el mensaje, a preguntarse si ese mensaje puede ser auténtico y puede ser bueno para la Iglesia, por ahora nada de nada.

Lo cierto es que esta es la cuarta vez que se crea una comisión de investigación sobre los acontecimientos de Medjugorje. La primera que se crea en Roma, que hereda un trabajo que por inconcluso, no deja de ser la base sobre la que van a trabajar: los estudios, informes, entrevistas, análisis y demás material recopilado durante años de investigaciones por los obispos de Yugoslavia o de Bosnia y Herzegovina. La Guerra mandó al traste muchas instituciones y sus trabajos nunca se cerraron, y ahí, en ese vacío, quedaron las anteriores comisiones. Pero de todos modos, muchos de sus informes son públicos, y sin embargo, a muy pocos periodistas o blogeros les han importado durante años de marginación, por sorprendentes que sean, que es que lo son, y mucho.

Se sabe, por ejemplo, que durante los éxtasis, los videntes de Medjugorje pierden todo tipo de sensibilidad a estímulos externos: calor, frío, luz sobre las pupilas, pinchazos… permanecen despiertos, no en estado de vigilia, ni de coma, ni de hipnosis, viviendo una realidad que los que estamos a su alrededor no somos capaces de percibir, somos insensibles a ella como ellos a la nuestra en ese momento.

Los mensajes que estos chicos transmiten son una preciosa síntesis de vida cristiana, una catequesis asequible para todo hijo de vecino, sin necesidad de formar parte de comunidad o movimiento, sin tener que estudiar Teología, ni de nada extraordinario. Un manual para tener una ordinaria vida de oración, de presencia de Dios, nada más, y dándole mucho más protagonismo tanto a los laicos como al párroco y a la parroquia.

Sin embargo, siendo impepinable que esos exámenes médicos están ahí y que son públicos, en la mayoría de los medios de comunicación católicos de este país se ha tenido más en cuenta la trágica historia de un desgraciado fraile que pasó tres años en Medjugorje, una vez que ya habían empezado las apariciones, que se enrolló con una señora que estaba más ara allá que para acá, que dejó el sacerdocio, que fue expulsado de la orden, que pidió su secularización… Han titulado noticias refiriendose a este fraile como “el promotor de las apariciones de Medjugorje”, mezclando churras con merinas, y sin embargo, nunca han hablado del milagro que estos chicos dicen vivir y la ciencia no fue capaz de desmentir. Han dedicado ese titular a ese antiguo fraile cuando tan solo es uno de los cerca de setenta frailes que han formado parte de la parroquia en estos casi treinta años.

Dos de los medios de comunicación en lengua castellana y católicos más importantes, han difundido noticias sobre Medjugorje cargadas de mentira, sin haber hecho el más mínimo ejercicio periodístico de contraste de las fuentes, de verificación de la noticia, haciendo las veces, torpes, tontos, de eco de la prensa anticatólica serbia -donde nacieron esas noticias- y británica –desde donde se expandieron-, y cuando han sido corregidos en secreto, sus directores no han tenido la clase ni la dignidad de publicar una corrección, ni el más mínimo comentario. Eso es rigor periodístico, eso es profesionalidad.

Contrasta además el poco interés que ha habido siempre por los informes citados, públicos desde siempre, de las anteriores comisiones de investigación, con el interés que hay, por ejemplo, con la lista de miembros de la comisión, que es secreta y sin embargo todo el mundo parece conocer. Interés y falta de respeto, porque como he dicho, la Santa Sede pidió que la lista fuese secreta y sin embargo, ese secreto pocos respetan ahora.

A lo que voy es que ahora hay un montón de interesados en Medjugorje a colación de la comisión, en ocasiones haciendo mofa de ello, y dejando ver en sus textos un sutil interés en que la comisión machaque Medjugorje, a sus videntes y a sus peregrinos.

Lo que se deja ver por entre esas líneas es un interés especial en que en Medjugorje no se haya aparecido la Virgen, aunque lo haya hecho, porque uno no se lo ha creído y lo ha combatido. A que Medjugorje sea mentira, aunque sea verdad, porque el establishment católico no lo ha admitido. A que en Medjugorje no se haya convertido nadie, aunque lo haya hecho, porque en Medjugorje el único elemento de gobierno y mando ha sido directamente la Virgen María, sin pedir permiso ni preguntar nadie.

Menos mal que Roma ha tomado cartas en el asunto, aunque es curioso como, mientras los que nunca han estado interesados en Medjugorje, se han interesado ahora, mientras que los que se sienten de alguna manera hijos de Medjugorje, los que rezan según su experiencia vivida allí, lo de ahora les importa bastante poco, la verdad. Demasiado tiene con el follón diario de las cinco piedras de Medjugorje, rezar y esas cosas…

Mientras preparo el segundo libro sobre el fenómeno, estoy ahora trascribiendo una entrevista de un seminarista catalán que descubrió su vocación allí, cuya historia es sorprendente a más no poder. Le pregunté qué haría si Roma dijese que todo aquello ha sido un montaje. “Si dicen que no, para mí será que no. Mi vocación es mucho más grande que el lugar donde la he sentido. Pero yo siempre seré un sacerdote al que Dios hizo tangible su vocación estando en Medjugorje. No puedo entender mi vocación sin Medjugorje. Eso siempre será así, y Dios sabrá por qué tuvo que ser allí”.

De la militancia proabortista a la santidad

Actualizado 5 abril 2010

Hoy día en que el problema del aborto está en auge, llama la atención el caso de una mujer que abortó en los años veinte del pasado siglo. Fue pionera en esto como lo fue en muchas otras cosas. Tenía una gran conciencia social y fue la entrega a los pobres la que dirigió su mirada al Cielo, fue su entrega a los desprotegidos la que abrió su corazón para que Dios entrara a saco en su vida. Y fue el nacimiento de su segundo hijo el que la hizo consciente de la barbaridad del aborto, y pasó de icono pro-abortista a defensora del no nacido, pasó de agnóstica de izquierdas y militante sindical a aspirar a la santidad en la tierra. Hoy Dorothy Day se encuentra en vías de beatificación.

No es un caso único, hace poco se hizo público el testimonio de Amparo Medina, militante pro-abortista y guerrillera ecuatoriana que trabajó para las Naciones Unidas y que hoy es guerrillera de la causa pro-vida. Podéis encontrar su testimonio en mi blog.

http://buscandounidad.blogspot.com/2010/03/en-la-militancia-del-aborto-solo-vi.html

Dorothy Day

Os traigo aquí un artículo de Aciprensa que nos introduce un poco a la vida de Dorothy Day y más abajo un extracto de uno de sus libros en los que cuenta su experiencia de conversión. Puede ser el camino que use el Señor con muchas almas que ahora se encuentran atormentadas como consecuencia del aborto. Todos debemos ser conscientes de cómo Dios actúa también en éstas mujeres que por diversas circunstancias deciden matar a sus hijos por nacer, todo pecado puede ser perdonado, solo hay que abrirse a la misericordia de Dios. Los que estamos en contra del aborto debemos ser conscientes de la cantidad de personas que hoy se encuentran en situación desesperada, aunque no siempre consciente, por el hecho cometido. Nuestro deber es transmitir la misericordia de Dios, en esto como en todo, y ser misericordiosos tal y como nos pide Cristo: “Como vuestro Padre en el Cielo es Misericordioso”.

Tomado de:
http://www.aciprensa.com/vejemplares/dorothy.htm

Hilarie Belloc en un momento dado escribió: «Los hombres y mujeres conversos son, quizás, el actor principal del creciente vigor de la Iglesia Católica en nuestro tiempo«. Y sobre este punto vemos la conversión de Dorothy Day (1897-1980), una mujer divorciada que abortó por miedo a ser abandonada por su amante, y que más tarde permitió a la sociedad de aquél entonces contagiarse del Evangelio y los valores de la Iglesia, y así ser ejemplo de santidad en medio de lo cotidiano.

El fallecido Arzobispo de Nueva York, Cardenal John O´Connor, manifestó en una oportunidad que «la beatificación de Dorothy Day podría recordar a muchas mujeres de hoy lo grande que es la misericordia de Dios, incluso cuando somos capaces de cometer un acto criminal y abominable como el aborto de un hijo. Ella supo bien lo que es estar al margen de la fe y lo que es después descubrir el camino correcto y vivir en plena coherencia con la exigencia de la fe católica».

Dorothy nació en Brooklyn en el año 1897, creció en Chicago dentro de una familia protestante. Asistió, más no se graduó, a la Universidad de Illinois. En el año 1916 la familia Day se mudó a Chicago, donde ella sigue la carrera de periodista revolucionaria. Empieza a escribir como corresponsal y hace publicaciones izquierdistas como el Call y el New Masses. Se involucró en asuntos candentes como: los derechos de la mujer, el amor libre y el control de la natalidad.

Dorothy quedó nuevamente embarazada en el año 1926 y esta vez decidió tener al bebé. «Y entonces la pequeña Tamar Theresa nació, y con su nacimiento la primavera llegó a nuestras vidas. Mi alegría era tan grande que me senté en la cama del hospital y escribí un artículo para el New Masses sobre mi hija con la intención de compartir mi alegría con el mundo». Day decidió que su hija sería católica, la bautizaría y ella también se convertiría al catolicismo, aunque el padre del bebé era un ateo comprometido.

Dorothy era consciente de que era imposible hacer aquello teniendo a un amante al mismo tiempo. Por lo que un día antes de su bautismo se separó de él. «La conversión es una experiencia solitaria. Nosotros no sabemos qué está pasando en las profundidades del corazón y el alma de otra persona. Apenas nos conocemos a nosotros mismos».

Las enseñanzas de la Iglesia, la vida sacramental, la convivencia con los pobres y la lucha contra un sociedad que se burlaran de ella, fueron las cosas que más marcaron su vida.

«The Catholic Worker«, periódico fundado por Day, lanzó su primer ejemplar el 1 de mayo de 1933, con informaciones sobre las huelgas, el paro, el trabajo infantil, los salarios ínfimos de los negros, etc. Los colaboradores crecieron y los números de distribución también, y fue por lo que se convirtió también en un movimiento para ayudar a los más necesitados y es así que se empezaron a construir casas de hospitalidad, y para 1936 ya se habían construido 33 casas en todo el país debido a la Gran Depresión, que estaba dejando a millones de personas en la total miseria.

En 1980, a los 83 años, Dorothy Day falleció, luego de una vida llena de pobreza voluntaria. El periódico «The Catholic Worker» continúa en circulación y sigue costado el mismo precio que cuando recién fue lanzado: 1 centavo de dólar.

DE UNION SQUARE A ROMA, capítulo 1, por Dorothy Day

Tomado de: http://www.pbs.org/wgbh/questionofgod/voices/day.html

«Amar a tu prójimo no es sólo bueno para el prójimo, es esencial para nuestras almas«, dijo Dorothy Day. Originalmente agnóstica, nacida en la ciudad de Nueva York abandonó la escuela para escribir en la prensa marxista: The Call, The Masses and The Liberator, dedicados principalmente a cubrir informaciones sobre las huelgas, el control de la natalidad y los movimientos por la paz.

Su conversión al catolicismo a finales de los años veinte le exigió combinar su llamamiento por la justicia social con el cristianismo. En 1933, Day cofundó el Movimiento de Trabajadores Católicos, que incluía un periódico y un sistema de hospicios, con la esperanza de transformar las personas más que en cambiar los sistemas políticos y económicos. En este extracto de su autobiografía, escrito como una carta a su hermano, explica Day la espiritualidad que encontró a través de su acción social.

De Union Square a Roma, Capítulo 1

Es difícil para mí volver a sumergirme en el pasado, sin embargo, es un trabajo que debo hacer, se cierne sobre mi cabeza como una nube. San Pedro dice que tenemos que dar una razón de nuestra fe que, y estoy tratando de darles las razones.

…Soy una mujer de cuarenta años… Lo que quiero poner de manifiesto en este libro es una sucesión de acontecimientos que me llevaron a Sus pies, aspectos de Él que he recibido a través de muchos años y que me hicieron sentir la necesidad vital de Él y de la religión. Voy a tratar de rastrear para ustedes los pasos por los cuales llegué a aceptar la fe que creo que estuvo siempre en mi corazón. Por esta razón, voy a narrar en su mayoría lo bueno que encontré, incluso dentro de un ambiente y unas personas que intentaban rechazar a Dios.

La marca de los ateos es el rechazo deliberado de Dios. Si usted no rechaza a Dios ni abraza deliberadamente el mal, entonces usted no es un ateo. Si usted duda o niega con su boca lo que su corazón y su mente no niega, se le considera un agnóstico.

«No puede haber fraternidad sin paternidad de Dios.»

A pesar de que sentía la fuerza y una atracción irresistible hacia la bondad, aún así, a veces, realizaba una elección deliberada del mal. En qué medida me sentí obligada a elegirlo, es difícil decirlo. En qué medida los profesores, compañeros y la lectura influyó en mi forma de vida, no importa ahora. El hecho es que había mucho de elección deliberada en ello. La mayoría de las veces era «siguiendo la disposición y los deseos de mi corazón». A veces era muy a pesar de la idea de Baudelaire de elegir «la senda que conduce a la salvación». A veces se trató de mi elección, de mi libre voluntad, aunque quizás en el momento yo negara que se tratara de mi libre albedrío …Que el Señor me perdone. Fue la arrogancia y el sufrimiento de la juventud. Era patético, un poco patético, y con ello estoy tratando de buscar una excusa.

¿Fue este deseo de estar con los pobres y los abandonados y sin mezclarme con ellos un deseo distorsionado de estar con los disolutos? …Escribo estas cosas porque a veces cuando estoy escribiendo estoy asustada por mi presunción. Me asusta también, no decir la verdad o distorsionar la verdad. …Pero toda mi perspectiva ha cambiado y cuando miro las causas de mi conversión, a veces es una ya veces es otra cosa la que destaca en mi mente.

A medida en que queremos conocernos, no nos conocemos bien. ¿Realmente queremos vernos como Dios nos ve, o como lo seres humanos nos ven? ¿Podemos asumir lo que descubrimos, débiles como somos? ¿Sabes esa sensación de contentamiento en el que a veces nos sumergimos, nos enfundamos, por así decirlo, como en un vestido, contentamiento con el mundo y con nosotros mismos? …No queremos tener una visión clara de nuestro interior que nos revele nuestros más secretos fallos. Hay en los Salmos una oración que dice: «Líbrame de mis pecados secretos». En realidad, no sabemos cuánto orgullo y amor propio tenemos hasta que alguien a quien respetamos y amamos se vuelve repentinamente contra nosotros. Entonces, alguna afrenta repentina, alguna ofensa que recibimos, nos revela en toda su notoria distinción nuestro amor propio, y nos avergüenza.

…Hay algunos párrafos acerca de la Santísima Trinidad que leí no hace mucho que señalan una analogía entre el alma y Dios. El alma es siempre una. Se conoce a sí misma y se ama a sí misma. «… A pesar de que siempre somos capaces de pensar y de hacer nuestra voluntad, no siempre ejercemos estas facultades, hay interrupciones, momentos en los que nos sentimos impotentes, cuando estamos cansados. Una mosca es suficiente para distraer a un hombre de su pensamiento. En esto distinguimos (y en esto consiste nuestra debilidad) la capacidad de actuar y la acción propiamente dicha. Esta debilidad no existe en Dios. … el Espíritu divino triunfa donde nosotros fallamos». (Landrieux, Le Divin Méconnu )

…¿Conoce los Salmos? Es lo que más leía cuando estuve en la cárcel de Occoquan. Los leía con un sentido de volver a algo que yo había perdido. Había un eco en mi corazón. ¿Y cómo puede alguien que ha conocido el dolor humano y la alegría humana no dar un respuesta a estas palabras?

«Desde lo profundo clamo a ti, oh Señor: …Escucha, Señor, mi oración: Estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica en tu verdad: escuchame en tu justicia. Y no enjuicies a tu siervo: porque a tus ojos nadie puede estar justificado. Porque el enemigo ha perseguido mi alma: él ha tirado mi vida sobre la tierra. Él me ha hecho morar en la oscuridad como los que han muerto en la vejez: Y mi espíritu se angustia en mi interior: mi corazón se agita dentro de mí. …Sé presto en escucharme, Oh Señor, mi espíritu desmaya. No apartes de mi tu rostro, no sea que yo caiga como ellos en el hoyo. Me mueve escuchar tu misericordia cada mañana; porque en ti he esperado. Muéstrame el camino por el que he de caminar: por que he levantado mi alma a ti».

A lo largo de los primeros tediosos días en la cárcel cuando estaba en régimen de incomunicación, el único pensamiento que confortó mi alma fueron éstas líneas de los Salmos que expresan el terror y la miseria del hombre repentinamente asolado y abandonado. La soledad, el hambre y el cansancio del espíritu, agudizaron mis percepciones para que no sólo sufriera mi propio dolor, sino también los dolores de las personas que me rodeaban. Ya no era yo. Yo era un ser humano. Ya no era una niña, que forma parte de un movimiento radical que busca justicia para los oprimidos, yo era la oprimida. Yo era esa drogadicta, gritando y sacudiéndose en su celda, golpeando su cabeza contra la pared. Yo era aquel ladrón que por rebelde fue condenado a reclusión solitaria. Yo era aquella mujer que había matado a sus hijos, que había matado a su amante.

La oscuridad del infierno me rodeaba. Los dolores del mundo me acompañaban. Yo era como el que cae en el hoyo. La esperanza me había abandonado. Yo era aquella madre cuyo hijo había sido violado y asesinado. Yo era la madre que había dado a luz al monstruo que lo había hecho. Yo era también ese monstruo, sintiendo en mi corazón cada abominación.

Como leí más tarde, parece, de hecho, una declaración sobredimensionada de los problemas emocionales y de las reacciones de una mujer joven en la cárcel. Pero si vives por mucho tiempo en los barrios marginales de las ciudades, si estás en contacto constante con los pecados y el sufrimiento, lo raro es no experimentar esto. A menudo me ha parecido que la mayoría de la gente se protege instintivamente de ser tocado muy de cerca por el sufrimiento de los demás. Ellos le dan la espalda, y lo convierten en un hábito. Los periódicos muestran sin embargo testimonios repugnantes sobre la delincuencia y hay un secreto entusiasmo y placer en la lectura del sufrimiento de los demás. Uno podría decir que hay una sensación de superficialidad en cómo se entiende la tragedia de la vida de los otros. Pero alguien que ha aceptado las dificultades y la pobreza como la forma de vida para caminar, está abierto a la sensibilidad de los sufrimientos de los demás.

En definitiva, si no fuera el Espíritu Santo el que me conforta, ¿cómo he sido consolada? ¿cómo he soportado? ¿cómo he vivido en la esperanza?

… Sentí cuando parecía en lo más bajo de mi vida, que una fuerza de esperanza me levantaba de golpe.

Más tarde me familiaricé con el poema de Francis Thompson, «The Hound of Heaven», y me transformó su poder. Eugene O´Neill lo recitó por primera vez para mí en la trastienda de un salón en la Sexta Avenida, que los actores y dramaturgos de Provincetown utilizaban para reunirse después de las actuaciones.

«Yo he huido de Él, por noches y días; Huí de Él, sorteando los años; Huí Él, por caminos laberínticos. Con mi propia mente, y en la bruma de las lágrimas, me escondía de Él».

A través de toda mi vida cotidiana, en aquellos con los que entré en contacto, en las cosas que he leído y oído, he tenido la sensación de ser perseguida, de ser deseada; un sentido de esperanza y expectativa.

… ¿Te acuerdas de esa pequeña historia que cuenta Grushenka en Los hermanos Karamazov? «Érase una vez una mujer campesina y era una mujer muy mala. Y ella murió y no dejó una sola buena acción detrás. Los demonios la capturaron y la hundieron en un lago de fuego. Su ángel de la guarda se resistía y se preguntaba qué buena obra de ella podía recordar para decir a Dios. «Una vez ella arrancó una cebolla de su jardín», dijo él, «y se la dio a una mujer que mendigaba»

Y Dios le dijo: ´Toma entonces la cebolla, llévasela al lago, deja que la agarre y tira de ella para sacarla. Y si la sacas del lago la dejo entrar en el Paraíso, pero si la cebolla se rompe, entonces la mujer debe permanecer donde está». El ángel corrió hacia la mujer y acercó la cebolla a ella. «Ven», dijo él, «mantén agarrada la cebolla, y yo tiraré de ti para sacarte. Y comenzó a tirar con cautela para sacarla. Acababa de empezar a salir, cuando otros pecadores del lago, viendo lo que ocurría, se agarraron a ella para salir también. Pero era una mujer muy mala y comenzó a patear. «Me saca a mí, no a usted. Es mi cebolla, no la suya». Tan pronto como ella dijo esto la cebolla se rompió. Y la mujer cayó en el lago y se está quemando allí hasta el día de hoy. Y el ángel lloró y se fue».

A veces cuando me pregunto el porqué de la bondad de Dios conmigo, he pensado que se debe a que yo regalé una cebolla. Y Porque yo sinceramente quise a sus pobres, Él me permitió conocerle. Y cuando pienso en lo poco que he hecho, me llena de esperanza y amor para todos aquellos que están dedicados a la causa de la justicia social.

«¡Qué gloriosa esperanza!» Escribió François Mauriac. Éstos son los que descubren que su vecino es el mismo Jesús, a pesar de que pertenecen a la masa de los que no conocen a Cristo o que lo han olvidado. Y no obstante se sabrán bien amados. Es imposible para aquellos que viven la verdadera caridad en su corazón no servir a Cristo. Incluso algunos de los que piensan que le odian, han consagrado sus vidas a Él; porque Jesús se disfraza y enmascara entre los hombres, oculto entre los pobres, los enfermos, entre los reclusos, entre los extranjeros. Muchos de los que le sirven oficialmente nunca han conocido quién fue, y muchos que no saben ni su nombre, escucharán el último día las palabras que abren para ellos las puertas de la alegría. «Oh, en esos niños estaba yo, y yo estaba en esos trabajadores. Lloré sobre la cama de hospital. Yo era el asesino que consolaste en su celda».

La visión de Dios venía siempre cuando estaba sola. Los objetores no pueden decir que se debió a un sentimiento de soledad, el miedo a la soledad y el dolor lo que me hizo volverme a Él. Fue en esos pocos años, cuando estaba sola y más feliz cuando me encontré con Él. Lo encontré, en definitiva, a través de la alegría y la acción de gracias, no a través de la tristeza.

Sin embargo, ¿cómo pudo ser eso? Lo mejor es decir que lo he encontrado a través de Sus pobres, y en un momento de alegría me volví a Él. He dicho, a veces con ligereza, que la masa de burgueses y malos cristianos que negaban a Cristo en sus pobres me convirtió en comunista, y que fueron los comunistas y el trabajo con ellos lo que me hizo a su vez volverme a Dios.
Un místico es un hombre enamorado de Dios. No alguien que ama a Dios, sino que está enamorado de Dios. Y este amor místico, que es una emoción exaltada, lleva a amar las cosas de Cristo. Sus pasos son sagrados.
…Cuando sufrimos, nos dicen que sufrimos con Cristo. Estamos «completando los sufrimientos de Cristo». Sufrimos Su soledad y su miedo en Getsemaní cuando sus amigos dormían. Estamos aplastados con Él bajo el peso no sólo de nuestros propios pecados, sino de los pecados de los otros, de todo el mundo. Somos aquel contra el que se peca y somos los que están pecando. Estamos identificados con Él, somos uno con Él. Somos miembros de su Cuerpo Místico.

A menudo hay un elemento místico en el amor de un trabajador radical para con su hermano, su compañero de trabajo… Por ignorancia, tal vez, no conoce el nombre de Cristo, sin embargo, creo que está tratando de amar a Cristo en sus pobres, en sus perseguidos. Siempre que los hombres han dado su vida por sus semejantes, lo están haciendo en alguna medida por Él. Esto es lo que creo firmemente…

«En la medida en que vosotros lo hicisteis a uno de estos hermanos, me lo habéis hecho a mí». Sintiendo esto como yo lo hice, ¿es de extrañar que me llevara finalmente a los pies de Cristo?

No me refiero con todo esto a que yo andaba en un estado de exaltación o a que esto le ocurre a cualquier radical. El amor es una cuestión de voluntad. ¿Sabes cómo falla el espíritu durante una larga huelga, lo difícil que es para los dirigentes mantener la moral de los hombres y mantener el fuego de la esperanza que arde dentro de ellos? Tienen dificultades para mantener esta esperanza por sí mismos. Santa Teresa dice que hay tres atributos del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Estos líderes por su comprensión de la lucha, de cómo se obtiene la victoria que muy a menudo es a través de la derrota, saben que cada pequeña ganancia es un beneficio para cada trabajador de todo el país, por su conocimiento de lo que pasó en luchas pasadas, están habilitados para fortalecer su voluntad para seguir adelante. Esto sólo se consigue ejerciendo esa facultad del alma que hace que uno esté habilitado para amar a sus compatriotas. Y esa fuerza viene de Dios. No puede haber fraternidad sin paternidad de Dios.

Imagina una fábrica en la que el cincuenta por ciento de los trabajadores está contento y no se preocupa por sus semejantes. Es difícil inspirarles con la idea de la solidaridad. Observa a los trabajadores que desprecian a sus compañeros de trabajo, al negro, al húngaro, al italiano, al irlandés, donde los odios raciales y los sentimientos nacionalistas persisten. Es difícil superar su tenaz resistencia con paciencia y con amor. Esa es la razón para la coacción, los golpes a los esquiroles y a los rompe-huelgas, las amenazas y los odios que crecen. Por eso es que en la lucha laboral, a menos que exista un líder sabio y paciente, hay desunión, un desgarro en el Cuerpo Místico.

Incluso los líderes laborales menos creyentes han comprendido la conveniencia de la paciencia cuando he hablado con ellos. Se dan cuenta de que por el uso de la fuerza han perdido más huelgas que las que han ganado. Se dan cuenta de que cuando no hay violencia en una huelga, el empresario a través de sus guardias armados y rompe-huelgas pueden tratar de introducir esta violencia. Esto ha ocurrido una y otra vez en la historia laboral.

Qué difícil es hacer que el líder sindical entienda que debemos amar incluso el empresario, aunque sea injusto, que tenemos que tratar de superar su resistencia por la resistencia no violenta, mediante la parada de los trabajadores, es decir, por las huelgas y el boicot. Se trata de medios no violentos y más eficaces. Tenemos que tratar de educarlo, de convertirlo. Hay que perdonar setenta veces siete como también nosotros perdonamos a nuestros colegas de trabajo y tratar de brindarle un sentido de solidaridad… Y ¿cómo convertir un empresario que ha desalojado a todos sus trabajadores que estaban en huelga, de manera que esos hombres, mujeres y niños se ven obligados a vivir en tiendas de campaña, que llama a la guardia armada que quema las tiendas de campaña de manera que veintiocho mujeres y niños fueron quemados hasta morir, como Rockefeller hizo en Ludlow? ¿Cómo perdonar a ese hombre? ¿Cómo convertirle? Ésta es la pregunta que el trabajador te hace desde la amargura de su alma. Es sólo a través de un Cristo-Amor que el hombre puede perdonar.

…Después de todo, las experiencias que he tenido son más o menos universales. Sufrimiento, tristeza, arrepentimiento, amor, todos lo hemos conocido. Son más fáciles de llevar cuando uno se acuerda de su universalidad, cuando recordamos que todos somos miembros o potenciales miembros del Cuerpo Místico de Cristo.

La conversión es una experiencia solitaria. No sabemos lo que está sucediendo en las profundidades del corazón y el alma de otro. Si apenas nos conocemos a nosotros mismos.

Unidos por el amor

Francisco y Josefa un día decidieron ante Dios unir sus vidas y fundar una familia, los problemas les hicieron llegar a la violencia y al divorcio pero lo que el Señor ha unido no lo separa el hombre.

Un matrimonio joven que sirve a Dios pero que se encuentra limitado por un entorno hostil, problemas familiares y circunstancias ocasionadas por el mal hacen que Josefa culpe de la situación que padecen a Francisco, quien se ve orillado a buscar la felicidad ya no en su esposa. Violencia verbal y física es lo que observan sus hijos que deben cargar con la dolorosa separación en los tribunales civiles durante dos años.

Sin embargo al experimentar el vacío que deja esa falsa felicidad es Nuestra Señora quien preocupada por las familias como en las Bodas de Caná se encarga de volver a unir lo que el Señor había unido.

Necesitas orar por tu esposo

Padre: Si no se me convierte se va para el infierno

La profanación y sacrilegio del que fuimos testigos en Costa Rica, provocan decepción e indignación, es una llamada de atención para corregir la falta de respeto con que se toma la Santa Eucaristía.

A pesar de que los hombres nos fallan, Dios no nos falla y usa los medios para hacernos llegar su mensaje verdadero y la predicación del Padre Wilson Salazar de Colombia es digna de ser escuchada por el clero y por las sectas, pues el daño que se le está provocando a fe y la salvación de muchos no la podemos cuantificar.

Por eso quiero dedicar ésta predicación sobre el fin de los tiempos a mis amigos sacerdotes, espero que puedan verla completa.

Cuidado con la mentira

«…hijos uno tiene que ser claro en la vida, a Dios no le gusta que lo traicionen…»

Del diario de Caludia

Me llamo Claudia Prócula y estoy casada con Poncio Pilatos, Procurador de Judea.

Mi esposo es un hombre justo e inteligente. Si hubiera contado con el favor del César como otros funcionarios de la Urbe, hoy no estaríamos aquí, en esta lejana provincia del Imperio, rodeados de gentes incultas y fanáticas. Tiberio nos destinó a Jerusalén hace casi diez años y, desde entonces, sólo pensamos en volver a Roma.

Recuerdo cuando vi a mi marido por primera vez. Era un patricio alto y apuesto, de una de las familias más nobles de la Ciudad. Era elocuente e ingenioso, hablaba griego con fluidez y comprendía otras lenguas extranjeras como el árabe y el arameo. Todos le auguraban un gran porvenir como senador del Imperio, y cuando me tomó como esposa ante el altar de Júpiter, me prometió que viviríamos siempre en su gran casa, a la orilla al Tíber.

Yo amaba a mi marido y aún lo amo. Es cierto que con el paso de los años se le ha enrarecido el carácter, que a veces se deja llevar por la cólera. Quizá la culpa sea mía, ya que no he sido capaz de darle un hijo. En ocasiones se pone violento también conmigo y me amenaza con el divorcio. Le sería muy sencillo conseguirlo: basta con que me entregue en una carta las palabras de repudio que prescriben nuestras leyes; pero yo sé que él nunca ha querido hacerlo. Me siento segura a su lado, a pesar de las calumnias que propagan los hebreos. Dicen que es cruel, que maltrata a los esclavos y se burla de la religión de Israel. No, no lo creo. No es cierto.

El caso es que hoy ha tenido que levantarse de madrugada porque los Pontífices y los miembros del Sanedrín le han traído a un preso al que quieren ajusticiar en la cruz. Se llama Jesús y dicen que alborota a las gentes, que se considera hijo de un Dios, que habla de destruir el Templo; pero, cuando le he mirado a los ojos esta mañana…

Yo me había asomado a la ventana al oír el clamor de la muchedumbre. Allí, a pocos metros, maniatado, estaba él. Por un momento sólo he sentido compasión, la misma que me producen todos aquellos que van a ser castigados por sus crímenes. Iba a retirarme hacia el interior de la casa cuando Jesús ha levantado la cabeza, me ha mirado y le he reconocido.

Escribo estas líneas temblando. Los ojos del Galileo… Los he visto en sueños muchas veces y siempre supe que no eran un producto de mi fantasía. ¡Cuántas veces me he despertado a medianoche empapada en sudor y llorando por culpa de esa mirada penetrante, acusadora y amable al mismo tiempo! Yo sabía que esos ojos me buscaban y que tal vez me pedían una respuesta. Hoy los he vuelto a ver.

Pilatos está interrogando a Jesús ahora mismo. Oigo su voz cálida y persuasiva, a veces enérgica y llena de autoridad. Jesús responde en voz baja y no logro distinguir sus palabras. Fuera, frente al Pretorio continúan los gritos y el alboroto. He suplicado a mi marido que no haga daño a ese hombre. No me ha respondido, pero estoy segura de que también él ha notado ya la fuerza de su mirada, y comprende que nadie hay en el mundo más inocente.

Mi esposo es un hombre justo. Por eso, mientras Jesús permanezca bajo su poder, no corre ningún peligro. Estará a salvo de las fieras que lo acosan. Poncio Pilatos hará justicia, y yo podré volver a encontrarme con el Santo de mis sueños; le preguntaré tantas cosas. Y dejaré que me limpie el alma con su mirada de fuego.

Del diario de Verónica

La Verónica en el Via Crucis de Aldeafuente

Aquí, en el Cielo, todos me llaman Verónica. En la tierra tenía otro nombre que ya no recuerdo, y muchos historiadores dicen que no he existido, que soy sólo una piadosa leyenda. ¡Si supieran cuántas “leyendas piadosas” son más reales que las historias que ellos relatan!

Sí, es verdad que cuando me vine al Cielo dejé en la tierra un lienzo blanco con el rostro de Cristo impreso. Unos dicen que ahora está en la Basílica de San Pedro, otros que en el Monasterio de la Santa Faz, en Alicante, en la Catedral de Jaén o en la Basílica del Sacré Coeur, de París. Yo podría aclarar la cuestión, pero es mejor dejarlo así. El verdadero icono, el “vero icono” (de ahí procede el nombre de “Verónica” que me pusieron) está en el corazón de cada uno de los que creen en Él.

Pero vale la pena que os cuente mi historia.

Nunca había visto a Jesús de cerca hasta que entró en Jerusalén montado en un borrico. Mis primos me avisaron de que llegaba, y me dijeron que era el Cristo, el heredero del trono de David. Yo, que ya tenía catorce años y acababa de celebrar mi matrimonio dos días antes, salí corriendo a la calle con uno de los ramos de flores que todavía quedaban en casa, para entregárselo al Señor. Eran unas flores preciosas: rojas, blancas, amarillas, violetas…

Estuve muy cerca de Jesús, pero no pude darle el ramo. Para cuando llegué, ya los niños me habían arrancado una a una todas las flores y las habían arrojado al camino o sobre el borrico. Yo quería llorar porque había perdido mi regalo, pero entonces Jesús me miró, tomó con la mano derecha una flor que había caído sobre las crines del burro y, sin dejar de sonreírme, la besó.

Volví a casa corriendo y cantando. Le dije a mi esposo que teníamos que volver juntos para que el Mesías bendijese nuestro matrimonio y así lo hicimos, pero ya no pudimos encontrarlo. El Señor parecía haberse esfumado.

Volvimos a verlo unos días más tarde. Tenía el rostro desfigurado y todo su cuerpo era una llaga. Llevaba sobre los hombros el madero trasversal de una cruz enorme. Un soldado romano le azotaba en las piernas mientras le gritaba que caminase más deprisa. Mi esposo no pudo contenerse y agarró al soldado por el brazo. Éste lo rechazó de un empujón y yo aproveché ese momento para acercarme a Jesús.

Vi su cara malherida, empapada en sudor, lágrimas y sangre. Yo llevaba conmigo un lienzo blanco que me habían regalado el día de mi boda. ¿Qué iba a hacer? Con el mayor cuidado que pude, limpié el rostro del Señor. La caravana se había detenido. Jesús volvió a mirarme. Un segundo después, alguien me empujó para que me apartara y me encontré de nuevo llorando en los brazos de mi esposo.

Al caer la tarde supe que Jesús de Nazaret había muerto. Sólo entonces tomé de nuevo el lienzo. No tenía intención de lavarlo, pero tampoco sabía qué hacer con él. Lo desplegué y allí estaba, nítido y claro, el rostro bellísimo del Señor.

Se lo mostré a mi marido:

—Es el mejor regalo de boda que nos han hecho —me dijo—.

Desde aquel día fuimos discípulos del Maestro. Ahora, en el Cielo, también él me llama Verónica.

Preservar la identidad de la escuela católica

Una escuela no puede sobrevivir sin una buena administración económica. Esto vale tanto para escuelas públicas como para escuelas privadas, también si éstas asumen como propio un ideario católico.

En algunos lugares, las escuelas católicas están en peligro de extinción. La falta de ayudas públicas, situaciones de crisis, leyes salariales que implican fuertes costos, el aumento del precio en las colegiaturas, llevan a la pérdida de alumnado y al déficit económico. Además, existen lugares donde se da una fuerte competencia entre escuelas, hasta el punto que unas roban el alumnado a las otras.

Ante situaciones de este tipo, se hace imprescindible adoptar medidas que permitan a las escuelas católicas sobrevivir, pues de lo contrario la quiebra se convertiría en el desenlace inevitable para muchas de ellas.

Tales medidas, sin embargo, no pueden llevarse a cabo sin salvaguardar principios esenciales que preservan la propia fisonomía de las escuelas católicas. Uno es precisamente su identidad católica.

La escuela católica no puede renunciar a sus principios de fondo por hacerse más atractiva y más “competitiva”. Si la sal se vuelve sosa, ¿para qué sirve?, nos recuerda el Evangelio (cf. Mc 9,50). Una escuela católica que, para “venderse”, asumiese idearios y métodos contrarios a los principios básicos de la fe sería un contrasentido e incluso un grave fraude hacia los padres que desean una buena formación cristiana de sus hijos, y hacia toda la Iglesia, que confía en las escuelas católicas como auténticas promotoras de cultura imbuida de Evangelio.

Los principios básicos de la escuela católica están enumerados, de una manera especialmente autorizada, en la declaración “Gravissimum educationis” del Concilio Vaticano II. En la misma podemos leer indicaciones como las siguientes:

* La educación cristiana no sólo busca una completa formación humana, sino que también ayuda al desarrollo personal de dimensiones como las de la fe, la oración, el culto, la vida en Cristo, la vida comunitaria y apostólica (n. 2).

* Las escuelas católicas deben promover un clima que permita el desarrollo de la vida cristiana (n. 8).

* Los profesores de las escuelas católicas han de tener una buena preparación profesional y ser capaces de desarrollar una auténtica acción apostólica (n. 8).

En el documento aparecen otras indicaciones de diverso tipo que no recordamos ahora. Queda clara la intención de la Iglesia de convertir a las escuelas (colegios, institutos, universidades, etcétera) católicas en auténticos centros de cultura y de evangelización, por lo que resulta esencial en estas instituciones una profunda vida de fe, un horizonte de esperanza y una activa caridad (hacia dentro, entre quienes forman la comunidad académica, y hacia afuera, hacia la sociedad en sus distintas dimensiones).

En un importante discurso a la asamblea diocesana de Roma (11 de junio de 2007), el Papa Benedicto XVI afrontó algunos de estos temas y los situó dentro del contexto del relativismo actual que dificulta la transmisión de “valores fundamentales de la existencia” y que llevó al Papa a hablar de una auténtica “emergencia educativa”.

Benedicto XVI formulaba, entonces, la pregunta: “¿cómo proponer a los más jóvenes y transmitir de generación en generación algo válido y cierto, reglas de vida, un auténtico sentido y objetivos convincentes para la existencia humana, sea como personas sea como comunidades?”

No damos una respuesta correcta a esa pregunta, seguía el Papa, si la educación queda reducida “a la transmisión de determinadas habilidades o capacidades de hacer, mientras se busca satisfacer el deseo de felicidad de las nuevas generaciones colmándolas de objetos de consumo y de gratificaciones efímeras”.

Si una escuela católica abdica de sus principios fundamentales, por razones de mercado o por presiones de otro tipo, ha perdido su identidad: ha dejado de ser sal, como ya dijimos. Frente a este peligro, seguimos con el discurso del Papa, hace falta tener siempre presente el fin de la educación, “que es la formación de la persona a fin de capacitarla para vivir con plenitud y aportar su contribución al bien de la comunidad”.

La tarea de la Iglesia, en nuestro contexto cultural, es enorme, y la escuela católica puede hacer una labor inmensa a favor de la educación de la fe. Benedicto XVI lo expresaba con estas palabras: “el compromiso de la Iglesia de educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio del Señor Jesús asume, más que nunca, también el valor de una contribución para hacer que la sociedad en que vivimos salga de la crisis educativa que la aflige, poniendo un dique a la desconfianza y al extraño ‘odio de sí misma’ que parece haberse convertido en una característica de nuestra civilización”.

Ante la “emergencia educativa” hace falta, subrayaba el Papa en el discurso citado, ayudar a los niños, adolescentes y jóvenes “a encontrarse con Cristo y a entablar con Él una relación duradera y profunda. Sin embargo, precisamente este es el desafío decisivo para el futuro de la fe, de la Iglesia y del cristianismo, y por tanto es una prioridad esencial de nuestro trabajo pastoral: acercar a Cristo y al Padre a la nueva generación, que vive en un mundo en gran parte alejado de Dios”.

En ese sentido, se hace patente una faceta fundamental de la educación católica: sin la ayuda del Espíritu Santo es imposible llevar adelante una tarea tan exigente. Así lo recordaba Benedicto XVI en el discurso que estamos evocando: “Son necesarias la luz y la gracia que proceden de Dios y actúan en lo más íntimo de los corazones y de las conciencias. Así pues, para la educación y la formación cristiana son decisivas ante todo la oración y nuestra amistad personal con Jesús, pues sólo quien conoce y ama a Jesucristo puede introducir a sus hermanos en una relación vital con él”.

Igualmente, seguía el Papa, hace falta que la educación cristiana se desarrolle en un auténtico contexto de amor, sobre todo para superar el clima de aislamiento y de soledad propio de nuestro tiempo. Frente a este clima, “resulta decisivo el acompañamiento personal, que da a quien crece la certeza de ser amado, comprendido y acogido”.

Benedicto XVI concretaba aún más esta idea: “este acompañamiento debe llevar a palpar que nuestra fe no es algo del pasado, sino que puede vivirse hoy, y que viviéndola encontramos realmente nuestro bien. Así, a los muchachos y los jóvenes se les puede ayudar a librarse de prejuicios generalizados y a darse cuenta de que el modo cristiano de vivir es realizable y razonable, más aún, el más razonable, con mucho”.

En una carta con fecha de 21 de enero de 2008, y en un discurso dirigido a los obispos italianos el 28 de mayo de 2009, el Papa volvió a insistir en el tema de la “emergencia educativa”, como señal de que estamos en una situación sumamente delicada (en una “emergencia”) que exige respuestas incisivas en un clima de fe, de oración, de amistad con Cristo.

Ello no implica dejar de lado la necesaria atención a temas “mundanos”, como la gestión administrativa y económica de las escuelas católicas: ya dijimos al inicio que sin dinero y sin buenas estructuras es imposible mantenerlas en pie. Pero lo que nunca debe faltar en una escuela católica es ese ambiente de fe, de esperanza y de caridad que le da su fisonomía propia, y que tanto ayuda a los alumnos y a sus padres a progresar en su vida cristiana.

Esa es la tarea que asumen y que viven los verdaderos educadores católicos, desde la luz del Espíritu Santo que acompaña e ilumina el caminar de la Iglesia en el tiempo hacia el encuentro definitivo con nuestro Señor.

Fernando Pascual
Profesor de Filosofía en el Ateneo Pontificio
Regina Apostolorum.

La liberación no es lo que prometía

Confesiones de feministas que han dejado de serlo

04/04/2010 | Ignacio Peyró

Muchas mujeres descubren cuánto han perdido con el feminismo.

La clásica proclama del feminismo rezaba: “Una mujer necesita un hombre lo mismo que un pez necesita una bicicleta”. La atractiva escritora Lori Gottlieb, madre soltera y antigua feminista, es de las muchas que desmienten tal aserto: “Cada mujer que conozco -no importa el éxito o la ambición que tenga, ni su seguridad emocional y financiera- siente pánico (…) si llega a los treinta y ve que aún no está casada”.

Glosando la aludida frase, sin obviar su incorrección política, Gottlieb insiste: “Pregunta a cualquier mujer soltera de cuarenta años qué es lo que más desea en la vida, y seguramente no te dirá que lo que quiere es un trabajo mejor, una cintura más estrecha o un apartamento más grande. Lo más seguro es que te diga que lo que de verdad quiere es un marido y, por extensión, un hijo”.

Gottlieb confiesa que “es precisamente el no haberme casado lo que me hizo concluir que casarse es la mejor opción”. En una reunión casual con mujeres casadas, Gottlieb dice que “escucho letanías de quejas sobre sus maridos y me siento muy segura en mi decisión de esperar al hombre perfecto, sólo para darme cuenta de que ninguna de ellas se cambiaría por mí ni por un segundo”. Gottlieb no es sino una más de “esas mujeres solitarias que descubren cuánto han perdido gracias al feminismo”, según expresión de Tessa Cunningham.

El éxito antes que el hogar

Hoy, cerca de una de cada cinco mujeres que ronda los cuarenta años no tiene ningún hijo, una proporción que dobla la estadística de 1976. Las encuestas muestran que un setenta por ciento de mujeres se arrepienten de no haberlo tenido, y la familia ideal sigue constando de dos o tres niños, pero cada vez son menos las personas que viven en este tipo de familia.

El problema, según el sociólogo David Brooks, es que “las mujeres tienen más opciones sobre el tipo de vida que quieren llevar, pero no tienen más opciones sobre cómo secuenciar su vida”. “Las mujeres”, explica Cunningham, “adoctrinadas en la idea de que los hombres llevan vidas mejores, terminan valorando el éxito y el estatus sobre el hogar”, de modo que la decisión de tener niños se pospone indefinidamente, por presión laboral impuesta o voluntaria.

En La mentira de la maternidad tardía, una madre tardía, India Knight, señala que “el número de mujeres que tienen hijos más allá de los cuarenta años se ha doblado en tan sólo una década”, para desde este punto comenzar una larga diatriba “contra quienes piensan que la fecundación in vitro es algo así como inyectarse bótox”.

Es un modelo de embarazo para el que Knight -que lo ha probado- tiene palabras durísimas por ser una bomba hormonal. Pero la escritora inglesa va más allá: “A las mujeres de nuestra generación, el movimiento feminista nos ha colado una enorme mentira: que lo puedes tener todo -trabajo, éxito, dinero, estatus- y, después de conseguirlo, ponerte a tener tantos niños como quieras”.

Bolsas bajo los ojos

Ante la reciente ola de famosas como Madonna, que optan por la maternidad solitaria y tardía, Knight reacciona con crudeza, “opuesta a la consideración de que ser una madre mayor es una ambición maravillosa y fácil de conseguir (…) Están rotas, porque levantarte tres veces cada noche no es lo mismo cuando tienes cuarenta y tres años que cuando tienes veinticinco. Así logras grandes bolsas bajo los ojos y maridos que se dan cuenta y se preguntan qué fue de la mujer con la que se casaron”.

Por otra parte, los sacrificios de la maternidad son más amargos “cuando has tenido diez o veinte años de tiempo extra sólo para ti misma, y de pronto tienes que optar por la entrega absoluta”. De su propia experiencia, Knight tiene un consejo sobre marido e hijos que irritará a algunas feministas: “No esperes”.

Al hacer que las mujeres adopten una hoja de ruta para la vida más adecuada a los ritmos masculinos, son muchos los matrimonios que lamentan no tener niños o tener menos de los que hubieran querido. Pero, más allá de la natalidad, la revolución sexual ha tenido consecuencias imprevistas.

Pasados los treinta años de edad, y tras años de relaciones mejorables, la escritora Laura Nolan se pregunta: “¿Dónde están los hombres?”. Cunningham le da la respuesta: “El feminismo ha posibilitado que la mujer elija grandes carreras laborales, pero le ha robado la oportunidad de asentarse, ya que no han podido encontrar ningún hombre lo suficientemente ‘masculino’ para estar preparado para el compromiso. La sociedad ya no otorga valor a los hombres que toman su responsabilidad”.

Así, de vuelta a Nolan, “lo que hay es una auténtica avalancha de ‘hombres-niño’, que está dejando con un pasmo tremendo a toda una generación de mujeres solteras, de treinta y tantos años, que son sus parejas naturales”.

¿Es todo culpa de los hombres? Un hombre, Bernard Chapin, no lo cree así. Chapin considera que el modelo de mujer que encarna el Nuevo Orden Femenino (grandes trabajadoras, independientes, autónomas, consumistas) repele a los hombres por ser un modelo materialista y poco sensible a sus necesidades o las virtudes masculinas: “Cada vez más, las chicas buscan una amiga en su novio”, se queja otro comentarista.

Pero para tanta sorprendente soledad femenina hay más razones: la amenaza que los hombres sienten ante las leyes divorcistas o el hecho de que la liberación sexual desalienta el matrimonio con una múltiple oferta de sexo sin compromiso que alienta una “cultura de la inmadurez”, según define George Will.

Al igualar el papel de los sexos, concluye la citada Tessa Cunningham, “nos arriesgamos a producir hombres egoístas, irresponsables e infieles. Tal vez ayuden con la colada, pero no por ello van a respetar a la mujer ni a mostrar más compromiso”.

Así, “el hombre que se enamoraba y que pensaba que, al encontrar a una chica estupenda, lo que había que hacer era casarse con ella, se ha convertido en alguien que sólo busca un poco de diversión, y que afronta con enorme incomodidad cualquier relación de la que no pueda librarse con un sms”, dice la joven Nolan.