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La alegría de la fe en la resurrección

Jesucristo

Por Carmen Pérez Rodríguez

La alegría. La alegría verdadera brota de un manantial inagotable de nuestro interior Es relativamente fácil apreciar si una persona es alegre o no. La forma en que vive las situaciones fáciles y difíciles, como ilumina la vida, como ve sus cualidades, y las de los demás, como sabe reaccionar ante las circunstancias. Desde luego una persona alegre no es resentida, envidiosa, timorata. Es muy diferente una persona divertida, de una persona alegre, la diferencia está en la interioridad, en la profundidad, en la serenidad, en la afabilidad, en la comprensión, en su sentido de la vida. La persona divertida quiere que si ella está contenta todos lo estén y si está triste exige comprensión. El quid está en la exigencia para con los demás, como si los demás tuvieran que darnos lo que nosotros por nosotros mismos no tenemos. La alegría implica simpatía, sencillez, afabilidad. La alegría se contagia, estimula, abre horizontes, comunica una visión fecunda. La persona alegre lo es tanto si gana como si pierde. La alegría implica energía, fuerza, surge del interior. No es una persona alegre la que está contenta cuando las cosas le van bien, pero es difícil cuando le van mal. La alegría está muy relacionada con la actitud que tenemos para decidir como afrontamos las cosas que nos rodean. La persona alegre vive de su fuerza interior, que está en relación íntima con su fe y su esperanza. Su fe y esperanza son más firmes que las cosas que le acaecen. La alegría es una consecuencia de cómo vivimos y todo esto no se sostiene sin un sentido de la vida, porque en cada momento nuestra vida es la respuesta a lo que se nos presenta, a las personas, a lo que puede ser una dificultad o algo halagüeño. Y todo esto depende de nuestro paradigma de la vida. Una casa no se construye sobre arena, necesita unos fundamentos sólidos, pues lo mismo nos sucede a nosotros. La alegría profunda es consecuencia del amor, del sentirse amado y del amar. Y esto es lo más grande que podemos vivir y sentir. Hemos visto cambiar a personas por la entrega a una vocación, a un amor, porque el verdadero amor saca lo mejor de uno mismo. Por eso el egoísta, el resentido, el envidioso es un amargado. No se tiene alegría por tener dominio y poder externo, hacer viajes, tener cosas, comprarse todo y de todo. Pero desde luego produce satisfacción, contento un trabajo bien hecho, proporcionar a otros bienestar, hacer bien a alguien, dar confianza, sacrificar cosas a favor de los demás. Regalar cosas a los padres, a los hijos, a los amigos. Ser buen hijo, buen padre, buen amigo. Toda persona es capaz de irradiar alegría desde su interior manifestándola exteriormente con una simple sonrisa, con una actitud serena. Es importante que la persona tenga siempre un motivo para apreciar y valorar lo de su alrededor.

Y sólo es posible la alegría profunda por la fe y la esperanza en Jesucristo resucitado. Porque solo El da sentido a nuestra vida y a nuestra muerte con todo lo que conllevan. Somos cristianos en la medida en que nos encontramos con Jesús resucitado. Y entonces estaremos alegres porque descubrimos las razones y el sentido de nuestra vida. Necesitamos sentir un encuentro personal vivo, de ojos abiertos y corazón palpitante con Cristo resucitado. Esta es la verdadera relación de unos con otros y la verdadera liberación.

Es vital que sintamos el convencimiento, la exigencia de anunciar en primera persona: Cristo ha resucitado y para mí la vida es Cristo. ¿Por qué buscamos entre lo que no merece la pena, lo que no sirve, lo que es muerte, aburrimiento, falsedad, evasión, por qué buscamos, en medio de todo eso, la Vida, la Felicidad, la Alegría? Estamos llamados a beber júbilo de la fuente del regocijo. Es engañoso pensar que únicamente se salva un mero espíritu, que el cuerpo resucitado es algo así como una insensibilidad yerta. La alegría se experimenta en todo nuestro ser. Toda la ley de la existencia humana, decía Dostoyevski, radica en que el hombre pueda inclinarse ante lo infinitamente grande.

Cristo es el Señor de la Historia, del mundo y de nuestra historia personal, familiar, social. La Resurrección de Jesús es el triunfo de la humanidad, porque la humanidad está unida a Dios para siempre y glorificada para siempre en la persona del Hijo de Dios. Todo esto nos parece demasiado grande, no podemos abarcarlo, pero ya podíamos habernos acostumbrado un poco sintiendo la belleza de la creación, la naturaleza, la energía; es una maravilla todo lo que los científicos investigan ¿No se admira y parece romperse nuestro corazón de admiración y de entusiasmo? Pues no sabemos lo que es resurrección, y lo peor es que no parece que queramos saberlo. ¡Lo que nos estamos perdiendo y además lo podemos perder para siempre. No podemos ser, ni vivir, a “imagen y semejanza” de lo que se le ocurra a cualquiera.

Categorías:Mundo, Religión
  1. 17 mayo 2017 en 6:47 pm
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