Internet a 30 megas

BANDA ANCHA

Telefónica prueba un plan piloto de fibra óptica con Internet a 30 megas

Telefónica ha puesto en marcha un plan piloto de fibra óptica que incluye velocidad de 30 megas de bajada y 1 mega de subida. También ha lanzado un plan de Trío FTTH con Imagenio con 3 megas de velocidad, a un precio de 9 euros hasta el próximo mes de septiembre de 2008, según publica el portal ADSLzone.net.

06 Nov 2007, 14:48 | Fuente: EUROPA PRESS 

Fibra OpticaLa operadora está realizando este despliegue basándose en las tecnologías de fibra hasta el edificio (FTTN/B) y fibra hasta el hogar (FTTH). Según el portal, ya existen 600 nodos instalados en edificios de Madrid y Barcelona, desde los que la operadora podrá ofrecer el Trío con Imagenio a 54.000 clientes que, en su mayoría, no disponían de cobertura.

Además, en marzo la operadora lanzará también de forma precomercial la nueva modalidad de 30 megas que dispondrá de 1 mega de subida.

La experiencia precomercial de Telefónica consiste en ofrecer el nuevo producto a un precio muy ventajoso para compensar posibles deficiencias en la prestación del servicio, tales como retrasos de provisión o cortes, entre otros. El precio que ha autorizado la Comisión de Mercado de las Telecomunicaciones (CMT) hasta el próximo mes de septiembre es de 6 euros al mes para el paquete básico y 9 euros para el paquete familiar.

Mil clientes con fibra

Hasta el momento, el municipio madrileño de Tres Cantos y dos barrios de Barcelona ya disponen de fibra óptica hasta el hogar (FTTH) con la que los clientes podrán disfrutar de mayores servicios. Según ADSLzone, la operadora pretende superar los 1.000 clientes con fibra antes de que termine el año.

Asimismo, el portal explica que, dado que la tecnología de fibra óptica es muy novedosa en España y a nivel internacional, la CMT ha autorizado a Telefónica a realizar una experiencia precomercial que comenzará en marzo de 2008.

A medida que los nodos o edificios vayan entrando en servicio gradualmente, la operadora contactará con los clientes de cada nodo para invitarles a participar en esta experiencia precomercial e informarles de las condiciones de la misma. Sin embargo, si algún cliente llama al 1004 para solicitar alguno de estos servicios, Telefónica también le informará que está probando una nueva tecnología y le invitará a participar en la experiencia piloto.

IX Congreso Católicos y Vida Pública

EN LA UNIVERSIDAD CEU SAN PABLO

George Weigel presenta el IX Congreso Católicos y Vida Pública

Redacción – 13/11/2007

El escritor y teólogo de la Ethics and Public Policy Center de Washington George Weigel, el presidente de la Asociación Católica de Propagandistas y de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU, Alfredo Dagnino, y el director del Congreso Católicos y Vida Pública, José Francisco Serrano, presentan hoy el IX Congreso Católicos y Vida Pública en una rueda de prensa

El Congreso se celebra los días 16, 17 y 18 de noviembre en la sede de la Universidad CEU San Pablo bajo el título ‘Dios en la Vida Pública: La propuesta cristiana’. Este Congreso se celebra desde 1999 con el objetivo de ser un foro de encuentro, que busca promover la participación de los católicos en la vida pública, evitando la ruptura entre las esferas pública y privada. En total, han participado más de 6.800 congresistas y el año pasado siguieron el congreso desde Internet más de 6.000 «congresistas virtuales».

El teólogo George Weigel, participa en el IX Congreso impartiendo la conferencia inaugural: «Laicidad y laicismo en la sociedad democrática». Es autor o editor de una veintena de libros, entre los que se encuentran Biografía de Juan Pablo II, testigo de esperanza; Política sin Dios: Europa y América, el cubo y la catedral; El coraje de ser católicos: crisis, reforma y futuro de la Iglesia. Además ha escrito numerosos ensayos, columnas y artículos de opinión en los principales periódicos y revistas de Estados Unidos. Es asesor para asuntos vaticanos de la cadena NBC News. Tiene una columna semanal en la prensa norteamericana: «The Catholic Difference». Ha sido galardonado con ocho doctorados honoríficos y con la cruz papal Pro Ecclesia et Pontifice y es miembro de la junta directiva de varias organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos humanos y al logro de la libertad religiosa. Asimismo, es miembro de la junta editorial de la revista First Things.

Pedro Arrupe, el general audaz

Desautorizado por el Vaticano en el epílogo de su mandato

Juan Pablo II y General JesuitaCuenta Pedro Ontoso en El Correo que en mayo de 1931 la onda expansiva de la explosión anticlerical se extendía por España cebándose con iglesias y conventos. Dos jóvenes novicios de jesuitas, Jose María Llanos y José María Díez Alegría, huyeron ‘in extremis’ de Madrid y recalaron después de varias semanas en Loyola. En la casa santuario guipuzcoana, los ‘junior’ de la provincia vasca de la orden organizaron una fiesta de bienvenida.

Otros dos jóvenes disfrazados de ‘casheros’ representaron una escena de caserío con mucho sentido del humor. Uno era Javier María Urzainqui, que luego abandonaría el noviciado, y el otro, dotado de una aterciopelada voz de barítono, era Pedro Arrupe Gondra. Tanto el padre Llanos, el ‘cura rojo’ del Pozo del Tío Raimundo, como el padre Díez Alegría, expulsado de la orden por su polémico libro ‘Yo creo en la esperanza’, no podían imaginar que aquel gran cantante e imitador llegaría a ser, 34 años después, el general de los jesuitas. Mañana se cumplen cien años de su nacimiento en Bilbao.

El encuentro lo describe con gran detalle Pedro Miguel Lamet, autor de dos documentados libros, ‘Díez Alegría, un jesuita sin papeles’ y ‘Arrupe, testigo del siglo XX, profeta del XXI’, con atinadas claves sobre la vida y obra de ambos personajes. Tanto Llanos como Díez Alegría ejemplifican, a escala doméstica, el compromiso de muchos jesuitas que, desde un discurso radical y comprometido, abrazaron la bandera de los pobres y de los derechos humanos, dejando amargos jirones en el camino. Otros, incluso, con la entrega de la propia vida, como es el caso del padre Ellacuría, asesinado en San Salvador por los escuadrones de la muerte.

Talante fresco

A Arrupe le tocó encarar el desafío de aquellos nuevos tiempos. Su candidatura salió en tercera votación, cuando obtuvo 110 votos -la mayoría absoluta- de los 224 jesuitas reunidos en Roma. Era mayo de 1965 y en el trono de San Pedro se sentaba Pablo VI. Un vasco se ponía al frente de un ‘ejército’ de 36.038 soldados, un colectivo con tanta potencia como la General Motors, según la comparación que hizo entonces la revista ‘Time’, que ocho años después dedicaría su portada al nuevo general.

Los que le conocieron y trabajaron con él certifican que «no era un hombre de curia». Llegaba del Japón -donde vivió en primera persona la tragedia de Hiroshima- y su talante fresco y jovial desentonaba en un territorio de ‘capillas’ e intrigas. Además, su lenguaje era muy directo y siempre respondía a cuerpo descubierto. Así lo hizo, por ejemplo, en la carta que dirigió a los jesuitas latinoamericanos en la que defendía la opción preferencial por los pobres. Su magisterio levantó ampollas en los sectores más conservadores, que creyeron ver las orejas al «lobo marxista», según relata Lamet. Unos sectores que ya habían mostrado sus recelos por anteriores intervenciones. Como cuando defendió el pensamiento del antropólogo Teilhard de Chardin. Arrupe, que se había educado en el conservadurismo religioso del Bilbao de primeros de siglo, había sufrido una evidente evolución.

La Compañía estaba en el punto de mira del Vaticano. En su primera entrevista con Pablo VI, el Papa dejó claro que tenía 36.000 soldados a sus órdenes, antes de fotografiarse con Arrupe arrodillado a sus pies. En una alocución secreta posterior, el pontífice alertaba a los jesuitas de varios «peligros», entre ellos, el abandono de la disciplina y la crisis en la obediencia. Aunque el conjunto del discurso era un elogio a la institución, los analistas lo interpretaron como un severo ‘tirón de orejas’.

Giro radical

Los defensores de Arrupe valoran el giro radical que imprimió a la Compañía, que supuso un corte muy fuerte con la línea anterior. «Actuó con visión de futuro y audacia evangélica», destacan. En efecto, no fue un jerarca eclesiástico al uso. «Fue más un apóstol que un burócrata», insisten sus cercanos, por lo que «descuidó» los ambientes vaticanos, donde había que trabajar con mano izquierda. Y hacer pasillos en la Secretaría de Estado. Eso es precisamente lo que le endosan sus críticos: viajó mucho y confió «demasiado» en sus colaboradores.

En cualquier caso, el nuevo estilo no gustó a los sectores más conservadores de la institución, que le achacaron haber provocado una crisis de identidad en la orden. «Un vasco fundó la Compañía y otro vasco se la está cargando», se repetía en esos ambientes. Incluso se intentó una escisión que el propio Arrupe logró parar. Pero en el Vaticano crecía el recelo sobre los jesuitas, referencia de primer nivel en la vida religiosa.

Y llegó el ‘golpe de estado’. El 5 de octubre de 1981, Juan Pablo II nombra a Paolo Dezza «delegado personal» para gobernar a los jesuitas, con el padre Giuseppe Pitau como segundo de a bordo, un acto sin precedentes con el que culminaba varios años de tensiones entre el Vaticano y la Compañía. Una desautorización en toda regla al generalato de Arrupe, que vivió con humildad franciscana las humillaciones.

George Weigel se detiene en este episodio en su celebrada biografía sobre Karol Woyjtyla ‘Testigo de la esperanza’. El teólogo católico y acreditado analista destaca el riesgo considerable que representaba aceptar la propuesta de Ignacio de Loyola de formar una comunidad religiosa de élite que se caracterizase por su fervor espiritual, sus dotes intelectuales, su valentía, su ‘esprit de corps’, su abnegada disciplina y su lealtad inquebrantable al papado. «Las élites provocan dificultades en cualquier organización compleja. En el caso de la Compañía de Jesús, la apuesta era distinta: se trataba de que un cuerpo de élite y consciente de serlo, autónomo y capaz de perpetuarse por su cuenta, no saltara a otra órbita doctrinal y disciplinaria por estar ligado a la autoridad de la Iglesia mediante un voto de obediencia al obispo de Roma. Si el vínculo se aflojaba o se rompía, una élite que ennoblecía al resto de la Iglesia podía convertirse en una camarilla que fuera por libre, unida nominalmente a la autoridad de la Iglesia pero convencida de que su inteligencia superior y su rectitud moral le permitían seguir su propio camino».

Los jesuitas acatan, pero siguen su propio fuero. Y Arrupe era su bandera. Por eso se atrevieron con un gesto de largo valor simbólico y trasladaron los restos del general a la emblemática iglesia romana del Iesú, junto al sepulcro de San Ignacio, el lugar más importante de la Compañía. En Roma aún ‘chirría’ la estela de Arrupe. De hecho, el propio Kolvenbach, todavía general de la orden, ha tenido que viajar a Bilbao para celebrar el centenario del nacimiento de Arrupe. «Es pronto para celebrarlo en Roma», resume un miembro cualificado de la institución religiosa.

Visita del Papa a España en verano 2010

Madrid y Santiago ya se preparan para una visita del Papa en el verano de 2010

Benedicto XVICuenta Jesús Bastante en Abc que el aprecio que Benedicto XVI profesa a nuestro país podría volver a plasmarse en forma de viaje apostólico durante el verano de 2010, según apuntaron a ABC fuentes de toda solvencia. Tras el éxito de su visita a Valencia en julio de 2006 para clausurar el V Encuentro Mundial de las Familias, la Santa Sede está barajando que el Santo Padre recale en Madrid y Santiago para participar en dos grandes acontecimientos que tendrán a estas ciudades como protagonistas durante la última semana de julio de ese año: la Jornada Mundial de la Juventud y la festividad de Santiago, patrón de España, durante el próximo Año Santo Jacobeo.

El pasado mes de agosto, varios miles de jóvenes madrileños, guiados por su cardenal, Antonio María Rouco Varela, visitaron a Su Santidad en su residencia veraniega de Castelgandolfo. La diócesis ha puesto en marcha un ambicioso proyecto, denominado «Misión Joven», basado en la participación de los jóvenes en la evangelización de la sociedad, y que les ha llevado a predicar la Palabra en zonas de copas, recintos deportivos y lugares públicos, como la Plaza de Oriente o el Pabellón Madrid Arena.

Invitación en Castelgandolfo

Durante el encuentro con el Papa, Rouco hizo oficial la candidatura de Madrid para albergar la próxima Jornada Mundial de la Juventud, deseo por el que viene trabajando la diócesis madrileña desde que fuera solicitado por miles de jóvenes en la Vigilia celebrada en la catedral de La Almudena en noviembre de 2005.

Tal y como publicó ABC, y confirmó el propio Rouco hace escasas fechas, los trabajos para que Madrid sea sede del mayor encuentro mundial de jóvenes «están muy avanzados». De hecho, según informaron fuentes de la diócesis, el propio Papa «acogió de buen grado» la invitación formulada en presencia de la presidenta de Esperanza Aguirre. Y lo cierto es que, desde hace dos años, el Arzobispado de Madrid trabaja con el objetivo de albergar esta gran cita mundial de la juventud.

Las Jornadas de la Juventud fueron instauradas por Juan Pablo II en 1986, y se celebran anualmente, aunque sólo cada dos o tres años tienen carácter mundial. La última de ellas tuvo lugar en Colonia en 2005, y ya se están ultimando los detalles para la que se celebrará en Sydney la última semana de julio de 2008. Al término de la misma, Benedicto XVI hará oficial el nombre de la ciudad que organizará la siguiente Jornada Mundial de la Juventud. Será Madrid, y las fechas podrían ser entre el 26 y el 31 de julio de 2010.

Santiago de Compostela, por su parte, es la única ciudad española que ha albergado una Jornada Mundial de la Juventud, en concreto la cuarta, que tuvo lugar del 19 al 21 de agosto de 1989. Aquel día, Juan Pablo II presidió una multitudinaria ceremonia en el Monte do Gozo. Del mismo modo, Wojtyla recorrió a pie un trecho del Camino de Santiago, en una peregrinación simbólica, después de lo cual visitó la catedral compostelana, donde rezó ante las reliquias del Apóstol Santiago.

En el caso de Compostela, se dan varias circunstancias que avalan una visita de Benedicto XVI. En primer lugar, la coincidencia del Año Santo Jacobeo con la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. En segundo término, el hecho de que no haya otro Jubileo hasta 2021 (los Años Santos se conceden siempre que la festividad de Santiago, 25 de julio, cae en domingo). En tercer lugar, el significado europeísta que tiene el Camino y la propia tradición jacobea, más aún para un Papa que tiene en Europa uno de los vértices de su Pontificado (como resaltó el domingo en estas páginas el secretario de Estado, Tarcisio Bertone, el Papa eligió su nombre en homenaje a San Benito, «gran civilizador de Europa»).

 Finalmente, Ratzinger, que ha visitado en siete ocasiones nuestro país, jamás ha lledado a Santiago. Si, como parece, la Jornada Mundial de la Juventud tiene lugar en Madrid la última semana de julio de 2010, las posibilidades de que el Papa haga una escala inicial en Santiago para conmemorar la festividad del Apóstol y así reivindicar el legado europeísta lanzado desde allí por Juan Pablo II aumentan sobremanera.

Relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe.

NICAN MOPOHUA

(Texto original de las apariciones de la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego)
Relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe.

En orden y concierto se refiere aquí de qué maravillosa manera se apareció poco ha la siempre Virgen María, Madre de Dios, Nuestra Reina, en el Tepeyac, que se nombra Guadalupe.

Primero se dejó ver de un pobre indio llamado Juan Diego; y después se apareció su preciosa imagen delante del nuevo obispo don fray Juan de Zumárraga. También (se cuentan) todos los milagros que ha hecho.

PRIMERA APARICIÓN

Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo paz entre los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive. A la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales aún todo pertenecía a Tlatilolco.

Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyácac amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitosos, sobrepujaba al del COYOLTOTOTL y del TZINIZCAN y de otros pájaros lindos que cantan.

Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: «¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño? ¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿Acaso ya en el cielo?»

Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto celestial y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían: «Juanito, Juan Dieguito».

Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario, muy contento, fue subiendo al cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.

Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que se posaba su planta flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba la tierra como el arco iris.

Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.

Se inclinó delante de ella y oyó su palabra muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima mucho. Ella le dijo: «Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?» Él respondió: «Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de nuestro Señor».

Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad, le dijo: «Sabe y ten entendido, tú, el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra.

Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.

Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado y lo que has oído.

Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo».

Al punto se inclinó delante de ella y le dijo: «Señora mía, ya voy a cumplir tu mandado; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo» Luego bajó, para ir a hacer su mandado; y salió a la calzada que viene en línea recta a México.

Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, que era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba don fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco. Apenas llegó, trató de verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle y pasado un buen rato vinieron a llamarle, que había mandado el señor obispo que entrara.

Luego que entro, se inclinó y arrodilló delante de él; en seguida le dio el recado de la Señora del Cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su recado, pareció no darle crédito; y le respondió: «Otra vez vendrás, hijo mío y t e oiré más despacio, lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido».

Él salió y se vino triste; porque de ninguna manera se realizó su mensaje.

SEGUNDA APARICIÓN

En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrillo y acertó con la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde la vio la vez primera.

Al verla se postró delante de ella y le dijo: «Señora, la más pequeña de mis hijas, Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandado; aunque con dificultad entré a donde es el asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, así como me advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, pareció que no la tuvo por cierto, me dijo: «Otra vez vendrás; te oiré más despacio: veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido…»

Comprendí perfectamente en la manera que me respondió, que piensa que es quizás invención mía que Tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual, te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje para que le crean porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro.

Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía». Le respondió la Santísima Virgen: «Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad.

Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por enero mi voluntad, que tiene que poner por obra el templo que le pido.

Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía». Respondió Juan Diego: «Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandado; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino.

Iré a hacer tu voluntad; pero acaso no seré oído con agrado; o si fuere oído, quizás no se me creerá. Mañana en la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a dar razón de tu mensaje con lo que responda el prelado. Ya de ti me despido, Hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora. Descansa entre tanto».

Luego se fue él a descansar a su casa. Al día siguiente, domingo, muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatilolco, a instruirse en las cosas divinas y estar presente en la cuenta para ver enseguida al prelado.

Casi a las diez, se presentó después de que oyó misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor obispo. Apenas llegó, hizo todo empeño por verlo, otra vez con mucha dificultad le vio: se arrodilló a sus pies; se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la Señora de Cielo; que ojalá que creyera su mensaje, y la voluntad de la Inmaculada, de erigirle su templo donde manifestó que lo quería.

El señor obispo, para cerciorarse, le preguntó muchas cosas, dónde la vio y cómo era; y él refirió todo perfectamente al señor obispo. Mas aunque explicó con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, no le dio crédito y dijo que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy necesaria alguna señal; para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del Cielo. Así que lo oyó, dijo Juan Diego al obispo: «Señor, mira cuál ha de ser la señal que pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del Cielo que me envía acá». Viendo el obispo que ratificaba todo, sin dudar, ni retractar nada, le despidió.

Mandó inmediatamente a unas gentes de su casa en quienes podía confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando a dónde iba y a quién veía y hablaba. Así se hizo. Juan Diego se vino derecho y caminó por la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del puente Tepeyácac, lo perdieron; y aunque más buscaron por todas partes, en ninguna le vieron. Así es que regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque les estorbó su intento y les dio enojo.

Eso fueron a informar al señor obispo, inclinándole a que no le creyera, le dijeron que no más le engañaba; que no más forjaba lo que venía a decir, o que únicamente soñaba lo que decía y pedía; y en suma discurrieron que si otra vez volvía, le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más mintiera y engañara.

TERCERA APARICIÓN

Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor obispo; la que oída por la Señora, le dijo: «Bien está, hijo mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso e creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; ea, vete ahora; que mañana aquí te aguardo».

Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió, porque cuando llegó a su casa, un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad, y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave.

Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera, y viniera a Tlatilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría. El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyácac, hacia el poniente, por donde tenía costumbre de pasar, dijo: «Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que llevase la señal al prelado, según me previno: que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo deprisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando».

Luego, dio vuelta al cerro, subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo.

CUARTA APARICIÓN

Pensó que por donde dio vuelta, no podía verle la que está mirando bien a todas partes.

La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: «¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿Adónde vas?» ¿Se apenó él un poco o tuvo vergüenza, o se asustó?.

Juan Diego se inclinó delante de ella; y le saludó, diciendo: «Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos, venimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte.

Pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, Hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa». Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen: «Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro que ya sanó».

(Y entonces sanó su tío según después se supo). Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la Señora del Cielo, se consoló mucho; quedó contento. Le rogó que cuanto antes le despachara a ver al señor obispo, a llevarle alguna señal y prueba; a fin de que le creyera.

La Señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrillo, donde antes la veía. Le dijo: «Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo, allí donde me vise y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; Enseguida baja y tráelas a mi presencia».

Al punto subió Juan Diego al cerrillo y cuando llegó a la cumbre se asombró mucho de que hubieran brotado tantas variadas, exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo; estaban muy fragantes y llenas de rocío, de la noche, que semejaba perlas preciosas.

Luego empezó a cortarlas; las juntó y las echó en su regazo. Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes rosas que fue a cortar; la que, así como las vio, las cogió con su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole: «Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo.

Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo que fueras a cortar flores; y todo lo que viste y admiraste; para que puedas inducir al prelado a que te dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido».

Después que la Señora del Cielo le dio su consejo, se puso en camino por la calzada que viene derecho a México: ya contento y seguro de salir bien, trayendo con mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de las manos, y gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores.

Al llegar al palacio del obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del prelado. Les rogó le dijeran que deseaba verle, pero ninguno de ellos quiso, haciendo como que no le oían, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían, que sólo los molestaba, porque les era importuno; y, además, ya les habían informado sus compañeros, que le perdieron de vista, cuando habían ido en su seguimiento.

Largo rato estuvo esperando. Ya que vieron que hacía mucho que estaba allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía algo que portaba en su regazo, se acercaron a él para ver lo que traía y satisfacerse.

Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que tría y que por eso le habían de molestar, empujar o aporrear, descubrió un poco que eran flores, y al ver que todas eran distintas rosas de Castilla, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se asombraron muchísimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy frescas, tan abiertas, tan fragantes y tan preciosas.

Quisieron coger y sacarle algunas; pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas; no tuvieron suerte, porque cuando iban a cogerlas, ya no se veían verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta.

Fueron luego a decir al obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas veces había venido; el cual hacía mucho que aguardaba, queriendo verle. Cayó, al oírlo el señor obispo, en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito. Enseguida mandó que entrara a verle.

Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje. Dijo: «Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad.

Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió: me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla.

Después me fui a cortarlas, las traje abajo; las cogió con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las diera. Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé; cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo miré que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla, brillantes de rocío que luego fui a cortar.

Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje. He las aquí: recíbelas».

Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyácac, que se nombra Guadalupe.

Luego que la vio el señor obispo, él y todos los que allí estaban se arrodillaron; mucho la admiraron; se levantaron; se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y con el pensamiento.

El señor obispo, con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato. Cuando se puso de pie, desató del cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la señora del Cielo.

Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día más permaneció Juan Diego en la casa del obispo que aún le detuvo. Al día siguiente, le dijo: «Ea, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del Cielo que le erija su templo».

Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo. No bien Juan Diego señaló dónde había mandado la Señora del Cielo que se levantara su templo, pidió licencia de irse.

Quería ahora ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino, el cual estaba muy grave, cuando le dejó y vino a Tlatilolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le dijo la Señora del Cielo que ya había sanado.

Pero no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa. Al llegar, vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía.

Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho.

Le respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y dispusiera, se le apareció en el Tepeyácac la Señora del Cielo; La que, diciéndole que no se afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se consoló, le despachó a México, a ver al señor obispo para que le edificara una casa en el Tepeyácac. Manifestó su tío ser cierto que entonces le sanó y que la vio del mismo modo en que se aparecía a su sobrino; sabiendo por ella que le había enviado a México a ver al obispo.

También entonces le dijo la Señora que, cuando él fuera a ver al obispo, le revelara lo que vio y de qué manera milagrosa le había sanado; y que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe.

Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera a informarle y atestiguara delante de él. A entrambos, a él y a su sobrino, los hospedó el obispo en su casa algunos días, hasta que se erigió el templo de la Reina del Tepeyácac, donde la vio Juan Diego.

El Señor obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo; la sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su bendita imagen.

La ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen.