Evangelizar el mundo digital

Cómo pueden la Iglesia llegar a la juventud actual

Evangelizar por InternetROMA, domingo, 4 noviembre 2007 (ZENIT.org).- Transmitir la fe a la nueva generación parece haberse convertido en algo más difícil que nunca en un mundo cada vez más secularizado.

Un libro ofrece recomendaciones sobre cómo transmitir el mensaje a una nueva mentalidad fuertemente influenciada por los cambios en la tecnología mediática.

«Googling God: The Religious Landscape of People in Their 20s and 30s», publicado por Paulist Press, está escrito por Mike Hayes, director adjunto de Paulist Young Adult Ministries.

En la introducción, Hayes explica que a pesar de que muchos dudan de que los jóvenes sean religiosos, se puede constatar un despertar religioso entre algunos de ellos.

Hayes presenta un examen interesante de los jóvenes en los Estados Unidos. Su libro es útil también por las pautas que ofrece sobre cómo utilizar Internet y otros medios para comunicar.

No obstante, una limitación que es necesario observar es su rechazo superficial de lo que él denomina grupos católicos absolutamente ortodoxos. Su rechazo paladino de estos grupos en algunos pasajes del libro ofrece una visión incompleta de los beneficios comprobados y del considerable éxito que tienen entre los jóvenes.

Los jóvenes en los Estados Unidos, observa Hayes, viven en una época de cambios tecnológicos revolucionarios, incertidumbre sobre el futuro, y un deseo de gratificación inmediata. En cuanto a las comunicaciones, Hayes comenta que muchos adultos jóvenes están sometidos a un exceso de información. En medio de una competencia de reclamos de atención, es difícil para la Iglesia hacer que se escuche su mensaje, o saber cómo adaptarse a los cambios de mentalidad.

Distingue entre generación X, los nacidos entre 1964 y 1979, y los milenarios, nacidos desde 1980 en adelante. Los primeros tienden a ver el mundo de una forma más pluralista y exploradora. Los segundos buscan algo sobre lo que basar sus vidas. Sin embargo, Hayes pone alerta ante las generalizaciones, puesto que hay muchas diferencias dentro de cada generación.

Búsqueda de lo sagrado

Una cosa que ambas generaciones tienen en común es un deseo de contemplación y de una liturgia que les presente el sentido del misterio y de lo sagrado. Hayes observa, por ejemplo, el renovado interés en la adoración eucarística y en algunas formas de oración contemplativa.

«En un mundo donde la vida parece tan efímera, los jóvenes buscan cosas de las que puedan depender, cosas que superen la prueba del tiempo, cosas que consideren verdad, y cosas que sean más grandes que ellos mismos», explica Hayes.

La creación de un espíritu comunitario a través de la liturgia es también un punto de atracción especialmente para la Generación X, que en muchos casos ha experimentado una falta de lazos familiares, debido tanto al divorcio como al vivir en hogares donde ambos padres trabajaban.

También hay, sin embargo, muchos jóvenes que no tienen ningún compromiso de fe. Una gran parte ha recibido poca información sobre su fe, otros se ven sumergidos en las exigencias del trabajo y la vida familiar, y algunos prefieren una forma privada de espiritualidad, lejos de la participación en actividades formales en la Iglesia.

No obstante, muchos de los que no van a la iglesia entran en contacto en momentos críticos como el matrimonio, la muerte de miembros de la familia o amigos, y en épocas de crisis personal. Hayes recomienda aprovechar estas oportunidades para llegar a los jóvenes.

Tras analizar la adoración eucarística, el rosario y la misa, Hayes también dedica una sección del libro a explicar cómo usar los medios modernos. Es necesario que hagamos un mejor uso de las páginas webs, de los e-mails, blogs y otras formas de llegar a los jóvenes, recomienda.

Esfuerzo virtual

Las Iglesias utilizan con razón la última tecnología como medios para evangelizar. Antes de la reciente visita de Benedicto XVI a Austria, la archidiócesis de Viena presentaba un servicio libre vía teléfono móvil que ofrecía partes de los sermones y escritos del Papa, informaba el 30 de julio Associated Press. El 21 de septiembre, el Times de Londres informaba de que la Churches’ Advertising Network había comprado una isla en la popular página web Second Life.

La isla virtual se construyó como una réplica de la vida en la Palestina del siglo primero. Su objetivo es convertirse en un centro para la religión en Second Life.

El 25 de septiembre, el Washington Post informaba de que, el año pasado, las iglesias de Estados Unidos gastaron 8.100 millones de dólares en equipo de audio y proyección. Cerca del 80% de las iglesias han elaborado según parece sistemas de vídeo y audio, junto con diversos materiales online.

El artículo citaba un informe de TFCinfo, una empresa de investigación de mercados audiovisuales con sede en Texas, según la cual, el 60% de las iglesias tiene una página web, y más de la mitad envían e-mails a sus miembros. Otros medios utilizados cada vez más incluyen podcasts y mensajes de texto.

Algunos de los servicios ya están disponibles para la Biblia y, el 2 de octubre, la BBC informaba de un último, llamado Ecumen, que presenta oraciones diarias, tonos telefónicos y fotos para teléfonos móviles.

El fenómeno más reciente de las páginas de redes sociales no es un coto cerrado a la religión, como informaba el 30 de junio el New York Times. Actualmente existen algunas páginas webs sociales cristianas, donde los creyentes pueden tener contacto social sin tener que entrar en páginas donde está presente toda clase de contenido moralmente indeseable.

También están disponibles vídeo podcasts religioso, como informaba el National Catholic Register el 27 de mayo. A principios de este año el cardenal Justin Rigali, arzobispo de Filadelfia, debutaba en YouTube, con una serie de vídeos con reflexiones sobre el Evangelio.

Las archidiócesis de Filadelfia y Boston han usado también vídeos para dar a conocer algunos eventos, haciéndolos accesibles a un mayor número de personas, informaba el artículo.

Bautizar InternetEn el año 2002 el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales publicaba un documento titulado: «Iglesia e Internet».

«Dado que anunciar la buena nueva a la gente formada por una cultura de los medios de comunicación requiere considerar atentamente las características especiales de los medios mismos, la Iglesia necesita ahora comprender Internet», explicaba el Consejo vaticano (No. 5).

Internet ofrece muchas ventajas, como acceso directo a las fuentes de espiritualidad junto con la capacidad de superar las distancias. Ofrece de esta forma a la Iglesia nuevas posibilidades de comunicación.

Las nuevas tecnologías ofrecen también muchas posibilidades para la comunicación interpersonal y la interactividad social. Aunque estos medios son nuevos, el aspecto social de la Iglesia como comunidad es un principio de siempre, comenta el documento.

La Iglesia es, de hecho, «una comunión de personas y comunidades eucarísticas que nacen de la comunión de la Trinidad y se reflejan en ella» (No. 3). De ahí que la comunicación sea parte de la esencia de la Iglesia. Esta comunicación, indicaba el dicasterio, debería caracterizarse por la verdad, la responsabilidad y la sensibilidad a los derechos humanos.

El Consejo de la Santa Sede también constataba que el mundo virtual tiene sus limitaciones y que los planes pastorales deben dar la posibilidad a las personas de dar el paso del ciberespacio a la comunidad personal, donde pueden entrar en contacto con la presencia de Cristo en la Eucaristía y participar en la celebración de los sacramentos.

La Iglesia debería hacer pleno uso del potencial ofrecido por la tecnología de las nuevas comunicaciones para llevar a cabo su misión, recomendaba el documento. Al mismo tiempo, exhortaba el consejo, es necesario que tengamos presente que para todo tipo de medios, Cristo debería ser tanto nuestro modelo como la fuente del contenido que comunicamos. Un modelo tan válido para el siglo XXI como lo fue para los primeros cristianos.

Por el padre John Flynn, L. C.

Encuentro Internacional «Familias Nuevas» – Focolares

Benedicto XVI recibe a los participantes en el Encuentro Internacional «Familias Nuevas» – Focolares  

Sábado, 03 nov (RV).- Pasado el mediodía, Benedicto XVI ha recibido en la Sala Clementina del palacio Apostólico del Vaticano a los participantes en el Encuentro Internacional «Familias Nuevas» promovido por el Movimiento eclesial de los Focolares.

En su discurso, el Papa ha puesto precisamente de relieve este movimiento de las «Familias Nuevas», nacido hace 40 años en el ámbito de los Focolares. Hoy forman una red de 800 mil familias que opera en 182 países de los cinco continentes, «todas ellas comprometidas en hacer de su casa un verdadero hogar que irradie en el mundo el testimonio de una vivencia familiar marcada por el Evangelio.

«Os ponéis al servicio del mundo de las familias -ha afirmado el Pontífice- con una acción pastoral importante y siempre actual, orientada según cuatro directrices: la espiritualidad, la educación, la sociabilidad y la solidaridad». El vuestro es «un compromiso de evangelización silencioso y profundo», que quiere demostrar que «sólo la unidad familiar, don de Dios-Amor, puede convertir a la familia en verdadero nido de amor, en casa acogedora de la vida y en escuela de virtud y de valores cristianos para los hijos». Ante tantos desafíos sociales y económicos, culturales y religiosos que la sociedad de hoy debe afrontar, «una obra como la vuestra -ha dicho el Papa- es providencial y constituye un signo de esperanza para las familias cristianas».

El tema del encuentro «Una casa construida en la roca. El Evangelio vivido, respuesta a los problemas de la familia hoy» evidencia -ha señalado el Santo Padre- la importancia de este itinerario ascético y pastoral. El secreto está en vivir el Evangelio». Porque «el Espíritu Santo -ha recordado Benedicto XVI- actúa en los corazones y en el entramado familiar, también incluso en situaciones complejas y difíciles». Por eso el Papa ha deseado «que puedan encontrarse estrategias pastorales que ayuden a resolver las crecientes necesidades de la familia contemporánea y los múltiples desafíos que se le presentan para que no disminuya su misión y su papel peculiar en la Iglesia y en la sociedad».

Según el proyecto divino, «la familia es un lugar sagrado y santificante», -ha finalizado diciendo el Papa a los Focolares- y la Iglesia, siempre próxima a la institución familiar la apoya en esta misión. Y más todavía hoy, pues son muchas las amenazas que atenazan su equilibrio desde dentro y desde fuera de la familia. Es por eso que el Santo Padre ha exhortado a mirar con confianza «la humilde y santa Familia de Nazaret, imagen y modelo de toda familia humana» prototipo ejemplar para todas las familias humanas».

Los peligros del laicismo

Los peligros del laicismo, según el cardenal Bertone

Intervención del secretario de Estado de Benedicto XVI

ROMA, sábado, 3 noviembre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención del cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de Benedicto XVI, en un congreso organizado por la Universidad Europea de Roma sobre «Cristianismo y secularización: desafíos para la Iglesia y para Europa» el 29 de mayo de 2007.

* * *
Venerados y queridos hermanos en el episcopado;
señores embajadores;
ilustres señoras y señores:

Me alegra mucho introducir los trabajos de este congreso internacional sobre secularización y cristianismo en Europa, organizado por la Universidad Europea de Roma y por el Consejo nacional de investigaciones.

El tema es de gran actualidad. Como en los ríos confluyen y se mezclan aguas provenientes de diversos afluentes, para luego volver a correr y difundirse por terrenos muy diversos, lo mismo sucede con la problemática que abordamos hoy. La relación entre secularización y cristianismo es un punto central, una clave de lectura emblemática de nuestra época, pero también de las que la han precedido. Las modalidades con que esta relación se ha manifestado a lo largo de la historia y en los distintos países europeos son diversas, pero todas han influido y siguen caracterizando ámbitos muy distintos: sociales, culturales y políticos.

Desde el punto de vista fenomenológico, por secularización se entiende un proceso que caracteriza sobre todo a las sociedades occidentales y está marcado por el abandono de los esquemas religiosos y de los comportamientos de carácter sagrado. Históricamente, este proceso se relaciona con el de emancipación de la esfera política con respecto a la religiosa, y se ha considerado a sí mismo como restablecimiento de la razón y de lo que es razonable. Parecía que, separando los valores del cristianismo, privatizando la fe y considerando la moral autónoma de la religión, se pondrían las bases para construir una humanidad auténticamente libre y digna.

Pero la historia misma se ha encargado de desmentir estos «mesianismos sin mesías». Y a un precio muy elevado. La visión secularista, inmanente y cerrada a los valores trascendentes, ya no ha podido esconder su inhumanidad, precisamente porque la apertura a Dios constituye una dimensión fundamental del hombre. En efecto, con el tiempo la verdad ha sido sustituida por la ideología, o por el escepticismo y el nihilismo. Pero todo ello, a diferencia de la verdad, no nutre, sino que intoxica; no ilumina el intelecto, sino que lo despista; no alimenta la vida interior, sino que la mortifica y hasta la sofoca; no refuerza los valores, sino que los hace más inciertos, e incluso los vacía.

El Papa Benedicto XVI, refiriéndose a este cuadro, con ocasión del 50° aniversario de los Tratados de Roma, habló de «apostasía» de Europa de sí misma, antes que de Dios, y de la paradoja por la que Europa desea convertirse en una comunidad de valores, pero cada vez más a menudo rechaza que existan valores universales (cf. Discurso con ocasión del 50° aniversario de la firma de los Tratados de Roma, 24 de marzo de 2007: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 30 de marzo de 2007, p. 3).

Durante su reciente viaje a Brasil, en el discurso dirigido al Episcopado latinoamericano, Benedicto XVI recordó que «donde Dios está ausente -el Dios del rostro humano de Jesucristo- estos valores no se muestran con toda su fuerza, ni se produce un consenso sobre ellos. No quiero decir -subraya el Papa- que los no creyentes no puedan vivir una moralidad elevada y ejemplar; digo solamente que una sociedad en la que Dios está ausente no encuentra el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para vivir según la pauta de estos valores, aun contra los propios intereses» (Discurso, 13 de mayo de 2007: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 25 de mayo de 2007, p. 10).

Ante esas dificultades y ese desconcierto, se abre camino la certeza de que es necesario romper el vínculo que, durante demasiado tiempo, ha unido la secularización a la aversión o, por lo menos, al desencanto con respecto a la religión. En otras palabras, existe la convicción de que hay que acabar con el postulado que hace coincidir de modo indiscutible el progreso con la ideología secularista, y la religión se acredita como reserva de sentido para la sociedad misma.

Por lo demás, en la historia mundial y en la historia reciente de Europa, el cristianismo ha demostrado que es un factor esencial de liberación, con múltiples repercusiones, incluso sociales. Esto no quiere decir que haya desempeñado directamente un papel político, que no le corresponde, sino simplemente que ha sido coherente con su misión religiosa, educando a los fieles en una libertad más fuerte que la opresión y en un amor más radical que el odio y la intolerancia y, por tanto, en un testimonio coherente de los valores constitutivos de cada persona y de cada pueblo.

Benedicto XVI lo reafirmó también en su primera encíclica: «La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien» (Deus caritas est, 28).

En pocas palabras, se puede decir que la democracia, para mantener vivos los valores seculares sobre los que se funda, comienza a sentir hoy más necesidad de la religión, de la que a menudo han surgido dichos valores, aunque después se aleje de ella.

Así, se ponen las premisas para una confrontación fecunda entre cristianismo y secularización. Y este es el deseo que formulo para el congreso que tengo el placer de introducir esta tarde. Creo que es particularmente apreciable la voluntad de los oradores de no dejarse encerrar en ningún esquema preconcebido, sino de mirar serenamente adelante, para el bien de la Iglesia y de la sociedad misma. Obviamente, esto no niega, sino que más bien presupone un reconocimiento objetivo y profundo de la situación, sin esquemas pesimistas, pero también sin lugares comunes -porque en ciertas situaciones parece que el único prejuicio aceptable es el anticristiano- y lejano de lo políticamente correcto, que para hacerse escuchar en público induce a veces a hacer profesión preliminar de laicidad, como si fuera un distintivo, obviamente en su concepción laicista.

En la medida de lo posible, dicho reconocimiento debe tener en cuenta los diversos matices del prisma de la secularización: ante todo, en la historia, en la cultura y en las relaciones entre la Iglesia y la comunidad política. Es lo que se tratará de hacer esta tarde, y me alegra que se dediquen a ello relatores de extraordinario perfil eclesial, institucional y cultural.

Concluyo destacando que, como cristianos, tenemos la tarea de ser extranjeros y a la vez de estar presentes en nuestro tiempo. Jesús nos enseñó que la Iglesia está en el mundo, pero no es del mundo, es decir, es ajena pero está presente en nuestro tiempo y en todos los tiempos: ajena a los engaños, al escepticismo y al nihilismo en el que a menudo se debate el mundo secularizado, pero presente en todas las dificultades que derivan de dichos engaños.

En efecto, existe el riesgo de que, rechazando a Dios, la verdad desaparezca y se reemplace con la ideología. Pero el cristianismo no permanece indiferente ante este desafío, porque no es ideología: es anuncio de una verdad trascendente y no posesión de una certeza inmanente; valora las semillas de verdad y de bien, y no impone nada con la violencia y la fuerza, porque el yugo de Cristo es suave y, por tanto, el cristiano, como su Maestro, debe ser manso y humilde de corazón. Dotado de estas virtudes, el cristiano no se concibe como el resto de una Europa que desaparece, sino como la vanguardia de una nueva Europa que, como subrayó recientemente el Papa Benedicto XVI, puede ser realista pero no cínica, rica en ideales, sin ingenuas y falsas ilusiones, inspirada en la perenne y vivificante verdad del Evangelio (cf. Discurso con ocasión del 50° aniversario de la firma de los Tratados de Roma, 24 de marzo de 2007).

Futuro beato argentino

Reconocimiento de los restos del futuro beato argentino mapuche

Ceferino Namuncurá será beatificado el 11 de noviembre

BUENOS AIRES, domingo, 4 noviembre 2007 (ZENIT.orgAica).- Tal y como fuera solicitado desde la Santa Sede, como parte del proceso de beatificación, el lunes 29 de octubre se exhumaron los restos de Ceferino Namuncurá para proceder a su reconocimiento oficial.

Estuvieron presentes el arzobispo de Bahía Blanca, monseñor Guillermo Garlatti, su obispo auxiliar, monseñor Pedro Laxague; el Inspector Salesiano, padre Vicente Tirabasso; los padres Pablo Castiglia (canonista de la Curia), Martín Dumrauf (Rector del Santuario), Rubén Hipperdinger (Director de Fortín Mercedes) y Vicente Martínez Torrens (por el Archivo Histórico Inspectorial); los doctores Daniel Barca y Carlos Casalini y la licenciada Emma Vila (canciller del Arzobispado).

El acto lo inició el arzobispo, quien invitó a una oración, acompañada por la lectura del Evangelio que se proclamará en la misa del 11 de noviembre, día de su beatificación.

Según se informa en el sitio oficial de la causa, luego de abrir la actual urna funeraria se extrajo la otra –la más antigua– que se encontraba lacrada, y se dio lectura a las diversas actas que estaban depositadas en un tubo metálico en el interior de dicha urna.

En el tubo se encontraron también algunas monedas correspondientes a las diferentes fechas en que los restos fueron cambiados de un lugar a otro.

En las actas se da fe de que estos restos pertenecen al siervo de Dios fallecido en Roma el 11 de mayo de 1905.

A continuación, los médicos procedieron a reconocer los restos, verificando que los huesos se encontraban en un óptimo estado de conservación, muy bien preservados de la humedad.

Posteriormente fueron depositados en la misma urna, que fue nuevamente sellada.

Finalmente se labró un acta que dejó constancia del proceso, la cual que será colocada en el féretro de madera.

Los restos fueron depositados en el nuevo altar, dedicado a Ceferino Namuncurá, que se está terminando de construir en el santuario fortinense.

Ceferino Namuncurà nació el 26 de agosto de 1886 en Chimpay (Pcia. de Río Negro), hijo de Manuel Namuncurá (cacique de la tribu Namuncurá) y de Rosario Burgos (una cautiva nacida en Chile).

A los 11 años fue a Buenos Aires «a estudiar para hacer bien a mi raza» (como solía decir), como alumno del Colegio Salesiano Pío IX. En febrero de 1903 entró al aspirantado salesiano en el Colegio San Francisco de Sales en Viedma.

Allí su salud, minada desde unos años antes por la tuberculosis (la enfermedad contra la cual la raza mapuche no tenía defensas), se resintió en forma extrema.

En el año 1904, juntamente con monseñor Juan Cagliero, viajó a Italia donde se esperaba pudiera encontrar la cura necesaria. Allí visitó en Turín la tumba de San Juan Bosco. En Roma fue presentado al Papa San Pío X; hizo un pequeño discurso en italiano y le ofreció un «quillango».

Continuó en Italia los estudios, en Turín y después en Roma. Pero el 28 de marzo de 1905 fue internado en el hospital de los Hermanos de San Juan de Dios de la isla Tiberina, donde murió el 11 de noviembre.

Apoyo eclesial para chicos británicos

Apoyo eclesial para chicos británicos en «año sabático»

Grupos religiosos publican un servicio de oportunidades en la red

LONDRES, domingo, 4 noviembre 2007 (ZENIT.org).- Los estudiantes del Reino Unido que buscan un paréntesis en sus estudios, una especie de «año sabático», pueden ahora hacerlo al mismo tiempo que fortalecen su fe.

Esta semana, la Iglesia ha lanzado un nuevo sitio en la Red para animar a jóvenes católicos a considerar la posibilidad de emplear un año-paréntesis antes o durante la Universidad, o antes de empezar a trabajar en un proyecto eclesial.

Es la primera vez que una denominación religiosa británica recoge y publica sus oportunidades de año-paréntesis en un único sitio «paraguas», que recoge múltiples ofertas.

El sitio http://www.catholicgapyear.com/, iniciativa conjunta de la Oficina Nacional para las Vocaciones y los Servicios Católicos para la Juventud, se propone proporcionar a jóvenes católicos información de cómo y dónde pueden emplear un año-paréntesis, en un entorno de fe.

El padre Paul Embery, de la Oficina Nacional para las Vocaciones, declara: «hemos reconocido que muchos de los voluntarios en entornos creyentes experimentan un fortalecimiento en su fe mientras están allí, y también van a servir a la Iglesia en una comunidad más amplia después en la vida de diferentes modos, a veces incluso en el sacerdocio o la vida religiosa».

Entre los proyectos en los que los jóvenes católicos se pueden inscribir están: trabajo juvenil residencial, compartir casa con personas con minusvalía física, e incluso proyectos en el extranjero en diversos lugares menos desarrollados del mundo.

«No decimos que los jóvenes católicos deberían sólo emplear su año-paréntesis en las organizaciones mencionadas en nuestro sitio; simplemente estamos llamando su atención sobre las oportunidades que la Iglesia ofrece –explica el padre Embery–. Sin embargo, animamos a los adultos jóvenes a pensar lo que pueden dar a la sociedad, no sólo lo que pueden obtener de ella. Todos estos proyectos que ofrecemos son un desafío y están encaminados a una construcción del carácter».

San Carlos Borromeo

4 de Noviembre

San Carlos BorromeoSan Carlos cuyo nombre significa «hombre prudente» ha sido uno de los santos extraordinariamente activos a favor de la Iglesia y del pueblo que sobresale admirablemente. San Carlos Borromeo, un santo que tomó muy en serio aquella frase de Jesús: «Quien ahorra su vida, la pierde, pero el que gasta su vida por Mí, la ganará», murió relativamente joven porque desgastó totalmente su vida y sus energías por hacer progresar la religión y por ayudar a los más necesitados. Decía que un obispo demasiado cuidadoso de su salud no consigue llegar a ser santo y que a todo sacerdote y a todo apóstol deben sobrarle trabajos para hacer, en vez de tener tiempo de sobra para perder.

Nació en Arjona (Italia) en 1538. Desde joven dio señales de ser muy consagrado a los estudios y exacto cumplidor de sus deberes de cada día. A los 21 años obtuvo el doctorado en derecho en la Universidad de Milán. Un hermano de su madre, el Cardenal Médicis, fue nombrado Papa con el nombre de Pío IV, y éste admirado de sus cualidades nombró a Carlos como secretario de Estado. Más tarde, renunció a sus riquezas, se ordenó de sacerdote, y luego de obispo y se dedicó por completo a la labor de salvar almas.

San Carlos fundó 740 escuelas de catecismo con 3,000 catequistas y 40,000 alumnos. Fundó además 6 seminarios para formar sacerdotes bien preparados, y redactó para esos institutos unos reglamentos tan sabios, que muchos obispos los copiaron para organizar según ellos sus propios seminarios. Fue amigo de San Pío V, San Francisco de Borja, San Felipe Neri, San Félix de Cantalicio y San Andrés Avelino y de varios santos más.

Murió cuando tenía apenas 46 años, el 4 de noviembre de 1584. En Arona, su pueblo natal, le fue levantada una inmensa estatua que todavía existe.

¡Claro que hablan los muertos!

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

¡Venga! ¡A no desfallecer! Que no sabéis la dicha que es vivir con Dios aquí en su gloria…

Los Difuntos

Resultaría curiosa una pregunta como ésta: ¿Quién habla más alto, un vivo o un muerto?… Habría motivo para reírse con gusto si la pregunta se hiciera en serio. Porque sabemos de sobra que los únicos que hablan son los vivos, pues los muertos están bien callados en sus tumbas…

Un famoso dictador, refiriéndose a los que deseaba fueran fusilados, decía con mucha seriedad: Los muertos no hablan. Con ello quería expresar que, los que le estorbaban, permanecían callados para siempre si recibían un tiro en la nuca. Pero se equivocaba. Los muertos hablan, y con tanta o más elocuencia que los vivos.

Como se equivocaba también aquel niño, que fue después gran estadista y mártir de su patria. El papá lo encuentra una vez tumbado en tierra y apegado el oído al suelo.
– Pero, ¿qué estás haciendo aquí, hijo mío?…
Y el niño, muy serio y muy convencido:
– Papá, quiero escuchar lo que dicen los muertos, pero no oigo ni una palabra, y esto es muy triste.

Equivocación total, en uno como en otro. Los muertos hablan, y hablan muy alto. Como hablaba elocuentemente la sangre de Abel, según nos dice la Biblia. Y el lenguaje que nos dirigen, si lo sabemos escuchar, nos hace la vida seria, es cierto, pero también estimulante, provechosa y feliz.

Si tomamos el periódico, si escuchamos el noticiero de la radio o de la televisión, nos encontramos, sin que nos falle nunca, con un muerto u otro. Si abrimos un libro de Historia, nos leeremos listas inacabables de personas que ya no están entre nosotros. Sin embargo, todos nos siguen hablando, cada uno a su manera, y del modo más convincente.

Podríamos analizar sus voces.

Nos hablan con voz estimulante los héroes, los conquistadores, los libertadores… Los hombres y las mujeres grandes, que decimos. Su sólo nombre es un monumento al sacrificio, a la abnegación, a la valentía…Ante esos gigantes de la Patria, que nos hablan con su silencio de muertos, ¿cómo puede el hombre de hoy juzgar a los politiqueros —que es algo muy diferente de los políticos–, a los aprovechados, a los vividores del pueblo?…Todos éstos, no se atreverían ciertamente a compararse con los padres de la Patria, que la hicieron grande a base de su propio sacrificio.

Los unos vivían para la Patria; los otros, ciudadanos sin escrúpulos, hacen que la Patria viva solamente para ellos.

A éstos no los escucha nadie; mientras que entendemos perfectamente el lenguaje de los primeros, y nos decimos al escucharlos:

– ¡No, no ha de acabar la raza de los grandes!…
Y, aunque su voz sea realmente un desafino, nos hablan también los grandes criminales, los tiranos más monstruosos, los hombres más perdidos. Porque, al ver su final desastroso, nos ponen sobre aviso, y nos dicen, si es que queremos entender su voz:

– ¡Cuidado! Que nosotros perdimos la vida, y con la vida, a Dios. No os perdáis vosotros también…

Nos hablan, finalmente, y mejor que nadie, los Santos, los hombres y mujeres más grandes de la Iglesia, de esta misma Iglesia a la cual nosotros pertenecemos.

Nos hablan los mártires, que dieron su sangre por Cristo, y nosotros sabemos responder: ¿Ellos lo dieron todo, y yo no podré dar algo?…

Nos hablan los Papas, obispos y sacerdotes, pastores eximios del Pueblo de Dios, y nosotros nos decimos: ¿Ellos han dado su vida entera por mí, por la Iglesia, y yo no puedo hacer nada por mis hermanos?…

Nos hablan misioneros ardorosos, religiosas tan entregadas, obreros heroicos, madres de familia estupendas, jóvenes sanos y niños candorosos…, y nosotros hacemos examen serio: ¿Ellos tan formidables, tan puros, tan trabajadores, tan valientes, y yo debatiéndome siempre en la medianía?…

Todos ellos, muertos ya, nos están invitando con voces clamorosas:

– ¡Venga! ¡A no desfallecer! Que no sabéis la dicha que es vivir con Dios aquí en su gloria…

Cuando en la Iglesia celebramos las fiestas de los Santos y escuchamos sus ejemplos en la predicación, oímos voces celestiales. Todos ellos nos están proclamando que murieron a la tierra pero que están vivos en el Cielo. Nos aseguran que todo pasa también para nosotros, pero que nos están esperando como compañeros de su felicidad. Y esas voces no nos engañan. Las voces de los muertos son las más sinceras.

Nosotros les hablamos ahora a ellos, y les decimos:

– Muertos que hoy venís en los periódicos y en los telediarios…, muertos de los libros de Historia…, muertos todos que descansáis en los cementerios…, ¡qué alto que habláis y qué predicadores tan elocuentes que sois todos!…

Todo este modo de hablar nuestro suena un poco a teatro. Pero no es más que la escenificación de algo que sentimos muy dentro. Es la voz del alma inmortal. Es la exteriorización del anhelo más íntimo que nos empuja a encontrarnos con Dios, con ese Dios en cuyo seno ya están los hermanos que nos han precedido en la fe….

Mussolini. – Dollfuss, Canciller de Austria, asesinado por los nazis en 1934. – Hebr. 12, 24.

La verdad del matrimonio

domingo, 04 de noviembre de 2007
Jesús Ortiz López


Arvo Net

FamiliaSe cumple un año de clausura de la V Jornada Mundial de la Familia en Valencia donde Benedicto XVI mostró la verdad sobre el matrimonio y la familia ante millón y medio de personas. Sin embargo las políticas sobre la familia no la valoran como un inmenso caudal humano que garantiza el futuro de una sociedad. Hace años que la política familiar en Europa no es favorable a la familia; concretamente España es el país de la Unión Europea que menos recursos destina a prestaciones familiares: el 0,52 por ciento del PIB frente al 2,2 como media de la UE-15, y en los Presupuestos Generales del Estado no aparecen las dotaciones necesarias para hacer realidad las acciones a favor de la familia que los partidos políticos suelen anunciar como programa antes de las elecciones.

Un año del Encuentro con Benedicto XVI en Valencia

El V Encuentro Mundial de las Familias celebrado en Valencia en 2006 fue una fiesta que concluyó cuando Benedicto XVI alentó a vivir el matrimonio y la familia según el plan de Dios trazado para la felicidad del ser humano. Fue una ocasión más para ver a millares de familias de verdad, compuestas de un padre y una madre, con bebés y jóvenes, junto con los abuelos allí también presentes, algo bien distinto de lo quieren propagar los partidarios de la ideología de género, según la cual la sexualidad no sería algo natural sino elegido por cada uno a la carta, y matrimonio sería cualquier tipo de unión. ¿Pero las leyes contra el matrimonio podrán subsistir contra la naturaleza y el sentido común?

Benedicto XVI quiso destacar en Valencia los aspectos positivos más que rechazar los ataques contra la familia, porque la fe es una cantera inagotable para redescubrir lo mejor de los hombres: «La familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor. Por eso la Iglesia manifiesta constantemente su solicitud pastoral por este espacio fundamental para la persona humana»[1], señalaba el Papa en la Misa celebrada para concluir ese Encuentro de Familias. Las familias han aprendido que no están solas y que no somos tan raros como algunos piensan. Por ser el núcleo básico de la sociedad la «comunidad eclesial tiene la responsabilidad de ofrecer acompañamiento, estímulo y alimento espiritual que fortalezca la cohesión familiar, sobre todo en las pruebas o momentos críticos», decía Benedicto XVI.

El Papa dijo en la homilía del domingo que: «La familia es un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para la sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su vida. Es un bien insustituible para los hijos, que han de ser fruto del amor, de la donación total y generosa de los padres. Proclamar la verdad integral de la familia, fundada en el matrimonio como Iglesia doméstica y santuario de la vida, es una gran responsabilidad de todos». ¿Quién dijo que la familia tradicional se ha terminado? El millón y medio de participantes muestra, sin querer imponerse, la fuerza imparable que da consistencia al tejido social. Como organismo vivo se adapta a las circunstancias de nuestro tiempo como ha hecho toda la historia, y sigue adelante con sacrificio alegre. La sociedad les debe reconociendo y los gobernantes deben apoyar este valor seguro para el futuro de la humanidad. Parece mentira que ciertos pensadores y políticos no caigan en la cuenta de que ellos pasan mientras las familias permanecen y piden reconocimiento para que la sociedad no se suicide, porque los que hoy tienen el poder no tienen derecho a hipotecar el futuro de los jóvenes. Las otras realidades artificiales que llaman familias alternativas hacen tanto ruido que pueden aturdir a los ingenuos, pero son realidades virtuales que tiene ya fecha de caducidad. Porque no se puede ir contra la naturaleza, contra la dignidad del hombre y de la mujer, contra el seno materno que las criaturas necesitan, ni contra el sentido común. De ahí que el Papa invitara amablemente «a los gobernantes y legisladores a reflexionar sobre el bien evidente que los hogares en paz y en armonía aseguran al hombre».

1. Denominación de origen del matrimonio

«La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes»[2].

El matrimonio viene de Dios

En el relato del Génesis el matrimonio aparece relacionado desde el principio con la misma creación del ser humano y su vocación al amor: varón y mujer fueron creados el uno para el otro de modo que su amor refleja el amor indefectible de Dios. La institución del matrimonio se remonta al origen de la humanidad, en el Paraíso terrenal: «Creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios le creó, los creó varón y hembra. Y los bendijo Dios, diciéndoles: procread y multiplicaos y llenad la tierra»[3]. Los creó, por tanto, sexualmente diferenciados destinándolos el uno para el otro, y confiándoles la propagación de la especie humana, como colaboradores suyos en la noble misión de transmitir la vida.

Se distinguen, pues, en la Biblia estos rasgos fundamentales en relación con el matrimonio: la existencia de dos sexos humanos diferentes creados por Dios; Dios los crea varón y hembra, y los asocia el uno al otro; esta sociedad del hombre y de la mujer es unitaria e indisoluble; por último, el fin de la institución matrimonial es propagar la especie humana y la ayuda mutua[4]. Y así, el matrimonio es institución natural por excelencia, como afirmaba Pío XI: «No fue instituido ni restaurado por obra de los hombres, sino por obra divina; que no fue protegido, confirmado ni elevado con leyes humanas, sino con leyes del mismo Dios, autor de la naturaleza (…) y que, por lo tanto, sus leyes no pueden estar sujetas al arbitrio de ningún hombre, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges»[5]. Por ello Juan Pablo II comentaba con gran fuerza poética la situación natural de Adán y Eva como cooperadores de Dios en la Creación: «Y cuando se vuelvan «un solo cuerpo»/ admirable unión/ detrás de su horizonte se revela/ la paternidad y la maternidad. / Alcanzarán entonces las fuentes de la vida que hay en ellos. / Alcanzan el Principio. / Adán conoció a su mujer/ y ella concibió y dio a luz. / ¡Saben que pasaron el umbral de la más grande responsabilidad!»[6]

Se rompe la alianza

La profunda desunión causada por el pecado original respecto a Dios Creador, que conocemos también por relato bíblico, alteró también la relación de amor entre el varón y la mujer. Desde entonces: «En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera más o menos aguda, y puede ser más o menos superado, según las culturas, las épocas, los individuos, pero siempre aparece como algo de carácter universal»[7].

Sin embargo el plan inicial de Dios sigue en pie a través de la Revelación en la antigua Alianza y más aún en la Alianza nueva del amor en Cristo que eleva el matrimonio a la dignidad de sacramento. Un signo de ese plan divino es que los profetas describen la Alianza de Yahvé con Israel en términos del amor conyugal exclusivo y fiel [8]. Y así los libros de Rut y de Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los esposos. Se entiende así que el famoso escritor J.R.R.Tolkien, advertía por carta a uno de sus hijos sobre la tentación del divorcio: «Con demasiada frecuencia la «verdadera compañera» del alma es la primera mujer sexualmente atractiva que se presenta. Alguien con quien podrían casarse muy provechosamente con que sólo… De ahí el divorcio, que procura ese «con que sólo»… Pero el «verdadero compañero del alma» es aquel con el que se está casado de hecho»[9].

Dios está empeñado en la felicidad de los hombres y mantiene el proyecto inicial pero enriquecido y elevado con el sacramento del Matrimonio instituido por Jesucristo. Nada hay de fortuito en la vida de Jesús, pues su presencia en Caná manifiesta la importancia y la santidad de la unión conyugal: Jesucristo quiso que los esposos cristianos tuvieran gracias abundantes para santificar el matrimonio elevándolo a la dignidad de sacramento. El misterio de las bodas en Caná consiste en el significado cristológico para el matrimonio cristiano, pues Jesús no sólo restablece el orden inicial perturbado por el pecado, sino que es signo del amor fiel con su Iglesia[10]. De modo que el Matrimonio es un sacramento instituido por el Señor Jesucristo, que establece la santa e indisoluble unión entre un hombre y una mujer bautizados, y les da la gracia para que se amen con amor humano y divino, y para que eduquen a los hijos para el Cielo como buenos hijos de Dios. La elevación de ese compromiso natural a la categoría de sacramento no supone un cambio en la naturaleza y fines del matrimonio, porque la gracia no destruye la naturaleza humana sino que la perfecciona, de la misma forma que un hombre no deja de ser tal por el hecho de recibir el Bautismo [11].

Por ello el matrimonio cristiano es vocación a la santidad pues determina para los esposos la universal llamada a la perfección cristiana recibida en el Bautismo. No se trata de una utopía irrealizable para los matrimonios de nuestro tiempo como predicó incansablemente San Josemaría Escrivá: «Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad»[12].

2. Casarse y permanecer fieles

Casarse es importante pero más importante es permanecer fieles a los compromisos contraídos manteniendo la comunidad de vida y amor, que se prolonga naturalmente en los hijos. Los datos sociológicos no tienen valor moral pues indican tan sólo algo de que ocurre, hechos que es preciso interpretar para analizar los problemas y buscar soluciones. Sin embargo esos datos son significativos cuando analizamos aquí la realidad del matrimonio y de la familia. Concretamente son cifras preocupantes el aumento de las rupturas matrimoniales: los españoles tienen menos deseos de casarse pero cada vez se rompen más matrimonios, cerca de 150.000 en 2005, que supone uno cada 3,5 minutos. Respecto a la natalidad España es uno de los países de la Unión Europea con menor índice de fecundidad, con 1,4 hijos por mujer, mientras crece el número de abortos, 91.600 sólo en 2005 que se traduce en 252 diarios[13].

A la vista de esto bueno será considerar el sacramento del matrimonio, en el que Dios está por medio tanto en su celebración como en la comunidad estable de vida y amor, pues no se reduce a un contrato simplemente privado y por ello la Iglesia junto con la sociedad tiene algo que decir. Concretamente, la Iglesia tiene poder para regular los aspectos litúrgicos y jurídicos, a fin de garantizar su santidad y su validez.

El consentimiento matrimonial

Los protagonistas del sacramento del matrimonio son un varón y una mujer bautizados, libres para contraerlo y expresar también libremente su consentimiento. Consiste en un acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente: «Yo, N. te recibo a ti, N., como legítima mujer mía/ legítimo marido mío/ y me entrego da ti como legítimo marido / legítima esposa tuya/ según lo manda la santa Madre Iglesia Católica»[14]. Este consentimiento debe ser un acto de la voluntad de cada uno de los contrayentes, libre de violencia o de temor grave externo, y ningún poder humano puede reemplazarlo. Si faltara esta libertad aquel matrimonio sería inválido. Y añade el Catecismo que por esta y otras razones la Iglesia, tras examinar la situación por el tribunal eclesiástico competente, puede declarar «la nulidad del matrimonio», es decir, que el matrimonio no ha existido. En este caso, los contrayentes quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una unión precedente (Cfr. Catecismo, 1629).

Para que el matrimonio tenga fundamentos humanos y cristianos, sólidos y estables, la preparación es hoy más necesaria que nunca: «Los jóvenes deben ser instruidos adecuada y oportunamente sobre la dignidad, dignidad, tareas y ejercicio del amor conyugal, sobre todo en el seno de la misma familia, para que, educados en el cultivo de la castidad, puedan pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo vivido al matrimonio»[15]. La Iglesia ofrece cursos adecuados para comprender y valorar desde la fe los aspectos antropológicos, conyugales, jurídicos y sacramentales del matrimonio. Pero también es importante la intervención de las familias de los futuros contrayentes con su ejemplo y su palabra, para facilitar a los jóvenes la asunción de las responsabilidades matrimoniales y familiares.

Mantener el compromiso

Como los demás sacramentos, el matrimonio establece una nueva relación de gracia con Dios Trinidad de Personas, pues en el vínculo de los esposos se refleja el vínculo de fidelidad del Padre con el pueblo elegido; en relación con el Hijo el vínculo nupcial es signo de la alianza indisoluble entre Cristo y su Iglesia. Y en relación con el Espíritu Santo, como Amor consustancial del Padre y el Hijo, les lleva a la donación total en un amor abierto a la vida. Por eso decimos que los efectos principales del sacramento del matrimonio son el vínculo perpetuo y exclusivo, y la gracia específica para vivir los deberes como esposos y padres llamados a la santidad cristiana específica.

Sobre el vínculo matrimonial ha dicho el Vaticano II: «Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado de bienes y fines varios »[16].

Del consentimiento libre y sellado por Dios nace el matrimonio cristiano como institución estable ante la Iglesia y ante la sociedad. Se trata de un compromiso singular por su origen divino, enraizado en el mismo derecho natural; por su consentimiento, que no puede ser suplido por ninguna autoridad humana; por su objeto y por sus propiedades esenciales, que se sustraen a la libre voluntad de los contrayentes. De ahí que el Catecismo diga que: «Este vínculo que resulta del acto humano libre de los esposos y de la consumación del matrimonio es una realidad ya irrevocable y da origen a una alianza garantizada por la fidelidad de Dios. La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría divina» (Catecismo, 1640).

El matrimonio cristiano cuenta además con la gracia de estado que perfecciona el amor de los cónyuges para ayudarse y educar cristianamente a los hijos. Cristo mismo es la fuente de esta gracia que sale al encuentro de los esposos habitualmente, sobre todo si acuden a la oración y a los sacramentos, al Pan y a la Palabra que ofrece la Iglesia Esposa fiel del Señor. Así Jesucristo «permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle con fidelidad superando los obstáculos que encontrarán en su camino, y la experiencia dice que, quienes vive de la fe y acuden a los medios de santificación que les proporciona la Iglesia, perseveran fielmente en su compromiso inicial aunque la sociedad ofrezca tantas ocasiones para abandonar su proyecto de santidad.

3. Hoja de ruta para el matrimonio

En Europa el número de matrimonios ha descendido en más de 620.000 durante los últimos 25 años, cifra que representa una pérdida del 22 %, y cada 33 segundos se rompe un matrimonio en Europa, incrementándose un 56% también en esos veinticinco años[17]. No extraña que los políticos más responsables den la voz de alarma y propongan un cambio de rumbo en las políticas familiares para favorecer la cohesión social, la solidaridad y el progreso económico.

Efectivamente, el matrimonio no es una institución más y por ello tiene unas características específicas que le hacen ser nervio principal de la sociedad y camino real para la felicidad humana en la tierra. Tiene como notas principales la unidad y la indisolubilidad, la fidelidad al amor conyugal y la apertura a la fecundidad, que vemos a continuación. Estas notas constitutivas no son abstracciones teóricas sino realidades profundamente humanas, tal como las entiende la doctrina católica: «El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad-; mira una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no tener más que un corazón y un alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad de la donación recíproca definitiva; y se abre a fecundidad. En una palabra: se trata de características normales de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino las eleva hasta el punto de hacer de ellas la expresión de valores propiamente cristianos»[18].

Unidad e indisolubilidad

En España el número de matrimonios se ha estancado en torno a los 209.000 en el año 2005, a pesar del aumento de la población en 7 millones. En cambio, se disparan las rupturas, que aumentan en un 45,7% durante los últimos cinco años, alcanzado a 150.000, sumando los divorcios y las separaciones; es decir, cada día se rompen en España 408 matrimonios. El número de matrimonios celebrados al año y las rupturas en cada año van convergiendo, de modo que en el 2010 estarían casi igualados en unos 208.000 [19]. Estos datos sociológicos señalan que muchos matrimonios no son capaces de vivir esta institución básica de la sociedad quizá por hacer un planteamiento subjetivista de esta institución natural y del sacramento, de espaldas a su verdadera naturaleza y exigencias para la felicidad de las personas y el desarrollo humano de la sociedad.

«Una sola carne»[20] es la expresión que utiliza la Escritura Santa para designar la unidad e indisolubilidad el matrimonio, desde el comienzo y no sólo como una aspiración ideal pero casi imposible. Esta mutua entrega de dos personas lo mismo que el bien de los hijos, exigen esa indisoluble unidad. La comunión personal de espíritu y cuerpo entre los esposos está llamada a crecer y perfeccionarse, sobre todo en el sacramento del matrimonio por la comunión con Cristo, en la misma fe y en los sacramentos. La solidez original del vínculo conyugal se acrecienta por la elevación del matrimonio a sacramento, de modo que el verdadero matrimonio ya no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte[21].

En consecuencia, la poligamia no se ajusta a la ley natural, pues contradice radicalmente la comunión conyugal plena y exclusiva y es contraria a la dignidad de las personas. También ofende esa dignidad la costumbre de convivir con la perspectiva de contraerlo más adelante, aunque algunos reclamen hoy una especie de unión a prueba cuando existe intención de casarse. Cualquiera que sea la firmeza del propósito de los que se comprometen en relaciones sexuales prematuras, éstas no garantizan que la sinceridad y la fidelidad de la relación entre un hombre y una mujer queden aseguradas, y sobre todo protegidas, contra el cambio de sentimientos y pasiones[22]. La unión carnal sólo es coherente con al dignidad de la persona y moralmente legítima cuando se ha instaurado una comunidad de vida definitiva entre el hombre y la mujer. Porque el amor humano no tolera la «prueba», es decir, exige un don total y definitivo de las personas entre sí.

Oscurecido en la conciencia social lo esencial del matrimonio Jesucristo restituyó aquella primitiva unidad del matrimonio y prohibió cualquier atentado a esa unidad. En obediencia a su Maestro la Iglesia ha defendido siempre esta propiedad esencial, aunque en ocasiones haya sido una dificultad para los esfuerzos misioneros entre paganos que han oscurecido la ley natural, o haya retrasado incluso la conversión de pueblos enteros a la verdadera fe.

La fidelidad del amor conyugal

La doctrina de la indisolubilidad del matrimonio fue enseñada por la Iglesia desde el principio sin la menor duda, y urgió en la práctica el cumplimiento moral y jurídico de aquella doctrina expuesta con plena claridad por Jesucristo[23] y los Apóstoles, porque esa indisolubilidad entra en los designios divinos desde el origen de todo matrimonio, de modo que «no separe el hombre lo que ha unido Dios» (Mt 19,6).

Cabe preguntarse qué se puede hacer cuando las relaciones de un matrimonio parecen definitivamente destruidas. En esos casos, que no ocurren sin culpa de uno o de ambos cónyuges, habría que agotar todos los recursos de conciliación, antes de llegar a la separación canónica. Porque el Derecho canónico admite la separación, radicalmente distinta al divorcio, cuando la convivencia se hace insostenible para un determinado matrimonio, después de un examen atento en el que se ponderan motivos y soluciones. De este modo se ratifica la ley divina sobre la indisolubilidad natural del matrimonio, pero se atiende también a las dificultades particulares de aquel matrimonio. La Iglesia permite que vivan separados, pero no pueden contraer nuevo matrimonio mientras vivan los dos.

Otra cosa, que también ha previsto la legislación canónica, es la declaración de nulidad matrimonial: cuando los tribunales eclesiásticos dictaminan sobre la nulidad de un matrimonio no disuelven el vínculo, sino que declaran que nunca hubo vínculo ni matrimonio (aunque hubiera apariencias de tal), a causa de algún impedimento que lo imposibilitaba, o por faltar algún requisito esencial para el consentimiento prestado con libertad y suficiente madurez. Cuando algunas personas se sorprenden por algunas declaraciones de nulidad suele ser por falta de formación que desconoce esas distinciones o por falta de información sobre casos que afectan a la conciencia y que los tribunales eclesiásticos no airean en los medios de comunicación. De todos modos se puede engañar a un tribunal, cosa nada fácil porque trabajan con profesionalidad y respeto a la fe, pero no se puede engañar a Dios, aun presentando pruebas amañados o testigos falsos.

El fracaso del divorcio

Es bien conocida la fortaleza de algunos Pontífices frente a ciertos poderosos para mantener vigorosamente la indisolubilidad en el matrimonio: de Pío VII contra Napoleón cuando quiso repudiar a Josefina para unirse a María Luisa; de Clemente VII contra Enrique VIII de Inglaterra a pesar del peligro de un cisma para la Iglesia, como efectivamente ocurrió; de Inocencio III con Felipe Augusto, y de Nicolás I contra el emperador Lotario de Lorena. El Magisterio pronunció en todos esos casos aquella afirmación: Non licet, non possumus: tratándose de una ley divina, a los hombres no es lícito ni podemos dispensar de ella.

Porque, de manera semejante a como la poligamia se opone a la unidad, el divorcio se opone a la indisolubilidad, como refleja ese «para siempre» que está en la entraña del amor que se prometen los esposos. Por eso el divorcio es una ofensa grave a la ley natural pues pretende romper el compromiso, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. Además, el divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo, como hemos visto a la luz de Jesucristo y la Iglesia. El hecho de contraer una nueva unión, aunque sea reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se haya entonces en situación de adulterio público y permanente; y por ese escándalo se entienden las restricciones que exige la Iglesia mientras no haya conversión[24].

Conviene saber que el divorcio no sólo atenta al matrimonio como sacramento, sino también al matrimonio tal como fue querido por Dios como institución natural, antes de su elevación a la dignidad de sacramento. Cuando el divorcio es admitido en una sociedad, quiere decir que, por desgracia, en esa sociedad se ha perdido no sólo el sentido cristiano de la vida, sino que ha habido un retroceso en lo que se refiere al conocimiento de la ley moral natural; y ocurren graves consecuencias para la familia y para la sociedad entera, que se pueden ver fácilmente donde el divorcio ha sido introducido en la legislación. Además, los católicos defendemos la indisolubilidad del matrimonio no exclusivamente por motivos religiosos, y menos aún por subjetivas razones de conciencia individual, sino también como ciudadanos que, guiados por su conciencia cristiana, tenemos el derecho y el deber de participar en la vida pública, defendiendo lo que sabemos que corresponde a las exigencias naturales de una institución de importancia esencial para el bien de la sociedad.

5. Abiertos a la vida

En muchos países de Europa y del mundo occidental la demografía avisa desde hace años del riesgo que tiene una sociedad cuando los mayores superan en número a los menores, concretamente en España los mayores de 65 años son casi 2 millones superando en 1,1 millones a los menores de 14 años, formando una pirámide de población invertida. De modo que en un futuro no lejano esta sociedad difícilmente puede conseguir el bien común, con el progreso económico o la seguridad social para enfermos y ancianos. Los más atrevidos y sin criterio moral se atreven a proponer por la puerta de atrás la eutanasia como solución terminal para aliviar el peso a los laboralmente activos. Se trata de una solución inhumana con la que se quiere remediar, pero no solucionar, un mal previo que es la mentalidad contraceptiva o la terrible aceptación social del aborto. Un mal jamás se podrá solucionar con otro mal, y más en este caso cuando está en juego el origen y término de la vida, de la que nadie es dueño, pues la ha recibido del Creador a través de los padres.

El bien de los hijos

Con aquel «creced y multiplicaos» Dios confió al hombre, varón y mujer, la misión de participar en su capacidad creadora para alcanzar así su perfección propia, y por ello el matrimonio posee unos fines específicos que corresponden a la ordenación hecha por Dios. Como es lógico, esto vale para cualquier tipo de matrimonio legítimo y no sólo para el de los católicos, pues los fines del matrimonio establecidos por designio divino en la misma ley natural son la procreación y educación de los hijos, junto a la mutua ayuda

Partiendo de esa antropología los cónyuges no deben separar voluntariamente el significado unitivo y el significado procreador de los actos conyugales, porque sería una contradicción para la entrega total, que los convierte en cooperadores de Dios en dar la vida a una nueva persona humana.[25]. Por tanto, la antropología del matrimonio muestra cómo el amor conyugal implica tanto los hijos como el perfeccionamiento de los esposos: «En su realidad más profunda el amor es esencialmente don, y el amor conyugal, a la vez que conduce a los esposos al recíproco «conocimiento» que les hace «una sola carne» (Cfr. Gn 2,24), no se agota dentro de la pareja, ya que los hace capaces de la máxima donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana»[26].

En esta doctrina no hay naturalismo poco científico sino profundo sentido moral que contrasta a veces con la mentalidad contraceptiva, posibilitada más aún en nuestro tiempo por los anticonceptivos. No se trata de una cuestión de técnicas más o menos «limpias» para evitar los hijos sino del acto moral objetivamente desordenado cuando separa voluntariamente el significado unitivo y el procreador inscrito en la donación corporal de los esposos: «Al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal. Esta diferencia antropológica y moral entre la anticoncepción y el recurso a los ritmos periódicos implica (…) dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana irreconciliables entre sí »[27].

Cuando un matrimonio busca sinceramente la verdad sin detenerse en la comodidad acaba por encontrarla, porque no en vano la voz de Dios resuena en la conciencia que llega a descubrir la ley natural, y más si acude a la palabra revelada. Así lo reconocía el matrimonio formado por Scott y Kimberly Hahn al ver que la Biblia enseña la fecundidad y reprueba la infecundidad voluntaria. Sin embargo la luz plena acerca de la natalidad sólo les llegó al estudiar esa Encíclica de Pablo VI porque advirtieron que la Iglesia católica defendía, prácticamente en solitario, una postura acorde plenamente con la revelación bíblica. Esto fue para ellos un paso decisivo en su acercamiento a la fe católica hasta que más tarde llegaron a Roma como el dulce hogar[28].

Entre los cónyuges que cumplen la misión que Dios les ha confiado, merecen un reconocimiento especial de la Iglesia y de la sociedad los matrimonios que, de común acuerdo, aceptan con magnanimidad una prole numerosa para educarla dignamente[29]. La Sagrada Escritura y la práctica tradicional de la Iglesia ven en las familias numerosas un signo de la bendición divina y de la generosidad de los padres pues ellas constituyen la garantía del bienestar físico y moral de un pueblo. De ahí que la Iglesia recuerde que esas familias tienen derecho a la asistencia adecuada por parte de la sociedad en lo que se refiere a la procreación y educación de los hijos y no deben ser sometidos a discriminación alguna[30].

Otra cosa distinta es el uso responsable de la capacidad generadora por parte de los esposos cuando hay razones justificadas para espaciar un nacimiento, como enseña el Catecismo: «La continencia periódica, los métodos de regulación de nacimientos fundados en la autoobservación y el recurso a los períodos infecundos (Cfr. HV 16), son conformes a los criterios objetivos de la moralidad. Estos métodos respetan el cuerpo de los esposos, fomentan el afecto entre ellos y favorecen la educación de una libertad auténtica. Por el contrario, es intrínsecamente mala «toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación» (Cfr. HV, 14)»[31]. Por ello enseña la Iglesia que: «Si para espaciar los nacimiento existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los períodos infecundos y así regular la natalidad»[32].

En el año 2005 nacieron en Europa 850.000 niños menos que hace veinticinco años, a pesar de un aumento de la población en 30 millones de personas en este período. En un solo año y en la UE-15, 2004, se produjeron 1.235.000 abortos, que supone uno de cada 6 embarazos[33]. Son cifras alarmantes que indican la difusión de una mentalidad contraceptiva desde los centros de poder, que viene facilitada por la falta de formación humana y cristiana de tantos.

La educación de los hijos

La fecundidad del amor conyugal se extiende más allá de la generación de los hijos, pues les compete el deber de educarlos como personas e hijos de Dios, con un derecho primario e inalienable que nadie puede sustituir, aunque sí colabore la escuela que libremente elijan ellos para educarles de acuerdo con sus convicciones morales y religiosas. El Estado no es educador primario de la persona sino que debe garantizar los derechos de los padres, la libertad para elegir escuela y la gratuidad de la enseñanza obligatoria, actuando de modo subsidiario con los agentes sociales. Sin embargo es bien sabido que a veces un determinado Estado o un gobierno pueden caer en la tentación de suplantar a los padres y diseñar leyes de educación que coartan la libertad de las familias intentando conformar ciudadanos a la medida de una determinada ideología, que fácilmente tiende al totalitarismo más o menos encubierto. Frente a ese peligro la ley natural y la enseñanza de la Iglesia insiste en que los padres son los principales y primeros educadores de sus hijos, como una consecuencia de la tarea fundamental del matrimonio y de la familia que es estar al servicio de la vida y de libertad.

La familia, esperanza de la sociedad

Parece que las políticas sobre la familia no valoran a la familia como esperanza de la sociedad, un inmenso caudal humano que garantiza el futuro de una sociedad. Hace años que la política familiar en Europa no es favorable a la familia; concretamente España es el país de la Unión Europea que menos recursos destina a prestaciones familiares: el 0,52 por ciento del PIB frente al 2,2 como media de la UE-15, y en los Presupuestos Generales del Estado no aparecen las dotaciones necesarias para hacer realidad las acciones a favor de la familia que los partidos políticos suelen anunciar como programa antes de las elecciones. Y los ciudadanos ya no nos conformamos con declaraciones sobre la importancia de la familia, pues tenemos razones para esperar hechos concretos. Pero otra parte importante de responsabilidad depende de las mismas familias, sobre todo de los padres: de su generosidad y paternidad responsable, de su ejemplo de austeridad, y de la transmisión de la fe a sus hijos. España tiene una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo y es el país que más rápidamente envejece. Es el momento de que esto cambie y de pechar con la propia responsabilidad.

Juan Pablo II ha explicado repetidas veces la naturaleza del matrimonio y de la familia, y lo mismo Benedicto XVI, especialmente en el mencionado viaje a Valencia para clausurar el Encuentro Mundial de las Familias. Y la Conferencia Episcopal Española ha publicado varios documentos de importancia sobre la familia como santuario de la vida y esperanza de la sociedad [34]. Tenemos pues todo un programa para revitalizar la familia y sanear la sociedad asegurando una convivencia con menos traumas y en libertad, sobre todo para los jóvenes. Esas consideraciones y exhortaciones pastorales apelan a la razón y la fe para quitarse complejos y ver con más claridad la verdad sobre el amor humano, el matrimonio y la familia, más allá de las modas impuestas en una sociedad desnortada. Todos deberíamos valorar y apoyar a las familias normales porque aportan grandes beneficios a la sociedad; sin embargo parecen encontrarse hoy ante una sociedad hostil que las mira como si representaran unos valores ajenos a una sociedad moderna y democrática.

El genio de Cervantes recoge los consejos que Don Quijote dio a Sancho Panza para gobernar aquella famosa ínsula: «Come poco y cena más poco; que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago». Algo semejante podríamos decir acerca de la sociedad: que la salud de todo el cuerpo social se fragua en la oficina de la familia, y llega la hora de afrontar sin complejos las causas de esta crisis y aplicar soluciones. A muchos nos preocupan las abundantes rupturas matrimoniales y las secuelas en los hijos, la extensión del divorcio y el aumento de las parejas de hecho, la aceptación social del aborto y de la eutanasia, así como el recurso a la reproducción artificial. El bueno de Sancho decidió poner en práctica los consejos recibidos porque el gobierno de aquella ínsula le desbordaba. Hoy el santuario de la familia no es un templo determinado sino que reside en cada familia que se reconoce como santuario de la vida y esperanza de la sociedad, y como camino de santidad para los creyentes. De ahí que Juan Pablo II afirmara en Familiaris Consortio que el futuro de la humanidad se fragua en la familia: una familia sana es el fundamento de una sociedad libre y justa, es el mejor legado que podemos dejar a los jóvenes.

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[1] BENEDICTO XVI, Homilía, Valencia, 9 julio de 2006.

[2] Catecismo de la Iglesia, CCE, n. 1603.

[3] Gn 1,27-28. Cfr. Gn 2,7.18, 21-24.

[4] El Génesis no contiene afirmación alguna que permita hablar de subordinación de un sexo al otro. Y la doctrina cristiana habla por eso de la complementariedad entre varón y mujer, no solamente a partir de la bipolaridad sexual con vistas a la procreación, sin también como varón y mujer que son al mismo tiempo iguales y diferentes. Cfr. J.MORALES, El Misterio de la Creación, p. 216-217.

[5] Pío XI, Casti Connubii, CC, 3. Esta Encíclica está considerada como la Carta magna sobre el matrimonio, y aparece repetidas veces citada por el Concilio Vaticano II. Posteriormente Juan Pablo II ha publicado en 1981 la Exh.Ap. Familiaris Consortio, dedicada al matrimonio y la familia. Esto le confiere cierto carácter sagrado, como a todo el derecho natural, y hace que esos rasgos constitutivos del matrimonio trasciendan la voluntad de quienes lo contraen

[6] JUAN PABLO II, Tríptico Romano, p. 36.

[7] CCE, 1606.

[8] Cfr. Os 2,16-25, Jr 2,1-2; 3,1.6-12; Ez 16; Is 54, 1-8; 62,4-5.

[9] J.PEARCE, TOLKIEN, Hombre y mito, Minotauro, Madrid 2000.

[10] «Los Padres interpretan siempre estas bodas en la perspectiva de unos desposorios aplicados a Cristo, el verdadero Esposo de la Nueva Alianza». I. DE LA POTTERIE, María en el misterio de la Alianza, p. 240.

[11] «Puesto que Cristo hizo signo de gracia el mismo consentimiento conyugal válido entre los fieles, la razón de sacramento se une tan estrechamente con el matrimonio cristiano que no puede haber verdadero matrimonio entre bautizados que no sea por lo mismo sacramento», PÍO XI, CC, 14.

[12] San JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n.91.

[13] Cfr. Instituto de Política Familiar, IPF, Informe de Evolución de la Familia en España 2006, Febrero 2007, Fuentes: INE y Eurostat.

[14] Ritual del Matrimonio, n. 66.

[15] Gaudium et Spes, GS, 49 c.

[16] GS, 48 a.

[17] Cfr. INE, Nota del 27 de julio de 2004. Fuente: Eurostat.

[18] JUAN PABLO II, Familiaris Consortio, FC, 13. Un poema de T.S.Eliot expresa la intuición de la perfecta unidad complementaria en el verdadero matrimonio: «Todo estará bien, todas las cosas serán buenas, / cuando, reunidas, las lenguas de fuego/ se hagan un nudo en forma de corona/ y sean el fuego y la rosa/ una misma cosa». Four Quartets, en The complete Poems and Plays, Faber & Faber, Londres 1990, p. 198.

[19] Cfr. IPF, Cfr. Informe de Evolución de la Familia en España 2006, enero 2007, http://www.ipfe.es, Fuentes: INE y Eurostat.

[20] Cfr. Mt 19,6, Gn 2,24.

[21] CIC, can. 1141, Cfr. can. 1061,1.

[22] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, CDF, Decl. Persona humana, 7.

[23] Mt 19,3-9; Mc 10,1-12; Lc 16,18, 1 Co 6,16; 7,10-11; Rm 7,2-3; Ef 5, 31 ss, etc.

[24] Los fieles que se encuentran en esta situación no pueden acercarse a recibir la Eucaristía si antes no reciben la absolución sacramental. Y no pueden recibir la absolución si no están arrepentidos y con el propósito de vivir de acuerdo con la ley moral. Cfr. JUAN PABLO II, FC, 79-84. CDF, Carta sobre la recepción de la Comunión Eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, 14-IX-1994.

[25] «Es precisamente partiendo de la «visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena, sino también sobrenatural y eterna» (Enc. Humanae vitae, 7: AAS 60, 1968, 485), por lo que Pablo VI afirmó, que la doctrina de la Iglesia «está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador» (Ibíd. 12). Y concluyó recalcando que hay que excluir, como intrínsecamente deshonesta, «toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación» (Ibíd., 14) ». JUAN PABLO II, FC, 32.

[26] JUAN PABLO II, FC, 14. De ahí que los esposos a quien Dios no ha concedido tener hijos pueden alcanzar también su plenitud humana en el amor conyugal y en el servicio a los demás.

[27] Cfr. JUAN PABLO II, FC, 32; Cfr. CCE, 2370.

[28] Scott y Kimberly Hahn, Roma, dulce hogar, Rialp, 2000.

[29] GS, 50. La Sagrada Escritura y la práctica tradicional de la Iglesia ven en las familias numerosas un signo de la bendición divina y de la generosidad de los padres.

[30] Cfr. Carta de los derechos de la familia, art. 3 c.

[31] Ibidem.

[32] PABLO VI, HV, 16.

[33] INE, Ibidem.

[34] Cfr., CEE, La Familia, Santuario de la vida y Esperanza de la sociedad, 21 abril 2001; Directorio de Pastoral Familia en la Iglesia en España, 2002.

¿Por qué mienten?

ONU y OMS manipulan estadísticas de mortalidad materna para promover aborto mundial

Institución pro-vida precisa que solo 31 de 193 países proporcionan estadísticas confiables

Manipulacion del Aborto en la ONU y el OMSNUEVA YORK, 03 Nov. 07 / 03:51 pm (ACI).- La Organización Mundial de la Salud (OMS), el Fondo de la ONU para la niñez (UNICEF) y el Fondo de Población de la ONU (UNFPA) manipulan la estadísticas de mortalidad materna y afirman, sin sustento, que al año mueren entre 500 y 600 mil mujeres en el mundo. Para estas instituciones notoriamente anti-vida, la «solución» a este problema es el aborto legal.

Según explicó el ex jefe de la Oficina de Estadísticas de la ONU, Dr. Joseph Chamie al Catholic Family and Human Rights Institute (C-FAM), estas cifras no tienen base, ya que, para comenzar, la gran mayoría de países no informan con precisión la cantidad de muertes ocurridas anualmente, ni el sexo de los fallecidos, o la edad de los mismos; además que solo unos pocos dan a conocer las causas de éstas.

Un reciente comunicado de la OMS admite que dos tercios de las muertes no aparecen en las estadísticas nacionales de la mayoría de los países en desarrollo. Además, solo 31 países de 193 (16 por ciento) entrega información confiable sobre las causas de estas muertes.

Asimismo, la ONU emitió el informe «El Mundo de las Mujeres 2005: progreso en la estadística» en el que se decía que «más de un tercio de 204 países o las áreas estudiadas no reportaron causas, sexo o edades de las muertes; ni siquiera una sola vez».

Este informe también indicaba que «incluso cuando las muertes están debidamente registradas, las muertes maternas pueden omitirse o no identificarse correctamente con lo que se compromete la confiabilidad de tales estadísticas», asegurando además que el avance en las estadísticas ha sido muy limitado desde 1975.

De otro lado, el informe «Mortalidad Materna 2005», emitido por la OMS, la UNICEF, el UNFPA y el Banco Mundial; reitera que «el progreso hacia las Metas del Milenio ha sido desafiante, debido a la falta de datos confiables sobre mortalidad materna; especialmente en países en desarrollo».

El mismo informe, explica C-FAM, precisa que el 99 por ciento de las 563 000 muertes estimadas ocurren en países en vías de desarrollo. Dado que estas agencias, indica la institución pro-vida, admiten que estos datos son casi imposibles de obtener, algunos se preguntan cómo obtienen esos datos en lugares donde no se informa de ellos.

Tras la reciente cumbre en Londres titulada Las Mujeres Dan Vida, que terminó siendo una plataforma para promover la legalización del aborto en todo el mundo, una activista pro-vida que participó en esta cita comentó que «con toda esta evidencia que muestra que es imposible saber el número de muertes maternas tras la práctica de un aborto; resulta atroz que la OMS, el UNFPA, la UNICEF y otros generen políticas -especialmente la promoción del ‘derecho’ al aborto- a partir de cero datos».