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Desintoxica con trabajo y oración

Su Comunidad Cenáculo desintoxica con trabajo y oración

«La renovación de tu hijo debes pagarla con tu conversión», dice Sor Elvira a padres de drogadictos

Actualizado 14 junio 2014

Belén Manrique/Revista Misión

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La Comunidad del Cenáculo (Comunitacenacolo.it) es una asociación católica que acoge y sana de sus adicciones a jóvenes en todo el mundo.

Su fundadora, una religiosa italiana de 76 años, cuenta a Misión la “terapia” que utiliza para reconstruir sus vidas. Ni metadona ni pastillas, sino ora et labora.

Tras descubrir el sufrimiento de los jóvenes que se drogaban en las calles de Turín (Italia) y, después de ochos años de espera en intensa oración, en 1983 la religiosa italiana sor Elvira Petrozzi se decidió a abandonar la seguridad que le brindaba su congregación, las Hermanas de la Caridad, para comenzar una nueva vida junto a ellos. 

Tenía las manos vacías pero el corazón rebosante de fe. Hoy la Comunidad del Cenáculo es una asociación internacional de fieles reconocida por el Vaticano en 2006 que, solo en Italia, cuenta con 56 casas, pero tiene otras muchas repartidas por Europa, África y América. 

En ellas, voluntarios, familias y consagrados se afanan por conseguir que los jóvenes heridos por las adicciones descubran el amor de Dios, que todo lo cura.

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-¿Qué es lo que le llevó a abandonar su congregación y fundar el Cenáculo?
-Me daba cuenta de que los jóvenes estaban marginados por esta sociedad consumista. Veía que en las familias no hay comunicación ni confianza entre los esposos, ni entre los padres y los hijos: los jóvenes estaban solos, yo los veía perdidos, como “ovejas sin pastor”, sin puntos de referencia, con tanto bienestar, coche, dinero en sus bolsillos… Y, sin embargo, tristes y muertos en el corazón. 

»En la oración me parecía percibir su grito de dolor. Sentía un impulso que no venía de mí y que no podía evitar, que iba creciendo cada vez más. No era una idea, ni siquiera yo misma sabía lo que estaba sucediendo, me sentía en la obligación de dar a los jóvenes algo que el Señor había puesto en mí para ellos. Esperé los tiempos de Dios, los “dolores del parto”, que permitieron a Dios prepararme interiormente,comprobar que lo que sentía dentro de mí no era solo un proyecto “mío”, sino “su voluntad”.

-¿Cómo se gana una monjita la confianza de jóvenes drogadictos?
-Comenzamos en una casa abandonada que el Ayuntamiento de Saluzzo, al norte de Italia, puso a nuestra disposición. Aquella casa era como la vida de los jóvenes que después han llamado a nuestra puerta: todo estaba roto, había que reconstruirlo y limpiarlo.No contaba con medios materiales, pero tenía la certeza de que Dios estaba allí con nosotros.Teníamos la vida, las manos, el entusiasmo… y así, un día tras otro, comenzamos arezar y a trabajar.

»Reconstruyendo poco a poco las paredes de la casa, los jóvenes han reconstruido su vida, la voluntad en el bien, la confianza en sí mismos, su futuro. Desde el principio les dije: “¡Aquí nadie paga por vosotros! Vosotros mismos os debéis ganar la vida arremangándoos, con vuestro sudor, descubriendo que en vosotros está la fuerza y la dignidad de una vida nueva”.

»Y ellos han confiado en ellos mismos porque antes yo he creído en ellos proponiéndoles un amor exigente. No quería que la Comunidad fuese únicamente un lugar de asistencia social, sino que deseaba que pudiesen reencontrar su dignidad de hombres a través de un camino de fe, que descubriesen que su vida es amada por Dios.Hemos sufrido y disfrutado juntos, lo que ha hecho nacer la confianza en Dios y entre nosotros. Creo en los jóvenes: ¡No es verdad que son perezosos, que son miedosos, que son indiferentes! Son capaces de compartir, de sacrificarse, de amar, pero tienen la necesidad de alguien que les enseñe todo esto viviéndolo junto con ellos, para que así puedan descubrir la calidad de vida, de don, de bien que hay en sus corazones.

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-¿Por qué se producen heridas en el corazón de los jóvenes que los arrastran a la droga y a otras dependencias?
-El verdadero mal que hay en su corazón no es la droga en sentido material, sino la mentira: piensan y viven la vida de un modo equivocado, falso. Esto primero los decepciona y después los destruye. Su verdadero problema es que no aprecian la vida, nadie les muestra su verdadero sentido y su belleza. Entonces compensan el vacío y el sufrimiento por las heridas sufridas con la droga, el alcohol y otras numerosas“huidas”, con la ilusión de alejar la tristeza de su corazón. 

»¿Por qué sucede esto? Porque los adultos ya no somos creíbles. Les ofrecemos un mundo intoxicado, falseado, que ellos rechazan. Debemos volver a ser testigos creíbles, lo cual no significa ser perfectos, sino ser verdaderos, sin máscaras. Los jóvenes valoran y creen en la sinceridad, en quien vive aquella verdad de la cual dice Jesús “que nos hace libres”.

-¿Cómo consigue acercar a los jóvenes no creyentes a la oración?
-Todavía no teníamos la capilla cuando comenzaron a llegar los jóvenes. Junto con mis primeros colaboradores, nos levantábamos antes del amanecer y rezábamos el Rosario y el breviario. Fue una gran sorpresa cuando una mañana, uno de ellos se sentó junto a mí y me dijo: “¿Qué es lo que hacéis?”. Le respondí: “Rezamos”. Se quedó y me dio a entender que él también quería aprender a rezar. En los días siguientes fueron llegando otros más… y así, después de algunos días, todos estaban en la capilla con nosotros.

»Comprendí que los jóvenes no solo me pedían una casa o un plato de comida, sino quequerían encontrar a Dios, tenían hambre y sed de Él. Así, la propuesta de la oración y de la fe vino a ser la parte fundamental del camino de re-nacimiento. El “intoxicado”, el desesperado, es uno que está buscando ardientemente el sentido profundo de la existencia, está buscando a Dios, aunque él no lo sepa. 

»Cuando entran en la Comunidad, muchos de ellos me dicen: “¡Pero yo no creo en Jesús, yo no quiero rezar!”. Y yo les respondo: “Tú has venido aquí para ser librado no solo de la droga, sino de tus miedos y de todo tu pasado. No importa si crees o no, nosotros creemos en ti y ponemos nuestra fe por ti. Intenta confiar y luego verás”

»Después de un tiempo les pregunto: “¿Te sientes como cuando llegaste?” Y ellos me responden: “¡No, algo está cambiando en mí!”. Yo sé que lo que ha comenzado la obra de cambiar el corazón de aquel joven es únicamente el amor de Dios Padre.

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-En todos estos años junto a los jóvenes, ¿qué ha aprendido de ellos?
-Yo también he cambiado y soy mejor, tengo más fe. A través de los pobres y los últimos he descubierto la esencia de la vida cristiana, que no consiste en el cansancio de subir, sino que es la capacidad de descender al nivel del último. Con los pobres, por los pobres, como los pobres, con una pobreza no material, sino de espíritu, escondida, profunda. 

»El pobrecillo te educa en el amor, en la coherencia de la fe. Aunque estuve 30 años en una congregación religiosa en la que estaba muy bien, he comprendido aquí, con ellos, que la fe es contemplar hoy el paso de Dios en mi vida, es algo dinámico: la fe es tu vida, que cada día se renueva y cambia gracias al encuentro con el Señor Resucitado. 

»Los jóvenes hoy son un montón de ruinas; no saben amar, no saben amarse; esto para ellos es una nostalgia atormentadora. Pero Dios me ha dado una mirada capaz de ver, entre esas ruinas, una fuente de agua limpia; siempre he creído que su vida vale mucho más que las equivocaciones que han cometido.

-¿Cómo pueden los padres ayudar a sus hijos para que dejen las adicciones?
-Cuando hablo con los jóvenes que acogemos, me asombro, porque su hundimiento no comenzó cuando fumaron el primer porro, sino en su infancia, cuando se rompió la confianza con sus padres y hacia la vida misma: han sufrido situaciones que han dejado dentro una grieta por la cual ha entrado el mal y los ha destruido. 

»Digo con frecuencia a las familias que he aprendido de estos jóvenes cuán importante es la unidad familiar, el pedirse perdón, el mostrar a los hijos gestos auténticos de amor: ellos han nacido de “aquel amor” y, si no lo ven, se sienten “una equivocación”, se autoinculpan por los males, los gritos y las divisiones de su familia. 

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»Pero también en este sufrimiento veo la intervención de Dios, que no abandona jamás al hombre: tantas familias que se han sentido “obligadas” a cambiar de estilo de vida, a reconocer que han vivido una vida superficial, basada solo en lo material. Cuando los padres me traían a los hijos “descontrolados”, querían “pagarnos” una renta. Pero yo no he querido nunca su dinero. Digo a los padres: la renovación de tu hijo debes pagarla con tu conversión. Proponemos a las familias un camino de fe y de encuentro con la verdad con otras familias, y muchas resucitan a un amor renovado. 

Un caso: Juan García, del hachís a la oración
Desde muy joven, la vida de Juan García comenzó a fragmentarse en mil pedazos. Elcarácter duro y depresivo de su padre hizo que tanto él como sus hermanos vivieran una infancia ausente de amor y comunicación que les llevó a refugiarse en las drogas. 

A los 13 años, Juan ya se escapaba de casa para trabajar en el mundo de la noche madrileña. “Descubrí el sexo, las drogas, el alcohol y pensé: ‘Esto es la vida’, porque en mi casa no había nada que me diera alegría”, confiesa. 

Bandas callejeras, robos, violencia y el consumo de todo tipo de sustancias formaron parte de su día a día durante años hasta el punto de que su madre, que trabajaba en la Audiencia Nacional, le advirtió de que si no abandonaba el país, acabaría en prisión. 

Exhausto y enfadado con Dios por su fracaso vital, con 31 años Juan se marchó a Italia para ingresar en el Cenáculo. 

Su hermano mayor, que ya residía en la Comunidad, había rezado durante cinco años por que así lo hiciera.

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Juan García cuenta su transformación en
la Comunidad del Cenáculo; hoy él ayuda
a otros jóvenes

“Después de cinco meses allí, me levanté una mañana y vi los pájaros y los árboles, y admiré la naturaleza por primera vez en mucho tiempo”, relata Juan.

“Empecé a querer hacer las cosas bien, a levantarme por la noche a rezar para pedir perdón por todo el daño que había hecho, tenía mucho que cambiar, pero me di cuenta de que la oración iba dando orden a mi vida, que se llenó de sentido completamente”, cuenta.

Hoy Juan lleva 10 años sin probar las drogas y ayuda a otros jóvenes a desintoxicarse.

Los maestros fueron los propios jóvenes
Ni Madre Elvira ni sus colaboradores de la Comunidad del Cenáculo cuentan con una formación especializada para ayudar a jóvenes con problemas. Estos mismos han sido sus maestros. 

Les enseñaron por ejemplo, que debían implicar a sus familias en el camino de sanación

Así, nacieron los grupos para los padres, donde los progenitores se reúnen para rezar, abrirse, perdonarse y reiniciar una vida familiar nueva. 

Por otro lado, cuando los chicos se rehabilitan, sienten la vocación de ayudar a los demás y lo hacen a través de diversos caminos. 

Unos han experimentado la llamada a consagrarse a Dios dentro de la Comunidad, otros han encontrado su vocación al matrimonio y han permanecido viviendo en el Cenáculo formando familias en misión. Y la mayoría, tras sanarse, ha querido continuar en la Comunidad para devolver lo que había recibido, haciendo de ángeles de la guarda para otros jóvenes

Así, gracias a los voluntarios, la Comunidad ha crecido y multiplicado su número de casas en todo el mundo

“No he programado nada de esto, jamás habría sido capaz de inventar una historia así”, confiesa Madre Elvira. El Cenáculo no es solo para drogodependientes, sino para cualquier chico o chica que experimente un gran vacío existencial y problemas con su familia. 

Se recomiendan tres años de estancia para una completa sanación

En España cuenta con dos casas, una en Tarrasa (Barcelona) y otra en Tarragona. 

En Madrid se han formado varios grupos de oración para que también allí se pueda abrir un hogar del Cenáculo. 

Para contactar con la Comunidad del Cenáculo en España, llamar al 680823900.

Dejan las drogas gracias al método de Sor Elvira

Comunidad del Cenáculo 

Cientos de toxicómanos dejan las drogas gracias al método de Sor Elvira: trabajar y rezar 

Hoy cuenta con más de 58 casas de rehabilitación para toxicómanos en una decena de países, una de ellas en España. 

Actualizado 16 agosto 2012 

L. Moreno/M. Velasco/ ReL 

Aunque la «Casa Madre» de la Comunidad del Cenáculo se encuentra sobre la colina de Saluzzo, una ciudad en la provincia de Cúneo (Piemonte), en el noroeste de Italia, aquí, en Medjugorje, cerca de la colina de las apariciones de la Virgen, cuentan con una de las casas más numerosas, en la que conviven 80 jóvenes adictos a la droga.
 
El alma de la comunidad es Sor Elvira Pettrozi, una religiosa italiana que, sin ninguna formación en psiquiatría o en psicología, fundó en 1983 la primera casa de acogida y ha conseguido liberar a cientos de jóvenes drogadictos de su adicción.

Trabajo, oración y amistad verdadera es lo que consigue sacar a estos jóvenes de la desesperación, la tristeza y la dependencia. Un horario muy estricto, trabajo y oración: ése es el secreto de sor Elvira.

Uno de estos jóvenes es Iván, que llegó a la comunidad huyendo de la Policía: «Fuera de aquí yo era un esclavo. Tenía mucho dinero y, cuando empezó la guerra, como me daban dinero en casa, me sentía superior a los demás. No estaba a acostumbrado a esforzarme, me hacía muchas preguntas y busqué las respuestas en lugares equivocados, hasta que la heroína fue la respuesta a todo», recuerda.

«No sabía vivir»
«Llegué drogado. Pero nadie me preguntó nada, ni qué drogas había tomado, ni si había matado a alguien, ni de qué religión era. Nadie me juzgó. Sin embargo, todos me abrazaron», recuerda conmovido. «Cuando llevaba aquí tres meses, me mandaron como trabajo ordeñar dos vacas, a las cuatro y media de la mañana. La primera noche no dormí. Si me quedaba dormido no habría leche para el desayuno, ¡y 80 ex-drogadictos me matarían! Al darme ese trabajo, entendí que confiaban en mí y entonces empecé a mejorar», prosigue Iván. 

Un ángel de la guarda
«Cuando entré me pusieron un ángel (cuidador), que era pesadísimo. Me decía por favor y gracias. Yo no estaba acostumbrado a eso y me ponía enfermo. Dormía en la litera encima de la mía, y hasta venía al cuarto de baño y llamaba a la puerta si tardaba para ver si estaba bien. 

Comprendí que el problema no era la droga: era que yo no sabía vivir. Aquí he aprendido a vivir. ¡Cristo es el Maestro que te enseña a vivir! El Señor nos ha dado otra oportunidad, ¡…a nosotros!», recalca Iván.

Mirsa, otro joven toxicómano reincidente, llegó a la comunidad cuando apenas tenía 16 años. «Empecé a drogarme muy joven. Mi vida era unos amigos que en realidad eran mis peores enemigos; una novia a la que nunca amé; la heroína y la música. Cuando llegué, yo ya había probado de todo; me había desintoxicado incluso durante dos meses, pero siempre volvía. Aquí me aceptaron como era. Desde que he entrado en la comunidad no he vuelto a pensar en drogarme», asegura Mirsa. «No tenemos chicas, ni tabaco, ni drogas, pero yo he ¡ vuelto a la vida. Estaba muerto, pero me han rescatado», asegura.

La fuerza de la oración
La comunidad del Cenáculo propone a los jóvenes que acoge un estilo de vida simple, familiar y disciplinado, basado en el redescubrimiento de la oración y del trabajo («ora et labora»). Una vida de amistad verdadera, sacrificio y fe en Jesús. La espiritualidad de la comunidad es profundamente eucarística y mariana. Se alternan en la jornada momentos de oración(rosario, adoración eucarística, liturgia de las horas) con momentos de trabajo y de ocio. Todo ello compartiendo la vida delante de la Palabra de Dios y de los hermanos.
 
Sor Elvira está convencida de que la vida cristiana, en su simplicidad y plenitud, es la respuesta a toda inquietud del corazón y que el encuentro con Dios hace renacer el hombre a toda esperanza.

La comunidad del Cenáculo, con una eficacia altísima en la sanación de drogadictos, llega a España

El centro con mayor porcentaje de éxito en la rehabilitación de drogadictos abre casa en Barcelona

De rico empresario a estar en prisión

Raúl Oreste 

De rico empresario a ir a la cárcel por tráfico de drogas… y agradecer a Dios por estar en prisión 

“Me traicionaron y fui a la cárcel por un delito contra la salud pública. Pero no les tengo rencor. Gracias a la prisión encontré a Jesús”. 

Actualizado 24 junio 2012 

Ángeles Conde/Misión 

Al entrar en el parque de El Retiro, en Madrid, un joven corre a saludar a Raúl. Hace años que se conocieron en un entorno que nada tiene que ver con estar al aire libre: la cárcel. La historia de Raúl Oreste es digna de un guion cinematográfico, pero, en esta ocasión, la realidad supera a la ficción. 

De rico empresario pasó a ser condenado por tráfico de drogas y perder su fortuna. De casi matar a un hombre en prisión pasó a predicar a Jesucristo entre las rejas y los muros de la cárcel. Cristo rompe las cadenas y Raúl lo sabe.

- ¿Cómo era su vida en Argentina?
- Era director de banco; después fui presidente de una compañía muy grande en mi país, además, tenía empresas y me creía autosuficiente. Quien se cree autosuficiente y tiene ego y soberbia es porque se está alejando de Dios. Yo me decía: “Para qué quiero a Dios si tengo dos hijas y una mujer preciosa”. Pero mi esposa enfermó de cáncer y murió.

- ¿Cuándo perdió el control?
- Después de morir mi esposa, no encontraba consuelo alguno y decidí dejar el banco y las empresas. Necesitaba ahogar el dolor y lo hice lanzándome a la noche. Había perdido el apetito de vivir y creía que la noche, la droga y cuanta mujer se cruzara en mi vida serían suficiente para recobrar la felicidad perdida. 

Cuando la noche se concibe como un modus operandi, acaba siendo nociva, y así me sucedió a mí. Quería que la noche acabara a las cinco o seis de la mañana porque así dormía durante todo el día y, como era el jefe, aparecía por la oficina cuando quería. Así, transcurrieron seis años, desde la muerte de mi mujer, en 1993, hasta que acabé encarcelado, en 1999.

- Esa vida, ¿dónde le condujo?
- Por aquel entonces creía que tenía el mundo en mis manos. Coincidí en la noche con unos antiguos conocidos con los que empecé a relacionarme cada vez más. En una ocasión, les pregunté cómo hacían para prosperar tanto, y me contestaron que traficaban con drogas. Estoy convencido de que el diablo ya me había tomado de su mano y comencé a traficar: España, Italia, los países nórdicos… Un buen día me di cuenta de que estaba matando las neuronas de los chicos. Fue entonces cuando me traicionaron y me convertí en el cabeza de turco de la trama. 

Me condenaron por un delito contra la salud pública. No les tengo rencor a esos tipos que me entregaron, porque gracias a ellos fui a la cárcel y encontré a Jesús.

- ¿Qué recuerda de sus primeros tiempos en prisión?
- Sorprendentemente, tendría que haber gritado y llorado, pero creo que Dios me dio cierta serenidad, porque ya estaba actuando en mí, y a los cuatro meses de estar allí, Él me encontró. Gracias a Cristo, por ejemplo, rechacé las drogas que me ofrecían en prisión, porque yo antes también las tomaba.

- Una vez en la cárcel, ¿cuándo “se cayó del caballo”?
- Recuerdo el momento exacto. Fue durante una pelea muy grave en la que participé. De repente, propiné un puñetazo a otro preso y cayó al suelo inconsciente. Creí que había matado a ese hombre. Me marché al patio aturdido y allí sentí a Dios en mi interior, preguntándome qué estaba haciendo con la vida que Él me había regalado. Y entonces escuché una canción que dice: “Cristo rompe las cadenas y nos da la libertad”. Y, efectivamente, rompió las cadenas que me tenían atado al fracaso, al odio y al desapego por la vida.

- ¿Cómo es el primer día de esa vida?
- Esa noche no dormí; pasé horas escribiendo. Escribí a la Madre, porque a mí me apresaron un 13 de mayo, el Día de la Virgen de Fátima. Ella fue la que urgió a Jesús para que actuara en mí, estoy seguro. Yo había enfermado de dolor por la muerte de mi mujer y tenía una grieta en el corazón que solo Él podía cerrar, porque es el cirujano del alma.

- Un día, peleando a puñetazos, y al otro, predicando a Cristo. ¿Cómo se produce esa transición?
- Pasaron un par de meses desde aquel día en el patio hasta que comencé a entender qué había pasado. Si San Pablo necesitó años para comprender lo que le había sucedido, ¡imagínate yo!… A los presos también les costó asumir ese cambio

Me empezaron a llamar “el loco de la Biblia”, porque la leía constantemente. Leí la Biblia durante 5.284 días. Poco a poco, incluso los jefecillos de cada módulo comenzaron a tenerme respeto. Los presos venían y me pedían que rezara por sus familias. Me rodeaba de personas que me escuchaban cuando leía la Biblia, y así se empezaron a hacer grupos de oración en la cárcel. Estuve en módulos muy conflictivos, pero así podía estar cerca de las ovejitas que más necesitaban volver al redil, y allí repartí sin parar las Biblias que me enviaban los sacerdotes y los voluntarios.

- Y, a partir de ahí, ¿cómo transcurre el resto de su condena?
- Pasé cuatro años en Soto del Real; estaba en prisión preventiva a la vez que estudiaba Psicología. Ya condenado, me trasladaron a Aranjuez, y eso fue más duro. Allí pasé dos años y ocho meses, y es donde empecé a escribir El parto en la cárcel. Fue muy difícil porque, aunque hubo conversiones preciosas, presencié muertes, suicidios y mucha desesperación. Pero eso me vivificó. Fui como el hijo pródigo, que comía las bellotas de los cerdos para poder subsistir.

- ¿Se puede llegar a tocar el corazón de alguien encarcelado?
- Sí, yo lo hice. Primero, empecé a emplear mis conocimientos en psicología con esos presos que estaban “hechos polvo”. Después, les presenté a un Jesús resucitado, hecho hombre y también preso. He comprobado que no es difícil hablar de Jesús en la cárcel, porque es una escuela de oración. Allí se reza y hay más conversiones que en cualquier parroquia, porque el dolor que se mete dentro es tan grande que cuando se oye hablar de amor y de Dios, esas palabras llegan hasta lo más profundo. 

Eso me demostró que es posible la reinserción en la sociedad, pero siempre y cuando se guíe adecuadamente a la persona; si no, pasa lo contrario. El odio y el rencor hay que dárselo a Dios para que lo convierta en amor. Él te da la sabiduría para que no tropieces en la misma piedra, pero no te quita la piedra.

– Tiene dos hijas, ¿qué pasó con ellas?
- La relación empezó a deteriorarse cuando yo comencé a frecuentar el mundo de la noche, aunque les ocultaba mi estado y, por supuesto, jamás me vieron drogarme ni vieron nada de lo que hacía. Ellas seguían muy dolidas por la muerte de su madre, y enfermaron espiritualmente. Yo me ocupaba de ellas durante el día, pero seguía saliendo todas las noches. Ahora entiendo que se alejaran de mí y se preguntaran qué hacía su padre todos los días hasta altas horas de la madrugada.

- ¿Cómo es ahora la relación con sus hijas? ¿Ha vuelto a verlas?
- Llevamos años sin vernos y ahora estoy retomando esa relación que tan deteriorada estaba. Mis hijas tienen heridas muy grandes que necesitan tiempo para sanar

Recuerdo que, cuando me detuvieron, hablé con mi hija por teléfono y me preguntó que en qué hotel me alojaba. Le dije que estaba en Soto del Real y ella me respondió que si me habían cambiado de hotel. Cuando le dije que estaba en la cárcel, hubo un silencio de 30 segundos que parecieron 30 horas. “Y nosotras, ¿qué hacemos?”, me preguntó. Al principio sí hablaba con mis hijas desde la cárcel, pero, después, la relación se resintió porque empezaron a sufrir las consecuencias de la situación. Yo perdí casi un millón de dólares en propiedades y todo mi dinero, y ellas lo padecieron.

- ¿Qué va a pasar cuando se reencuentren después de tantos años?
- Va a ser un golpe duro. Cuando me graban o me hacen alguna entrevista, les envío las imágenes. Intento prepararlas para que vean que estoy cambiado. Si no hubiera cambiado, sería imposible, por ejemplo, que mi casera no me pidiera ni el DNI para los papeles del piso, porque leyó mi libro y conocía mi historia…Ese es el nacimiento nuevo que te da Jesús.

- ¿Borraría algo de su vida?
- No, en absoluto. De todas las gracias que Dios me ha concedido, a parte de tener una mujer magnífica y dos hijas estupendas, la cárcel es la más grande. Sé que es muy fuerte decir esto.

¡Y tanto que es fuerte! Es muy difícil entender que no quiera borrar la cárcel, ni las drogas, ni el sufrimiento de su familia…

Pero es que Dios está en el sufrimiento. Tras muchos años y ahora que estoy convertido, veo que el pasado tiene que servir para crecer y no para revivir las culpas. No hay que castigarse. Yo no borraría nada porque el final fue precioso. Si yo no hubiera entrado en la cárcel, ¿dónde me hubiera encontrado el Señor? Quizá en otro sitio, pero no habría sido lo mismo. En la cárcel fui feliz a pesar de todo y a pesar del dolor y, aunque no tengo nada de lo que tenía antes, ahora soy más feliz. ¿¡Cómo no creer en Dios si Él me cambió, me quitó el dolor, me libró del fracaso y convirtió los odios y la desesperanza en ilusión y amor?! 

Un nuevo comienzo
“Cuando estás convertido, Dios te va trazando los caminos”, nos cuenta Raúl. El suyo ha estado marcado por personas que se dieron cuenta de que Cristo había hecho de él un hombre nuevo. Cáritas fue fundamental en su reinserción. Allí le proporcionaron la primera oportunidad, y con ellos sigue trabajando. Su día a día transcurre entre su trabajo en Cáritas y su labor pastoral. Desde hace 12 años, visita la cárcel periódicamente para ayudar a los presos y mostrarles que la batalla no está perdida: “Les cuento que siempre hay un motivo para vivir y que la vida está llena de grandes alegrías”. Ha publicado, además, dos libros: Un parto en la cárcel y Una luz al final del túnel.

El amor de una chica le hizo cambiar

El italiano Roberto Dichiera

Blasfemaba contra Dios, vendía drogas, pero el amor de una chica le hizo cambiar… hoy es cura

También se enganchó al alcohol y las drogas. Dejó los estudios a los 13 años. Ahora se dedica a rescatar a jóvenes de las drogas y de la calle.

Actualizado 7 marzo 2012

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El joven sacerdote italiano Roberto Dichiera tiene un recurso muy poderoso para suscitar conversiones. Su propia vida es un ejemplo de cómo Dios no abandona a sus hijos y aún cuando parecen perdidos en el más profundo de los abismos si responden a la voz del Señor pueden encontrar la felicidad verdadera.

Busca rescatar jóvenes atrapados por la droga

El Padre Roberto, hoy de 37 años de edad, recorre las calles de Roma buscando rescatar a jóvenes atrapados en la adicción a las drogas, un drama que él conoce de primera mano porque lo vivió por casi diez años.

En una entrevista con ACI Prensa el Padre Dichiera, contó que se alejó de la fe católica a la edad de 12 años. “Hice la Confirmación, pero por desgracia empecé a blasfemar contra la Virgen y contra Dios“, recuerda.

A los 13 años abandonó los estudios y empezó una “escalada de transgresión, de peligros, a través de frecuentar a gente mayor que yo y a través de las discotecas, el alcohol, las drogas“.

Vendedor de droga y consumidor

“Llegué a ser un vendedor de droga y consumidor, desde éxtasis a ácido –LSD–, alucinógenos, y cocaína. No tenía ningún sentido moral, ni creía lo más mínimamente en Dios, y por cerca de 9 años no me confesé. No creía en los sacerdotes, no creía en la Iglesia, no creía en el Papa, no había leído nunca la Biblia”.

Me enamoré de una chica y fui a Misa

Un día, a la edad de 20 años, se enamoró de una joven católica y comenzó a a ir a Misa. “Ella me servía de ejemplo, con esta chica comencé a orar, a acercarme de nuevo a la confesión que de tantos años no hacía, y hacer la Comunión, recibir el cuerpo de Cristo”.

Comenzó la transformación

En los dos años siguientes, vivió una transformación total “gracias a esta chica, y a la lectura del Evangelio -que leía a escondidas para no dar gusto a mis padres católicos-“.

En junio de 1996, descubrió en una peregrinación mariana su llamado a la vida sacerdotal “algo que jamás había pensado”.

Roberto puso fin a la relación con su prometida y “con gran dificultad dejé atrás el mundo de las drogas y la transgresión. Fue un gran combate espiritual, una lucha, cuanto más me acercaba a Jesús, a la oración, a la acogida del Espíritu Santo, más sentía la tentación del maligno, de todas las propuestas que el mundo me podía hacer para permanecer siendo vendedor de droga en las discotecas”, recuerda ahora.

Pertenece a “Nuevos Horizontes”

El sacerdote ahora pertenece a la comunidad católica “Nuevos Horizontes”, fundada por la italiana Clara Amirante y que desarrolla un apostolado de apoyo a los jóvenes que viven en dificultad proponiendo valores como la solidaridad y la cooperación.

Un hombre sin Dios no puede ser feliz

Javier Pro de la Cruz. Ex drogadicto

Pasó de decir «mi dios eran las drogas» a «un hombre sin Dios no puede ser feliz»

De la mano de la fe, consiguió superar su adicción a la heroína. “Yo ahora estoy feliz, no tengo miedo”, asegura.

Actualizado 6 enero 2012

Angeles Conde/Revista Misión

Buscaron la felicidad donde, al final del camino, solo había dolor. Aquellos que eran jóvenes a finales de los años setenta y principios de los ochenta cayeron en las redes de algo cuyos efectos secundarios entonces eran muy desconocidos. Los más afortunados perdieron solo la juventud. El resto perdió la vida. Pero Javier salió y Dios fue a su encuentro. Desde entonces, es un hombre nuevo, es un hombre feliz.

Las drogas han dejado un importante rastro de dolor en muchas familias y muchos jóvenes, especialmente la heroína, que en los años setenta y ochenta dibujó un panorama devas- tador. Primero se persiguió a quienes la consumían, ya que su consumo se asociaba de forma indirecta con la delincuencia, la inseguridad ciudadana y el sida. Superados estos prejuicios, se emprendieron medidas para tratar a quienes habían quedado atrapados en esta sustancia. Y es que según el Informe sobre heroína del Plan Nacional sobre Drogas, uno de cada cuatro personas que prueba la heroína desarrolla una adicción.

De aquel entonces no solo nos llegan tragedias, sino también historias de esperanza. Nos llegan historias de superación, de personas a las que un día alguien tendió la mano y sacó de lo pro- fundo. Como le sucedió a Javier Pro de la Cruz.

Su relato comienza en el madrileño barrio de Fuencarral: “Antes de las drogas empecé a delinquir porque era pobre. robaba para mis gastos. Para ropa, para ir a los coches de choque… desde los 15 años”. Javier perdió la cuenta de las veces que había cometido pequeños hurtos. “¿Que cómo empecé con las drogas?”, pregunta, “son los ambientes. Eso estaba entre mis amistades”.

Según el Plan Nacional sobre drogas, el problema de la heroína no ha desaparecido en nuestro país, ya que se está volviendo a consumir, en esta ocasión, acompañada de la más consumida, la cocaína. En aquellos primeros años, Javier comenzó su carrera a ninguna parte con lo más barato, esnifando pegamento. “Después vinieron los canutos y las anfetaminas hasta llegar a la heroina”. Desde los 15 hasta los 19 años asegura que solo le importaba drogarse: “Robé tantas veces que ni recuerdo porque era todos los días. Solo me importaba drogarme”. A diario como un autómata, se despertaba, iba a robar, después a comprar, consumir y prácticamente, vegetar el resto del día mientras su salud física y psíquica se deterioraba: “Muchos de entonces han muerto. La droga estaba en todas partes y nadie sabía el daño que hacía”. En aquel entonces todavía no existía el Plan Nacional Sobre Drogas, la persona con un problema de consumo de drogas seguía siendo un “drogata o un yonqui” y el que se drogaba lo hacía por vicio.

Deteriorada y debilitada su voluntad, Javier recuerda con tristeza que la droga era lo que le dominaba: “Mi dios eran las drogas. No me interesaba nada, ni una chica”. Un día de aquellos que pasaban sin más pena ni gloria, la vida de Javier cambió: “Un chico me prestó su ayuda. Le dije que necesitaba dinero porque no tenía trabajo. Cuando me quité el abrigo, vio que tenía en el bolsillo una jeringuilla. Entonces me llevó a Proyecto Hombre. Empecé a hacer terapia, una terapia que consiste en volver a ser honesto, en recuperar las virtudes”. La vida de Javier comenzaba a tomar forma: “Un día, un amigo me ofreció ir a un grupo de oración y, allí, poco a poco fui encontrando la fe. Aunque, al principio pensaba que estaban un poco chalados”.

Para aquel entonces, Javier ya sabía que la heroína le había dejado otro macabro recuerdo. En algún momento de su periplo había contraído el virus del sida. Tres pastillas y una neuropatía se lo recuerdan a diario. Le preguntamos, si ahora que no hay drogas, ha recuperado el interés por las mujeres: “rehacer mi vida es algo difícil. Dios me decía que chicas no, que no se puede hacer daño a la gente. Es una situación algo complicada porque soy cristiano pero no ciego. Pero no me enfado con Dios por no estar sano, porque Él me ha curado de mis males que eran otros. Dios me ha curado de la tristeza”.

Hemos acabado de charlar con Javier. Estamos ultimando las fotografías y se extraña de ser el protagonista para nosotros. Los primeros rayos del mediodía nos sirven para retratar a un hombre nuevo. “Pero Javier, ¿de qué te extrañas?, tú eres hoy el protagonista”, le decimos. Muy serio pero muy sereno, aparta su mirada del objetivo y con la seguridad de quien sabe que la Providencia le ha socorrido, sentencia: “No, Ángeles, el protagonista de esto, es solo Dios”.

A la cárcel por voluntad propia
Los errores cometidos volvieron en forma de orden de busca y captura para Javier. La justicia reclamaba que cumpliera por sus delitos: “La gente del grupo de oración sabía que yo tenía cuentas pendientes. Les hablé de ello y de que el juez me había puesto una orden de busca y captura. Mi vida era absolutamente normal. Pero este juez no creía en la rehabilitación. Yo no quería seguir viviendo con el miedo a que me cogieran, no quería seguir perseguido, por eso, en el año 1995 me entregué y cumplí ocho meses de cárcel”.

Pero la vida ya era diferente. Era una vida sin drogas: “Yo ahora estoy feliz, no tengo miedo. En mi oración hay días que no pido nada a Dios. Solo hago silencio. Cuando estoy sin Dios no soy feliz. Un hombre sin Dios no puede ser feliz. Es una felicidad humana, pero es una felicidad que se disipa”.

Revista Misión

Era amiga de prostitutas y tuvo un hijo

De traficante de drogas, cocainómana, presidiaria y madre, a monja contemplativa

Estuvo en la cárcel tres años por llevar un paquete con droga; era amiga de prostitutas; habitual de las discotecas y del acid-house; fumaba porros y tenía una vida sexual promiscua. Se quedó embarazada a los 17. Dios le demostró que nada es imposible.

Actualizado 7 agosto 2011

Mónica Vázquez/ReL

«Vivía en la calle Preciados y frecuentaba la noche. Meencantaba estar en ese ambiente de los que fumaban porros, las prostitutas, los borrachos, serenos; iba por los bares de la calle Montera y de Fuencarral, donde estaban los gays y lesbianas; tenía una vida sexual muy activa y me quedé embarazada a los 17», comenta Elsa, originaria de La Rioja.

«Iba a la iglesia del Carmen a llorar esta doble vida porque dentro sentía como una agonía», asegura. Querer sacar a su hijo adelante fue lo que la impulsó a aceptar llevar un paquete con droga a Canarias, por lo que le ofrecían una gran cantidad de dinero. La Policía la detuvo y estuvo tres años presa en la antigua cárcel de Yeserías. «Fue una experiencia maravillosa. Se sufre mucho en la cárcel, pero en el sufrimiento he llegado al entendimiento», indica con sabiduría. Cuando le dieron la ficha de salida la rompió y dejó la prisión a los dos meses. «No quería salir por lo mal que me había tratado mi familia en las visitas», confiesa.

Un encuentro carismático

Una vez fuera de la cárcel participó de un encuentro de la Confraternidad Carcelaria de España al que iba a asistir monseñor Milingo, aunque finalmente fue presidido por el entonces obispo auxiliar de Madrid, Javier Martínez. «El primer día, varios presos salieron a dar testimonio y sentí una fuerza que me impulsó a ir frente al micrófono», señala. Allí, la directora de Confraternidad Carcelaria, Carmen Rubio, le invitó a la adoración nocturna de los viernes en la calle Fomento, 13, donde empezó a ir.Jesús había puesto su semilla, pero el ambiente del piso de acogida donde residía entonces no la ayudóa desarrollar su espiritualidad. «Comencé a consumir cocaína y cada vez aumentaba las dosis. Me salvó la llamada de mi hijo que estaba en La Rioja. Me dijo que vendría a Madrid y entonces automáticamente dejé de consumir», explica.

Un mes después del encuentro participó en la Asamblea Nacional de la Renovación Carismática Católica. Un preso le pidió que lo acompañara a la «intercesión». Ella no sabía de qué se trataba, pero vio que los demás extendían sus manos mientras oraban por él. Entonces ella también quiso que oraran por ella. «El Señor me dice que vas a ser luz para mucha gente, pero espera a la persona que te va a liberar», le señalaron. Llegó la hora de la adoración y sintió un gran desasosiego. Apareció Carmen Rubio, quien «me agarró fuertemente del brazo y me dijo que el Señor me pregunta que cuánto llevas sin confesarte . Intenté que me dejara en paz, pero ella seguía agarrándome fuertemente». Elsa vio su vida pasar como un flash por su mente. Hacía ocho años que no se confesaba. En ese instante divisó a un sacerdote y no lo dudó.

Después fue ante el Santísimo: «Sentí una fuerza tremenda, como un fuego; me desplomé con una congoja llena de alegría que no he vuelto a experimentar. Vi lo que yo era, me encontré con el Señor, empezaron a cantar Cristo rompe las cadenas », prosigue.

Borrachera mental

En la eucaristía hubo varias curaciones. «Yo creí que estaban todos comprados -dice en referencia a los que levantaban la mano para decir que habían sido sanados- y de repente el padre Robert de Grandis afirmó con fuerza: El Señor me dice que quienes sientan como una borrachera mental estarán empezando a amar la eucaristía , y una fuerza me hizo levantar el brazo», continúa.

«Ya no era la misma, el Señor me había transformado».«Entonces me di cuenta de que mi vocación y el Señor habían estado siempre. Pero pensaba que no podía ser monja por mi hijo. Sin embargo, a cada monasterio que entraba por curiosidad me decían que había una madre monja, y en el de Cañas de La Rioja me señalaron que existía una abuela que tenía siete nietos. Además los libros de espiritualidad que me encontraba era de santas que habían sido madres», añade. El hijo de Elsa, ya con 18 años, ingresó en el Ejército, y entonces se sintió libre de responsabilidades para entrar al convento.

Ahora es una monja dicharachera que vive haciendo reír a los demás. «A mis compañeras del convento las pincho para que tengan de qué confesarse», narra divertida. Es parte de su carácter. «Cuando era niña me comía las hostias que había en las ofrendas para obligarle al cura a abrir el sagrario, porque me decían que ahí estaba Cristo», ríe a carcajadas. Ahora ya es feliz.

Pertenece a la Comunidad del Cenáculo

Tras vivir un infierno como drogadicto, cambió de vida gracias a las oraciones de sus amigos

Conoció la Comunidad gracias a una amiga, y fue el camino que le llevó a dejar las drogas. Ahora es un chico normal que agradece cada dia a Dios y a sus padres que esté vivo.

Actualizado 30 julio 2011

ReL

ReL se ha echo eco de este tremendo testimonio de Henry, un joven que bajó a los infiernos por la adicción a las drogas, y de cómo gracias a la ayuda de todos los que le rodearon y de Dios, pudo salir adelante.

De Bélgica al Cenáculo

»Soy Henry, tengo treinta años y soy de Bélgica. Agradezco poder compartir lo más bello de mi vida. Desde que era niño Dios estuvo presente en mi  historia. Es verdad que en mi familia sucedieron cosas un poco desagradables, pero Dios también estaba presente en esos momentos, Él no nos abandonaba.

Me iba a la iglesia cuando mis padres discutían

»Me acuerdo que cuando mis padres discutían y sucedían cosas feas, yo me iba a la parte trasera de la casa donde había un sendero que llevaba directamente a la iglesia, entraba, me iba delante del Santísimo y le pedía a Jesús que mis padres dejaran de pelear. Si me preguntan cómo podía hacer esto, quién me lo había enseñado, por qué…¡no sabría qué responder!. Era algo presente en mi corazón, independiente de todo lo demás.

»Como muchos de los jóvenes de la Comunidad, también yo me drogué, consumía heroína y cocaína.  Llegué al Cenaculo muy joven, era un adolescente muerto, desesperado. Conocí la Comunidad por una amiga de una tía que presenció un testimonio en Medjugorje. Pronto me encontré en medio de esos jóvenes, ésta también es una historia que todavía hoy no la comprendo bien. Cuando entré sentí una sensación de estar “en casa”, de familia, viendo a los jóvenes sentí que era mi lugar. Claro que dentro de mí lo negaba; todos los días me quería ir porque había que vivir muchas dificultades, pero después decidí aceptar lo que se me proponía y conocí la amistad verdadera, el trabajo, la disciplina, cosas que me faltaban…

Ayudé a otras personas

»Cuando reconstruí mi libertad, tuve la oportunidad de viajar, estuve dos años en Estados Unidos ayudando a otros chicos. Estas experiencias de vida bellas me hicieron encontrar a Dios, lo sentí presente en mi camino. Pero después tuve que darme cuenta que no basta el descubrimiento de una vez para solucionar los problemas de una vida: estaba en Florida pasando por un momento difícil, me di cuenta de que tenía muchas dificultades para superar, quería dejar de luchar, caminar y sufrir, y entonces me convencí de que estaba listo. Le di la espalda a Dios, no confié más en nadie.

Me distancié de Dios y recaí en la droga

»Retorné a Bélgica, encontré trabajo, una chica…pero al poco tiempo recaí en la droga, peor que antes, porque necesitaba mucho mal para sofocar la verdad que estaba dentro mío. Yo sabía muy bien que Dios existía, la conciencia lo gritaba dentro mío, pero no quería escucharlo. Terminé en la calle, era un vagabundo, me inyectaba la droga cada dos o tres horas, pedía limosna, robaba, hedía, había perdido la dignidad de hombre.

»Así estuve dos años y si no terminé muerto es porque muchas personas rezaban por mí, hasta que un día, en un estacionamiento subterráneo, drogado, una chica que conocía, me toca en la espalda y me dice: “Henri, tengo una carta de Madre Elvira para ti.” Me pregunté cómo podía ser si ella estaba en Italia. El asombro me hizo pasar el efecto de la droga, abrí y leí la carta: me decía que vuelva a la Comunidad, me hablaba de Medjugorje, sabía que estaba en un estado lamentable. Me conmocionó, me cuestionó pero no sabía cómo regresar a la Comunidad, tenía miedo de la abstinencia, no sabía cómo contactarme…pero Dios puso una señora a mi lado, como un “ángel custodio”, y con ella di los primeros pasos para dejar de drogarme, para superar la abstinencia,  para arrodillarme, llorar y arrepentirme de mis errores.

Pensamientos de cambiar de vida

»Luego entré, pero esta vez con la idea de cambiar en serio. Sabía que no me quedaría poco tiempo porque estaba regresando a casa. Cuando me encontré con Madre Elvira, me dijo: “Te esperaba.” ¡Y me abrazó!  Merecía una bofetada y en cambio me dijo: “Sabía que finalmente habías regresado.” Esto me “sacó”: yo no me perdonaba, no podía aceptarme, había escupido el plato con comida. Esta era mi herida más grande, una herida que me la había procurado yo mismo: haber recibido tanto bien y haber devuelto tanto mal. ¡Pero todo fue transformado en paz, gracias a la Misericordia de Dios y de los hermanos!

»Han pasado muchos años y cada vez me doy más cuenta de que mi vida no me pertenece. Aún en Comunidad, si dejo de rezar, dejo de sonreír, no me quiero más, no logro quererme ni querer a los demás. Cuando rezo, en cambio, no sé por qué, amo y logro hacer cosas inimaginables, descubro dones que no sabía que tenía, soy feliz.

Estoy vivo gracias a Dios

»Hoy le agradezco a Dios estar todavía vivo, y le agradezco a todos los que rezaron por mí. Lamento haberles hecho tanto daño a mis padres y sufrí mucho tiempo porque sentía mucha distancia con ellos. Pero este año sucedió un milagro: comenzaron a ir al grupo de padres y viví una gran alegría por eso.

»Hoy amo a mis padres, no siento más odio ni rencor, algo cambió como si dentro de mí se hubiera abierto un horizonte y un espacio de libertad y de paz que nunca conocí. ¡Los quiero, papá y mamá, gracias a Dios y a ustedes por el don de la vida!».

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