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La Iglesia y las controversias

La oficina de comunicación de la Iglesia y la gestión de las controversias*.

Por Marc Carroggio

Publicado el 10 de Diciembre de 2009

Publicamos esta interesante ponencia de Marc Carrogio, muy oportuna, ya que las controversias en torno a la Iglesia, sus instituciones y aspectos de su doctrina se producen con monótona frecuencia. El autor, experto en comunicación institucional, se centra en la primera parte, en la Iglesia y las controversias: las características de este tipo de conflictos informativos y las del peculiar sujeto comunicativo que es la Iglesia católica, la Iglesia como religión del logos y la Iglesia como signo de contradicción. Cuestiones fundamentales a tener presentes para pasar a tratar los principios de acción de los comunicadores institucionales ante una controversia, aspectos tratados en la segunda parte de este estudio.

A mitad del siglo XIX, el entonces sacerdote John Henry Newman, decía a quienes seguían sus lecciones en la ciudad de Birmingham: “es suficiente una bula papal, un escándalo imprevisto que implique a nuestros curas o a nuestros conventos (…) para que todo el país se alce contra los católicos”. Y manifestaba asombro por el hecho de que los doctores de la Iglesia “tengan que ser humillados y silenciados tan frecuentemente, que se impriman millones de tratados y que se aprueben tantas leyes en el parlamento[1]” [contra nosotros, católicos, o contra los valores que defendemos].

La Iglesia y las controversias

Estoy convencido de que algunos comunicadores de la Iglesia sentirían hoy la tentación de pronunciar un diagnóstico semejante, dos siglos después, ante el paralelismo que es posible descubrir entre las palabras de Newman y el clima de polémica que reina en algunos países de tradición cristiana.

Partamos de tres ejemplos. El pasado mes de enero, una minoría de profesores y alumnos de la Universidad de La Sapienza, en Roma, consigue quitar al Papa el derecho de palabra, como los “doctores silenciados” de la cita de Newman. En julio de 2007, un motu proprio sobre liturgia provoca reacciones encontradas, sobre todo entre quienes van poco a la Iglesia, como las “bulas papales” de los tiempos de Newman. ¿Y qué decir de las leyes de los parlamentos? Cuando la Iglesia o un católico participa en los debates sobre la familia, la vida u otras cuestiones éticas y antropológicas fundamentales, no es raro que se le acuse de “ingerencia”, de intromisión inaceptable en los asuntos políticos del país. Ha sucedido recientemente en el Reino Unido con la llamada “Embryo bill”, en Italia con el referéndum sobre fecundación asistida y en tantas otras naciones con las leyes sobre la familia.

Evidentemente, los casos mencionados suponen una reducción de la realidad. La justicia obligaría a mencionar otros tantos ejemplos en los cuales la Iglesia es tratada con respeto e interés, como la excelente cobertura informativa de los viajes del Papa a Turquía (“el resultado fue superior a cualquier expectativa”, comentaba el portavoz vaticano, Federico Lombardi), a Austria o a Estados Unidos. Si ahora nos concentramos en los asuntos conflictivos es por una razón metodológica impuesta por el tema de la conferencia.

· Controversias clásicas, controversias mediáticas

¿A qué nos referimos, cuando hablamos hoy de controversias? La respuesta obliga a hacer una primera distinción.

Por un lado, se hallan las controversias clásicas, de naturaleza académica, apologética o científica, particularmente activas en la literatura latina y cristiana[2]. En ellas, el recurso al contraste de opiniones constituía esencialmente un método, una vía en la búsqueda de la verdad. Eran controversias de signo positivo: afirmación de la razón humana y de la posibilidad de alcanzar la verdad, al menos parcialmente.

Un ejemplo es la cátedra de “Controversias” instituida en el Colegio Romano, a poca distancia del edificio en el que nos encontramos. Tenía una finalidad mayéutica, y era manifestación de estima por el diálogo. En 1576 es nombrado titular de esa cátedra san Roberto Bellarmino. Sus lecciones confluyeron luego en una obra titulada precisamente “Las controversias”, que tuvo enorme resonancia en toda Europa.

Por otro lado, existen las que podríamos denominar controversias mediáticas o comunicativas, a las cuales nos estamos refiriendo desde el inicio y sobre las cuales versan las reflexiones sucesivas. Son las controversias en sentido moderno, típicas de la “cultura de la controversia” a la que alude el título de este seminario profesional. En estas controversias, el elemento conflictivo, la polarización, prima con frecuencia sobre la búsqueda de la verdad.

La lógica de la comunicación pública amplifica los episodios polémicos, porque el conflicto hechiza y captura la atención del ser humano. De los conflictos emerge tensión e incertidumbre, elementos que estimulan el interés por descubrir el resultado final. Es un fenómeno que se observa ya en la pelea de patio de colegio entre dos bachilleres; la reyerta atrae al resto de colegiales como un imán. Los medios de comunicación no están exentos de esta lógica del conflicto; como en las riñas del patio de colegio, las contiendas verbales y las controversias en directo tienen un efecto magnético sobre la audiencia. El conflicto es un elemento dramático clave y, por ello, se puede decir con Contreras que “el periodismo ama los conflictos” [3], ama las controversias[4]. Sin una cierta dosis de conflicto no hay talk show o debate político que resista en el prime time televisivo.

El primado del planteamiento dialéctico (lucha verbal, caricatura) es algo propio de las controversias mediáticas. Es necesario, por tanto, atenerse a la realidad, tratar de afrontarla y ver cómo obtener algo beneficioso de estas situaciones en apariencia sólo negativas.

El tema de las controversias mediáticas, y la cuestión sobre cómo situarse ante ellas, admite enfoques diversos. Las consideraciones que siguen nacen de la experiencia profesional de los últimos años y de una reflexión sobre ella. Y se enriquecen de tres lecturas de épocas y puntos de vista diversos: un tratado del siglo XIX sobre comunicación de la Iglesia, del cardenal Newman[5]; un estudio del siglo XX sobre comunicación institucional, de los profesores de Harvard Lawrence Susskind y Patrick Field[6]; y un manual de retórica del siglo XXI, del catedrático italiano Adelino Cattani[7].

Con elementos de los autores mencionados, cabe definir las controversias comunicativas o mediáticas como discrepancias públicas acerca de ideas y propuestas, que tienen carácter sistemático y generan confusión en los contenidos, tensión en las relaciones y rechazo hacia las propuestas de los interlocutores[8].

Las crisis y las controversias tienen analogías: ambas situaciones comparten negatividad y carácter público (se expresan a través de los medios de comunicación; alcanzan a un gran número de personas no especializadas en el tema discutido).

Junto a ello, crisis y controversia son fenómenos diferentes, que reclaman modos de gestión específicos.

Las crisis emanan de hechos de una cierta entidad, que pueden llevar consigo la pérdida de control: una catástrofe natural, un accidente, un caso de corrupción, una bancarrota[9]. En las controversias, en cambio, se discrepa sobre ideas, valores y propuestas. Se discute acerca de lo que es bueno y lo que es malo: eutanasia, experimentación con animales, políticas familiares, legislaciones en materia de bioética. En las controversias entran en conflicto cuestiones de principio, diversas visiones del mundo[10].

La crisis llega de modo abrupto e inesperado. La controversia, en cambio, es en cierta medida previsible.

La primera requiere una acción inmediata y a corto plazo, que limite daños potencialmente desastrosos; la controversia consiente un mayor control y pide una acción comunicativa de fondo y a largo plazo.

Por otro lado, como se apuntaba en la definición, las controversias suelen tener carácter sistemático, aunque se manifiesten de modo episódico. Si la retórica identifica la polémica –otro de los intercambios discursivos clásicos– con la lucha, la controversia sería lucha continua, un debate “sin límites de tiempo y confines previamente fijados”[11].

La parte final de la definición de “controversia mediática” destaca tres consecuencias que impiden una verdadera comunicación.

a) En primer lugar, las controversias mediáticas producen confusión en los contenidos. Tienden a deformar el mensaje, a forjar caricaturas y a propagarlas entre un público vasto. El mensaje original queda completamente alterado[12]. Un ejemplo para la historia es la lectio de Benedicto XVI en Ratisbona. El primer impacto que llegó al ciudadano corriente, descontextualizado[13], era justamente lo opuesto al núcleo central de aquel discurso del Papa: que la fe no se puede proponer con métodos diversos a los de la argumentación razonable[14]. La controversia mediática pone a los interlocutores en una posición compleja, hasta el punto que cada uno de los polos en juego podría preguntar al otro: –¿Desea hablar conmigo o con la imagen que se ha hecho de mí?[15].

b) Las controversias, por otro lado, generan tensión en las relaciones. Cuando los conflictos conciernen a bienes materiales o económicos, es relativamente fácil llegar a un conjunto de medidas que concilien los intereses de ambas partes. Sin embargo, cuando la disputa nace de la colisión de valores, el conflicto se hace interno al sujeto y casi lo identifica[16]. En la colisión de valores, se introducen fácilmente elementos de agresividad, parodias capaces de herir, acusaciones mutuas en las que el “otro lado” es tachado de ignorante o de inhumano. De las controversias, como de las guerras, emergen vencedores y vencidos, porque con frecuencia se plantean en términos de “mors tua vita mea”.

c) Las controversias, en tercer lugar, provocan rechazo sistemático hacia las propuestas del interlocutor. Evolucionan con frecuencia hacia el prejuicio o hacia el estereotipo, concepto que deriva del griego stereóstúpos (impresión, tipo), y significa literalmente “imagen rígida”, imagen “impresa” en la cabeza, que cuesta modificar[17]. Contienen un elemento de irreductibilidad de las posiciones y, como consecuencia, disminuyen o anulan la capacidad de transmitir el propio mensaje: una controversia mediática mal gestionada deja a la organización enzarzada en un entuerto comunicativo y le impide la difusión de su identidad real[18].

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