Lanzan sitio web para ayudar a matrimonios

Obispos de EEUU lanzan sitio web para ayudar a matrimonios


Escrito por Alfredo Ruiz

Sábado, 20 de Febrero de 2010 02:07

WASHINGTON D.C., 18, febrero, 2010.-La Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) lanzó esta semana www.PorTuMatrimonio.org , un sitio web totalmente en español que se presenta como «un espacio para inspirar, ayudar y exhortar a las parejas de habla hispana a vivir más plenamente su relación de pareja».

Esta web, que es la versión en español de www.ForYourMarriage.org , es una de las iniciativas que muestran la prioridad que los obispos de Estados Unidos le dan a los matrimonios y la diversidad cultural del país.

«PorTuMatrimonio.org es una espacio para inspirar y ayudar a parejas hispanohablantes a vivir más plenamente su matrimonio», señala Alejandro Aguilera-Titus, director de asuntos hispánicos del Secretariado de Diversidad Cultural en la Iglesia. «La idea es ayudarlos a ser parejas felices, cometidas a su vocación», agrega.

En este sitio web se puede encontrar consejos, historias, testimonios y otros recursos que permitan a que las parejas mejorar su relación. También ofrece retos y problemas comunes y propone cómo solucionarlos sana y respetuosamente.

El sitio web invita a parejas a descubrir la riqueza del matrimonio católico y a fortalecer el amor conyugal dentro de la comunidad de fe.

La teóloga Dora Tovar, una renombrada oradora y miembro del equipo nacional que promueve este proyecto, comentó acerca de la importancia de la página. «No hay nada más frustrante que sufrir por las dificultades de su vida afectiva», dijo. «La creación de un espacio donde latinos puedan encontrar iluminación, respuestas y buenos consejos para crear y mantener matrimonios felices y estables», agregó.

PorTuMatrimonio.org contiene artículos y material preparado por latinos en Estados Unidos, expertos en matrimonio y vida familiar. Entre ellos se encuentran Valentín Araya, director de la Oficina del Ministerio para la familia de la Arquidiócesis de Chicago; los esposos Edgar y Cynthia Montalvo del Movimiento Familiar Cristiano; el padre Heliododro Lucatero, director de la Divina Plegaria de la Arquidiócesis de San Antonio; Carmen Fernández del Instituto Cultural del Medio Oeste, de la Universidad de Notre Dame.

Diferencia entre Católicos y Anglicanos

Actualizado 20 febrero 2010

De católicos y anglicanos y lo que les diferencia

El diario que con tanta hospitalidad acoge a este columnista ha seguido con británica puntualidad que hace muy bien al caso, el desarrollo de las negociaciones que podrían conducir a la integración en la Iglesia católica de la totalidad o más bien de una parte, ojalá que importante, de la Iglesia anglicana tras la invitación formal realizada por el Papa Benedicto XVIEncíclica Anglicanorum Coetibus. Razón por la que no es mal momento de hacer un poco de historia y recordar sucintamente cómo tuvo lugar el desarrollo de los acontecimientos que condujeron en el s. XVI a la separación de una iglesia y otra, y cuales son los aspectos en los que las diferencias entre una y otra son más apreciables. mediante la

Es de sobra conocido que la secesión de la Iglesia inglesa o anglicanaRoma ocurre cuando el rey inglés Enrique VIII solicita del Papa Roma que declare nulo su matrimonio con la princesa española Catalina de Aragón, de la que no obtenía sucesión masculina, y la Iglesia no accede. La reacción de Enrique VIII consiste en hacerse anular su matrimonio por el Obispo de Inglaterra Thomas Cranmer y rebelarse contra Roma, emitiendo el Act in Restraint of appeals de 1533 y el Acts of Supremacy de 1534, por los que se establece que la Corona de Inglaterra es “la única cabeza suprema en la tierra de la Iglesia de Inglaterra” y que el Obispo de Roma (el Papa,“mayor jurisdicción en Inglaterra que cualquier otro obispo extranjero”. –de hecho es así llamada incluso antes del cisma- de por más señas) no tenía

Luego vendrán, ya en tiempos de Isabel I, hija de Enrique VIII y Ana Bolena, la mujer que reemplazó en el trono a Catalina de Aragón, el Acts of Uniformity y los Treinta y nueve artículos de religión, documento que marca, por decirlo de alguna manera, el resumen del credo anglicano. Trátase de un documento breve, poco más de cuatro mil palabras. Para que el lector se haga una idea, apenas cinco artículos como éste. Y establecen las diferencias con el catolicismo romano, -llamémoslo así pues los anglicanos también se llaman a sí mismos católicos-, entre las cuales las más importantes las siguientes:

– En la controversia entre Lutero y Erasmo sobre el debate justificación por la fe-libre albedrío, se toma partido por la primera. Se da por buena también la teoría luterana de la predestinación, por la que los seres humanos nacen predestinados a la salvación o a la condenación.

– Sobre la Iglesia de Roma se hace la siguiente declaración: “Así como las Iglesias de Jerusalén, de Alejandría y de Antioquía erraron, así también ha errado la Iglesia de Roma, no sólo en cuanto a la práctica, ritos y ceremonias; sino también en materias de fe”.

– Se declara la ilegitimidad de la convocatoria de concilios sin el consentimiento de los príncipes (mandatarios civiles) y la capacidad de los mismos de errar. De hecho, sólo se reconoce validez a los cuatro primeros concilios de la Iglesia.

– Se declara la falsedad de la existencia del purgatorio.

– Sólo se reconocen dos sacramentos en cuanto ordenados por Jesucristo, el bautismo y la eucaristía. Sobre los otros cinco se dice: “Aquellos otros cinco comúnmente llamados sacramentos, a saber: confirmación, penitencia, orden, matrimonio y extremaunción, no deben reputarse sacramentos del Evangelio, habiendo en parte emanado de una imitación pervertida de los Apóstoles, y siendo en parte estados de vida aprobados en las Escrituras; pero que no tienen la esencia de sacramentos”.

– Por lo que se refiere a la eucaristía, se niega la teoría de la transustanciación por la que el pan se convierte verdaderamente en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre. De ella se dice: “El Cuerpo de Cristo se da, se toma, y se come en la Cena de un modo celestial y espiritual únicamente; y el medio por el cual el Cuerpo de Cristo se recibe y se come en la Cena es la fe”.

– Sobre el celibato sacerdotal se afirma: “Ningún precepto de ley divina manda a los obispos, presbíteros y diáconos vivir en el estado de celibato o abstenerse del matrimonio”.

Fuera del documento, se dan también otras diferencias significativas. Así, se rechazan las indulgencias, y aunque no se rechaza de plano el culto de la Virgen María o de los santos, sí se rechaza la invocación a los mismos.

En su momento se habían producido otras diferencias doctrinales que hoy día están prácticamente superadas: así por ejemplo la recomendación de leer los textos canónicos y hacerlo en las lenguas vernáculas, la comunión de los laicos bajo la forma de la doble especie.

Por último, por lo que se refiere a la ordenación de mujeres, se practica entre los anglicanos desde los años 70, si bien el tema es cuestionado incluso dentro del propio anglicanismo.

Tiana y el sapo

Tiana y el sapo, Disney vuelve a los clásicos

En 2006, Disney compró Pixar y puso al frente de su departamento de animación a John Lasseter, alma mater de la productora pionera en el 3D.

Actualizado 19 febrero 2010

Paradójicamente, su primera decisión fue reactivar los proyectos en 2D que habían cancelado sus antecesores. El primero que llega a la gran pantalla es Tiana y el sapo, versión libre del moderno cuento infantil The Frog Princess, de Ed Baker, inspirado a su vez en La princesa y el sapo, el clásico de los hermanos Grimm.

Nueva Orleans, 1912. Tiana es una joven afroamericana, de origen obrero y huérfana de padre, que sueña con abrir su propio restaurante. Cuando está a punto de lograrlo, irrumpe en su vida el príncipe Naveen, a quien el malvado doctor Facilier ha convertido en sapo. Tiana intenta deshacer el hechizo besando al batracio, pero el resultado no es el esperado.
La película padece un guión disperso, con demasiados personajes y un protagonismo excesivo del vudú, que propicia varias secuencias truculentas. Además, los números musicales, aunque bien resueltos, no tienen la magia y vibración de los mejores clásicos del mítico Estudio.

De todas formas, la trama resulta divertida, y ofrece reflexiones valiosas sobre la integración racial y social. Y, desde luego, su animación es magnífica, y confirma la alta calidad de sus diseñadores de personajes —como Andreas Deja— y de sus directores, Ron Clements y John Musker, responsables de obras maestras como La Sirenitao Aladdin, y de filmes sólo notables, como Hércules o El planeta del tesoro (Pantalla 90).

Eugenesia y eutanasia

“Eugenesia y eutanasia. La conjura contra la vida”

jueves, 18 de febrero de 2010
ZENIT.org


Se acaba de publicar un libro ampliamente documentado, “Eugenesia y eutanasia. La conjura contra la vida”, en el que se expone el origen y extensión de la cultura de la muerte, a partir de la Antigüedad y pasando por las teorías evolucionistas.

El autor, Guillermo Buhigas Arizcun, denuncia en su obra, de la editorial Sekotia, los errores científicos de Charles Darwin en defensa de las teorías evolucionistas. Afirma que lo que comenzó por una selección de seres humanos por valor social, en la actualidad se ha Almudi.org - Darwinconvertido en un movimiento de pensamiento que justifica la eliminación de seres humanos por deficiencia genética.

El autor revela las claves ideológicas y conceptuales impulsoras de las prácticas eugenésicas y eutanásicas a lo largo de la historia. Para ello, desentraña la urdimbre que conforma esa “conjura contra la vida” que “hoy parece alzarse triunfante”, indica la editorial.

Buhigas pone de manifiesto que, inspiradas en el darwinismo y el eugenismo procedentes de Gran Bretaña, las leyes eugenésicas primero se promovieron en Estados Unidos y luego se impusieron de forma brutal con el nazismo, hasta alcanzar la aplicación arbitraria de la eutanasia.

Según el autor, estas propuestas están al margen, cuando no en contra, del verdadero progreso y la verdadera ecología, que han de cimentarse en la ecología humana.

La publicación saca a la luz pública temas como la eugenesia y la eutanasia con el fin de, afirma la editorial, “advertir de que si la cultura de la muerte se extiende, aparecerán nuevas propuestas de ley que vendrán a imponerse”.

Así mismo afirma que “argumentar bien en favor de la vida es silenciar a los defensores de la eutanasia”.

“Conocer las claves ideológicas y conceptuales impulsoras de esas prácticas a lo largo de la historia, servirá para no quedar atrapados en la red que trata de evitar el sufrimiento, despreciando el mayor bien que poseemos: la vida”, añade.

El libro, indica, presenta un análisis de fuentes originales para desmitificar la teoría evolucionista y aporta documentos fotográficos que ayudan a conocer mejor el contenido, convirtiéndose “en un tratado de características enciclopédicas”.

En la presentación en Madrid del libro, el autor explicó su propósito: “Desentraño su urdimbre histórica e informo a los lectores sobre las claves de la misma. Para ello, he partido de las fuentes originales, unas fuentes que hoy casi siempre se esconden o manipulan a fin de que sus encumbrados autores sean juzgados por la historia como benefactores de la humanidad; unas fuentes originales que se esconden o manipulan a fin de que los hombres de bien no reparen en la barbarie que propiciaron y que ahora se reedita con un falaz rostro humano”.

“Desenmascaro racional y documentalmente sus falsos dogmas, principalmente el darwinismo, base conceptual de toda la barbarie sufrida por la humanidad en los últimos doscientos años”, añadió.

“Creo que el futuro del mundo tenderá al humanismo, si prevalece un concepto cristiano, o a un brutal totalitarismo, si la conjura contra la vida triunfa de forma definitiva”, subrayó.

Invitó a “afrontar esta cuestión con una firmeza absoluta, sin entrar en negociaciones ni consensos, que tan sólo pueden llegar a moderar la consumación diaria del sordo holocausto eugenésico y eutanásico que se ejecuta hoy en el mundo y que no hace más que crecer”.

Y concluyó afirmando que “la historia nos enseña que las posturas firmes frente a la barbarie acaban derrotándola, por muy poderosos que sean sus promotores y por muy prolongada y dolorosa que sea la lucha. En cambio, la tibieza frente a la barbarie acaba por ser la aliada necesaria para su triunfo”.

El «caso irlandés»

viernes, 19 de febrero de 2010
Diego Contreras


LaIglesiaEnLaPrensa.com

Me han llamado la atención varios aspectos de la reunión que el Papa mantuvo en Roma, el 15 y 16 de febrero, con los obispos de Irlanda para tratar de la dolorosa cuestión del abuso de menores cometido por algunos sacerdotes en los pasados decenios. Los sintetizo en estos Almudi.org - Diego Contrerastres: 1) la radicalidad con la que el Papa ha abordado el tema: no hay paños calientes ni consideraciones que puedan llevar a ocultar el dato objetivo de que se trata de crímenes; 2) el sentido de responsabilidad de los obispos irlandeses, que se asumen la culpa del fracaso para atajar eficazmente esos abusos (aunque en muchos casos, se trate de episodios lejanos en el tiempo); 3) la abundante cobertura informativa que se ha ofrecido de la reunión y la plena apertura a colaborar con la justicia civil.

Entre los numerosas crónicas y artículos publicados, me ha interesado lo que dice hoy Filippo di Giacomo en L’Unità, antiguo órgano del Partido Comunista Italiano. Se refiere a los prejuicios con que a veces se ha abordado el tema Iglesia y pedofilia, como si la culpa de los crímenes la tuviera el celibato. “En realidad, afirma, fuentes no confesionales fijan en el 0,3 por ciento el porcentaje de infamia para el clero católico, una cifra mucho más baja de la que afecta a otras categorías profesionales y a los ministros de otras religiones, los cuales al no ser católicos y al trabajar en tierras anglosajonas acaban –con toda justicia– ante los tribunales, pero son ignorados por la prensa, incluida la prensa católica”.

El veterano periodista Luigi Accattoli comentaba ayer en Liberal el dato positivo de que la Iglesia estuviera reaccionando, y enumeraba los pasos llevados a cabo por Benedicto XVI en estos casi cinco años de Pontificado. Anota Accattoli que ante el desolador panorama moral, la única institución que hace autocrítica es la Iglesia católica. Sin quitar nada a la gravedad de los casos, es significativo que “nuestra sociedad civil y política parece no advertir la corrupción omnipresente, el tráfico indecente y el prostíbulo que la están arrasando”.

Pienso que este episodio es una buena muestra práctica de una de las funciones del papado en la Iglesia, para aquellos que defienden a ultranza “la autonomía local frente a Roma”: si no hubiera sido por la reacción del Papa, la situación «local» estaría cada vez más empantanada, hubieran sido incapaces de salir del hoyo…

[A la espera de la publicación de la carta que el Papa ha escrito a la Iglesia de Irlanda, reproduzco en la segunda parte del post el comunicado con el que la Santa Sede informaba del final de la reunión].

* * *

“El 15 y el 16 de febrero el Santo Padre se encontró con los obispos irlandeses y con altos representantes de la Curia Romana para discutir de la grave situación surgida en la Iglesia en Irlanda. Juntos examinaron el fracaso durante muchos años de las autoridades de la Iglesia irlandesa para atajar eficazmente los casos de abusos sexuales de jóvenes por parte de sacerdotes y religiosos irlandeses. Todos los presentes han reconocido que esa grave crisis ha desembocado en el desmoronamiento de la confianza en la jerarquía eclesiástica y ha perjudicado su testimonio del Evangelio y sus enseñanzas morales”.

“La reunión se ha desarrollado con un espíritu de oración y fraternidad colegial y su atmósfera, franca y abierta, ha aportado directrices y ayuda a los obispos en sus esfuerzos para hacer frente a la situación en sus respectivas diócesis”.

“El 15 de febrero, por la mañana, tras una breve introducción del Santo Padre, cada uno de los obispos irlandeses presentó sus observaciones y sugerencias. Los obispos hablaron con franqueza del sentimiento de dolor y rabia, de traición, escándalo y vergüenza que les han manifestado en numerosas ocasiones las personas que han sufrido abusos. Un sentimiento similar de ultraje reflejaban también los laicos, sacerdotes y religiosos”.

“Los obispos han hablado también de la ayuda y la dedicación prestada en este momento por miles de voluntarios, laicos y preparados, para garantizar la seguridad de los niños en todas las actividades de la Iglesia y han subrayado que, si es indudable que los errores de juicio y las omisiones están a la base de la crisis, en la actualidad se han tomado medidas para garantizar la seguridad de los niños y jóvenes. Los obispos han recalcado asimismo su compromiso en la colaboración con los autoridades legales en Irlanda –del Norte y del Sur– y con The National Board for Safeguarding Children in Catholic Church in Ireland (Consejo Nacional para la Salvaguardia de los Niños en la Iglesia Católica en Irlanda) para garantizar que las normas, actividades y procedimientos de la Iglesia correspondan a las mejores prácticas en esta materia”.

“Por su parte, el Santo Padre observó que los abusos sexuales de niños y jóvenes no son solo un crimen atroz, sino también un pecado grave que ofende a Dios y que hiere la dignidad de la persona creada a su imagen. Conscientes de que la dolorosa situación actual no se resolverá rápidamente, el Papa exhortó a los obispos a afrontar los problemas del pasado con determinación y a hacer frente a las crisis con honradez y valentía. También expresó la esperanza de que este encuentro ayude a la unidad de los obispos y a capacitarles para que hablen con una sola voz a la hora de identificar los pasos concretos para curar las heridas de los que han padecido abusos, alentando a una renovación de la fe en Cristo y a restaurar la credibilidad espiritual y moral de la Iglesia”.

“El Santo Padre también se refirió a la crisis generalizada de fe que afecta a la Iglesia, que está unida a la falta de respeto a la persona humana y a cómo la debilitación de la fe ha sido un factor que ha contribuido de manera significativa al fenómeno de los abusos sexuales de menores. También subrayó la necesidad de una reflexión teológica más profunda sobre toda la cuestión, y dijo que es necesaria una mejor preparación humana, espiritual, académica y pastoral de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa, así como de los que ya han sido ordenados y consagrados”.

“Los obispos tuvieron la oportunidad de examinar y discutir el borrador de la Carta Pastoral del Santo Padre a los Católicos de Irlanda. Teniendo en cuenta los comentarios de los obispos irlandeses, Su Santidad completará ahora la carta, que se publicará durante la próxima Cuaresma”.

“Las discusiones concluyeron al final de la mañana del martes, 16 de febrero de 2010. Mientras los obispos regresan a sus diócesis, el Santo Padre ha pedido que esta Cuaresma se viva como un tiempo para implorar una efusión de la misericordia de Dios y de los dones del Espíritu Santo de santidad y fortaleza para la Iglesia en Irlanda”.

¿Es santa la Iglesia?

viernes, 19 de febrero de 2010
Miguel De Salis


ZENIT.org (Entrevista de Giovanni Tridente)

La “santidad de la Iglesia” es un argumento de lo más actual. No sólo por algunas noticias, como los escándalos que han afrontado Benedicto XVI y los obispos irlandeses este martes, sino porque ha sido tratado por recientes documentos y actos pontificios.

El argumento se recoge en el volumen Conciudadanos de los santos y familiares de Dios. Almudi.org - ¿Es santa la Iglesia?Estudio histórico-teológico sobre la santidad de la Iglesia, escrito por el sacerdote portugués Miguel De Salis, profesor de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Sobre esto, concedió a ZENIT una entrevista.

En el Prefacio del cardenal José Saraiva Martins, prefecto emérito de la Congregación de las causas de los Santos, a su libro, se habla de la santidad como “don de Dios” y “respuesta del hombre a Dios”. ¿Falta este don en la Iglesia del siglo XXI?

Creo que no. No faltan ni el don ni la respuesta. Basta pensar en la estela de santidad dejada por personas como Madre Teresa, Padre Pío, Maximiliano Kolbe, Piergiorgio Frassati, Juan Pablo II y tantos otros, por mencionar algunos de los personajes importantes que han marcado la historia reciente.

¿Es posible ver la santidad tras algunas noticias publicadas recientemente?

Es posible, pero a veces es imposible encontrarla. Algunas noticias muestran herida, y cuando uno está herido es difícil entender que otras partes del cuerpo están sanas, que no todo está perdido. Además, sabemos que todos los cristianos aquí en la tierra debemos convertirnos cada día, y es necesaria una purificación para poder ver la santidad. El Concilio Vaticano II recordaba en la Lumen Gentium (8) que “la Iglesia, que acoge en su seno a los pecadores, santa y al mismo tiempo siempre necesitada de purificación, incesantemente se aplica a la penitencia y a su renovación”.

¿Pero esto justifica el pecado?

De ningún modo. Todo pecado es una acción contra Dios y contra su Iglesia. Por supuesto, aunque hubiese habido solo un caso comprobado de abusos, se trataría de un hecho gravísimo en total contraste con el Evangelio, una violencia tremenda contra un hijo de Dios. No hay que tener miedo de la verdad. Nuestra fe se funda en Cristo, no en los hombres ni en el hecho de tener una vida en la que el pecado de los demás no se hace sentir tanto.

Entonces, ¿cómo comprender algunas de las acusaciones dirigidas a los pastores de la Iglesia que no intervinieron a tiempo sobre algunos abusos?

El Catecismo de la Iglesia (827) recuerda que “todos los miembros de la Iglesia, incluidos sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, hasta el final de los tiempos, la cizaña del pecado se encuentra aún mezclada con el buen trigo del Evangelio. La Iglesia reúne por tanto a los pecadores alcanzados por la salvación de Cristo, pero siempre en camino de santificación”. Es posible, como ha demostrado la historia, que quienes forman la Iglesia actúen de modo contrario al Evangelio, pero hay muchísimos pastores (la Iglesia tiene más de 5.000 obispos) que sirven a los fieles con una abnegación y generosidad únicas. Basta pensar en los obispos encarcelados en China, Vietnam y en otros lugares del mundo. Más que hacer la suma de todo esto, dejemos que la haga Dios. Creo que esto nos invita a no desanimarnos.

Ante la experiencia contrastante de la santidad y del pecado en la Iglesia, es oportuno revisar experiencias parecidas ya vividas en la historia de la Iglesia y comprenderlas antes de inventar una respuesta nueva. Esto supone mirar atrás y alrededor nuestro. Uno se da cuenta, casi con sorpresa, que Dios sigue habitando en medio de nosotros a pesar de todo. Y esto tiene dos consecuencias fundamentales.

En primer lugar, nuestra esperanza no es ingenua ni inconsciente, sino que se arraiga en la certeza de la ayuda de Dios. La segunda consecuencia es la responsabilidad de todos los fieles en la Iglesia, fundada en la llamada de Dios, a colaborar en la misión. En otras palabras, ante el pecado del otro es necesario responder con santidad y no con otro pecado. Y nadie dice que la respuesta santa debe ser siempre pasiva. Hay espacio para la creatividad humana: los santos eran creativos.

¿La Iglesia es verdaderamente santa?

Tradicionalmente se explica la santidad de la Iglesia distinguiendo dos aspectos. El primero es lo que es objetivamente santo en ella: los sacramentos, la Palabra de Dios, la presencia de Cristo y del Espíritu Santo, la ley moral y todos los demás dones que Dios le ha hecho para que lleve a cabo la misión que le ha confiado.

El segundo incluye los frutos de la santidad causada por los dones divinos ofrecidos, es decir, los santos y la habitual vida en gracia de Dios, vivida aquí en la tierra. Pero esta manera de participar en la santidad de la Iglesia no consigue explicar bien la influencia del pecado en la Iglesia y, por tanto, en su santidad vivida.

Entonces, ¿cómo explica usted estos dos elementos en los tiempos actuales?

Siempre habrá un poco de desorden en la vida de la Iglesia y siempre habrá desafíos que esperan una respuesta creativa que requiere trabajo, ingenio y tiempo. La vida cristiana es así aquí en la tierra: existe siempre la Cruz y ésta es puerta de entrada al Cielo. Pongo un ejemplo: el venerable Newman decía, tras haber estudiado la historia de la Iglesia antigua, que detrás de cada Concilio ha habido siempre una gran confusión. También hoy hay confusión, quizás difundida aún más a través de los medios de comunicación.

¿Le parece adecuado el comportamiento de los sacerdotes en muchos países?

Mire, el número de sacerdotes que en todo el mundo sirven a los fieles es de alrededor de 400.000. Celebran la Misa, hacen la catequesis, se ocupan de los enfermos, ayudan a las familias… El bien no hace ruido ni aparece en los periódicos: el mal en cambio sí. Basta mirar al número de sacerdotes muertos en estos últimos años por su compromiso hacia los más pobres, o al número de sacerdotes que sufren persecución a causa de la fe y de la defensa de los derechos humanos.

Además, es necesario entender que a menudo las noticias son presentadas de manera tal que llaman nuestra atención, la cual está ya provocada por otros reclamos. Y en tiempos donde la secularización es tan fuerte, como ahora, la proporción de comportamientos equivocados entre los sacerdotes están en los mismos niveles, si no menores, que la proporción entre los ciudadanos que componen las sociedades occidentales.

Esto no quita que haya algunos casos graves que quizás no hayan sido afrontados de manera correcta, y por esto la jerarquía ha tomado nota e intenta resolver los problemas, pidiendo perdón si es necesario.

¿Pero no le parece que haya detrás un comportamiento contradictorio?

Por supuesto. Cuando experimentamos el contraste entre lo que un fiel cristiano hace y lo que dice pretender, encontramos la contradicción. En estos casos es tan contradictorio un fiel laico como un miembro de la jerarquía o un religioso. El don de la libertad humana puede dirigirse hacia el bien o hacia el mal, también en cuantos formamos parte de la Iglesia, seamos o no sacerdotes. Esto no debe asombrar, si uno tiene fe en Dios y no en el comportamiento de los hombres de Dios. Al mismo tiempo, no debemos resignarnos ni acostumbrarnos frente a la incitación al pecado, porque Dios nos ha pedido a todos que transmitamos con nuestra vida el amor que Él tiene por todos. En sustancia, ante un comportamiento contradictorio o que solicita al pecado no debemos pecar de desesperación ni de apatía, ni de juicio temerario, ni de ira. Más bien, siguiendo la actitud de Cristo, estamos llamados a responder con la santidad y la conversión a la que Dios nos ayuda con su gracia.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

“Simpatizo con el Opus Dei”

Santi Rodríguez: “Simpatizo con el Opus Dei”

sábado, 20 de febrero de 2010
Santi Rodriguez



AlbaDigital.es (Entrevista de Gonzalo Altozano)

Algunos pensaron que se trataba de un expediente equis: Santi Rodríguez, el frutero de Siete Almudi.org - Santi Rodriguezvidas, en el IV Simposio sobre… ¡san Josemaría Escrivá! Los incrédulos pueden encontrar en internet el vídeo con su intervención.

¿Se arrepiente de haber asistido a aquel congreso?

No sólo no me arrepiento, sino que me alegro; la lástima es no haber ido a los otros.

Espero que tampoco se arrepienta de esta entrevista.

En absoluto. Hacer este tipo de cosas viene muy bien. Son como inyecciones que hay que ponerse de vez en cuando. Los cristianos debemos dar testimonio.

¿Por qué Escrivá?

Porque le tengo mucho cariño. Me viene de mis padres, que son de la Obra; del colegio, del que guardo un recuerdo maravilloso…

Otros salieron tarifando.

A veces, oyendo hablar del Opus, me pregunto a qué colegio habrán ido algunos. ¿A uno en Sri Lanka? Lo que cuentan no tiene nada que ver con mi experiencia.

¿Me la cuenta?

Lo primero, dejar claro que no soy de la Obra, sino simpatizante. Dicho esto, en el Opus Dei me inculcaron unas creencias que han sido de gran ayuda en momentos difíciles. Por eso lo defiendo a muerte.

Conclusión: san Josemaría es santo de su devoción.

Siempre que me he dirigido a él me he sentido atendido. Por cierto, que, a veces, es la costumbre, me sale llamarle monseñor. Y le digo: “¡Huy! Perdona, que te he descendido de categoría”.

De aquel simposio se fue con unos vídeos debajo del brazo.

Con charlas del padre, sí. Tenía el recuerdo de haberlos visto en el colegio y quería volver a verlos. También compré su biografía, que estoy releyendo.

¿Tanto le ha gustado?

Sí. Además, cuando me preguntan qué libro estoy leyendo, me divierte responder la biografía de san Josemaría. ¡Ponen una cara! Me gusta ir de transgresor.

¿También en lo religioso?

Es una lástima que manifestarse cristiano sea una forma de transgresión. Pero así están las cosas.

¿Cómo sobrevivir en el intento?

En mi caso, siendo un tío campechano. Eso me sirve para hacer apostolado, dar testimonio de Dios, demostrar que los católicos somos gente normal.

Normal, normal…

Lo que no podemos es permanecer encerrados. Tenemos que salir del armario o de donde estemos metidos y decir aquí estamos. ¡Coño, que parece que han tirado una bomba nuclear! ¿Y la gente que veo en misa todos los domingos? Somos como seguidores del Atleti.

¿Del Atleti?

Orgullosos de nuestro club…, pero callados.

Usted no se calla.

Antes medía más las cosas, me preocupaba el qué dirán. Ahora si me aceptan como soy, bien. Y si no, peor para ellos.

¿Ser católico es para ir presumiendo?

Pero con cuidado de no creer que lo sabemos todo y los demás están equivocados, de tratar de imponer nuestro criterio.

¿Alguna vez lo ha hecho?

Sí, y es el arma más ineficaz.

¿Cómo deshacer el entuerto?

Diciéndole al de arriba: “Perdóname porque lo que he hecho no ha servido de nada. Y, encima, te he ofendido”.

Aquel simposio, esta entrevista… ¿Qué dirán algunos?

Lo de tantas veces: “Santi, no te pega”. Lo que por un lado me hace gracia y por otro me molesta. ¿Cómo que no me pega?

[Entrevista íntegra en el número 263 del semanario, desde el viernes 5 de febrero en los quioscos]

Sin noticias de Dios

sábado, 20 de febrero de 2010
José Pedro Manglano


Vida Nueva

Almudi.org - Una experiencia singularNo hay dos caminos iguales que conduzcan a Dios, pero sí unos rasgos comunes que facilitan un buen acompañamiento para descubrirlo: amar la vida, abrazar al hombre, creer en la verdad, confiar en la conciencia. No pocos jóvenes de hoy viven sin noticias de Dios, aunque expuestos a las experiencias antropológicas de siempre: el enamoramiento, la pérdida, el éxito… Ayudarles a encontrar en esas situaciones la huella de la acción amorosa de Dios no sólo contribuirá a desvelar el rostro del Padre en sus vidas, sino que hará de los cristianos “expertos en humanidad”, condición que –como repetía Juan Pablo II– reclama la nueva evangelización del tercer milenio.

Expertos en humanidad

El origen de estas páginas se encuentra en la invitación que recibí para impartir una sesión a un numeroso grupo de sacerdotes jóvenes. El título decía, nada más y nada menos, Argumentos racionales de la existencia de Dios. La invitación iba acompañada de palabras de elogio: “¡Eso que a ti se te da tan bien!”.

Busqué en la memoria alguna experiencia que le pudiese haber llevado a pensar que a mí se me daba bien acercar ateos a Dios… y no encontré ninguna persona declarada sin fe que, tras una o varias conversaciones conmigo, hubiese descubierto a Dios.

Esto ya constituía un buen punto de partida. Las demostraciones de Dios son ejercicios intelectuales de interés que raramente llevan al descubrimiento de Dios, esa experiencia singular. Singular y no plural, pues no hay dos caminos iguales. Sin embargo, aunque no haya dos iguales, sí me atrevo a decir que casi todos los descubrimientos son de la misma familia, con unos rasgos comunes sobre los que quiero tratar ahora.

Lo que propongo podría resumirlo así: un buen acompañamiento en el camino para descubrir a Dios es el de amar la vida, abrazar al hombre, creer en la verdad, confiar en la conciencia. Si el planteamiento es acertado, puede servir para acompañar a muchos jóvenes –de edad o de espíritu, porque sin juventud no hay búsqueda–, y ayudarles eficazmente a descubrir a ese Dios del que parece que no tienen noticia.

A los que echan de menos que nuestro Dios no saque pecho y se haga notar con autoridad, les digo con Rilke:

No puedes esperar que vaya Dios a ti para decirte: Existo.
Un Dios que revelara su fuerza no tendría sentido.
Debes saber que Dios te atraviesa como un soplo, desde el origen.
Y si arde tu corazón y nada expresa, entonces es que actúa dentro de ti
[1].

Dos epígrafes serán el pasillo que recorra antes de llegar a exponer mi propuesta.

El hombre, animal en tensión

Durante el mes de agosto, a la orilla del Mediterráneo, charlaba con un matrimonio amigo. Ella tenía una cuestión que le inquietaba y que deseaba tratar. Varias amigas suyas que a lo largo del curso habían sido madres, preocupadas, se habían desahogado con ella: “Avergonzadas de sí mismas, se tachan de indeseables, sufren una incomodidad que les arrastra a la tristeza; ¡miro a mi bebé… y no me siento madre! ¡No tengo derecho a hacerle esto! ¡Yo le traigo, y luego no ejerzo la maternidad! ¡No es que no me importe, pero no soy la madre que debería ser, no le miro como mira una buena madre!”.

¿Qué les ocurre? Querría dar una interpretación a este hecho; espero no separarme demasiado de la realidad. Podría pensar que estas mujeres están desconcertadas con ocasión de su maternidad. Por un lado, son madres, pero, por otro, no se reconocen madres cabales, madres ‘de verdad’. Protagonizan conscientemente una cierta contradicción: ser madre y no ser madre al mismo tiempo. Es evidente que no experimentan una contradicción absoluta –en ningún momento niegan ser madres–, pero sí una cierta tensión. Algo está tenso cuando fuerzas distintas tiran de sus extremos. En este caso, ellas sienten la tensión de distintas dimensiones de la maternidad que no son coherentes. Lo que parece entrar en contradicción son las distintas dimensiones de la maternidad.

Cualquiera que escuchase el desahogo de una de estas noveles madres le transmitiría tranquilidad: “No te preocupes, estas cuestiones van poco a poco, en la medida en que ejerzas de madre encontrarás en ti los sentimientos adecuados. Quiérele y espera”. ¿Qué verdad se oculta en todo esto? Que el hombre está emplazado a vivir entre dos ámbitos, entre los cuales necesariamente surge tensión.

Por un lado, encontramos –en ese caso planteado– la realidad fáctica de ser madre del bebé, un hecho constatable, físico, realizado, de algún modo hasta controlado y –en ocasiones– incluso manipulado por mí. Por otro lado, el mismo hecho alberga una realidad misteriosa como es la maternidad, esa dimensión que me supera, que no controlo en absoluto, sino que más bien me envuelve y dentro de la cual ni siquiera sé dar unos pocos pasos con una seguridad mínima; dimensión que tampoco sé exactamente en qué consiste. Es decir, tensión entre la realidad fáctica y la dimensión misteriosa de un mismo hecho antropológico.

Podemos decir que gran parte de las experiencias humanas son así: esconden una dimensión misteriosa. Toda realidad verdaderamente humana, a partir de un punto, permanece velada por el misterio, se nos hace inasequible, deja de imponerse por la evidencia y pasa tan sólo a invitarnos a conocerla mediante la alusión. Maternidad, vida, muerte, belleza, sufrimiento, felicidad… y tantas otras experiencias de las que conocemos un extremo, pero sólo alcanzamos a intuir el otro.

… Recurre al símbolo

El hombre ha resuelto con sabiduría esta situación. Puesto que las realidades antropológicas se nos muestran sólo en parte, y en parte permanecen veladas, lo más oportuno es asentarse en el símbolo. Un breve inciso acerca del significado de esta palabra.

Symbolum viene de symballein, verbo griego que significa concurrir, fusionar. En la antigüedad, el símbolo designaba al artilugio de dos partes complementarias, ajustadas una a otra con exactitud. Había ritos antiguos en los que dos partes de una sortija, un anillo o una placa se podían ensamblar entre sí, y era la garantía de que dos partes –personas, objetos, textos…– guardaban unidad. Un mensajero, por ejemplo, que llevase algo hasta el destinatario, exigía a éste el símbolo –la otra parte de un objeto que él llevaba perteneciente al emisor–. Poseer una parte de ese objeto daba derecho a una cosa o a recibir hospitalidad.

Es decir, el símbolo es la parte que necesita de otra para ensamblarse, y de este modo se da un reconocimiento mutuo y unidad. Mientras que sím-bolo es lo que une, dia-bolo es lo que separa, lo que divide: una buena manera de designar al causante de la confrontación y división en este mundo.

La palabra símbolo resulta tremendamente gráfica. El mundo está lleno de símbolos que se corresponden con otras dimensiones de la realidad, ocultas para nosotros pero apuntadas y presentes de algún modo en el mundo tangible. El símbolo es una respetuosa forma de referirnos a esa dimensión misteriosa de la realidad.

El teólogo K. Prümm habla de ‘la ley de la conexión entre objeto y forma’. El símbolo habla de conexión entre imágenes elocuentes y verdades espirituales. Así, el hombre toma cientos de símbolos que expresan lo que está más allá, aquello a lo que se refieren, a lo que es superior al mismo hombre. La historia muestra que el símbolo siempre ha acompañado al ser humano.

El movimiento pendular de la historia lleva desde períodos de dedicación superficial a lo exterior y sensible, a la materia y las apariencias, a otros períodos atraídos fuertemente por el símbolo y la trascendencia.

Recuerdo el pasaje de la Ilíada en que Ulises, embarcado y borracho de tesoros tomados de Troya tras su victoria, sufre en alta mar una violenta tormenta y decide aligerar la embarcación arrojando al mar los tesoros. Da orden de tirar por la borda la imagen del dios Neptuno. Los marineros se resisten y le advierten que su comportamiento puede traer sobre ellos la venganza del dios despechado. Ulises actúa como un perfecto ilustrado, que se aleja del esoterismo y del misterio, y se arroja al mundo plano del pragmatismo. Mientras tira por la borda la escultura de Neptuno, grita a su tripulación: Dejad de invocar y de temer a Neptuno. ¡Aquí no hay más que agua, viento y muerte!

Experto en problemas, negado en misterios

Las experiencias profundamente humanas se nos presentan de estos dos modos al mismo tiempo: como algo fáctico, evidentemente real, mensurable por nuestro entendimiento y resoluble por nuestra praxis, algo que está en nuestra mano; y también como algo misterioso, inabarcable para el hombre, que más bien envuelve su existencia, algo que desentrañar como buen discípulo del misterio que encierra. Cuando la persona se enfrenta al primer tipo de realidades, se enfrenta a un problema; cuando lo hace al segundo tipo de realidades, se enfrenta a un misterio.

Problemas y misterios. La forma de resolver problemas es distinta a la forma de desentrañar misterios. Los problemas tienen siempre solución, la solución me la pueden dar otros, incluso lo pueden resolver por mí. Sin embargo, los misterios se descubren viviéndolos, nadie puede hacerlo por otro y no hay fórmulas que valgan.

Nuestra cultura y sistema educativo han optado, conscientemente o no, por formar hombres expertos en resolución de problemas. Somos personas eficientes, preparadas en distintas disciplinas, en varios idiomas, y armadas de máquinas capaces de sustituir al personal de todo un ministerio, máquinas que obedecen nuestras órdenes y multiplican la eficacia, de modo que hoy hasta el más tonto hace relojes.

Pero esta opción, lamentablemente, ha tenido un precio. Quien luce ese alto perfil de homo faber es, al mismo tiempo, un perfecto negado para los misterios. ¡Ni los huele! No ve más que “agua, viento y muerte…”, lo demás no existe más que en la subjetividad. La dimensión misteriosa de la realidad se reduce a una dimensión subjetiva, sin valor ni existencia fuera del sujeto. No está en la realidad, sino solamente en el sujeto; no es real, sino creación del sujeto.

Así, si uno pregunta a un joven si con toda honradez cree en Dios, el experto en resolución de problemas cerrará los ojos y buscará entre sus sentimientos alguno que le diga que Dios existe; si nada logra alterar su sensibilidad desde el interior, se verá obligado –si quiere ser serio– a negar su existencia, al menos para él.

El ilustrado busca la respuesta a los misterios del hombre –Dios, muerte, sufrimiento, maternidad, belleza…– desde la soledad de su subjetividad. “La cultura actual, profundamente marcada por un subjetivismo que desemboca muchas veces en el individualismo extremo o en el relativismo, impulsa a los hombres a convertirse en única medida de sí mismos, perdiendo de vista otros objetivos que no estén centrados en su propio yo, transformado en único criterio de valoración de la realidad y de sus propias opciones. De este modo, el hombre tiende a replegarse cada vez más en sí mismo, a encerrarse en un microcosmos existencial asfixiante, en el que ya no tienen cabida los grandes ideales, abiertos a la transcendencia, a Dios.

En cambio, el hombre que se supera a sí mismo y no se deja encerrar en los estrechos límites de su propio egoísmo, es capaz de una mirada auténtica hacia los demás y hacia la creación. Así, toma conciencia de su característica esencial de criatura en continuo devenir, llamada a un crecimiento armonioso en todas sus dimensiones, comenzando precisamente por la interioridad, para llegar a la realización plena del proyecto que el Creador ha grabado en su ser más profundo”[2].

Por otro lado, su razón sabe que, para resolver el problema de Dios, sólo debe fiarse de ‘ideas claras y distintas’. Así, cerrado a lo que es superior a uno mismo, el misterio no tiene espacio. ¡Qué distinto es este homo faber del sabio griego! En la época tardía de la sabiduría pitagórica, se recoge: “De los bienes del saber no se debería hacer partícipe a aquellos cuya alma no está purificada. Pues no está permitido que lo que se ha obtenido con tanto esfuerzo se revele al primero que se presente, como tampoco explicar los misterios de las diosas eleusinas al profano”[3].

Efectivamente, hay grados del saber que sólo se abren al alma purificada y esforzada, paciente y en búsqueda; no se revelan al primer espíritu pragmático que pasa por la calle, por alto nivel técnico que haya alcanzado.

Abrazar al hombre

Ante esta situación, nos encontramos con tantos que no sienten ninguna necesidad de Dios, y otros muchos que querrían contar con Él pero no pueden. ¿Cómo actuar para ayudar a los hijos de nuestra cultura a descubrir a Dios? Contesto con otra pregunta. ¿Cómo nos salvó Cristo? No desde una prodigiosa fórmula de contenidos teóricos. Nos salva por su acción amorosa y su resurrección.

Para salvar al hombre se hace hombre. Desde dentro, actúa. Algo así aplica Teresa de Calcuta, que explica a sus hermanas que para ayudar a los pobres hay que ser pobre: desde dentro, viviendo lo que el pobre vive. Algo parecido podemos todos: amar la vida, abrazar al hombre, creer en la verdad, confiar en la conciencia… Acompañar al desvelamiento de Dios.

Lo diré de distintas maneras, a ver si logro darme a entender. El modo sugerido es el de acompañar a los jóvenes en sus experiencias antropológicas, con respeto y verdad. Para ayudarles a descubrir a Dios, acompañarles en su amor a la vida, en su amor al hombre y al mundo… Amar absolutamente las experiencias humanas en toda su verdad.

En este abrazo al hombre siempre se abre un camino que puede conducir a la búsqueda y encuentro con Dios. Abrazar al joven enamorado en su enamoramiento, al huérfano que perdió a su padre en el dolor de su orfandad, al exitoso profesional en su gloria pasajera, al enfermo en su enfermedad, al deportista en su afición, al artista en su búsqueda de la belleza… ¡Abrazar al hombre en su amor a la vida!

Este abrazo también tendrá en cuenta que “una pastoral de la tranquilidad, del ‘comprenderlo todo, perdonarlo todo’ (en el sentido superficial de estas palabras) se encontraría en drástica oposición con el testimonio bíblico. La pastoral justa conduciría a la verdad y ayudaría a soportar el dolor de la misma verdad”[4].

Con abrazar se quiere expresar el amar a quien y con quien vive la realidad humana y misteriosa de que se trate. El abrazo debe ser verdadero abrazo. Juan Pablo II lo hizo con espontaneidad y entereza. Vale la pena releer sus reflexiones acerca de la pastoral que llevó a cabo con jóvenes. Dice que “la principal experiencia de aquel período… fue el descubrimiento esencial de la juventud”. Y afirma que cada educador “debe conocer bien esta característica, y debe saberla reconocer en cada muchacho o muchacha; digo más, debe amar lo que es esencial para la juventud”[5].

Lo mismo con el matrimonio, con el noviazgo, con el sufrimiento físico, con el afán de combatir el mal de la injusticia… Amar lo esencial de esas realidades antropológicas. Un ejemplo puede ser el ‘¡viva la vida!’ que todos deseamos gritar y gritamos.

Dice Benedicto XVI a los jóvenes del mundo entero:

“Hubo un período –que aún no se ha superado del todo– en el que se rechazaba el cristianismo precisamente a causa de la cruz. La cruz habla de sacrificio –se decía–; la cruz es signo de negación de la vida. En cambio, nosotros queremos la vida entera, sin restricciones y sin renuncias. Queremos vivir, sólo vivir. No nos dejamos limitar por mandamientos y prohibiciones; queremos riqueza y plenitud; así se decía y se sigue diciendo todavía. Todo esto parece convincente y atractivo; es el lenguaje de la serpiente, que nos dice: ‘¡No tengáis miedo! ¡Comed tranquilamente de todos los árboles del jardín!’. Sin embargo, el Domingo de Ramos nos dice que el auténtico gran ‘sí’ es precisamente la cruz; que precisamente la cruz es el verdadero árbol de la vida. No hallamos la vida apropiándonos de ella, sino donándola. El amor es entregarse a sí mismo, y por eso es el camino de la verdadera vida, simbolizada por la cruz”[6].

Compartir con cada uno la experiencia antropológica que protagoniza, compartirla desde dentro, cualquiera que ésta sea, puede ser la situación oportuna que le haga apto para el misterio. Se pueden distinguir cuatro hitos que marcan el camino de quien vive estas experiencias, cuatro verdades que abren las puertas a Dios:

1. Soy buscador

Cualquier experiencia humanamente intensa, de primeras da a entender al hombre que no sabe lo que debe saber. Nos damos cuenta, al mismo tiempo, que seguramente no estamos donde deberíamos estar, que nuestra situación no es la adecuada, que es preciso cierto cambio para afrontar la situación. En otras palabras, nos damos cuenta de que somos hombres, un ser humano en camino.

La religión bíblica recoge las experiencias de un pueblo nómada. Israel es un pueblo en camino a su tierra prometida y, una vez alcanzada, durante mucho tiempo es un pueblo en el exilio. Esta imagen significa gráficamente lo que es la existencia humana. Nos enseña que el hombre está puesto en un camino, que este camino le lleva a un destino, que le acontecen diversos sucesos a lo largo de su vida que él tiene que buscar y descubrir. Significa, al mismo tiempo, que sus pasos pueden acercarle o alejarle de la verdad definitiva, y que también puede equivocarse.

Ciertas experiencias fuertes son ocasiones óptimas para adoptar la postura propia del buscador. No tiene sentido rebelarse por el sinsentido de ciertos sucesos, abandonar o cruzarse de brazos, protestar o huir. “Soy un buscador”, “estoy en camino”. No ahora, sino que mientras dé pasos sobre esta tierra, la búsqueda no cesará, el camino no estará terminado.

La confesión de Albert Camus es elocuente:

“He conseguido hacer mucho dinero porque de alguna forma he sido capaz de articular la desilusión del hombre por el hombre. He tocado algo en el interior de mucha gente, porque identifican en mis obras la angustia y la desesperación. Me dirigí al sinsentido y a la incertidumbre, principios básicos en los que no estoy seguro de creer aún. Esto, más que ninguna otra cosa, es lo que me consterna, ésa es la raíz de mi desesperanza. (…) Pero frente a la desesperación he encontrado motivos para tener esperanza. Por encima de todo, valoro la vida. (…) Me encuentro en algo así como un peregrinaje; buscando algo que llene el vacío que siento y que nadie más conoce. El público y los lectores de mis novelas, aunque ven ese vacío, no encuentran las repuestas en lo que están leyendo. Estoy buscando algo que el mundo no me está dando. Me siento totalmente identificado con Nicodemo, porque no comprendo eso que Jesús le dijo de que tenía que volver a nacer. Pero eso es lo que yo quiero, es a lo que yo quiero comprometer mi vida. ¡Voy a seguir luchando por alcanzar la fe!”[7]

2. Un buscador que no hace pie en todos los suelos

Vivir la vida enseña no sólo a adoptar la actitud del buscador, sino también a tomar conciencia de que la realidad le supera porque es mucho más rica que él, que vive en un mar en el que no siempre hace pie. Un buen científico como Severo Ochoa, Premio Nobel por sus investigaciones, afirmó al final de su vida a una periodista:

”No tengo ni una sola respuesta para nada de lo que de verdad me interesa. Puedes escribir bien grande que te he dicho que soy un extraño sabio… un sabio que no sabe nada”.

Esta afirmación no era pacífica. Aunque su formulación es parecida al socrático “sólo sé que no sé nada”, no tiene nada que ver. Ochoa gritaba su frustración, pues a las preguntas ¿por qué es la vida?, ¿cuál es el origen?, ¿qué es la muerte?, ¿qué hay después?, ¿sabe usted dónde está el amor de su esposa?, ¿me podría explicar sobre una pizarra por qué, al atardecer, se pone usted tan triste?… no sabía responder.

Nadie da una respuesta plena, pero él era uno de los que se plantean los misterios como si fuesen problemas, no recorren un paso hacia el misterio porque sólo se fían de la razón…: son necios sabios. Ochoa sabe que no es un ignorante sabio como Sócrates, sino un necio sabio. Su queja tenía el sabor de la frustración. Hay problemas y misterios.

El hombre buscador sabe que debe resolver los problemas como problemas, y desentrañar los misterios como misterios: acercándose a ellos respetuosamente, sabiendo que no hace pie en esas profundidades, contemplándolos y dejándose instruir, permitiendo que le envuelvan totalmente. Los misterios no tienen una resolución tan asequible como los problemas, pero son incomparablemente más gozosos y fecundos. Una pequeña luz que nos haga vislumbrar el misterio es mucho más interesante que el dominio completo de cualquier problema.

Un buscador como el cineasta Ingmar Bergman es protagonista de una interesante reacción. Escéptico, pensaba que la muerte es el fin, el paso al no-ser. Hasta que muere quien fue durante años su mujer. Aunque su razón racionalista le niega ya la posibilidad de un encuentro futuro con ella, no puede no rebelarse. Pisotea su expediente racionalista y afirma, con una extraña seguridad, que volverá a verla:

“No ha pasado un día en mi vida sin que haya pensado en la muerte. O en el que el pensamiento de la muerte no me haya tocado de alguna manera. Así que escribí una película sobre la muerte. Era El séptimo sello. Fue una muy buena terapia. A veces, lo que uno hace, lo que uno escribe… puede ser una terapia. Y en aquel caso fue así. Pero luego me pasó algo raro. Lo que pasó fue que… me salió un absceso con un principio de septicemia. Así que había que eliminar el absceso. Me lo hicieron en el hospital de Sophia Hemmet. Noté un pequeño pinchazo… y después… no pasó nada. Hay ocho horas de mi vida… que están totalmente eliminadas. Era hipersensible a aquel anestésico, y me habían puesto demasiado. Aquello me fascinó, porque pensé: ‘¿Es así, la muerte?’. Eres una luz que se enciende y entonces, un día, se apaga. Y no queda nada, ninguna llama. Así que no hay razón para temer la muerte. Es algo espléndidamente piadoso. Algo magnífico. Y, habiendo comprendido esto, yo vivía contento. Vi que podía apartar mis pensamientos cotidianos sobre la muerte. Los pensamientos seguían viniendo… sobre todo en mi hora del lobo, al alba… pero podía apartarlos diciéndome que no eran nada. En un instante, paso de ser algo a ser nada. Me gustaba esa idea. Pero luego llegó el gran problema. El problema aplastante, que fue cuando murió Ingrid, casi exactamente hace ocho años. Y, lógicamente, me dije: ‘No voy a volver a ver a Ingrid jamás. Se ha ido para siempre’. Pero lo curioso es que siento la presencia de Ingrid, sobre todo aquí en Faro. De una forma intensa. Y pienso: ‘Es imposible que sienta su presencia si no existe’. Y es que aquella operación fue una reacción química. No era la muerte de verdad, sino una muerte artificial. En la muerte real puede que Ingrid me esté esperando, y que exista. Y que venga a buscarme. Yo doy por sentado que voy a encontrarme a Ingrid. Y he eliminado por completo la pesadilla de que no vuelva a verla. Doy por sentado que voy a encontrarme con Ingrid”.

A esto me refería con lo de abrazar en toda su verdad y con respeto cada una de las experiencias antropológicas por las que nos va paseando nuestra existencia. Abrazar el hecho de la muerte nos hace conscientes de que no hacemos pie, de que estamos ante un misterio del que puedo ser buen aprendiz. Es imprescindible educarnos a vivir cómodos con el misterio. Un testimonio, aunque sea referido al caso particular de la liturgia, es el del cardenal Ratzinger:

“En los antiguos edificios monásticos se encontraban la Escuela de Señoritas y el entonces Instituto para la Formación del Niño, llamado ‘jardín de infancia’. Ha quedado particularmente grabado en mi memoria el recuerdo del ‘Santo Sepulcro’, con muchas flores y luces de colores, que se erigía entre el Viernes Santo y el Domingo de Pascua y que nos ayudaba a sentir próximo el misterio de la muerte y resurrección, a percibirlo con nuestros sentidos internos y externos, mucho antes que cualquier intento de comprensión racional”[8].

Traigo a colación este recuerdo por lo oportuno que resulta percibir el misterio con los sentidos internos y externos antes de intentar hacerlo con la razón.

3. El amor es quien me abre puertas a otras verdades

Tomando pie en la experiencia de Bergman, podríamos distinguir otro hito en la vivencia de estos misterios: es el amor a Ingrid el que le hace vislumbrar algo que la razón le negaba. Aprendemos que en las cuestiones últimas que preocupan al hombre no hay que separar pensamiento y existencia. Pensamiento y existencia se condicionan recíprocamente.

El pensamiento sabe que sus conquistas están limitadas a lo razonado. Por eso, al mismo tiempo, sabe que la persona es capaz de conquistas más amplias que se extienden a toda la realidad razonable, aunque en muchos casos no habrá sido alcanzado razonadamente. Los misterios nos ofrecen realidades razonables que no somos capaces de razonar. ¿Cómo alcanzamos esas verdades? El amor es la llave.

Lo mismo ocurre cuando, ante comportamientos de otros que no hay forma de defenderlos con la razón, lo justificamos diciendo que “son cosas del amor”. Y así es. El amor abre puertas a verdades más plenas. El amor, la relación con los demás, el encuentro con algunos cristianos, poner el afecto en juego, es algo indispensable. “Nunca se puede buscar la fe de manera aislada, sino sólo en el encuentro con personas creyentes capaces de entenderte. La fe crece siempre en comunidad”[9].

Y es que “sin una cierta cantidad de amor no se encuentra nada. Quien no se compromete un poco para vivir la experiencia de la fe y la experiencia de la Iglesia, y no afronta el riesgo de mirarla con ojos de amor, no descubrirá otra cosa que decepciones. El riesgo del amor es condición preliminar para llegar a la fe”[10].

Es más. Ese momento de la experiencia que me ayuda a buscar más allá, donde no hago pie, en el encuentro con los otros, es imprescindible porque a la misma fe cristiana le constituye ser un encuentro. “La persona, en cuanto ser relacional, ha sido creada de tal forma que se hace en el otro, y descubre también su sentido, su misión, su exigencia y posibilidades vitales en los encuentros con los demás.

Esta estructura fundamental de la existencia humana nos permite entender después la fe y el encuentro con Jesús. La fe no es un mero sistema de conocimientos, es, en esencia, el encuentro con Cristo”[11]. Es importante descubrir esta estructura del hombre en cualquiera de las situaciones antropológicas por las que atravesamos, ya que la decisión a favor de Dios es una decisión del pensamiento y, al mismo tiempo, de la vida, en sinergia.

4. Un frustrado redimible

Otro aspecto que podemos descubrir sería que el hombre frustrado por una tensión no resuelta puede ser redimido en el encuentro con Cristo, o con hombres en los que vive Cristo.

Un fabuloso diálogo entre Freud y Dios, escrito por Eric-Emmanuel Schmitt para el teatro, pone en boca del científico doctor esta queja contra Dios: “¡Le acusaría de falsas promesas!”. Lo razona con estas palabras:

Freud: El mal es la promesa incumplida… ¿qué es la muerte… sino la promesa de la vida que emana de mi sangre bajo mi piel y que nunca se cumple? ¿Por qué cuando me toco o me entrego a la embriaguez mental que es el puro placer de existir no me siento mortal? La muerte no está en ninguna parte, ni en mi vientre, ni en mi cabeza… no la siento. La muerte la conozco de oídas, me enseñaron a conocerla, ¿hubiera sabido que un día moriría si nadie me hubiera hablado de ella? Yo me creía inmortal. La muerte es traicionera, siempre ataca por la espalda, nunca de frente… lo peor de la muerte no es… la nada, es… ¡la promesa de la vida… incumplida! Por culpa de Dios. ¡Ay el dolor! ¿Qué es sino la falsa integridad del cuerpo? Un cuerpo hecho para correr, para gozar, un conjunto armónico que funciona con la exactitud de las manecillas de un reloj y aquí está vulnerado, amputado, descompuesto… El dolor no se siente en la carne, ya que toda herida es una herida del espíritu. Es la promesa incumplida, la culpa… es de Dios. El mal que los hombres se hacen los unos a los otros, ¿qué es sino la paz perdida? La promesa que había en el calor de una cabeza acurrucada entre los senos maternos… la ternura de una dulce voz que nos hablaba desde lo más profundo del corazón aunque ni siquiera comprendiéramos las palabras. La unión total con el universo que conocimos, cuando el universo no eran sino dos manos amantes que nos daban el biberón… ¿Dónde ha ido todo eso? ¿Por qué esta guerra? Promesa incumplida… de nuevo, la culpa es de Dios. Pero el peor de los males, la fina y acerada punta de la maldad, es la mente, a la que la misma inteligencia convierte en estúpida, parecería como si Dios nos hubiera dado la inteligencia únicamente para rozar sus límites… la sed… sin agua. Creemos que lo sabremos todo, que lo comprenderemos todo, y la razón nos abandona en el camino. ¡No lo sabemos todo! Y no comprenderemos nada. Aunque viviera trescientos mil años y supiera el nombre y el número de las estrellas, seguirían siendo indescifrables para mí y yo seguiría preguntándome: ¿qué hago en esta tierra con los pies hincados en el barro? Los límites de la razón… ésa es la última de las promesas incumplidas. La vida sería bella si no fuera una traición, sería fácil la vida si no hubiera creído que tenía que ser larga, alegre, justa. Esperaba demasiado, tenían que haberme creado más irracional para no esperar nada. Por eso, señor Berside, si Dios existe, es un Dios mentiroso, predica y luego abandona. Él ha creado el mal, porque el mal es la promesa que no se cumple.

Dios: Déjeme explicarle.

Freud: No quiero más explicaciones. Si Dios está contento de lo que ha hecho, del mundo que ha creado, entonces sería un dios singular, un dios cruel, un dios hipócrita, un criminal, el autor del mal de los hombres. Más le valiera no existir. Si hubiera un dios, no podría ser otro que el mismo diablo. (…) Si Dios existiera, si estuviera aquí esta noche en la que el mundo llora y mi hija está presa entre las garras de la Gestapo, le diría: ¡No existes! Si eres todopoderoso entonces eres un malvado, si no eres malvado no eres todopoderoso, perverso o limitado, no eres un dios a la altura de Dios, no es necesario que existas. Los átomos, el azar, el choque de los planetas; eso basta para explicar un mundo tan injusto… Definitivamente, no eres más que una hipótesis inútil.

La respuesta de Dios es contundente:

Dios: Y sin duda Dios te respondería así: Si pudieras ver de antemano como yo la cinta de los años venideros, serías aún más violento pero dirigirías tu acusación al verdadero responsable. Si pudieras ver más allá… Este siglo será uno de los más extraños de la Tierra. Se conocerá como el siglo del hombre, pero será el siglo de todas las pestes, como ésa que ya empieza a expandirse por Viena y de la que sólo ves los primeros bubones, pronto llegará al mundo entero y no hallará apenas resistencia. Tú te librarás de ella, Freud, considérate afortunado. A los otros, a tus amigos, a tus discípulos, a tus hermanos y a tantos inocentes los van a matar, por decenas, por millones, en falsas duchas que en lugar de agua librarán gas, y serán sus hermanos los que se lleven los cuerpos para arrojarlos a grandes fosas que luego cubrirán con cal. ¿Y sabes que los nazis harán jabón con sus grasas? Verdad que resulta extraño que pueda uno lavarse el culo con aquello que tanto se odia. Ya habrá otras pestes, pero en el origen de todas aparecerá el mismo virus, el mismo que te impide creer en mí, el orgullo. Jamás el orgullo humano habrá llegado tan lejos, hubo un tiempo en que el orgullo humano se contentaba con desafiar a Dios, hoy quiere reemplazarle. Hay una parte divina en el hombre, la que le permite negar a Dios. Tú no te contentas con menos, acabas de decirlo. El mundo, el mundo no es más que un producto del azar, una confusa y absurda obstinación de moléculas y en la ausencia del verdadero maestro sois vosotros los que, en adelante, legisláis. “Ser el señor”. Jamás esa locura tendrá tanto arraigo como en este siglo. “Dueños de la naturaleza”. Y contaminaréis la tierra y ennegreceréis las nubes. “Señores de la materia”. Y haréis temblar al mundo. “Dueños de la política”. Y crearéis el totalitarismo. “Señores de la vida”. Y temeréis tanto a la enfermedad y a la muerte que aceptaréis subsistir a cualquier precio para no vivir, sino sobrevivir anestesiados como vegetales en un invernadero. “Señores de la moral”. Y pensaréis que, ya que son los hombres los que inventan las leyes, todo vale, es decir… que nada vale. Entonces el dinero será Dios, le construiréis templos, le adoraréis y ya nadie pensará en la nada, en la ausencia del verdadero Dios. Al principio, os felicitaréis por haber matado a Dios, pero si ya nada se debe a Dios todo recae sobre el hombre, ¿no? La vanidad no conoce la angustia, os atribuiréis toda la inteligencia, jamás la historia habrá conocido filósofos más oscuros y, sin embargo, más felices. Freud, esto aún no lo ves, pero el mundo se verá privado de la luz. Y cuando un joven en una tarde de duda tan frecuente en la juventud pregunte a los hombres de su alrededor: ¿por favor, por favor, cuál es el sentido de la vida? Nadie podrá responderle. Será vuestra obra, la tuya y la de otros, eso es lo que haréis los grandes de este siglo, explicaréis: el hombre por el hombre y la vida por la vida. Y el hombre será un loco en su celda que juega una partida de ajedrez entre su inconsciente y su conciencia. ¡Freud… Freud! ¿Aún tienes la embriaguez del conquistador, del que crea pero piensa en los otros, en los que están por nacer? ¿Qué mundo les habrás dejado? El ateísmo revelado.

Dos coordenadas en la Escritura

Quizás hubiera ahorrado muchas páginas recogiendo antes estas dos directrices marcadas en el Nuevo Testamento. Una corresponde a Cristo, la otra a san Pablo. “No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud” (Mt 5, 17-19). Abrazar al hombre en sus diversas situaciones y vivirlas en plenitud. El sentido de estas palabras de Cristo tiene otro contexto, pero las parafraseo para darle un nuevo sentido.

Cualquier experiencia del hombre, si queremos vivirla en toda su verdad, llevándola a la plenitud a la que aspira, nos acercará a Cristo, posiblemente nos llevará hasta Él. La afirmación de Pablo se dirige a una de las iglesias que él fundó, en un mundo hostil a su mensaje: “Examinadlo todo, y quedaos con lo bueno” (1 Tes 5, 21). Un buen predicador exclamaba que el mundo es de quien lo ama[12].

Nada de lo bueno nos es ajeno. ¿La solidaridad es buena? Por supuesto. Que la caridad pueda expresar algo más pleno y perfecto no impide que la solidaridad, en sí misma, sea buena. La solidaridad, pues, no nos es ajena. Conviene que estemos precavidos para no cambiar la máxima del Apóstol de Tarso por otra que vendría a decir que “sólo lo perfecto nos es propio”. No: nada bueno nos es ajeno.

A este caso se refería Benedicto XVI cuando afirmaba que “la educación en la fe debe consistir antes que nada en cultivar lo bueno que hay en el hombre. El desarrollo del voluntariado, inspirado por el espíritu del Evangelio, ofrece una gran ocasión educativa”[13].

Quizás aludía a eso Juan Pablo II cuando escribía que la evangelización del tercer milenio requiere que los cristianos seamos expertos en humanidad.

Notas

[1] Para festejarme, 1899.

[2] Benedicto XVI, Orar, 35.2, tomado del 15 de noviembre de 2005.

[3] Jámblico, Vida de Pitágoras, 17.35, en Hugo Rahner, Mitos griegos en su interpretación cristiana, p. 69.

[4] Benedicto XVI, Orar, 28.9, tomado de Mirar a Cristo, pp. 99-100.

[5] Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, capítulo “Jóvenes: ¿realmente una esperanza?”, Plaza y Janés, Barcelona 1994.

[6] Domingo de Ramos, XXI JMJ, 9 abril 2006.

[7] H. Mumma, El existencialista hastiado. Conversaciones con Albert Camus (J. Á. Agejas, ed.), Voz de Papel, Madrid 2005.

[8] Benedicto XVI, Orar, 44.1, tomado de Mi vida, recuerdos, p. 24.

[9] Benedicto XVI, Orar, 36.1, tomado de Dios y el mundo, p. 301.

[10] Benedicto XVI, Orar, 1.2, tomado de ¿Por qué soy todavía cristiano?, p. 110

[11] Benedicto XVI, Orar, 11.2, tomado de Dios y el mundo, p. 235.

[12] Nguyên van Thuan, F.X., El camino de la esperanza, Edicep, Valencia 2000, pp. 81-82.

[13] Benedicto XVI, Orar, 38.1, tomado del 26 de noviembre de 2005.