Al Sr. Rencor le echamos de casa

Lo que comenzó siendo una conversación normal entre dos personas que se quieren, acabó en discusión. Las frases se iban cargando de doble y hasta de triple sentido. Miradas burlonas y desafiantes que cortaban el ambiente. Descargo de agravios comparativos. Sobre la mesa que hacía de frontera entre los dos, volvieron a presentarse unos cuantos recuerdos de sucesos desagradables, ya superados, que hieren sólo con mencionarlos.  Un golpe seco encima de la mesa. La silla que se desplaza con fuerza y un portazo. El famoso portazo que hiela el corazón y la casa. Después, silencio. Un silencio agobiante.

Y entra en escena el Señor Rencor, ése que firma el acta de la discusión, y que me imagino vestido de negro y con bastón, con cara de viejo amargado que se frota las manos cuando ve que dos personas se tiran los trastos a la cabeza y discuten por soberbia.

Al día siguiente, entre los dos, silencios prolongados. Miradas que se esquivan mutuamente. Convivencia sin vivencia. Y pasan las horas. Y sigue el silencio.

Hasta que uno de los dos, quizá el que comenzó con una broma de mal gusto la dichosa conversación, da un paso al frente, y mirándole al otro a los ojos, le dice: ¡Perdóname! Entonces tienes que ver la cara del Señor Rencor… todo un poema. Su rostro, que había manejado los hilos hasta entonces, se contrae de ira y huye desconsolado. No tiene sitio entre los dos. Se va a la mierda.

Y vuelve la alegría.

PD.- Esta es la historia de un matrimonio santo que lucha desde hace más de cuarenta años por quererse como el primer día. Contemplar sus luchas me llena de fortaleza. Ellos, sin palabras, me demuestran que el amor se forja en la debilidad, en ese comenzar y recomenzar cuantas veces haga falta. Y, lo demás, pamplinas.

Fuente: http://juanjomolina.wordpress.com

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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