Juan Pablo II sigue brillando

 El fuego del amor de Juan Pablo II sigue brillando

Gregorio Lukasik de 26 años, un operario del campo mientras celebraba el recuerdo del querido Juan Pablo, tomó una foto que le ha dado la vuelta al mundo.

Juan Pabv

La fotografía fue tomada en el mismo momento en que falleció dos años despues y que según revela la propia cámara

Iker Jimenez de Cuarto Milenio, entrevista al Padre José Francisco Guijarro, postulador para la causa de beatificación

Paloma Gómez Borrero entrevista al Padre Jarek Cieleki del Servicio Vaticano de Noticias quien explica mas detalles del evento

Los que conocemos un poquitito las «Dioscidencias del Jefe», sus ocurrencias y su sentido del humor nos damos cuenta de que si bien eventos como éste no definen dogmas, son delicadezas para su pueblo por parte de Nuestro Señor que todo lo vé y lo sabe.

!Si, como que no, Juan Pablo SANTO SUBITO!. Recuerden que el día en que murío tambien es el día de la Divina Misericordia que el mismo instituyo y pues ya sabemos que no hay «coincidencias» en ésto.

Y para quienes no tienen fe, pues mucha oración. Porque a algún tonto se le ocurre decir que no debe ser Santo porque según sus «estadísticas» en el anterior papado «se fueron los católicos» y es que miran a la fruta caída del arbol y no la pujante que pende de él, como dijera el Padre Jorge Loring.

En la hora más difícil de todas

Qué hermoso poder escucha de Nuestro Señor en la hora de la muerte: «He oído a mi Madre hablar bien de tí»

Obispo Fulton J.Sheen (1895-1979)

Monseñor Doupanloup iba a visitar a una joven moribunda, que tenía que morir a la edad de solo veinte años. Temía mucho que estuviera desesperada al tener que morirse a tan temprana edad. Pero la encontró tranquila y llena de paz.

– «Hija-le dijo el santo prelado- ¿no te da temor la muerte?
No, padre

-¿Y por qué?
Padre es que durante una docena de años yo le he rezado todos los días el rosario a la Vírgen María y en él yo le he dicho 50 veces cada día: Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Podra Ella no venir en mi ayuda si durante 12 años le he pedido 50 veces cada día y 18,000 veces al año que ruegue por mí en la hora de ni muerte? Ella no fallará en esta hora.

El padre reconoció que la jóven tenía toda la razón en lo que decía, y vió luego con enorme emoción que la moribunda, en sus últimos momento levantaba sus brazos como saludando a la Vírgen que venía a llevársela y con una sonrisa en los labios expiró.

Un profundo afecto a España

Juan Pablo II siempre tuvo un profundo afecto a España

El cardenal Julián Herranz presentó ayer, en el Instituto Teológico Compostelano, su último libro, dentro de los actos programados con motivo del 25 aniversario de la visita del Papa Juan Pablo II a la capital gallega. El ejemplar A las afueras del Jericó. Recuerdos de los años con Josemaría y Juan Pablo II, revive los años con el fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá, y su trabajo en la Santa Sede al servicio de Juan XXIII, Juan Pablo I, Cardenal Julián HerranzJuan Pablo II y Benedicto XVI.

El cardenal Julián Herranz vivió cerca del anterior pontífice durante veintiséis años. «Sería difícil sintetizar quién era Juan Pablo II, pero si tuviese que elegir una palabra sería enamorado. Un fiel enamorado de Cristo», señaló. «Ha dedicado toda su vida al servicio del Señor, abriendo las almas de las personas para mostrar la presencia de Cristo», reiteró.

«Mucho se ha hablado de los récords que Juan Pablo II realizó a lo largo de su vida. Sin embargo, a mí me gustaría señalar uno que todavía no ha dicho nadie. Fue el hombre que más horas se pasó delante del Sagrario, hablando de los problemas del mundo con Dios, para después contárselo a las personas, aunque de formas diferentes. Pero siempre para decir lo mismo: abrir las almas a Cristo, porque es la salvación», explicó el cardenal Julián Herranz.

Testimoniar como antaño

«En la sociedad materialista en la que vivimos actualmente, donde muchos quieren eliminar lo divino, lo que tienen que hacer los católicos es testimoniar, como hicieron los cristianos al inicio de la religión», señaló el cardenal. «Tienen que hacerlo con la misma fortaleza y capacidad de amor que tenía Cristo, sin crear odios ni rencores», señaló ante la situación que está atravesando la iglesia en la actualidad.

Raíces cristianas

«Juan Pablo II siempre tuvo un profundo afecto a España. Por un lado, la razón histórica de haber sido tierra donde prendió la semilla del Evangelio ya desde los tiempos apostólicos; la razón cultural de un pueblo donde esas hondas raíces cristianas han inspirado obras literarias y artísticas, ordenamientos jurídicos e instituciones universitarias universalmente famosas; y la razón evangelizadora de los innumerables misioneros que salieron de España para iluminar y fecundar con la Buena Nueva de Cristo otros pueblos y culturas», puntualizó.

Una mirada a nuestro alrededor

viernes, 09 de noviembre de 2007
Roberto Bosca


Arvo.net

El individualismo es contrario a la naturaleza humana. Somos constitutivamente sociales, al punto de que nuestra vida se haría prácticamente imposible si estuviera completamente aislada del resto del mundo, o al menos sufriría un pronunciado deterioro. Hasta para dar el propio ser a alguien es insuficiente uno solo. No hay nada más alejado de la realidad entonces, que esa expresión que sin embargo es tan frecuente escuchar (subrayando la primera persona): yo no le debo nada a nadie. La verdad es que lo debemos casi todo, desde el primer instante de nuestra existencia. Sin los otros, no hubiéramos llegado muy lejos. Si rechazáramos toda la tradición cultural que nos viene Roberto Boscadesde el origen, nos veríamos reducidos a una condición lamentable.

Todo lo que hacemos tiene siempre algo que ver con los demás, para bien o para mal. Las virtudes y los defectos de las personas poseen inevitablemente un sentido social, nunca son algo exclusivamente individual. Por eso los teólogos han venido hablando, sobre todo en el último medio siglo, del pecado social. Todo pecado es desde luego personal, pero también es igualmente social, en tanto tiene consecuencias sobre el conjunto de la comunidad.

El pecado social

Aunque el pecado es siempre un acto de la persona, él tiene una repercusión en los demás, en virtud de una solidaridad que como un hilo invisible une a todos los hombres y mujeres en tanto miembros del género humano. Esto se verifica incluso independientemente de la voluntad, ya que se trata de un dato de la propia naturaleza de la persona. De ahí la importancia de los vínculos, que han venido siendo estudiados con creciente interés por las ciencias sociales en los últimos siglos.

La primera vez que visité grandes ciudades del mundo no me impresionó solamente la cultura del país sino también el hecho de que las calles estaban limpias, entonces comprendí que eso formaba parte también de la cultura. A partir de ese momento no tiré más un solo papel en el suelo. La anécdota, aparentemente trivial, tuvo para mí un sentido ejemplar y encierra una enseñanza.

Cuando una ciudad está sucia se suele criticar al alcalde o al intendente; sin embargo esa suciedad y esa limpieza tienen que ver sobre todo con la educación y la cultura de los ciudadanos y no solamente con las dotes del gobernante. La limpieza de los baños públicos es un ejemplo pequeño pero muy indicativo de esta realidad, al punto que ese dato supuestamente ínfimo y casi ridículo puede iluminar sin embargo cuestiones más importantes.

La prosperidad de una nación no se funda tanto en golpes de timón o situaciones extraordinarias, sino que mas bien se sostiene en una gran cantidad de cosas pequeñas que corresponden a la multitud de los ciudadanos. A veces nos formamos la idea que la doctrina social de la Iglesia es algo que incumbe a los políticos y a los empresarios, y sin embargo nada hay más alejado de la realidad, porque ella tiene que ver con todos los hombres, aunque con distintos grados de responsabilidad. Cuando pensamos en la doctrina social de la Iglesia nos imaginamos que ella cuenta a la hora de tomar decisiones mas o menos importantes, como el sueldo que debemos pagar a nuestros empleados o actitudes un tanto grandilocuentes, a menudo fuera de nuestro alcance, como la realización de reformas estructurales o nuestro deber de ayudar de un modo efectivo a los hambrientos del mundo.

Sin embargo, la doctrina social es algo mucho más sencillo y cercano a nuestro acontecer más cotidiano y puede decirse que más que unas reglas para aplicar en determinados momentos de nuestra vida, ella es una luz que nos permite vivir cada día en un mundo más humano y más fraternal. La doctrina social de la Iglesia es una lectura cristiana de la realidad, en primer término la más inmediata a nuestras concretas circunstancias.

En particular tienen un rasgo especialmente social los pecados contra la justicia en las relaciones interpersonales y en las vinculaciones de la persona con la sociedad. Cuando trata este asunto, el Papa Juan Pablo II ejemplifica que puede ser social el pecado de obra u omisión por parte de dirigentes políticos, económicos y sindicales, que aun pudiéndolo, no se empeñan en el mejoramiento de la vida comunitaria según las exigencias y posibilidades del momento histórico. Pero en verdad, todos los ciudadanos -también nosotros- son, somos, aunque en diversa medida, responsables en este punto, en cuanto actores todos de la construcción de la sociedad en la que vivimos.

La muerte sobre ruedas

Este mismo año un organismo de la Santa Sede, el Consejo Pontificio para los Emigrantes e Itinerantes, presentó algunas indicaciones en materia moral referidas a algo tan cotidiano como la conducta en el tránsito. El texto fue recibido en general con una desconcertante ligereza por los medios informativos, que hablaron con cierta socarronería de nuevos pecados como si la autoridad eclesiástica tuviera la facultad de crearlos a su arbitrio. Con un mejor humor un amigo mío solía decir que después de los 160 km por hora los ángeles custodios se bajan del auto.

Sea como fuere, y más allá de su inconfesada ignorancia, la mayoría mostró ante estos consejos una glacial indiferencia, como si se tratara de un asunto eclesiástico: los pecados del tránsito. En realidad, la cuestión no tiene nada de curial si se tiene en cuenta la gravedad que reviste, debido casi siempre, no a un destino fatal, como suele atribuirse, sino a la desaprensión y negligencia de los propios seres humanos.

No se trata entonces de algo para tomar livianamente, si se advierte que durante el siglo pasado unas treinta y cinco millones de personas murieron en las carreteras. Conducir sin observar las reglas de tránsito o sin estar en la plenitud de las facultades por el alcohol o por cualquier otro motivo, puede ser frecuentemente una responsabilidad grave por las consecuencias -en primer lugar sobre el propio conductor- por los daños morales y materiales que se pueden derivar del hecho, pero también y sobre todo para terceros, a menudo completamente inocentes y obligados a soportar una verdadera injusticia que a menudo los tribunales no pueden reparar.

Por este motivo, fácilmente esas condiciones configuran una situación incluso de pecado mortal, ya que en esos casos se comprometen desde luego los bienes y hasta la salud y aun se pone en peligro más o menos próximo la vida propia y la de los demás. Todos estos bienes en juego constituyen como puede comprenderse, una materia grave. El pecado mortal en este caso se significa no sólo en la muerte del alma sino también en la del cuerpo. Pero aunque ello no sucediera, esto no es un motivo para desdeñar livianamente el cumplimiento de esas leyes, infringiéndolas sin escrúpulo alguno de conciencia.

La apropiación del tiempo

Si somos desordenados, perjudicamos al prójimo, mucho más de lo que nos imaginamos. En nuestro trabajo eso se notará en su resultado, pero el desorden se evidencia en primer lugar en nuestra más estricta privacidad, y a pesar de ello, las consecuencias sobre los otros también se dejan sentir. Lo primero que salta a la vista es el bochornoso espectáculo que presentan nuestras cosas, dispuestas de un modo caótico, al menos para el resto del mundo, pero no se trata solamente de un sentido meramente estético.

El desorden genera problemas en los otros. Si la tijera no está en su lugar, si después de usarla la dejamos en cualquier sitio menos en el que tiene que estar, el primero que la necesite se verá inevitablemente perjudicado, porque tendrá que buscarla, y no la podrá usar si no la encuentra, o sea hemos privado a alguien del uso de algo a lo que tenía legítimo derecho. Pero aunque la tijera fuera encontrada, habremos dispuesto arbitrariamente de un tiempo que no es el nuestro, con su consecuente dosis de injusticia.

Esta es la misma situación injusta para los otros en que se incurre cada vez que hacemos esperar sin motivo a alguien con el que nos hemos citado. En ocasiones se ha considerado de buen tono llegar tarde a una cita. Sin embargo, no tenemos derecho a disponer del tiempo de los demás, salvo que ellos nos otorguen esa disposición. La puntualidad es una muestra de consideración a la persona del otro, porque si llegamos puntualmente a una cita estamos mostrando que esa reunión o esa persona nos interesan. La impuntualidad, por el contrario, resulta indiciaria de una mediatización del interés. Cuando a alguien le motiva verdaderamente algo, estará antes de tiempo esperando que se haga la hora de acceder al bien preciado.

Si durante un encuentro de trabajo o una entrevista atendemos llamadas telefónicas, estamos transmitiendo este mensaje: me interesa más cualquier asunto -aun el más banal- que pueda llegar a irrumpir, que la materia propia de la reunión. Hay ahí una evidente muestra de menosprecio o desconsideración hacia el otro. Una entrevista que es interrumpida por este tipo de situaciones decae inmediatamente en su interés. Cada vez que atendemos una llamada en medio de una entrevista estamos disponiendo injustamente del tiempo de nuestro entrevistado, puesto que lo subordinamos a nuestro interés inmediato, que no es necesariamente el suyo.

El hurto del tiempo es tan pernicioso e injusto con quien es su dueño como el hurto de las cosas materiales, aunque no se trate de algo tangible. Llegar con retraso a una cita es algo casi tan común como llegar temprano, aunque debería ser algo excepcional y no una regla admitida socialmente como inevitable y fácilmente dispensable, sin que haya casi mención al incumplimiento incluso por parte de ambos protagonistas.

Ordinariamente no hay razones valederas para un retraso habitual en los horarios, que suelen ser explicados con excusas pero no en razones justificadas y verdaderas. Si se toman las previsiones, salvo el caso de accidentes que siempre pueden darse, lo habitual será que a la hora indicada cada uno pueda estar en el lugar previamente acordado. ¿Por qué hay tan pocas actividades que empiezan exactamente cuando está indicado? Quisiera que alguien me explique por qué motivo cada vez que un paciente va a una visita con el médico tiene que soportar largas esperas, salvo que ese motivo sea una mala praxis por parte del profesional o éste sea muy poco ordenado a la hora de cumplir los horarios establecidos.

El daño ecológico

Si dejamos la luz encendida sin motivo durante un largo lapso, a nadie escapa que nuestra familia deberá pagar una factura más abultada de lo que hubiera correspondido por un uso normal, pero toda la ciudad también sufrirá el exceso o el malgasto de esa energía, porque un abuso puede generar una crisis en la provisión energética, o quizás el propio país terminará pagando a otro vecino por la compra de la misma, con el consiguiente daño a las finanzas locales. El consumismo genera un daño ecológico evidente, que muchos no advierten en absoluto, ni consiguientemente son advertidos del provocado por efecto de la multiplicación propia de las grandes masas poblacionales.

Puede coexistir así en una misma cultura el derroche de aparatos electrónicos encendidos durante interminables horas sin que nadie los utilice, con acciones de protesta dirigidas a las propias grandes empresas industriales que fabrican los mismos productos bajo la acusación de daño contaminante, que parece ser un estigma hoy considerado más grave que matar niños en estado de gestación. Estamos aquí ante una evidente incongruencia.

El despilfarro no solamente se refiere a los medios materiales. También puede hablarse de una utilización irracional o un uso indebido de las palabras en el caso de miles y miles de horas de conversaciones ociosas y sin ningún sentido. La palabra vana es una expresión que ha casi desaparecido del vocabulario teológico moral o al menos ha disminuido notoriamente su uso, y sin embargo ha adquirido en nuestros días una inusitada vigencia a caballo de las nuevas tecnologías y modas como el chateo y el celular.

La mayor parte de la utilización de los teléfonos celulares no responde a una causal justificada y podría obviarse, pero genera un gasto que alimenta una economía fundada en la generación de continuas necesidades. El uso de los teléfonos celulares ha incentivado esta forma de consumismo electrónico en el que no es tampoco ajena la motivación psicológica, al punto de que podría mostrarse su función ansiógena que se evidencia en el paralelo que podría establecerse entre el uso de estos nuevos apéndices auriculares y los altos índices de ansiedad propios de la cultura contemporánea.

Es interesante ver cómo la ecología ha mostrado con gran claridad que cada uno es responsable del bien del otro, es decir, que no actuar de acuerdo a unas reglas mínimas, como tirar basura con desaprensión o cortar árboles, puede significar, mas o menos a largo plazo, muerte para otros. Lo que hacemos no es indiferente a cada uno de nuestros convivientes y al bien de todos en su conjunto.

Si después de utilizar algo lo dejamos en malas condiciones, es evidente que su futuro usuario tendrá que arreglarlo o restaurarlo para su uso corriente. Podemos estar seguros que, en ese caso, a alguien en concreto, con nombre y apellido, aunque no haya sido nuestra intención ni nuestra voluntad hacerlo, habremos causado un daño; o bien quien sea el damnificado lo usará en deficientes condiciones o se verá obligado a emplear su tiempo y esfuerzo en la restauración.

Sucede también que muchas veces no nos damos siquiera cuenta que estamos causando un mal, un perjuicio concreto al otro. Esos males ignorados constituyen una multitud que enrarece la convivencia social, e incluso retrasa el crecimiento de un país. Esto acontece sencillamente por no estar atentos a la existencia de los otros, nuestros prójimos, que son nuestros hermanos, aunque ni siquiera conozcamos su identidad. No solamente no estamos atentos a sus reales necesidades, sino que ni siquiera nos percatamos de su existencia. Esto ha sido potenciado por la cultura de masas a grados extremos. Muchas veces la indiferencia por conocer a otras personas se fundamenta en un autocentrismo que de ese modo inhibe cualquier posibilidad de ayudarlos. Cuando nuestro interés se ausenta de los otros, fácilmente actuamos de un modo que evidencia automatismos individualistas claramente perniciosos en primer término para el propio protagonista, pero también para el conjunto de la sociedad.

Un señor llegó apurado a la fila de quienes esperaban tomar el autobús, de tal modo que pasando por delante de ella, pagó su correspondiente boleto y se fue tan campante a sentar. Como era el único asiento disponible, el pasajero al que le correspondía no pudo hacerlo y se vio perjudicado al tener que viajar todo el trayecto de pie. Pero ahí no acaba el cuento, porque en esa situación, su enfermedad de las piernas sufrió un cierto agravamiento que no quedó registrado en ninguna parte o le significó una exigencia que pudo haberse evitado. El usurpante ni se dio cuenta de ese pequeño drama que se desarrolló ante sus narices.

Cuando todos los mandatos de la cultura atienden a que cada ser humano se considere el ombligo del mundo, hace falta un especial esfuerzo que permita tener una mirada sinceramente interesada y amable sobre los demás. Pero tenerla no es algo reservado a almas sublimes como la hermana Teresa de Calcuta, sino que corresponde a todo ser humano. Por eso muchos ordenamientos jurídicos sancionan como un delito de abandono de persona la omisión de socorro en determinadas circunstancias, aunque a nadie el derecho obliga a ser héroe.

¿Tienes un e-mail?

El correo suele ser un lugar donde el común de las personas incurre en pequeñas faltas éticas, algunas no tan pequeñas. Los e-mails de otras personas no están sujetos a la inspección de terceros, aunque entre ellos haya relaciones de parentesco. Los padres no tienen un derecho absoluto a conocer el contenido de la totalidad de los mails de sus hijos sobre todo cuando ellos ya van teniendo cierta edad, y este dato no menoscaba su deber de tutela y cuidado sobre ellos. Nadie tiene derecho a irrumpir sin su permiso, ni aun los cónyuges, en los papeles privados del otro, incluso aunque haya ciertas razones para hacerlo.

Muchos mails por su propia naturaleza no requieren una respuesta expresa, e incluso darla puede ser inconveniente si no hay un motivo razonable. Salvo esas excepciones, los mails deben ser contestados, aunque mas no sea, en muchos casos, para dar cuenta de su satisfactoria recepción. Esa función tiene lugar cuando así se lo dispone en forma automática. Omitirlo no se trata de una mera falta de educación, sino de un acto humano contra la justicia. El emisor, en efecto, de ordinario tiene derecho estricto a una respuesta sobre su requerimiento, salvo que éste sea infundado, extemporáneo o fuera de lugar. No se puede dejar a alguien esperando indefinidamente, lo cual constituye un pequeño atentado, pero atentado al fin, a su propia dignidad en cuanto ser humano. Este trato debido a toda persona es por completo independiente a la consideración de su rango en la vida social.

Las cartas, los telegramas, los mensajes y los mails enviados y recibidos forman parte del patrimonio moral de su titular, puesto que le pertenecen y no es posible disponer de ellos como si fueran un bien público o una res nullius, como se llamaban en el antiguo derecho a las cosas existentes en un espacio común que no eran reclamadas por nadie como propias. Una carta importa un derecho de propiedad intelectual tan respetable como el de un artículo o un libro.

Tampoco por el mismo motivo se pueden reenviar los mails que recibimos, cuando ellos están dirigidos explícitamente, pero también de modo implícito, a un sujeto determinado con exclusividad. La exclusividad es una regla que se supone, aunque no haya sido pactada, pues es un valor entendido, sobre todo entre personas que mantienen relaciones de mutua confianza. Si se da a conocer un correo privado sin la previa anuencia del emisor, se está violando su privacidad, aunque esta regla difícilmente pueda ser esgrimida en los tribunales. Con esta acción aparentemente inocua podemos estar infligiendo un daño concreto, por ejemplo a la buena fama del otro, o simplemente desconociendo su voluntad de mantener fuera de la luz pública su contenido.

También son harto frecuentes los incumplimientos en cuestiones, si se quiere pueriles, sin que se brinden disculpas o explicaciones referidas a los mismos. Es verdad que ellos pueden obedecer muchas veces a un motivo mas o menos legítimo, pero aun en tal situación deben ser advertidos los posibles o eventuales perjudicados con la debida anticipación, para que ellos puedan disponer las previsiones necesarias que permitan -por así decir-, restaurar el orden. Es conveniente que esos preavisos vayan acompañados de la oferta de otras alternativas que busquen minimizar e incluso reparar totalmente el eventual daño. Puede incumplirse por una razón de fuerza mayor, pero en ese caso debe anunciarse siempre que sea posible ese futuro acontecimiento, y ofrecer una cobertura al menos equivalente.

Existen unos deberes naturales que se dirigen no sólo a quienes tienen especiales vínculos con nosotros, como por ejemplo sanguíneos, amicales y educativos, sino a todos los hombres y mujeres, incluso aunque no integren una misma comunidad y sean extraños a nuestras adscripciones e intereses. No basta con no dañar a los demás. Se debe hacer el bien como una exigencia de la propia naturaleza y no por un mandato religioso considerado mas o menos sublime. Cuando miramos a nuestro alrededor y vemos a los otros, empezamos a descubrir un horizonte que nos permite ser más plenamente personas, porque estamos llegando a lo más profundo de lo humano.

Dignidad en la vida y en la muerte

jueves, 04 de octubre de 2007
John Flynn


www.zenit.org

    El tema de la eutanasia ha vuelto de nuevo a los titulares con la publicación de una nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 14 de septiembre. La declaración, escrita como respuesta a cuestiones enviadas al Vaticano por los obispos de Estados Unidos, ha dictaminado que proporcionar alimento y líquidos a personas que están en lo que se suele denominar como estado vegetativo es, con raras excepciones, moralmente obligatorio.

    Tras el acalorado debate en Florida por el caso de Terri Schiavo en el 2005, enAlmudi.org - Dignidad Arizona hace unos pocos meses un hombre despertó inesperadamente de un coma. El 30 de mayo Jesse Ramirez sufrió daños cerebrales en un accidente de tráfico, informaba el 27 de junio el periódico Arizona Republic.

    El 8 de junio, su esposa Rebecca pidió a los médicos que le quitaran los tubos que le proporcionaban alimento y agua. Los padres de Jesse se opusieron y obtuvieron una orden judicial para volver a conectar los tubos. Como consecuencia de esto, Jesse despertó súbitamente del coma.

    A principios de este año se conoció otro caso en Denver, Colorado. Christa Lilly había estado en coma desde mediados de los ochenta como consecuencia de una ataque al corazón. Anteriormente Lilly había despertado durante breves periodos de tiempo, pero la última vez fue el 4 de noviembre del 2000, informaba el periódico Denver Post el 8 de marzo.

    Según el artículo, un neurólogo del hospital universitario de Colorado, James Nelly, pensó que Lilly podría haber vivido en un «estado de mínima consciencia» durante estos años, algo opuesto a un estado vegetativo.

Máquinas de matar

    La eutanasia se ha convertido recientemente en tema de debate en Alemania, tras el anuncio de Roger Kusch, ex ministro de justicia de Hamburgo, de que había diseñado una máquina para ayudar a la gente a suicidarse.

    Según un reportaje el 9 de septiembre en el periódico italiano Il Corriere della Sera, una simple pulsación de un botón inyecta una solución letal en el paciente terminal. La ley federal alemana prohíbe ayudar a una persona a suicidarse, pero no considera ilegal el acto real de suicidio de la persona implicada. Por eso, con esta máquina, Kusch espera evitar cualquier impedimento legal para ayudar a la gente a morir.

    La noticia del invento ha atraído rápidamente críticas, tanto de los políticos como del arzobispo de Hamburgo, Mons. Werner Thissen. Kusch es uno de los candidatos en las elecciones que se celebrarán en octubre en Hamburgo.

    Mientras tanto, en Suiza, las protestas de los residentes de un suburbio de Zurich han forzado a abandonar sus instalaciones a la organización de suicidio asistido Dignitas, según un reportaje del 13 de julio en la página web de la revista alemana Spiegel Online.

    Desde 1998, cerca de 700 personas han llegado al centro de Dignitas para poner fin a sus vidas. Según el artículo, el grupo más grande de clientes viene de Alemania, con Gran Bretaña en segundo puesto.

    Poco antes, en junio, el senado suizo pidió al gobierno que preparara una ley que mejorase los controles de las organizaciones que ofrecen el suicidio asistido. La Comisión Nacional de Ética Biomédica, un organismo asesor del gobierno, ha recomendado también más supervisión estatal de organizaciones como Dignitas.

    En julio, un tribunal de la ciudad suiza de Basilea condenó a Peter Baumann a tres años de prisión por haber ayudado a suicidarse a tres personas con problemas psicológicos, informaba el 6 de julio la agencia Swissinfo.

    Baumann, un psicólogo retirado, ha ayudado a personas a morir entre enero del 2001 y enero del 2003. Según el tribunal, Baumann actuó por motivos egoístas, esperando obtener el reconocimiento público de sus métodos. Los jueces, sin embargo, definieron su conducta como «inhumana» y criticaron su comportamiento como negligente.

Cuidados, no la muerte

    Durante su viaje a Austria, Benedicto XVI tocó el tema de la eutanasia en su discurso del 7 de septiembre a los miembros del gobierno y al cuerpo diplomático. Afirmando que el tema era de «gran preocupación» para él, el Papa añadió que temía las presiones tácitas o explícitas hechas a los ancianos y enfermos para que pusieran fin a sus vidas.

    «La respuesta adecuada al sufrimiento del final de la vida es una atención amorosa y el acompañamiento hacia la muerte -especialmente con la ayuda de los cuidados paliativos- y no la ‘ayuda activa a morir’», indicaba el Pontífice. También pidió reformas en los sistemas sociales y sanitarios para ayudar a las personas que son enfermos terminales.

    Este año también algunos obispos de Canadá han tratado el tema de la eutanasia. En abril, la Conferencia Episcopal de Ontario publicaba un folleto titulado «Going to the House of the Father: A Statement on the Dignity and Destiny of Human Life» (Ir a la Casa del Padre: una Declaración sobre la Dignidad y el Destino de la Vida Humana).

    «Parece un cruel paradigma de la historia que una sociedad con recursos médicos tan amplios se haya vuelto contra el discapacitado y el enfermo con resultados letales», indicaba la introducción.

    Los obispos insistían en que la protección de la vida no es sólo un asunto cristiano o religioso, sino un derecho humano básico. «Permitir que se mate al discapacitado, al frágil, al enfermo o al que sufre, incluso por motivo de una compasión mal entendida, requiere el juicio anterior de que tales vida no son dignas de vivir», afirmaban. «Nadie pierde el derecho a vivir por una enfermedad o incapacidad».

    «A menos que el derecho a la vida esté seguro, no puede haber fundamento alguno firme para los demás derechos humanos», añadían.

    La declaración también explicaba que había diferencia entre causar deliberadamente la muerte y prolongar indebidamente la vida. No estamos moralmente obligados, afirmaban los obispos, a prolongar la vida si los medios usados son una carga indebida o causan un sufrimiento adicional y cuando hay poca esperanza de recuperación.

    Los obispos también recomendaron que los cristianos no descuidasen su alma y deberían sentirse confortados por el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. El sufrimiento y la muerte para los cristianos, continuaban, no es sólo un tema médico.

Preocupación de los discapacitados

    Otra fuente de oposición a la eutanasia viene de los grupos que representan a las personas discapacitadas, como informaba el 6 de agosto el Los Angeles Times. Según el artículo, una de las razones por las que las propuestas legislativas de permitir el suicidio médicamente asistido hayan fracasado en California en los últimos años es la hostilidad del movimiento de derechos de los discapacitados.

    Una combinación de eutanasia legalizada más la presión por recortar el incremento de costes del sistema sanitario podría conducir a que se retirase el tratamiento a las personas discapacitadas. El Los Angeles Times citaba a algunas personas discapacitadas, activas en grupos que han luchado contra las propuestas de suicidio asistido.

    «La situación que padezco es cara de tratar, y sería mucho más barato para el sistema sanitario dejar que mi salud llegara al punto en el que yo prefiriera morir», afirmaba la activista de Los Ángeles Laura Remson Mitchell, quien sufre de esclerosis múltiple, enfermedad de riñón y diabetes.

Clemencia legal

    Otro motivo de preocupación es la tendencia de algunos tribunales que evitan castigar a los miembros de la familia que ayudan a un familiar enfermo a suicidarse. La aplicación de la ley en Gran Bretaña en los últimos años se ha visto puesta en duda hasta el punto de que los tribunales se muestran remisos a la hora de castigar a quienes dicen haber ayudado a matar a alguien por amor, comentaba Robert Verkaik, redactor de temas legales para el periódico Independent en un artículo publicado el 8 de mayo.

    Entre otros ejemplos, Verkaik indicaba un caso de octubre de 2006, cuando un hombre que ayudó a su esposa enferma terminal a morir fue puesto en libertad con sólo una sentencia de nueve meses, que además fue suspendida.

    Antes, en marzo, un tribunal francés condenó a un doctor por envenenar a un paciente de cáncer enfermo terminal, informaba Associated Press el 15 de marzo. A pesar de su culpabilidad, el tribunal del sudoeste de Perigueux sentenció a Lawrence Tramois a sólo una pena, también suspendida, de un año de prisión por su papel, el 25 de agosto de 2003, en la muerte de Paulette Druais en la cercana población de Saint-Astier.

    Parece que una malentendida compasión llevará a la muerte a más personas a medida que desaparecen las restricciones al suicidio asistido.