Violencias islamistas contra cristianos

miércoles, 24 de febrero de 2010
Salvador Bernal


ReligionConfidencial.com

No faltan quienes defienden la imagen de un Islam moderado y critican las tesis sobre el choque de civilizaciones que difundió a finales del siglo pasado el consultor norteamericano Samuel P. Huntington. En su día se invocó la presencia cristiana en Irak, donde se había dado Almudi.org - Violencias islamistasuna relativa concordia de religiones, quebrada con la invasión de las tropas occidentales y la caída del régimen de Sadam Husein. La situación comienza a ser cada día más alarmante, especialmente en la zona de Mosul, donde se suceden los actos violentos contra iglesias, personas y casas de cristianos. “Mosul se ha vuelto un cementerio para los cristianos, es terrible”, dice con amargura un sacerdote caldeo a la agencia Fides.

Hace poco más de un mes se difundía el extenso informe del Pew Forum sobre las restricciones a la libertad religiosa que padece la mayoría de la población mundial, especialmente en países musulmanes. Pero no se trata sólo de cuestiones más o menos teóricas, o accidentales, como pueda ser el debate suizo sobre la construcción de alminares junto a las mezquitas urbanas. Basta pensar en Turquía, que combina la promoción de la “alianza de civilizaciones” con la habitual violación del derecho a la libertad religiosa, según sucesivas sentencias del Tribunal Europeo de derechos humanos con sede en Estrasburgo.

La triste realidad es que las limitaciones a esa libertad básica se dan en países islámicos y comunistas, y la violencia física contra los cristianos crece en esos lugares, en detrimento de la historia. Se trata de situaciones muy graves, que están en las antípodas de tantos debates europeos sobre libertad religiosa o laicismo.

En Egipto, los coptos han tenido que salir a la calle en defensa de sus derechos. Son una minoría, ciertamente, pero alcanza al 10% de la población. Tuvo mucho eco la matanza de fieles que celebraban la Navidad, según el calendario oriental, en el pueblo de Naya Hamadi, en la provincia de Quena, 600 kilómetros al sur de El Cairo. Ha sido el incidente más sangriento desde los graves disturbios de los años noventa.

Más problemática fue siempre la situación en Pakistán, especialmente desde la promulgación de los artículos del Código penal que se conocen como ley sobre la blasfemia. Fueron introducidos entre 1980 y 1986 por el entonces presidente Zia-ul-Haq, para garantizar el respeto de Mahoma y del Corán. Desde entonces, un millar de personas han sido imputadas y, al menos 33 personas fueron víctimas de homicidio tras la acusación, de ellas 15 cristianos, aunque también los musulmanes sufren la opresión de otros grupos islámicos. En lo que va de años ha habido violaciones, asesinatos e incendios de casas en la zona de Lahore.

También los ataques a iglesias cristianas en Malasia acabarán desmintiendo la imagen de practicar un Islam moderado. En muy pocos días, nueve lugares de culto ardieron en enero, atacados con cócteles Molotov, a raíz de la polémica desatada por la decisión del Tribunal de Supremo de autorizar a un diario católico que utilice la palabra árabe “Alá” para referirse a Dios en sus ediciones en lengua malaya. Malasia es un Estado confesional, con el 62% de población musulmana, y un 10% de cristianos (850.000 católicos).

Pero, repito, lo más grave se viene produciendo en Irak, donde acaban de perder la vida cuatro cristianos estos últimos días. A partir del 2008 los homicidios han sido al menos unos 40. En Mosul los fieles católicos caldeos eran más de 18.000 y los siro-católicos cerca de 40.000. Pero en los últimos años al menos 12.000 han dejado la ciudad.

El Papa Benedicto XVI ha ido lamentando estragos y muertes en sus audiencias de miércoles y domingos. Durante las Navidades se produjeron tres muertos y varios heridos en atentados contra iglesias de Mosul. Y el 11 de enero, en su tradicional discurso de comienzo de año al Cuerpo Diplomático, se refirió “en particular, a los cristianos de Oriente Medio. Amenazados de muchos modos, incluso en el ejercicio de su libertad religiosa, dejan la tierra de sus padres, donde creció la Iglesia de los primeros siglos. Con el fin de darles apoyo y hacerles sentir la cercanía de sus hermanos en la fe, he convocado para el próximo otoño una Asamblea especial del Sínodo de Obispos sobre Oriente Medio».

Los cristianos iraquíes no se merecen el clamoroso silencio del mundo occidental.

Los males del mundo y la libertad humana

lunes, 22 de febrero de 2010
Carles Clavell


ForumLibertas.com

«Ver morir muchos niños me ha hecho ateo», dice un reportero de guerra en un reportaje aparecido hace pocos días. También para los que creemos en Dios el mal en el mundo es un misterio. Pero lo es el mal gratuito. El que parece no tener una causa aparente. Pero si el mal es producido por el mal uso de la libertad del hombre entonces eso no tiene ningún misterio.

Hace poco otro periodista destacado en Haití decía que «las instituciones católicas eran las que mejor habían funcionado», pero que él no creía en Dios. Luego se ha puesto de manifiesto Almudi.org - "Los  males del mundo..."que la enorme mayoría de las casas no tenían suficiente hormigón en los cimientos. Aquí ha sido la corrupción la que ha producido unas desgracias mucho mayores debido a querer ahorrar o robar poniendo menos material del necesario en la construcción. Otra vez es el mal uso de la libertad.

La enorme mayoría de males que hay en el mundo son provocados por la libertad humana. Algunos los permite Dios para que nos acerquemos a Él como han hecho millones de personas, entre ellos intelectuales y santos. Cito un párrafo de José Ramón Ayllón:

“Otros —y lo escribo pensando en Eliot, Lewis, Teresa de Calcuta, Ernst Jünger, Frossard, Karol Wojtila o Chesterton—, después de haber sufrido en sus carnes los Haitís de Auschwitz, Hirosima, el Gulag soviético y las Guerras Mundiales, le consagraron (a Dios) sus inteligencias y sus corazones, sus afanes y sus días. Ya decía Viktor Frankl que el ser humano ha inventado las cámaras de gas y, al mismo tiempo, ha sido capaz de entrar en ellas con paso firme, musitando una oración”.

Por fin otros males los manda Dios como castigo, así, el fuego que mandó sobre las ciudades de Sodoma y Gomorra. Me parece que a algunos periodistas y a todos nos viene bien leer lo que otros —principalmente intelectuales— han escrito para forjarnos ideas claras sobre las verdades fundamentales del hombre. Si no lo hacemos así corremos el peligro de ser unos superficiales.

El cristianismo no es un moralismo

lunes, 22 de febrero de 2010
Ramiro Pellitero


ZENIT. org

Se entiende por moralismo una exaltación desmedida de los valores morales, que conduce a una vida centrada en el «cumplimiento» de unas reglas o de un código moral. Pues bien, esto no es el cristianismo. Lo ha explicado y subrayado Benedicto XVI en su visita al seminario de Roma el 12 de febrero de 2010, con referencia al capítulo 15 del Evangelio de San Juan.

La Iglesia es la viña que Dios ha plantado —ya en el Antiguo Testamento, al elegir al Pueblo de Israel— y esperaba de ella muchos frutos. Ahora la viña es la Iglesia y por eso hemos de Almudi.org - Ramiro Pellitero“permanecer” en Cristo —en el ser amados por Cristo y amar a Cristo—, especialmente por medio de la Eucaristía. En ella encontramos y nos unimos a esta «gran historia de amor, que es la verdadera felicidad».

Como consecuencia de ese «permanecer» con Cristo —en el nivel que el Papa llama «ontológico», es decir, perteneciente al ser— vienen otras palabras —que expresan el nivel del obrar—: «Guardad mis mandamientos». Por tanto es la unión con Cristo la que procura el fruto anticipado de nuestro amor; no somos nosotros los importantes —nuestras obras y nuestras valoraciones—, sino que lo más importante es ese darse de Dios mismo, que precede a nuestro obrar: «No somos nosotros los que hemos de producir el gran fruto; el cristianismo no es un moralismo, no somos nosotros los que debemos hacer cuanto Dios espera del mundo, sino que ante todo debemos entrar en ese misterio ontológico: Dios se da a sí mismo. Su ser, su amar, precede a nuestro obrar, y, en el contexto de su Cuerpo —la Iglesia—, en el contexto de su estar con Él, identificados con Él, ennoblecidos con su sangre, también nosotros obrar con Él».

En otros términos, que fundamentan la ética cristiana —»la ética es consecuencia del ser»—, explica Benedicto XVI que primero el Señor nos da un nuevo ser, esto es, el gran don de la unión con Cristo; de este ser se sigue al actuar, como una realidad orgánica, que actúa conforme a lo que es; no como quien obedece a una ley externa que otro le impone; sino como quien actúa gustosamente desde el amor. «Y así damos gracias al Señor porque nos ha sacado del puro moralismo; no podemos obedecer a una ley que está frente a nosotros, sino que debemos sólo obrar según nuestra nueva identidad». Por tanto no se trata de una obediencia a algo exterior, «sino de una realización del don del nuevo ser», que es el amor de Dios en Cristo.

A todo ello le sigue este mandamiento nuevo: «Amaos como yo os he amado». No hay amor es más grande que este «dar la vida por los propios amigos». ¿Pero qué quiere decir esto exactamente?, se pregunta Benedicto XVI. Tampoco aquí se trata —dice por tercera vez— de un moralismo. Una posible interpretación, argumenta el Papa, sería: «No es un mandamiento nuevo; el mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo existe ya en el Antiguo Testamento». Otra interpretación es la de quienes sostienen que “ese amor queda radicalizado; este amor al otro debe imitar al de Cristo, que se ha dado por nosotros; debe ser un amor heroico, hasta el don de sí mismos”. «En este caso —replica el Papa—, el cristianismo sería un moralismo heroico. Es verdad que debemos llegar hasta esta radicalidad del amor, que Cristo nos ha mostrado y donado, pero también es cierto que la verdadera novedad no es —insiste— lo que hacemos nosotros, la verdadera novedad es cuanto Él ha hecho: el Señor se nos dado Él mismo, y el Señor nos ha dado la verdadera novedad de ser miembros en su cuerpo, ser sarmientos de la vida que es Él. Por tanto, la novedad es el don, el gran don, y desde ese don, desde esa novedad del don, se sigue también, como he dicho, el nuevo obrar».

Para dar con la raíz de la “novedad cristiana”, el Papa acudió al pensamiento de Santo Tomás de Aquino. Éste afirma, con respecto al cristianismo, que “la nueva ley es la gracia del Espíritu Santo”. E interpreta el Papa: «La nueva ley no es un mandamiento más difícil que los otros: la nueva ley es un don, la nueva ley es la presencia del Espíritu Santo que se nos da en el Sacramento del Bautismo, en la Confirmación, y se nos da cada día en la Santísima Eucaristía».

Con la clave de ese don del amor, que es el Espíritu Santo —principio de unidad y vida de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo—, interpretaba Benedicto XVI también las palabras del Señor: ««Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Yo os he llamada amigos porque todo lo que he oído del Padre os lo he dado a conocer”. Ya no somos siervos —observaba el Papa— que obedecen al mandato, sino amigos que conocen, que están unidos en la misma voluntad, en el mismo amor».

Al final de su intervención expresó que forma parte de la novedad cristiana también el hecho de que el Espíritu Santo se nos dé —junto con los sacramentos— como fruto principal de la oración, para que «podamos responder a las exigencias de la vida y ayudar a los otros en sus sufrimientos».

Toda una lección. Desde aquí se ilumina el por qué se nos insiste en la prioridad de los sacramentos —sobre todo la Eucaristía y la Penitencia— y la oración. Y la respuesta es: porque es el Espíritu Santo, y no nuestras obras o realizaciones, es el gran don que hace posible tanto de la vida cristiana (que a veces se denomina por eso “vida espiritual”), como la misión y la acción de la Iglesia. Es el don del amor que nos da la unidad, la vida y la eficacia.

Ramiro Pellitero. Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra

La crisis no deja ver la crisis

martes, 23 de febrero de 2010
Ignacio Sánchez Cámara


La Gaceta

La crisis económica, que algunos negaron y luego minimizaron, es hoy tan opaca y densa que no deja ver la otra crisis, la más profunda, de la que acaso aquella depende. Pensaba Ortega y Gasset que la política es un orden superficial y adjetivo de la vida. Creo que la economía también, y aún más.

Quienes no aceptamos el materialismo histórico no estamos dispuestos a conceder que la clave de la historia y la ley con arreglo a la cual se mueve, sea de naturaleza económica. Los problemas económicos pueden ser, en ocasiones, los más básicos, los más acuciantes, pero Almudi.org - Ignacio  Sánchez Cámaranunca son los más graves y profundos para la vida de las sociedades. La miseria, el hambre y la explotación no son sólo problemas económicos, sino también culturales y morales.

La superficialidad de la crisis económica no es incompatible con su gravedad. Al hablar de superficialidad me refiero a que se trata de un problema que afecta a lo más visible de la realidad social y a que es más síntoma que causa profunda. Pero si esto es así, su posible solución no se encuentra en la superficie, es decir, no es puramente económica, sino cultural y moral. Los remedios económicos, urgentes y necesarios, serán sólo paliativos si no van acompañados de remedios más profundos.

La crisis económica dificulta la visión de la grave crisis política e institucional. El sistema de 1978 se encuentra convaleciente, si es que no agonizante. El partidismo y su causa general, el particularismo, crecen sin parar. La Constitución es zarandeada sin miramientos. Los Estatutos de Autonomía aspiran a ser constituciones particulares. El poder judicial carece de independencia y el Tribunal Constitucional ve cómo su ya menguado prestigio se desangra ante un retraso en la resolución del recurso planteado contra el Estatuto catalán, que es mucho más que un retraso.

La crisis económica dificulta la visión de la grave crisis nacional, pues todo lo anterior es consecuencia y síntoma de una grave crisis nacional, cuya clave se encuentra en la ruptura de la concordia que presidió la Transición, deliberadamente emprendida por este Gobierno, sobre todo durante la primera legislatura, hasta que la crisis económica reclamó su atención.

Pero el proceso sigue. Sorprende, ante tal estado de cosas, la pasividad, más o menos resignada, con la que la opinión pública lo acepta. Y al llegar aquí, se impone la triste tesis de que no es sólo que la economía marche mal, ni sólo la política; es que la sociedad española no goza de buena salud. La crisis es también social.

Y al final desembocamos en la verdadera cuestión. La crisis actual, como todas las crisis genuinas, posee una naturaleza moral. Volviendo a Ortega, su ensayo La rebelión de las masas era un diagnóstico de la crisis moral que padecía Europa y en general, el Occidente todo. Creo que el diagnóstico sigue valiendo en lo fundamental. Y en España, corregido y aumentado.

En este sentido, a pesar de que muchos se empeñen en tergiversar lo que es casi obvio, la crisis moral es mucho más importante que la económica. Desde la perspectiva jurídica y política, leyes como la que promueve la legalización del aborto como un derecho de la mujer, o la pretensión de imponer una determinada moral desde el Estado, constituyen síntomas evidentes de esta descomposición.

Pero la raíz acaso se encuentre en la moral personal, en el tipo de hombre dominante, en suma, en la desmoralización general del hombre europeo y, más aún, del español. No se trata de entrar en un debate de teología moral, pero existen males que no son castigo de nuestros pecados y errores morales, sino, más bien, consecuencia directa de ellos.

Que Rodríguez Zapatero llegue a perder el poder como consecuencia de la crisis económica sería algo comparable al hecho de que Al Capone fuera detenido y procesado sólo por evasión de impuestos. No es la gestión de la crisis lo peor del Gobierno de Zapatero, (por si acaso, no estoy comparando a los dos personajes). La crisis económica es terrible, pero acaso pueda tener la virtud de servir de posibilidad catártica, de hacer de la ruina virtud.

Incluso quienes sólo perciben la crisis económica y, por tanto, sólo se preocupan de ella, deberían comprender que una crisis que posee raíces que no son económicas tampoco se puede resolver sólo mediante medidas económicas. Ojalá nuestros problemas fueran sólo económicos y financieros.

Pero no se vea en lo anterior nada parecido al pesimismo. Reconocer la realidad nunca es ejercicio pesimista. Y, por otra parte, una crisis moral, una vez reconocida y diagnosticada, es mucho más fácil de resolver que un problema económico. Lo difícil es reconocerla y diagnosticarla. El diagnóstico de un problema es la etapa decisiva para su solución. De momento, lo que urge es que la crisis (económica) no nos impida ver la otra crisis, la nacional y moral.

Ignacio Sánchez Cámara es catedrático de Filosofía del Derecho