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Archivo para la Categoría "Drogadicción"

Dejan las drogas gracias al método de Sor Elvira

Comunidad del Cenáculo 

Cientos de toxicómanos dejan las drogas gracias al método de Sor Elvira: trabajar y rezar 

Hoy cuenta con más de 58 casas de rehabilitación para toxicómanos en una decena de países, una de ellas en España. 

Actualizado 16 agosto 2012 

L. Moreno/M. Velasco/ ReL 

Aunque la «Casa Madre» de la Comunidad del Cenáculo se encuentra sobre la colina de Saluzzo, una ciudad en la provincia de Cúneo (Piemonte), en el noroeste de Italia, aquí, en Medjugorje, cerca de la colina de las apariciones de la Virgen, cuentan con una de las casas más numerosas, en la que conviven 80 jóvenes adictos a la droga.
 
El alma de la comunidad es Sor Elvira Pettrozi, una religiosa italiana que, sin ninguna formación en psiquiatría o en psicología, fundó en 1983 la primera casa de acogida y ha conseguido liberar a cientos de jóvenes drogadictos de su adicción.

Trabajo, oración y amistad verdadera es lo que consigue sacar a estos jóvenes de la desesperación, la tristeza y la dependencia. Un horario muy estricto, trabajo y oración: ése es el secreto de sor Elvira.

Uno de estos jóvenes es Iván, que llegó a la comunidad huyendo de la Policía: «Fuera de aquí yo era un esclavo. Tenía mucho dinero y, cuando empezó la guerra, como me daban dinero en casa, me sentía superior a los demás. No estaba a acostumbrado a esforzarme, me hacía muchas preguntas y busqué las respuestas en lugares equivocados, hasta que la heroína fue la respuesta a todo», recuerda.

«No sabía vivir»
«Llegué drogado. Pero nadie me preguntó nada, ni qué drogas había tomado, ni si había matado a alguien, ni de qué religión era. Nadie me juzgó. Sin embargo, todos me abrazaron», recuerda conmovido. «Cuando llevaba aquí tres meses, me mandaron como trabajo ordeñar dos vacas, a las cuatro y media de la mañana. La primera noche no dormí. Si me quedaba dormido no habría leche para el desayuno, ¡y 80 ex-drogadictos me matarían! Al darme ese trabajo, entendí que confiaban en mí y entonces empecé a mejorar», prosigue Iván. 

Un ángel de la guarda
«Cuando entré me pusieron un ángel (cuidador), que era pesadísimo. Me decía por favor y gracias. Yo no estaba acostumbrado a eso y me ponía enfermo. Dormía en la litera encima de la mía, y hasta venía al cuarto de baño y llamaba a la puerta si tardaba para ver si estaba bien. 

Comprendí que el problema no era la droga: era que yo no sabía vivir. Aquí he aprendido a vivir. ¡Cristo es el Maestro que te enseña a vivir! El Señor nos ha dado otra oportunidad, ¡…a nosotros!», recalca Iván.

Mirsa, otro joven toxicómano reincidente, llegó a la comunidad cuando apenas tenía 16 años. «Empecé a drogarme muy joven. Mi vida era unos amigos que en realidad eran mis peores enemigos; una novia a la que nunca amé; la heroína y la música. Cuando llegué, yo ya había probado de todo; me había desintoxicado incluso durante dos meses, pero siempre volvía. Aquí me aceptaron como era. Desde que he entrado en la comunidad no he vuelto a pensar en drogarme», asegura Mirsa. «No tenemos chicas, ni tabaco, ni drogas, pero yo he ¡ vuelto a la vida. Estaba muerto, pero me han rescatado», asegura.

La fuerza de la oración
La comunidad del Cenáculo propone a los jóvenes que acoge un estilo de vida simple, familiar y disciplinado, basado en el redescubrimiento de la oración y del trabajo («ora et labora»). Una vida de amistad verdadera, sacrificio y fe en Jesús. La espiritualidad de la comunidad es profundamente eucarística y mariana. Se alternan en la jornada momentos de oración(rosario, adoración eucarística, liturgia de las horas) con momentos de trabajo y de ocio. Todo ello compartiendo la vida delante de la Palabra de Dios y de los hermanos.
 
Sor Elvira está convencida de que la vida cristiana, en su simplicidad y plenitud, es la respuesta a toda inquietud del corazón y que el encuentro con Dios hace renacer el hombre a toda esperanza.

La comunidad del Cenáculo, con una eficacia altísima en la sanación de drogadictos, llega a España

El centro con mayor porcentaje de éxito en la rehabilitación de drogadictos abre casa en Barcelona

De rico empresario a estar en prisión

Raúl Oreste 

De rico empresario a ir a la cárcel por tráfico de drogas… y agradecer a Dios por estar en prisión 

“Me traicionaron y fui a la cárcel por un delito contra la salud pública. Pero no les tengo rencor. Gracias a la prisión encontré a Jesús”. 

Actualizado 24 junio 2012 

Ángeles Conde/Misión 

Al entrar en el parque de El Retiro, en Madrid, un joven corre a saludar a Raúl. Hace años que se conocieron en un entorno que nada tiene que ver con estar al aire libre: la cárcel. La historia de Raúl Oreste es digna de un guion cinematográfico, pero, en esta ocasión, la realidad supera a la ficción. 

De rico empresario pasó a ser condenado por tráfico de drogas y perder su fortuna. De casi matar a un hombre en prisión pasó a predicar a Jesucristo entre las rejas y los muros de la cárcel. Cristo rompe las cadenas y Raúl lo sabe.

- ¿Cómo era su vida en Argentina?
- Era director de banco; después fui presidente de una compañía muy grande en mi país, además, tenía empresas y me creía autosuficiente. Quien se cree autosuficiente y tiene ego y soberbia es porque se está alejando de Dios. Yo me decía: “Para qué quiero a Dios si tengo dos hijas y una mujer preciosa”. Pero mi esposa enfermó de cáncer y murió.

- ¿Cuándo perdió el control?
- Después de morir mi esposa, no encontraba consuelo alguno y decidí dejar el banco y las empresas. Necesitaba ahogar el dolor y lo hice lanzándome a la noche. Había perdido el apetito de vivir y creía que la noche, la droga y cuanta mujer se cruzara en mi vida serían suficiente para recobrar la felicidad perdida. 

Cuando la noche se concibe como un modus operandi, acaba siendo nociva, y así me sucedió a mí. Quería que la noche acabara a las cinco o seis de la mañana porque así dormía durante todo el día y, como era el jefe, aparecía por la oficina cuando quería. Así, transcurrieron seis años, desde la muerte de mi mujer, en 1993, hasta que acabé encarcelado, en 1999.

- Esa vida, ¿dónde le condujo?
- Por aquel entonces creía que tenía el mundo en mis manos. Coincidí en la noche con unos antiguos conocidos con los que empecé a relacionarme cada vez más. En una ocasión, les pregunté cómo hacían para prosperar tanto, y me contestaron que traficaban con drogas. Estoy convencido de que el diablo ya me había tomado de su mano y comencé a traficar: España, Italia, los países nórdicos… Un buen día me di cuenta de que estaba matando las neuronas de los chicos. Fue entonces cuando me traicionaron y me convertí en el cabeza de turco de la trama. 

Me condenaron por un delito contra la salud pública. No les tengo rencor a esos tipos que me entregaron, porque gracias a ellos fui a la cárcel y encontré a Jesús.

- ¿Qué recuerda de sus primeros tiempos en prisión?
- Sorprendentemente, tendría que haber gritado y llorado, pero creo que Dios me dio cierta serenidad, porque ya estaba actuando en mí, y a los cuatro meses de estar allí, Él me encontró. Gracias a Cristo, por ejemplo, rechacé las drogas que me ofrecían en prisión, porque yo antes también las tomaba.

- Una vez en la cárcel, ¿cuándo “se cayó del caballo”?
- Recuerdo el momento exacto. Fue durante una pelea muy grave en la que participé. De repente, propiné un puñetazo a otro preso y cayó al suelo inconsciente. Creí que había matado a ese hombre. Me marché al patio aturdido y allí sentí a Dios en mi interior, preguntándome qué estaba haciendo con la vida que Él me había regalado. Y entonces escuché una canción que dice: “Cristo rompe las cadenas y nos da la libertad”. Y, efectivamente, rompió las cadenas que me tenían atado al fracaso, al odio y al desapego por la vida.

- ¿Cómo es el primer día de esa vida?
- Esa noche no dormí; pasé horas escribiendo. Escribí a la Madre, porque a mí me apresaron un 13 de mayo, el Día de la Virgen de Fátima. Ella fue la que urgió a Jesús para que actuara en mí, estoy seguro. Yo había enfermado de dolor por la muerte de mi mujer y tenía una grieta en el corazón que solo Él podía cerrar, porque es el cirujano del alma.

- Un día, peleando a puñetazos, y al otro, predicando a Cristo. ¿Cómo se produce esa transición?
- Pasaron un par de meses desde aquel día en el patio hasta que comencé a entender qué había pasado. Si San Pablo necesitó años para comprender lo que le había sucedido, ¡imagínate yo!… A los presos también les costó asumir ese cambio

Me empezaron a llamar “el loco de la Biblia”, porque la leía constantemente. Leí la Biblia durante 5.284 días. Poco a poco, incluso los jefecillos de cada módulo comenzaron a tenerme respeto. Los presos venían y me pedían que rezara por sus familias. Me rodeaba de personas que me escuchaban cuando leía la Biblia, y así se empezaron a hacer grupos de oración en la cárcel. Estuve en módulos muy conflictivos, pero así podía estar cerca de las ovejitas que más necesitaban volver al redil, y allí repartí sin parar las Biblias que me enviaban los sacerdotes y los voluntarios.

- Y, a partir de ahí, ¿cómo transcurre el resto de su condena?
- Pasé cuatro años en Soto del Real; estaba en prisión preventiva a la vez que estudiaba Psicología. Ya condenado, me trasladaron a Aranjuez, y eso fue más duro. Allí pasé dos años y ocho meses, y es donde empecé a escribir El parto en la cárcel. Fue muy difícil porque, aunque hubo conversiones preciosas, presencié muertes, suicidios y mucha desesperación. Pero eso me vivificó. Fui como el hijo pródigo, que comía las bellotas de los cerdos para poder subsistir.

- ¿Se puede llegar a tocar el corazón de alguien encarcelado?
- Sí, yo lo hice. Primero, empecé a emplear mis conocimientos en psicología con esos presos que estaban “hechos polvo”. Después, les presenté a un Jesús resucitado, hecho hombre y también preso. He comprobado que no es difícil hablar de Jesús en la cárcel, porque es una escuela de oración. Allí se reza y hay más conversiones que en cualquier parroquia, porque el dolor que se mete dentro es tan grande que cuando se oye hablar de amor y de Dios, esas palabras llegan hasta lo más profundo. 

Eso me demostró que es posible la reinserción en la sociedad, pero siempre y cuando se guíe adecuadamente a la persona; si no, pasa lo contrario. El odio y el rencor hay que dárselo a Dios para que lo convierta en amor. Él te da la sabiduría para que no tropieces en la misma piedra, pero no te quita la piedra.

- Tiene dos hijas, ¿qué pasó con ellas?
- La relación empezó a deteriorarse cuando yo comencé a frecuentar el mundo de la noche, aunque les ocultaba mi estado y, por supuesto, jamás me vieron drogarme ni vieron nada de lo que hacía. Ellas seguían muy dolidas por la muerte de su madre, y enfermaron espiritualmente. Yo me ocupaba de ellas durante el día, pero seguía saliendo todas las noches. Ahora entiendo que se alejaran de mí y se preguntaran qué hacía su padre todos los días hasta altas horas de la madrugada.

- ¿Cómo es ahora la relación con sus hijas? ¿Ha vuelto a verlas?
- Llevamos años sin vernos y ahora estoy retomando esa relación que tan deteriorada estaba. Mis hijas tienen heridas muy grandes que necesitan tiempo para sanar

Recuerdo que, cuando me detuvieron, hablé con mi hija por teléfono y me preguntó que en qué hotel me alojaba. Le dije que estaba en Soto del Real y ella me respondió que si me habían cambiado de hotel. Cuando le dije que estaba en la cárcel, hubo un silencio de 30 segundos que parecieron 30 horas. “Y nosotras, ¿qué hacemos?”, me preguntó. Al principio sí hablaba con mis hijas desde la cárcel, pero, después, la relación se resintió porque empezaron a sufrir las consecuencias de la situación. Yo perdí casi un millón de dólares en propiedades y todo mi dinero, y ellas lo padecieron.

- ¿Qué va a pasar cuando se reencuentren después de tantos años?
- Va a ser un golpe duro. Cuando me graban o me hacen alguna entrevista, les envío las imágenes. Intento prepararlas para que vean que estoy cambiado. Si no hubiera cambiado, sería imposible, por ejemplo, que mi casera no me pidiera ni el DNI para los papeles del piso, porque leyó mi libro y conocía mi historia…Ese es el nacimiento nuevo que te da Jesús.

- ¿Borraría algo de su vida?
- No, en absoluto. De todas las gracias que Dios me ha concedido, a parte de tener una mujer magnífica y dos hijas estupendas, la cárcel es la más grande. Sé que es muy fuerte decir esto.

¡Y tanto que es fuerte! Es muy difícil entender que no quiera borrar la cárcel, ni las drogas, ni el sufrimiento de su familia…

Pero es que Dios está en el sufrimiento. Tras muchos años y ahora que estoy convertido, veo que el pasado tiene que servir para crecer y no para revivir las culpas. No hay que castigarse. Yo no borraría nada porque el final fue precioso. Si yo no hubiera entrado en la cárcel, ¿dónde me hubiera encontrado el Señor? Quizá en otro sitio, pero no habría sido lo mismo. En la cárcel fui feliz a pesar de todo y a pesar del dolor y, aunque no tengo nada de lo que tenía antes, ahora soy más feliz. ¿¡Cómo no creer en Dios si Él me cambió, me quitó el dolor, me libró del fracaso y convirtió los odios y la desesperanza en ilusión y amor?! 

Un nuevo comienzo
“Cuando estás convertido, Dios te va trazando los caminos”, nos cuenta Raúl. El suyo ha estado marcado por personas que se dieron cuenta de que Cristo había hecho de él un hombre nuevo. Cáritas fue fundamental en su reinserción. Allí le proporcionaron la primera oportunidad, y con ellos sigue trabajando. Su día a día transcurre entre su trabajo en Cáritas y su labor pastoral. Desde hace 12 años, visita la cárcel periódicamente para ayudar a los presos y mostrarles que la batalla no está perdida: “Les cuento que siempre hay un motivo para vivir y que la vida está llena de grandes alegrías”. Ha publicado, además, dos libros: Un parto en la cárcel y Una luz al final del túnel.

El amor de una chica le hizo cambiar

El italiano Roberto Dichiera

Blasfemaba contra Dios, vendía drogas, pero el amor de una chica le hizo cambiar… hoy es cura

También se enganchó al alcohol y las drogas. Dejó los estudios a los 13 años. Ahora se dedica a rescatar a jóvenes de las drogas y de la calle.

Actualizado 7 marzo 2012

Aci

El joven sacerdote italiano Roberto Dichiera tiene un recurso muy poderoso para suscitar conversiones. Su propia vida es un ejemplo de cómo Dios no abandona a sus hijos y aún cuando parecen perdidos en el más profundo de los abismos si responden a la voz del Señor pueden encontrar la felicidad verdadera.

Busca rescatar jóvenes atrapados por la droga

El Padre Roberto, hoy de 37 años de edad, recorre las calles de Roma buscando rescatar a jóvenes atrapados en la adicción a las drogas, un drama que él conoce de primera mano porque lo vivió por casi diez años.

En una entrevista con ACI Prensa el Padre Dichiera, contó que se alejó de la fe católica a la edad de 12 años. “Hice la Confirmación, pero por desgracia empecé a blasfemar contra la Virgen y contra Dios“, recuerda.

A los 13 años abandonó los estudios y empezó una “escalada de transgresión, de peligros, a través de frecuentar a gente mayor que yo y a través de las discotecas, el alcohol, las drogas“.

Vendedor de droga y consumidor

“Llegué a ser un vendedor de droga y consumidor, desde éxtasis a ácido –LSD–, alucinógenos, y cocaína. No tenía ningún sentido moral, ni creía lo más mínimamente en Dios, y por cerca de 9 años no me confesé. No creía en los sacerdotes, no creía en la Iglesia, no creía en el Papa, no había leído nunca la Biblia”.

Me enamoré de una chica y fui a Misa

Un día, a la edad de 20 años, se enamoró de una joven católica y comenzó a a ir a Misa. “Ella me servía de ejemplo, con esta chica comencé a orar, a acercarme de nuevo a la confesión que de tantos años no hacía, y hacer la Comunión, recibir el cuerpo de Cristo”.

Comenzó la transformación

En los dos años siguientes, vivió una transformación total “gracias a esta chica, y a la lectura del Evangelio -que leía a escondidas para no dar gusto a mis padres católicos-”.

En junio de 1996, descubrió en una peregrinación mariana su llamado a la vida sacerdotal “algo que jamás había pensado”.

Roberto puso fin a la relación con su prometida y “con gran dificultad dejé atrás el mundo de las drogas y la transgresión. Fue un gran combate espiritual, una lucha, cuanto más me acercaba a Jesús, a la oración, a la acogida del Espíritu Santo, más sentía la tentación del maligno, de todas las propuestas que el mundo me podía hacer para permanecer siendo vendedor de droga en las discotecas”, recuerda ahora.

Pertenece a “Nuevos Horizontes”

El sacerdote ahora pertenece a la comunidad católica “Nuevos Horizontes”, fundada por la italiana Clara Amirante y que desarrolla un apostolado de apoyo a los jóvenes que viven en dificultad proponiendo valores como la solidaridad y la cooperación.

Un hombre sin Dios no puede ser feliz

Javier Pro de la Cruz. Ex drogadicto

Pasó de decir «mi dios eran las drogas» a «un hombre sin Dios no puede ser feliz»

De la mano de la fe, consiguió superar su adicción a la heroína. “Yo ahora estoy feliz, no tengo miedo”, asegura.

Actualizado 6 enero 2012

Angeles Conde/Revista Misión

Buscaron la felicidad donde, al final del camino, solo había dolor. Aquellos que eran jóvenes a finales de los años setenta y principios de los ochenta cayeron en las redes de algo cuyos efectos secundarios entonces eran muy desconocidos. Los más afortunados perdieron solo la juventud. El resto perdió la vida. Pero Javier salió y Dios fue a su encuentro. Desde entonces, es un hombre nuevo, es un hombre feliz.

Las drogas han dejado un importante rastro de dolor en muchas familias y muchos jóvenes, especialmente la heroína, que en los años setenta y ochenta dibujó un panorama devas- tador. Primero se persiguió a quienes la consumían, ya que su consumo se asociaba de forma indirecta con la delincuencia, la inseguridad ciudadana y el sida. Superados estos prejuicios, se emprendieron medidas para tratar a quienes habían quedado atrapados en esta sustancia. Y es que según el Informe sobre heroína del Plan Nacional sobre Drogas, uno de cada cuatro personas que prueba la heroína desarrolla una adicción.

De aquel entonces no solo nos llegan tragedias, sino también historias de esperanza. Nos llegan historias de superación, de personas a las que un día alguien tendió la mano y sacó de lo pro- fundo. Como le sucedió a Javier Pro de la Cruz.

Su relato comienza en el madrileño barrio de Fuencarral: “Antes de las drogas empecé a delinquir porque era pobre. robaba para mis gastos. Para ropa, para ir a los coches de choque… desde los 15 años”. Javier perdió la cuenta de las veces que había cometido pequeños hurtos. “¿Que cómo empecé con las drogas?”, pregunta, “son los ambientes. Eso estaba entre mis amistades”.

Según el Plan Nacional sobre drogas, el problema de la heroína no ha desaparecido en nuestro país, ya que se está volviendo a consumir, en esta ocasión, acompañada de la más consumida, la cocaína. En aquellos primeros años, Javier comenzó su carrera a ninguna parte con lo más barato, esnifando pegamento. “Después vinieron los canutos y las anfetaminas hasta llegar a la heroina”. Desde los 15 hasta los 19 años asegura que solo le importaba drogarse: “Robé tantas veces que ni recuerdo porque era todos los días. Solo me importaba drogarme”. A diario como un autómata, se despertaba, iba a robar, después a comprar, consumir y prácticamente, vegetar el resto del día mientras su salud física y psíquica se deterioraba: “Muchos de entonces han muerto. La droga estaba en todas partes y nadie sabía el daño que hacía”. En aquel entonces todavía no existía el Plan Nacional Sobre Drogas, la persona con un problema de consumo de drogas seguía siendo un “drogata o un yonqui” y el que se drogaba lo hacía por vicio.

Deteriorada y debilitada su voluntad, Javier recuerda con tristeza que la droga era lo que le dominaba: “Mi dios eran las drogas. No me interesaba nada, ni una chica”. Un día de aquellos que pasaban sin más pena ni gloria, la vida de Javier cambió: “Un chico me prestó su ayuda. Le dije que necesitaba dinero porque no tenía trabajo. Cuando me quité el abrigo, vio que tenía en el bolsillo una jeringuilla. Entonces me llevó a Proyecto Hombre. Empecé a hacer terapia, una terapia que consiste en volver a ser honesto, en recuperar las virtudes”. La vida de Javier comenzaba a tomar forma: “Un día, un amigo me ofreció ir a un grupo de oración y, allí, poco a poco fui encontrando la fe. Aunque, al principio pensaba que estaban un poco chalados”.

Para aquel entonces, Javier ya sabía que la heroína le había dejado otro macabro recuerdo. En algún momento de su periplo había contraído el virus del sida. Tres pastillas y una neuropatía se lo recuerdan a diario. Le preguntamos, si ahora que no hay drogas, ha recuperado el interés por las mujeres: “rehacer mi vida es algo difícil. Dios me decía que chicas no, que no se puede hacer daño a la gente. Es una situación algo complicada porque soy cristiano pero no ciego. Pero no me enfado con Dios por no estar sano, porque Él me ha curado de mis males que eran otros. Dios me ha curado de la tristeza”.

Hemos acabado de charlar con Javier. Estamos ultimando las fotografías y se extraña de ser el protagonista para nosotros. Los primeros rayos del mediodía nos sirven para retratar a un hombre nuevo. “Pero Javier, ¿de qué te extrañas?, tú eres hoy el protagonista”, le decimos. Muy serio pero muy sereno, aparta su mirada del objetivo y con la seguridad de quien sabe que la Providencia le ha socorrido, sentencia: “No, Ángeles, el protagonista de esto, es solo Dios”.

A la cárcel por voluntad propia
Los errores cometidos volvieron en forma de orden de busca y captura para Javier. La justicia reclamaba que cumpliera por sus delitos: “La gente del grupo de oración sabía que yo tenía cuentas pendientes. Les hablé de ello y de que el juez me había puesto una orden de busca y captura. Mi vida era absolutamente normal. Pero este juez no creía en la rehabilitación. Yo no quería seguir viviendo con el miedo a que me cogieran, no quería seguir perseguido, por eso, en el año 1995 me entregué y cumplí ocho meses de cárcel”.

Pero la vida ya era diferente. Era una vida sin drogas: “Yo ahora estoy feliz, no tengo miedo. En mi oración hay días que no pido nada a Dios. Solo hago silencio. Cuando estoy sin Dios no soy feliz. Un hombre sin Dios no puede ser feliz. Es una felicidad humana, pero es una felicidad que se disipa”.

Revista Misión

Era amiga de prostitutas y tuvo un hijo

De traficante de drogas, cocainómana, presidiaria y madre, a monja contemplativa

Estuvo en la cárcel tres años por llevar un paquete con droga; era amiga de prostitutas; habitual de las discotecas y del acid-house; fumaba porros y tenía una vida sexual promiscua. Se quedó embarazada a los 17. Dios le demostró que nada es imposible.

Actualizado 7 agosto 2011

Mónica Vázquez/ReL

«Vivía en la calle Preciados y frecuentaba la noche. Meencantaba estar en ese ambiente de los que fumaban porros, las prostitutas, los borrachos, serenos; iba por los bares de la calle Montera y de Fuencarral, donde estaban los gays y lesbianas; tenía una vida sexual muy activa y me quedé embarazada a los 17», comenta Elsa, originaria de La Rioja.

«Iba a la iglesia del Carmen a llorar esta doble vida porque dentro sentía como una agonía», asegura. Querer sacar a su hijo adelante fue lo que la impulsó a aceptar llevar un paquete con droga a Canarias, por lo que le ofrecían una gran cantidad de dinero. La Policía la detuvo y estuvo tres años presa en la antigua cárcel de Yeserías. «Fue una experiencia maravillosa. Se sufre mucho en la cárcel, pero en el sufrimiento he llegado al entendimiento», indica con sabiduría. Cuando le dieron la ficha de salida la rompió y dejó la prisión a los dos meses. «No quería salir por lo mal que me había tratado mi familia en las visitas», confiesa.

Un encuentro carismático

Una vez fuera de la cárcel participó de un encuentro de la Confraternidad Carcelaria de España al que iba a asistir monseñor Milingo, aunque finalmente fue presidido por el entonces obispo auxiliar de Madrid, Javier Martínez. «El primer día, varios presos salieron a dar testimonio y sentí una fuerza que me impulsó a ir frente al micrófono», señala. Allí, la directora de Confraternidad Carcelaria, Carmen Rubio, le invitó a la adoración nocturna de los viernes en la calle Fomento, 13, donde empezó a ir.Jesús había puesto su semilla, pero el ambiente del piso de acogida donde residía entonces no la ayudóa desarrollar su espiritualidad. «Comencé a consumir cocaína y cada vez aumentaba las dosis. Me salvó la llamada de mi hijo que estaba en La Rioja. Me dijo que vendría a Madrid y entonces automáticamente dejé de consumir», explica.

Un mes después del encuentro participó en la Asamblea Nacional de la Renovación Carismática Católica. Un preso le pidió que lo acompañara a la «intercesión». Ella no sabía de qué se trataba, pero vio que los demás extendían sus manos mientras oraban por él. Entonces ella también quiso que oraran por ella. «El Señor me dice que vas a ser luz para mucha gente, pero espera a la persona que te va a liberar», le señalaron. Llegó la hora de la adoración y sintió un gran desasosiego. Apareció Carmen Rubio, quien «me agarró fuertemente del brazo y me dijo que el Señor me pregunta que cuánto llevas sin confesarte . Intenté que me dejara en paz, pero ella seguía agarrándome fuertemente». Elsa vio su vida pasar como un flash por su mente. Hacía ocho años que no se confesaba. En ese instante divisó a un sacerdote y no lo dudó.

Después fue ante el Santísimo: «Sentí una fuerza tremenda, como un fuego; me desplomé con una congoja llena de alegría que no he vuelto a experimentar. Vi lo que yo era, me encontré con el Señor, empezaron a cantar Cristo rompe las cadenas », prosigue.

Borrachera mental

En la eucaristía hubo varias curaciones. «Yo creí que estaban todos comprados -dice en referencia a los que levantaban la mano para decir que habían sido sanados- y de repente el padre Robert de Grandis afirmó con fuerza: El Señor me dice que quienes sientan como una borrachera mental estarán empezando a amar la eucaristía , y una fuerza me hizo levantar el brazo», continúa.

«Ya no era la misma, el Señor me había transformado».«Entonces me di cuenta de que mi vocación y el Señor habían estado siempre. Pero pensaba que no podía ser monja por mi hijo. Sin embargo, a cada monasterio que entraba por curiosidad me decían que había una madre monja, y en el de Cañas de La Rioja me señalaron que existía una abuela que tenía siete nietos. Además los libros de espiritualidad que me encontraba era de santas que habían sido madres», añade. El hijo de Elsa, ya con 18 años, ingresó en el Ejército, y entonces se sintió libre de responsabilidades para entrar al convento.

Ahora es una monja dicharachera que vive haciendo reír a los demás. «A mis compañeras del convento las pincho para que tengan de qué confesarse», narra divertida. Es parte de su carácter. «Cuando era niña me comía las hostias que había en las ofrendas para obligarle al cura a abrir el sagrario, porque me decían que ahí estaba Cristo», ríe a carcajadas. Ahora ya es feliz.

Pertenece a la Comunidad del Cenáculo

Tras vivir un infierno como drogadicto, cambió de vida gracias a las oraciones de sus amigos

Conoció la Comunidad gracias a una amiga, y fue el camino que le llevó a dejar las drogas. Ahora es un chico normal que agradece cada dia a Dios y a sus padres que esté vivo.

Actualizado 30 julio 2011

ReL

ReL se ha echo eco de este tremendo testimonio de Henry, un joven que bajó a los infiernos por la adicción a las drogas, y de cómo gracias a la ayuda de todos los que le rodearon y de Dios, pudo salir adelante.

De Bélgica al Cenáculo

»Soy Henry, tengo treinta años y soy de Bélgica. Agradezco poder compartir lo más bello de mi vida. Desde que era niño Dios estuvo presente en mi  historia. Es verdad que en mi familia sucedieron cosas un poco desagradables, pero Dios también estaba presente en esos momentos, Él no nos abandonaba.

Me iba a la iglesia cuando mis padres discutían

»Me acuerdo que cuando mis padres discutían y sucedían cosas feas, yo me iba a la parte trasera de la casa donde había un sendero que llevaba directamente a la iglesia, entraba, me iba delante del Santísimo y le pedía a Jesús que mis padres dejaran de pelear. Si me preguntan cómo podía hacer esto, quién me lo había enseñado, por qué…¡no sabría qué responder!. Era algo presente en mi corazón, independiente de todo lo demás.

»Como muchos de los jóvenes de la Comunidad, también yo me drogué, consumía heroína y cocaína.  Llegué al Cenaculo muy joven, era un adolescente muerto, desesperado. Conocí la Comunidad por una amiga de una tía que presenció un testimonio en Medjugorje. Pronto me encontré en medio de esos jóvenes, ésta también es una historia que todavía hoy no la comprendo bien. Cuando entré sentí una sensación de estar “en casa”, de familia, viendo a los jóvenes sentí que era mi lugar. Claro que dentro de mí lo negaba; todos los días me quería ir porque había que vivir muchas dificultades, pero después decidí aceptar lo que se me proponía y conocí la amistad verdadera, el trabajo, la disciplina, cosas que me faltaban…

Ayudé a otras personas

»Cuando reconstruí mi libertad, tuve la oportunidad de viajar, estuve dos años en Estados Unidos ayudando a otros chicos. Estas experiencias de vida bellas me hicieron encontrar a Dios, lo sentí presente en mi camino. Pero después tuve que darme cuenta que no basta el descubrimiento de una vez para solucionar los problemas de una vida: estaba en Florida pasando por un momento difícil, me di cuenta de que tenía muchas dificultades para superar, quería dejar de luchar, caminar y sufrir, y entonces me convencí de que estaba listo. Le di la espalda a Dios, no confié más en nadie.

Me distancié de Dios y recaí en la droga

»Retorné a Bélgica, encontré trabajo, una chica…pero al poco tiempo recaí en la droga, peor que antes, porque necesitaba mucho mal para sofocar la verdad que estaba dentro mío. Yo sabía muy bien que Dios existía, la conciencia lo gritaba dentro mío, pero no quería escucharlo. Terminé en la calle, era un vagabundo, me inyectaba la droga cada dos o tres horas, pedía limosna, robaba, hedía, había perdido la dignidad de hombre.

»Así estuve dos años y si no terminé muerto es porque muchas personas rezaban por mí, hasta que un día, en un estacionamiento subterráneo, drogado, una chica que conocía, me toca en la espalda y me dice: “Henri, tengo una carta de Madre Elvira para ti.” Me pregunté cómo podía ser si ella estaba en Italia. El asombro me hizo pasar el efecto de la droga, abrí y leí la carta: me decía que vuelva a la Comunidad, me hablaba de Medjugorje, sabía que estaba en un estado lamentable. Me conmocionó, me cuestionó pero no sabía cómo regresar a la Comunidad, tenía miedo de la abstinencia, no sabía cómo contactarme…pero Dios puso una señora a mi lado, como un “ángel custodio”, y con ella di los primeros pasos para dejar de drogarme, para superar la abstinencia,  para arrodillarme, llorar y arrepentirme de mis errores.

Pensamientos de cambiar de vida

»Luego entré, pero esta vez con la idea de cambiar en serio. Sabía que no me quedaría poco tiempo porque estaba regresando a casa. Cuando me encontré con Madre Elvira, me dijo: “Te esperaba.” ¡Y me abrazó!  Merecía una bofetada y en cambio me dijo: “Sabía que finalmente habías regresado.” Esto me “sacó”: yo no me perdonaba, no podía aceptarme, había escupido el plato con comida. Esta era mi herida más grande, una herida que me la había procurado yo mismo: haber recibido tanto bien y haber devuelto tanto mal. ¡Pero todo fue transformado en paz, gracias a la Misericordia de Dios y de los hermanos!

»Han pasado muchos años y cada vez me doy más cuenta de que mi vida no me pertenece. Aún en Comunidad, si dejo de rezar, dejo de sonreír, no me quiero más, no logro quererme ni querer a los demás. Cuando rezo, en cambio, no sé por qué, amo y logro hacer cosas inimaginables, descubro dones que no sabía que tenía, soy feliz.

Estoy vivo gracias a Dios

»Hoy le agradezco a Dios estar todavía vivo, y le agradezco a todos los que rezaron por mí. Lamento haberles hecho tanto daño a mis padres y sufrí mucho tiempo porque sentía mucha distancia con ellos. Pero este año sucedió un milagro: comenzaron a ir al grupo de padres y viví una gran alegría por eso.

»Hoy amo a mis padres, no siento más odio ni rencor, algo cambió como si dentro de mí se hubiera abierto un horizonte y un espacio de libertad y de paz que nunca conocí. ¡Los quiero, papá y mamá, gracias a Dios y a ustedes por el don de la vida!».

La primera Comunidad del Cenáculo en España

Pasa de una vida desenfrenada y con drogas, a dirigir un centro para ex drogadictos en Barcelona

Tiene a su cargo a 12 chicos con problemas de drogadicción. Su objetivo es recuperarles para la vida a base de trabajo y oración.

Actualizado 26 julio 2011

ReL

Juan García es el responsable de la primera casa de la Comunidad Cenáculo en España, una fraternidad de 12 chicos ubicada en la casa parroquial de San Cristóbal de Fogars de Montclús, en la diócesis de Terrassa, cerca de Barcelona.

Juan García, madrileño de 39 años, había estado sumergido en el mundo de las drogas y viviendo una desenfrenada vida hasta que tuvo un encuentro personal con el Jesucristo en la Comunidad Cenáculo. 
Hoy totalmente recuperado cuenta cómo logró salir del infierno. 

Una infancia difícil

«Me llamo Juan y soy español. Mi infancia estuvo marcada por un papá muy exigente, que pretendía mucho de sus hijos. Cuando murió, yo tenía quince años y estaba tan enojado con él y tan herido ¡que casi estaba contento! Hoy lo lamento porque no supe apreciar su amor. Ahora he comprendido que ése era su modo de quererme: insistir en decirme que tenía que estudiar para ser “alguien” en la vida, pero yo desgraciadamente no logré entenderlo ni agradecerlo. Todavía no lo he perdonado plenamente, pero tengo voluntad, sé que me quiso y que se esforzó mucho por la familia, y él también tenía sus dificultades.

»Reconozco que gran parte de mis problemas comenzaron allí: trataba de ir bien en la escuela sólo para que mi padre estuviera contento al final del trimestre, de lo contrario se enojaba mucho.

Miedo a mí padre

»Recuerdo todavía cuando llegaba a casa con la libreta escolar, ya sabiendo que mi padre se enojaría porque yo era un desastre. Siempre le tuve tanto miedo que nunca me abrí al diálogo, nunca le pedí ayuda, y así viví toda mi infancia en un silencio grande y triste.

»Nuestra familia está compuesta por cinco hermanos y una hermana: uno de ellos, Carlos, siempre estuvo cerca de mí después de la muerte de mi padre preocupándose por lo que hacía. Desgraciadamente él ya estaba por el mal camino y yo lo seguí. Gracias a Dios un día entró en la Comunidad Cenáculo y se puso a rezar por mí, también rezaban muchos amigos, hizo muchos ayunos y sacrificios durante meses, sin que yo lo supiera. Luego un día vino a buscarme a Madrid, a mi casa, para sacarme afuera de las tinieblas y llevarme de nuevo a la luz.

Un accidente de tráfico

»Después del último accidente automovilístico que había tenido, no lograba aceptar que había perdido una mano, que se me había derrumbado el mito del “chico lindo”, fuerte e inteligente, no me sentía más “nadie” y toqué fondo. Mi hermano me alcanzó la mano de la Comunidad Cenáculo pero en ese momento no quería ni escuchar hablar del tema.

»Hoy todavía no me explico cómo entré en la Comunidad Cenáculo: no quería vivir con drogadictos. No me aceptaba a mí mismo. . . ¡ni qué pensar a los demás! Pero se dio el milagro: entré en la casa donde estaba mi hermano y me di cuenta que esos chicos no eran los drogadictos “duros” y malos que me imaginaba, con los que pensaba que debía luchar como lo hacía en la calle; me encontré en cambio con jóvenes llenos de ganas de vivir y deseosos de ayudarme, y así me dejé envolver por su bien. También con esfuerzo probé ponerme de rodillas.

Háblale a Jesús aunque no creas

»Mi hermano me decía: “Ve delante de la Eucaristía y habla con Jesús aunque no creas”; yo respondía: “Pero si no creo, ¿cómo hago para hablar con Él?”. En esos días estaba comenzando la cuaresma y con otros chicos me puse el propósito de levantarme a las dos de la madrugada para rezar. Allí encontré algo que me “impulsaba”, que me sostenía: no me sentí más solo, había Alguien junto a mí que me ayudaba cada día.

»Después de cinco meses en la Comunidad Cenáculo me fijé en el sol, en los pajaritos, en la primavera que llegaba y me dije: “¿Pero te das cuenta cómo ya no veías nada de la belleza de la vida?”.

Sentirme amado

»Me sentía amado, había siempre alguien que me preguntaba: “¿Cómo estás?”, y comencé también yo a querer a los demás, a construir buenas amistades en la verdad y en la confianza, a entregarme a los chicos jóvenes que entraron después que yo, transmitiéndoles lo que me había hecho bien.

»Al principio era muy orgulloso: si transportábamos troncos, el más grande lo quería llevar siempre yo, y con un sólo brazo, quería demostrarles a los demás que yo era el más fuerte. Me dí cuenta que mi dificultad era aceptarme a mí mismo, quererme por lo que soy, aceptar mi vida así como era. Tuve que aprender a pedir ayuda, a decir: “Por favor, ¿me das una mano para atarme los zapatos? ¿Me ayudas a llevar este tronco?”, ésta fue para mí la batalla y la victoria más grande.

Rescatar a otro hermano

»Después de un tiempo fui a casa por la prótesis y pensé en mi otro hermano que vivía en París, también él desesperado y necesitado de ayuda. Fui a verlo y le dije: “Pudo nuestro hermano Carlos, estoy pudiendo yo, ¡tú también puedes!”. Pero él se justificaba diciendo que no podía entrar en Comunidad por el trabajo y el hijo. Yo insistía diciéndole: “Ven, prueba y después verás. El trabajo no es más importante que la vida y tu hijo necesita un padre que esté bien, no un borracho. ¡Hace muchos años que bebes y ni siquiera te das cuenta!”.

»Volví a la Fraternidad de Lourdes y comencé a rezar por él, y lo más lindo fue que el responsable de la casa me dijo: “Me uno a ti para ayunar y hacer adoración”.

»Durante tres años perseveré en la oración y esto me hizo mucho bien antes que nada a mí, me reforzó el carácter y reconstruyó mi fuerza de voluntad en el bien. Y cuando un día me llamó el responsable diciéndome que mi hermano estaba llegando no podía creerlo, ¡estaba exultante de alegría!».

Para más información: www.comunitacenacolo.it

La Comunidad del Cénaculo abre casa en Barcelona

La Comunidad del Cénaculo

El centro con mayor porcentaje de éxito en la rehabilitación de drogadictos abre casa en Barcelona

Su hoja de ruta se basa en la oración, amistad y trabajo, y está fundado por la religiosa italiana Elvira Petrozzi.

Actualizado 12 julio 2011

Zenit

La Comunidad Cenáculo, dedicada a la rehabilitación de drogodependientes, ha abierto su primera casa en España, concretamente en la rectoría de la parroquia de Fogars de Montclús, en la provincia de Barcelona.

Monseñor Josep Àngel Sáiz, obispo de Terrassa, presidió el pasado 2 de julio una misa en la parroquia de la pequeña localidad, situada en pleno Montseny, con motivo de la inauguración de la casa, que acoge doce residentes en este primer momento.

En su homilía, el obispo habló sobre los pilares de la Comunidad Cenáculo: la oración, el trabajo y la amistad, y agradeció su presencia en la diócesis.

También hizo referencia al Inmaculado Corazón de María, fiesta del día, destacando la firmeza de la Virgen y su respuesta generosa a la llamada de Dios, informó el obispado de Terrassa.

A imagen de ella, añadió, los cristianos deben mantenerse firmes en medio de las dificultades y con un profundo sentido de servicio.

Después de la misa, se realizó el traslado del Santísimo al oratorio habilitado en las dependencias de la comunidad y finalmente los asistentes, cerca de un centenar, compartieron un refrigerio.

“En su momento -recuerda un comunicado del obispado de Terrassa-, responsables de la entidad se pusieron en contacto con el obispo de Terrassa para explorar la posibilidad de instalar una comunidad en el territorio diocesano, preferentemente en un espacio aislado y donde se pudiera favorecer el trabajo y la oración”.

La propuesta se trató en los organismos diocesanos y se estudió la posibilidad de ubicar las instalaciones en la rectoria de la parroquia de Fogars de Montclús.

El párroco, Ignasi Fuster, consultó la cuestión a la feligresía diseminada de la parroquia y a las autoridades locales y el proceso culminó con la firma de un convenio de cesión, entre la parroquia y la Comunidad Cenáculo.

La Comunidad del Cenáculo

La Comunidad Cenáculo es una asociación internacional fundada en Italia por la Hermana Elvira Petrozzi el año 1983.

Actualmente tiene 56 comunidades en distintos países del mundo, entre ellos los Estados Unidos, México, Brasil, Perú, Argentina, Italia, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Polonia, Austria, Francia, Inglaterra, Irlanda, Rusia y Eslovaquia.

La Comunidad Cenáculo utiliza un método en la vida en fraternidad, a través del trabajo manual y la oración, con el acompañamiento de voluntarios y profesionales y la ayuda de otras personas que han pasado por el proceso e rehabilitación.

Colaboran con la Comunidad voluntarios, consagrados y familias que viven y trabajan a tiempo completo y en total gratuidad al servicio de esta obra.

La «Casa Madre» de la Comunidad se encuentra en Saluzzo, una ciudad en la provincia de Cúneo (Piemonte), en el noroeste de Italia.

A quienes llaman a las puertas de la Comunidad se les propone un estilo de vida sencillo, familiar, orientado a descubrir el trabajo vivido como un don de Dios, la amistad verdadera y la fe en la Palabra de Dios, hecha carne en Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros.

Creemos que la vida cristiana, en su plenitud, es la respuesta verdadera a cada inquietud del hombre, y que nadie más de Aquél que lo ha creado, Dios Padre, es capaz de reconstruir los corazones confundidos y perdidos en una vida sin sentido – explica la Comunidad Cenáculo –. Nuestra fuerza quiere ser el Amor, aquel Amor que nace de la cruz de Cristo y que da vida a los muertos, libertad a los prisioneros y vista a los ciegos”.

“Somos nosotros los primeros en sorprendernos de aquello que el Señor está obrando ante de nuestros ojos y en darle las gracias porque nos hace espectadores cotidianos de su Resurrección, resultado de la cual cada día vemos la vida sonreír en los rostros de quienes habían perdido toda esperanza”, reconocen.

El 30 de mayo de 1998, en la solemnidad de Pentecostés, el obispo de Saluzzo, entonces monseñor Diego Bona, reconoció la “Comunidad Cenácolo” como “Asociación Privada de Fieles”.

La Comunidad recuerda como un momento eclesial particularmente significativo la peregrinación que hicieron a Roma en compañía de su obispo el 16 de febrero del 2000, Año del Jubileo.

Juan Pablo II saludó entonces “con afecto al numeroso grupo de jóvenes de la Comunidad Cenáculo, provenientes de Italia, Croacia y Francia, guiados por el obispo de Saluzzo, monseñor Diego Bona”.

“El Papa está con vosotros –dijo-, aprecia vuestra obra y os recuerda en su oración. No os desaniméis ante las dificultades. Que la cruz sea vuestro apoyo y que en Cristo, muerto y resucitado, encontréis el estímulo constante para perseverar en el camino emprendido, de forma que seáis testigos de esperanza en la sociedad” (Cf. Juan Pablo II, Audiencia, miércoles 16 de febrero de 2000).

En enero de 2001 fue ordenado el primer sacerdote de la Comunidad. Y en la solemnidad de Pentecostés del mismo año el obispo renovó la Aprobación Eclesial para el Cenáculo como “Asociación Pública de Fieles”.

Para más información: www.comunitacenacolo.it

COMUNIDAD DEL CENÁCULO

De las tinieblas, a la luz

Sor Elvira empezó rezando por la gente sumida en el pozo de las adicciones y terminó por poner en marcha casas donde viviesen alejados de la droga y el alcohol. Hoy, la Comunidad del Cenáculo está extendida por todo el mundo y sana las heridas, a través de la oración, el trabajo y la amistad. Incluso, en torno a la Comunidad, se han creado ramas de consagrados, familias voluntarias y hasta misiones en Iberoamérica

Un informe de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito, publicado el jueves pasado en Viena, certificaba que España, junto al Reino Unido, es el principal país europeo consumidor de cocaína. La mayoría de los expertos en adicciones coinciden en que la drogodependencia es el síntoma visible de un problema anterior. El Papa Juan Pablo II señaló, en varias ocasiones, que la raíz de la adicción a las drogas se encuentra «en un vacío existencial, en la falta de confianza en sí mismo, en los demás y en la vida». La consecuencia es una terrible desesperanza que invade las vidas de las personas que sufren una adicción. Y en España, hay muchas.

La Comunidad del Cenáculo, iniciada hace 27 años en Saluzzo, Italia, por sor Elvira, pone solución a este problema: acoge a las personas que viven en la tristeza por una adicción, y trabaja en torno a tres pilares: oración, trabajo y amistad. Hoy día, 58 casas repartidas en 15 países viven de la Providencia para reeducar a las personas perdidas en el camino del amor, para que pasen, de las tinieblas, a la luz. La más cercana a España es la de Lourdes, en Francia, en la que viven 7 españoles, algunos de los cuales vendrán a la diócesis de Tarrasa, el próximo domingo, para dar su testimonio en un Encuentro en el que se reunirán familiares y amigos de esta institución, que llevan años rezando para que se abra una Comunidad en Barcelona. Incluso hay una casa propuesta que, uno de los responsables internacionales, el padre Stefano, visitará para continuar con el proceso de apertura.

Decía Benedicto XVI, en su Viaje apostólico de 2007 a Brasil, cuando visitó las Haciendas de la Esperanza -iniciativas de estructura similar a las Comunidades del Cenáculo-, que «la reinserción en la sociedad constituye una prueba de la eficacia. Pero lo que confirma la validez del trabajo son las conversiones. No basta curar el cuerpo; es necesario adornar el alma con los dones divinos más preciosos recibidos en el Bautismo».

Amigos del Cenáculo

Sor Elvira no pone en marcha una casa si no hay oración que la sostenga. Esa es la labor de los Amigos del Cenáculo. En España, en San Cugat del Vallés, la parroquia San Juan Bautista se reúne cada lunes para rezar por que pronto se cree una Comunidad. Javier García, un feligrés, señala que «es fundamental que tantos chicos y chicas que están sufriendo en España no sólo se curen físicamente, sino que se renueven espiritualmente. Necesitamos hombres y mujeres con una fe madura». También en Madrid, en una parroquia de Boadilla del Monte -Santo Cristo de la Misericordia-, se juntan para rezar cada miércoles. Rosario Torrent conoció el año pasado a la Comunidad en la Fiesta de la Vida, que tiene lugar cada mes de julio en la Casa Madre, en el aniversario de la fundación de la primera casa en Saluzzo. «Allí pensé que esto era un milagro: no hay medicinas ni psicólogos, sólo oración. ¡Cómo no vamos a tener esto en España, con la necesidad que hay!» Rosario acaba de hacer una experiencia de 10 días en una Comunidad de Turín, y sólo puede hablar del «amor que hay entre ellos. Y de que Jesús nunca está solo en el Sagrario».

Hechos, no promesas

Cuenta la fundadora que todavía no tenían capilla en la Casa Madre cuando llegaron los chicos: «Fue una gran sorpresa cuando un muchacho, en lugar de ir a trabajar, se sentó a mi lado y me preguntó qué hacíamos. ¡Rezamos! Le contesté. Se paró, escuchó el salmo y él también leyó una frase. Después de él llegó otro, y otro… Así entendí que los jóvenes me pedían que los ayudase a encontrar a Dios». La oración fue clave para Juan García, que lleva 6 años y medio en la Comunidad de Lourdes: «A los 5 meses de entrar, me fijé en el sol, en la primavera que llegaba, y me dije: ¿Pero te das cuenta cómo ya no veías nada de la belleza de la vida? Me sentía amado, siempre había alguien que me preguntaba cómo estaba, y comencé yo también a querer a los demás».

Juan llegó hasta la Comunidad de Lourdes gracias a la oración de su hermano, que años antes entró en una de las casas de Italia. La cadena no se rompió: Juan pasó meses rezando por otro de sus hermanos que vivía en París, y que, finalmente, entró en la Comunidad de Medjugorje.Desde el primer día que llegan a la casa, un ángel de la guarda de carne y hueso los acompaña día y noche. El objetivo es sujetarse unos a otros cuando se caen. Para Juan, esta figura fue fundamental, ya que, cuando llegó, «venía lleno de soledad y tristeza, porque me quedé sin amigos, sin nadie… Aquí te relacionas con las personas de una forma nueva, es amistad pura».Ahora Juan es el ángel de la guarda de los nuevos chicos españoles que llaman a la puerta del Cenáculo francés.

Cristina Sánchez
Alfa y Omega

Acabar con la pobreza

Sé que hoy voy a quedar como un villano, pero no me importa

Dar dinero al que está en la calle, será algo muy bueno para el alma, no lo niego. Pero, desde luego, no ayuda para nada a acabar con la pobreza. Si de verdad queréis acabar con la indigencia, a los que hay que ayudar es a los que luchan contra ella de un modo profesional.

14/04/11 10:49 AM

El primer edil de Madrid ha pedido una ley que permita a los alcaldes retirar a los indigentes que duermen en la calle. Como es lógico toda la progresía ha puesto el grito en el cielo. Esa progresía que cobra 70.000 euros al año sin contar las dietas.

Desde aquí quiero apoyar completamente al alcalde. En Madrid nadie tiene necesidad de dormir en la calle. Todos pueden dormir en los dormitorios municipales, en los cuales hay siempre plazas libres.

Es como cuando alguien pide en la calle dinero para comer, porque se muere de hambre. En Etiopía no lo sé, pero en Madrid son muchos los lugares donde se puede comer todos los días de beneficencia, y sea dicho de paso se les da de comer con toda la dignidad del mundo.

No niego que los que piden en la calle sean pobres. Pero su problema no se resuelve con dinero. Todos los que trabajan con ellos, saben muy bien que para ayudarles lo que hay que hacer es ayudar a las instituciones que trabajan de verdad contra la pobreza: Caritas, Misioneras de la Caridad, Hermanos de San Juan de Dios, salesianos, etc, etc, etc, un largo etcétera. Un largo etcétera que trabajan mucho y bien contra la pobreza.

Pero por mal que suene, lo que resulta bastante inútil contra la miseria es dar dinero al que pide en la calle.

Dar dinero al que está en la calle, será algo muy bueno para el alma, no lo niego. Pero, desde luego, no ayuda para nada a acabar con la pobreza. Si de verdad queréis acabar con la indigencia, a los que hay que ayudar es a los que luchan contra ella de un modo profesional.

No digo que sea así en todas partes del mundo, por supuesto, pero la pobreza en ciudades como Madrid, se ha convertido en un trabajo. No en un negocio, pero sí en un trabajo.

Una parte de los pobres no quiere trabajar, eso hay que decirlo así de claro. No hablo de lo que imagino, he conocido y conozco a varios en esa situación. Sonará todo lo mal que se quiera, pero es así. Siendo nacionales del país, pudiendo trabajar legalmente, sanos y fuertes como robles, pero no quieren trabajar. ¿Por qué? Porque una serie de abuelitas de buena voluntad (de las que van a misa todos los días) les pagan todos los días la cantidad suficiente para vivir. Con lo mínimo, pero para vivir, sí.

Otros tienen problemas mentales. Este tipo suele ser los que duermen entre cartones y buscan en los contenedores de la basura.

Otros tienen problemas con adicciones: drogas y alcohol. Estos son los más vivos. Saben dónde ponerse, cómo dar pena. Suelen sacar dinero para vivir y para mantener su adicción. Saben cómo convencer a este tipo de abuelitas de tierno corazón. El dinero de estas almas cándidas acaba en una cuenta de Suiza de un narcotraficante sudamericano, tras pasar por los bolsillos de varios intermediarios.

Por último está la mayoría de la gente pobre. Estos no están en las calles pidiendo. Están tratando de formarse, de buscar un puesto de trabajo, o trabajando de forma ilegal por horas en puestos mínimamente remunerados.

Lamento haber puesto ante los ojos de todos una verdad tan cruda y malsonante, pero las cosas son así. Hablo por experiencia. Podría poner tantos y tantos ejemplos vistos con mis propios ojos. Los de los 70.000 euros al mes hablan de teorías, yo hablo de una realidad que cualquier que trabaje con ellos sabe que es así. Pero nadie se atreve a decirla en los medios de comunicación, porque suena fatal. Pero mi único compromiso es con la verdad.

Me han quedado dos elementos más en la lista. El primero son los enfermos con deformidades y amputaciones. Antes he dicho que la mendicidad no es un negocio, pero estos sí que sacan dinero. Existe una relación proporcional entre el horror de su deformidad, y el dinero que sacan mensualmente. Como toda persona mínimamente razonable, estoy en contra de convertir las calles en escaparates de la exhibición de toda miseria física.

El último elemento que me queda en la lista son los lugares privilegiados. Entre estos se cuentan las puertas de determinadas iglesias del centro de la ciudad. No sé si las buenas y generosas viejecitas que ponen su monedita, se habrán dado cuenta de que en estas iglesias sólo hay un pobre. No importa cuánto saque el pobre al mes: sólo habrá uno. Está claro que un puesto así, digámoslo así, se tiene en propiedad. De momento, los notarios no han permitido emitir escrituras para registrar esos puestos o para transferirlos en herencia. Pero algunos de esos puestos ciertamente son tan valiosos como para valer la pena el pasar por esas formalidades burocráticas y pagar por ellas.

Yo sólo he pillado una vez a un pobre fuera de su horario de trabajo. Fue entonces cuando comprendí con un solo golpe de vista, que los andrajos de su breve jornada laboral nada tenían que ver con sus verdaderas ropas. Es más, era evidente que sus tristes enfermedades también parecían estar confinadas a aquella esquina.

Acabo con un consejo. Si queréis ayudar a los pobres, ayudadles de verdad, no os limitéis a anestesiar vuestras conciencias con unos miserables céntimos.

P. José Antonio Fortea, sacerdote

Publicado originalmente en el Blog del Padre Fortea

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