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El Camino de Santiago, camino de expiación

Son  muchos los motivos por los que se peregrina a Santiago de Compostela, especialmente en este año 2010, en el que, por ser Año Santo, el camino se convierte en un magno acontecimiento espiritual. Muchos de los que lo iniciaron, o lo van a hacer, sólo por entablar nuevas amistades, por hacer algode moda, terminan reconociendo gozosos que, durante el Camino, han tenido la inquietud de buscar la paz interior y de querer hallar y hacer el bien y, en contrapartida, buscar y obtener el perdón por las cosas mal hechas. Es impresionante ver cómo muchos peregrinos admiten sin quejas los esguinces consecuencia de las malas pisadas, las ampollas, las incomodidades de dormir sobre el suelo o, simplemente, el ir en silencio durante largos trayectos e incluso días… meditando. Ciertamente, algo ocurre durante el Camino hacia la catedral de Santiago: la experiencia demuestra que el peregrino se encuentra interiormente más renovado y purificado. distinto y sugerente, por realizar un viaje turístico a lugares llenos de monumentos y bellos paisajes o, simplemente, por seguir una tendencia

Éste es uno de los motivos para hacer el Camino o, por lo menos, para peregrinar a Santiago: ser un camino de expiación por nuestras malas acciones. Desde luego que, en esto, los cristianos tenemos una gran ventaja: creemos en un Dios que nos busca para, yendo a Él arrepentidos, perdonarnos los pecados recibiendo su gracia y, junto a la penitencia, también unas medicinas para participar en la pasión de Cristo y de expiar con Él por los pecados. La expiación tiene lugar a través de tres vías fundamentales: las penas de la vida, las penas sacramentarles y las penas buscadas.

Las primeras son los azotes de la vida (las enfermedades, la soledad, las guerras, las catástrofes naturales, todos los sufrimientos físicos o morales, los problemas económicos, el paro laboral, etc.) que sobrellevamos pacientemente y aceptamos. El sufrimiento es un misterio para todos, especialmente el sufrimiento de los inocentes; pero, sin fe en Dios, se convierte en algo inmensamente más absurdo, privándole al hombre hasta de la última esperanza de rescate. Las penas sacramentales son las impuestas por el confesor (según la medida de la culpa), y las terceras son las penas procuradas por la mortificación, es decir, espontáneamente tomadas por nosotros, según el modelo de Cristo (al comienzo de su vida pública se retiró al desierto cuarenta días en oración y ayuno total) y el ejemplo de los santos, empezando por san Pablo, en esa búsqueda voluntaria de actos de renuncia por amor y dolor por el pecado.
Esta faceta del camino está al alcance de todos los peregrinos. Y quienes asumen por iniciativa propia ciertas penalidades alcanzan un inmenso gozo y fortaleza espiritual -que no sólo sienten en su interior, sino que exteriorizan con su alegría al salir por la Puerta de la Gloria del gran Maestro Mateo-, cuando tal expiación la han hecho en desagravio por los pecados, en unión con la expiación de Cristo.

Santiago Milans del Bosch y Jordán de Urríes

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