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Los Pilares de la tierra

Actualizado 16 octubre 2010

Luis Lopez-Cozar

“Las ideologías que hoy dominan, que se imponen con fuerza, hacen vacilar los fundamentos de la tierra. Con los problemas climáticos vemos hoy cómo son amenazados los fundamentos de la tierra, los fundamentos externos. Ocurre porque vacilan los fundamentos interiores, los fundamentos morales y religiosos. Sin embargo, los fundamentos de la tierra no pueden vacilar si permanece firme la fe.

El Salmo 81 nos dice que cuando los que parecían dioses no son dioses, pierden el carácter divino, caen a tierra. La verdadera sabiduría nos explica que estas ideologias son divinidades, que deben ser desenmascaradas, desveladas, pues no son Dios. Es el proceso de transformación del mundo, que cuesta la sangre, cuesta el sufrimiento de los testigos de Cristo. Y, si miramos bien, vemos que este proceso nunca ha terminado. Se realiza en los diversos periodos de la historia de formas siempre nuevas; también hoy, en este momento, en el que Cristo, el único Hijo de Dios, debe nacer para el mundo con la caída de los dioses: los poderes, caen y se convierten en súbditos del único Señor Jesucristo.

De esta lucha en la que estamos, de esta pérdida de poder de los dioses, de esta caída de los falsos dioses, que caen porque no son divinidades, sino poderes que destruyen el mundo, habla el Apocalipsis en el capítulo 12. Se dice que el dragón pone un gran río de agua contra la mujer para arrastrarla. Y parece inevitable que la mujer se ahogue en este río. Pero la buena tierra absorbe este río y éste no puede hacerla daño. El río es fácilmente interpretable: son estas corrientes que dominan a todos y que quieren hacer desaparecer la fe de la Iglesia, la cual ya no parece tener sitio ante la fuerza de estas corrientes que se imponen como la única racionalidad, como la única forma de vivir.

Sin embargo, la tierra que absorbe estas corrientes es la fe de los sencillos, que no se deja arrastrar por estos ríos y salva a la Madre y al Hijo. Por ello el Salmo 118 dice que la fe de los sencillos es la verdadera sabiduría, que no se deja devorar por las aguas, esa es la fuerza de la Iglesia”. (Hasta aqui un extracto de la primera intervencion del Papa en el Sinodo de los Obispos para Oriente Medio, 11-10-2010)

Dos dias despues el obispo de Roma, da un paso mas en este trabajo de desenmascarar a estas falsas divinidades y hace un llamamiento para que surja una nueva generación de católicos, personas interiormente renovadas, que se comprometan en la actividad política sin complejos de inferioridad.

Este llamamiento me ha traido a la memoria el articulo del P. Iraburu que les copio, sobre cuáles han de ser los “Pilares” de esa política sin complejos:

“Resulta difícil hablar de la dimensión espiritual de la acción política. El mundo político está tan, tan, tan secularizado, que las palabras que sobre él deban ser pronunciadas y escuchadas, apenas resultan inteligibles, son un lenguaje olvidado. Cuando el pueblo cristiano, con sus representantes políticos, intenta sanear la Ciudad del Diablo, liberarla con la fuerza de Cristo de tantas divinidades –leyes criminales, abortos, pornografía, divorcios, suicidios, drogas, educación perversa, televisión basura, política anti-Cristo–, ignora muchas veces, que en su lucha no se enfrenta sólamente con ejércitos de hombres carnales, sino que va ante todo, contra «los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos» (Ef 6,12).

Los políticos secularizados de hoy, y en buena parte el pueblo cristiano, ignora que «la Escritura presenta al mundo entero prisionero del pecado» (Gál 3,22), cautivo del «príncipe de este mundo» (Jn 12,31), sujeto bajo el yugo del Maligno (1Jn 5,19). Por eso muchas veces entran los católicos y sus políticos a «combatir los buenos combates de la fe» en la vida política (1Tim 6,12), sin «revestirse de la armadura de Dios» (Ef 6,13), sin tomar el escudo que les defienda de «los encendidos dardos del Maligno», sin atreverse tampoco a dar testimonio de la verdad, es decir, a blandir «la espada del espíritu» (6,16-17), «la espada de doble filo» (Heb 4,12), que es la verdad de Cristo. No entienden que al entrar en política, lo quieran o no, entran en una tremenda batalla contra el poder de las tinieblas (y que sin la fuerza del Espíritu es para ellos imposible la victoria, y que por muchas campañas, manifestaciones, recursos jurídicos y congresos que organicen –siendo buenos y convenientes todos esos medios– están condenados al fracaso).

La espiritualidad, propio de toda acción de reforma cristiana, ha de estar presente también en  la actividad política. El cristiano, también el político, no tiene para vencer los males de este mundo un arma más poderosa que la oración, el testimonio de la verdad, la eucaristía, el martirio y todo lo que es propio de la vida sobrenatural de la gracia, a saber:

1.– El reconocimiento de los males. Los falsos políticos cristianos dicen: «hay mucho por mejorar, pero el camino que llevamos [el de la democracia liberal relativista] es el bueno». Los verdaderos dicen: «vamos muy mal, y si no enderezamos el planteamiento fundamental de nuestra vida política, iremos de mal en peor»… Sin reconocimiento, sin diagnóstico verdadero de los males de la sociedad política, no puede haber tratamiento sanante adecuado.

2.– El reconocimiento de nuestras culpas. No hay política cristiana que valga si no comenzamos por ahí: «eres justo, Señor, en cuanto has hecho con nosotros, porque hemos pecado y cometido iniquidad en todo, apartándonos en todo de tus preceptos… Por eso nos entregaste al poder de enemigos injustos y apóstatas» (Dan 3,26-45). Ésa es la situación verdadera que estamos viviendo, y conviene saberlo.

3.– Los males políticos que nos abruman son castigos medicinales. Son innumerables los males que aquejan a nuestra sociedad, pero tengamos bien claro que el Señor «no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas» (Sal 102,10). Por el contrario, todo lo dispone con sabiduría y amor en su providencia, y aunque permite a veces grandes males, procura siempre el bien de los que le aman (Rm 8,28).

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