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Archivo para 14 febrero 2010

Sin noticias de Dios

sábado, 20 de febrero de 2010
José Pedro Manglano


Vida Nueva

Almudi.org - Una experiencia singularNo hay dos caminos iguales que conduzcan a Dios, pero sí unos rasgos comunes que facilitan un buen acompañamiento para descubrirlo: amar la vida, abrazar al hombre, creer en la verdad, confiar en la conciencia. No pocos jóvenes de hoy viven sin noticias de Dios, aunque expuestos a las experiencias antropológicas de siempre: el enamoramiento, la pérdida, el éxito… Ayudarles a encontrar en esas situaciones la huella de la acción amorosa de Dios no sólo contribuirá a desvelar el rostro del Padre en sus vidas, sino que hará de los cristianos “expertos en humanidad”, condición que –como repetía Juan Pablo II– reclama la nueva evangelización del tercer milenio.

Expertos en humanidad

El origen de estas páginas se encuentra en la invitación que recibí para impartir una sesión a un numeroso grupo de sacerdotes jóvenes. El título decía, nada más y nada menos, Argumentos racionales de la existencia de Dios. La invitación iba acompañada de palabras de elogio: “¡Eso que a ti se te da tan bien!”.

Busqué en la memoria alguna experiencia que le pudiese haber llevado a pensar que a mí se me daba bien acercar ateos a Dios… y no encontré ninguna persona declarada sin fe que, tras una o varias conversaciones conmigo, hubiese descubierto a Dios.

Esto ya constituía un buen punto de partida. Las demostraciones de Dios son ejercicios intelectuales de interés que raramente llevan al descubrimiento de Dios, esa experiencia singular. Singular y no plural, pues no hay dos caminos iguales. Sin embargo, aunque no haya dos iguales, sí me atrevo a decir que casi todos los descubrimientos son de la misma familia, con unos rasgos comunes sobre los que quiero tratar ahora.

Lo que propongo podría resumirlo así: un buen acompañamiento en el camino para descubrir a Dios es el de amar la vida, abrazar al hombre, creer en la verdad, confiar en la conciencia. Si el planteamiento es acertado, puede servir para acompañar a muchos jóvenes –de edad o de espíritu, porque sin juventud no hay búsqueda–, y ayudarles eficazmente a descubrir a ese Dios del que parece que no tienen noticia.

A los que echan de menos que nuestro Dios no saque pecho y se haga notar con autoridad, les digo con Rilke:

No puedes esperar que vaya Dios a ti para decirte: Existo.
Un Dios que revelara su fuerza no tendría sentido.
Debes saber que Dios te atraviesa como un soplo, desde el origen.
Y si arde tu corazón y nada expresa, entonces es que actúa dentro de ti
[1].

Dos epígrafes serán el pasillo que recorra antes de llegar a exponer mi propuesta.

El hombre, animal en tensión

Durante el mes de agosto, a la orilla del Mediterráneo, charlaba con un matrimonio amigo. Ella tenía una cuestión que le inquietaba y que deseaba tratar. Varias amigas suyas que a lo largo del curso habían sido madres, preocupadas, se habían desahogado con ella: “Avergonzadas de sí mismas, se tachan de indeseables, sufren una incomodidad que les arrastra a la tristeza; ¡miro a mi bebé… y no me siento madre! ¡No tengo derecho a hacerle esto! ¡Yo le traigo, y luego no ejerzo la maternidad! ¡No es que no me importe, pero no soy la madre que debería ser, no le miro como mira una buena madre!”.

¿Qué les ocurre? Querría dar una interpretación a este hecho; espero no separarme demasiado de la realidad. Podría pensar que estas mujeres están desconcertadas con ocasión de su maternidad. Por un lado, son madres, pero, por otro, no se reconocen madres cabales, madres ‘de verdad’. Protagonizan conscientemente una cierta contradicción: ser madre y no ser madre al mismo tiempo. Es evidente que no experimentan una contradicción absoluta –en ningún momento niegan ser madres–, pero sí una cierta tensión. Algo está tenso cuando fuerzas distintas tiran de sus extremos. En este caso, ellas sienten la tensión de distintas dimensiones de la maternidad que no son coherentes. Lo que parece entrar en contradicción son las distintas dimensiones de la maternidad.

Cualquiera que escuchase el desahogo de una de estas noveles madres le transmitiría tranquilidad: “No te preocupes, estas cuestiones van poco a poco, en la medida en que ejerzas de madre encontrarás en ti los sentimientos adecuados. Quiérele y espera”. ¿Qué verdad se oculta en todo esto? Que el hombre está emplazado a vivir entre dos ámbitos, entre los cuales necesariamente surge tensión.

Por un lado, encontramos –en ese caso planteado– la realidad fáctica de ser madre del bebé, un hecho constatable, físico, realizado, de algún modo hasta controlado y –en ocasiones– incluso manipulado por mí. Por otro lado, el mismo hecho alberga una realidad misteriosa como es la maternidad, esa dimensión que me supera, que no controlo en absoluto, sino que más bien me envuelve y dentro de la cual ni siquiera sé dar unos pocos pasos con una seguridad mínima; dimensión que tampoco sé exactamente en qué consiste. Es decir, tensión entre la realidad fáctica y la dimensión misteriosa de un mismo hecho antropológico.

Podemos decir que gran parte de las experiencias humanas son así: esconden una dimensión misteriosa. Toda realidad verdaderamente humana, a partir de un punto, permanece velada por el misterio, se nos hace inasequible, deja de imponerse por la evidencia y pasa tan sólo a invitarnos a conocerla mediante la alusión. Maternidad, vida, muerte, belleza, sufrimiento, felicidad… y tantas otras experiencias de las que conocemos un extremo, pero sólo alcanzamos a intuir el otro.

… Recurre al símbolo

El hombre ha resuelto con sabiduría esta situación. Puesto que las realidades antropológicas se nos muestran sólo en parte, y en parte permanecen veladas, lo más oportuno es asentarse en el símbolo. Un breve inciso acerca del significado de esta palabra.

Symbolum viene de symballein, verbo griego que significa concurrir, fusionar. En la antigüedad, el símbolo designaba al artilugio de dos partes complementarias, ajustadas una a otra con exactitud. Había ritos antiguos en los que dos partes de una sortija, un anillo o una placa se podían ensamblar entre sí, y era la garantía de que dos partes –personas, objetos, textos…– guardaban unidad. Un mensajero, por ejemplo, que llevase algo hasta el destinatario, exigía a éste el símbolo –la otra parte de un objeto que él llevaba perteneciente al emisor–. Poseer una parte de ese objeto daba derecho a una cosa o a recibir hospitalidad.

Es decir, el símbolo es la parte que necesita de otra para ensamblarse, y de este modo se da un reconocimiento mutuo y unidad. Mientras que sím-bolo es lo que une, dia-bolo es lo que separa, lo que divide: una buena manera de designar al causante de la confrontación y división en este mundo.

La palabra símbolo resulta tremendamente gráfica. El mundo está lleno de símbolos que se corresponden con otras dimensiones de la realidad, ocultas para nosotros pero apuntadas y presentes de algún modo en el mundo tangible. El símbolo es una respetuosa forma de referirnos a esa dimensión misteriosa de la realidad.

El teólogo K. Prümm habla de ‘la ley de la conexión entre objeto y forma’. El símbolo habla de conexión entre imágenes elocuentes y verdades espirituales. Así, el hombre toma cientos de símbolos que expresan lo que está más allá, aquello a lo que se refieren, a lo que es superior al mismo hombre. La historia muestra que el símbolo siempre ha acompañado al ser humano.

El movimiento pendular de la historia lleva desde períodos de dedicación superficial a lo exterior y sensible, a la materia y las apariencias, a otros períodos atraídos fuertemente por el símbolo y la trascendencia.

Recuerdo el pasaje de la Ilíada en que Ulises, embarcado y borracho de tesoros tomados de Troya tras su victoria, sufre en alta mar una violenta tormenta y decide aligerar la embarcación arrojando al mar los tesoros. Da orden de tirar por la borda la imagen del dios Neptuno. Los marineros se resisten y le advierten que su comportamiento puede traer sobre ellos la venganza del dios despechado. Ulises actúa como un perfecto ilustrado, que se aleja del esoterismo y del misterio, y se arroja al mundo plano del pragmatismo. Mientras tira por la borda la escultura de Neptuno, grita a su tripulación: Dejad de invocar y de temer a Neptuno. ¡Aquí no hay más que agua, viento y muerte!

Experto en problemas, negado en misterios

Las experiencias profundamente humanas se nos presentan de estos dos modos al mismo tiempo: como algo fáctico, evidentemente real, mensurable por nuestro entendimiento y resoluble por nuestra praxis, algo que está en nuestra mano; y también como algo misterioso, inabarcable para el hombre, que más bien envuelve su existencia, algo que desentrañar como buen discípulo del misterio que encierra. Cuando la persona se enfrenta al primer tipo de realidades, se enfrenta a un problema; cuando lo hace al segundo tipo de realidades, se enfrenta a un misterio.

Problemas y misterios. La forma de resolver problemas es distinta a la forma de desentrañar misterios. Los problemas tienen siempre solución, la solución me la pueden dar otros, incluso lo pueden resolver por mí. Sin embargo, los misterios se descubren viviéndolos, nadie puede hacerlo por otro y no hay fórmulas que valgan.

Nuestra cultura y sistema educativo han optado, conscientemente o no, por formar hombres expertos en resolución de problemas. Somos personas eficientes, preparadas en distintas disciplinas, en varios idiomas, y armadas de máquinas capaces de sustituir al personal de todo un ministerio, máquinas que obedecen nuestras órdenes y multiplican la eficacia, de modo que hoy hasta el más tonto hace relojes.

Pero esta opción, lamentablemente, ha tenido un precio. Quien luce ese alto perfil de homo faber es, al mismo tiempo, un perfecto negado para los misterios. ¡Ni los huele! No ve más que “agua, viento y muerte…”, lo demás no existe más que en la subjetividad. La dimensión misteriosa de la realidad se reduce a una dimensión subjetiva, sin valor ni existencia fuera del sujeto. No está en la realidad, sino solamente en el sujeto; no es real, sino creación del sujeto.

Así, si uno pregunta a un joven si con toda honradez cree en Dios, el experto en resolución de problemas cerrará los ojos y buscará entre sus sentimientos alguno que le diga que Dios existe; si nada logra alterar su sensibilidad desde el interior, se verá obligado –si quiere ser serio– a negar su existencia, al menos para él.

El ilustrado busca la respuesta a los misterios del hombre –Dios, muerte, sufrimiento, maternidad, belleza…– desde la soledad de su subjetividad. “La cultura actual, profundamente marcada por un subjetivismo que desemboca muchas veces en el individualismo extremo o en el relativismo, impulsa a los hombres a convertirse en única medida de sí mismos, perdiendo de vista otros objetivos que no estén centrados en su propio yo, transformado en único criterio de valoración de la realidad y de sus propias opciones. De este modo, el hombre tiende a replegarse cada vez más en sí mismo, a encerrarse en un microcosmos existencial asfixiante, en el que ya no tienen cabida los grandes ideales, abiertos a la transcendencia, a Dios.

En cambio, el hombre que se supera a sí mismo y no se deja encerrar en los estrechos límites de su propio egoísmo, es capaz de una mirada auténtica hacia los demás y hacia la creación. Así, toma conciencia de su característica esencial de criatura en continuo devenir, llamada a un crecimiento armonioso en todas sus dimensiones, comenzando precisamente por la interioridad, para llegar a la realización plena del proyecto que el Creador ha grabado en su ser más profundo”[2].

Por otro lado, su razón sabe que, para resolver el problema de Dios, sólo debe fiarse de ‘ideas claras y distintas’. Así, cerrado a lo que es superior a uno mismo, el misterio no tiene espacio. ¡Qué distinto es este homo faber del sabio griego! En la época tardía de la sabiduría pitagórica, se recoge: “De los bienes del saber no se debería hacer partícipe a aquellos cuya alma no está purificada. Pues no está permitido que lo que se ha obtenido con tanto esfuerzo se revele al primero que se presente, como tampoco explicar los misterios de las diosas eleusinas al profano”[3].

Efectivamente, hay grados del saber que sólo se abren al alma purificada y esforzada, paciente y en búsqueda; no se revelan al primer espíritu pragmático que pasa por la calle, por alto nivel técnico que haya alcanzado.

Abrazar al hombre

Ante esta situación, nos encontramos con tantos que no sienten ninguna necesidad de Dios, y otros muchos que querrían contar con Él pero no pueden. ¿Cómo actuar para ayudar a los hijos de nuestra cultura a descubrir a Dios? Contesto con otra pregunta. ¿Cómo nos salvó Cristo? No desde una prodigiosa fórmula de contenidos teóricos. Nos salva por su acción amorosa y su resurrección.

Para salvar al hombre se hace hombre. Desde dentro, actúa. Algo así aplica Teresa de Calcuta, que explica a sus hermanas que para ayudar a los pobres hay que ser pobre: desde dentro, viviendo lo que el pobre vive. Algo parecido podemos todos: amar la vida, abrazar al hombre, creer en la verdad, confiar en la conciencia… Acompañar al desvelamiento de Dios.

Lo diré de distintas maneras, a ver si logro darme a entender. El modo sugerido es el de acompañar a los jóvenes en sus experiencias antropológicas, con respeto y verdad. Para ayudarles a descubrir a Dios, acompañarles en su amor a la vida, en su amor al hombre y al mundo… Amar absolutamente las experiencias humanas en toda su verdad.

En este abrazo al hombre siempre se abre un camino que puede conducir a la búsqueda y encuentro con Dios. Abrazar al joven enamorado en su enamoramiento, al huérfano que perdió a su padre en el dolor de su orfandad, al exitoso profesional en su gloria pasajera, al enfermo en su enfermedad, al deportista en su afición, al artista en su búsqueda de la belleza… ¡Abrazar al hombre en su amor a la vida!

Este abrazo también tendrá en cuenta que “una pastoral de la tranquilidad, del ‘comprenderlo todo, perdonarlo todo’ (en el sentido superficial de estas palabras) se encontraría en drástica oposición con el testimonio bíblico. La pastoral justa conduciría a la verdad y ayudaría a soportar el dolor de la misma verdad”[4].

Con abrazar se quiere expresar el amar a quien y con quien vive la realidad humana y misteriosa de que se trate. El abrazo debe ser verdadero abrazo. Juan Pablo II lo hizo con espontaneidad y entereza. Vale la pena releer sus reflexiones acerca de la pastoral que llevó a cabo con jóvenes. Dice que “la principal experiencia de aquel período… fue el descubrimiento esencial de la juventud”. Y afirma que cada educador “debe conocer bien esta característica, y debe saberla reconocer en cada muchacho o muchacha; digo más, debe amar lo que es esencial para la juventud”[5].

Lo mismo con el matrimonio, con el noviazgo, con el sufrimiento físico, con el afán de combatir el mal de la injusticia… Amar lo esencial de esas realidades antropológicas. Un ejemplo puede ser el ‘¡viva la vida!’ que todos deseamos gritar y gritamos.

Dice Benedicto XVI a los jóvenes del mundo entero:

“Hubo un período –que aún no se ha superado del todo– en el que se rechazaba el cristianismo precisamente a causa de la cruz. La cruz habla de sacrificio –se decía–; la cruz es signo de negación de la vida. En cambio, nosotros queremos la vida entera, sin restricciones y sin renuncias. Queremos vivir, sólo vivir. No nos dejamos limitar por mandamientos y prohibiciones; queremos riqueza y plenitud; así se decía y se sigue diciendo todavía. Todo esto parece convincente y atractivo; es el lenguaje de la serpiente, que nos dice: ‘¡No tengáis miedo! ¡Comed tranquilamente de todos los árboles del jardín!’. Sin embargo, el Domingo de Ramos nos dice que el auténtico gran ‘sí’ es precisamente la cruz; que precisamente la cruz es el verdadero árbol de la vida. No hallamos la vida apropiándonos de ella, sino donándola. El amor es entregarse a sí mismo, y por eso es el camino de la verdadera vida, simbolizada por la cruz”[6].

Compartir con cada uno la experiencia antropológica que protagoniza, compartirla desde dentro, cualquiera que ésta sea, puede ser la situación oportuna que le haga apto para el misterio. Se pueden distinguir cuatro hitos que marcan el camino de quien vive estas experiencias, cuatro verdades que abren las puertas a Dios:

1. Soy buscador

Cualquier experiencia humanamente intensa, de primeras da a entender al hombre que no sabe lo que debe saber. Nos damos cuenta, al mismo tiempo, que seguramente no estamos donde deberíamos estar, que nuestra situación no es la adecuada, que es preciso cierto cambio para afrontar la situación. En otras palabras, nos damos cuenta de que somos hombres, un ser humano en camino.

La religión bíblica recoge las experiencias de un pueblo nómada. Israel es un pueblo en camino a su tierra prometida y, una vez alcanzada, durante mucho tiempo es un pueblo en el exilio. Esta imagen significa gráficamente lo que es la existencia humana. Nos enseña que el hombre está puesto en un camino, que este camino le lleva a un destino, que le acontecen diversos sucesos a lo largo de su vida que él tiene que buscar y descubrir. Significa, al mismo tiempo, que sus pasos pueden acercarle o alejarle de la verdad definitiva, y que también puede equivocarse.

Ciertas experiencias fuertes son ocasiones óptimas para adoptar la postura propia del buscador. No tiene sentido rebelarse por el sinsentido de ciertos sucesos, abandonar o cruzarse de brazos, protestar o huir. “Soy un buscador”, “estoy en camino”. No ahora, sino que mientras dé pasos sobre esta tierra, la búsqueda no cesará, el camino no estará terminado.

La confesión de Albert Camus es elocuente:

“He conseguido hacer mucho dinero porque de alguna forma he sido capaz de articular la desilusión del hombre por el hombre. He tocado algo en el interior de mucha gente, porque identifican en mis obras la angustia y la desesperación. Me dirigí al sinsentido y a la incertidumbre, principios básicos en los que no estoy seguro de creer aún. Esto, más que ninguna otra cosa, es lo que me consterna, ésa es la raíz de mi desesperanza. (…) Pero frente a la desesperación he encontrado motivos para tener esperanza. Por encima de todo, valoro la vida. (…) Me encuentro en algo así como un peregrinaje; buscando algo que llene el vacío que siento y que nadie más conoce. El público y los lectores de mis novelas, aunque ven ese vacío, no encuentran las repuestas en lo que están leyendo. Estoy buscando algo que el mundo no me está dando. Me siento totalmente identificado con Nicodemo, porque no comprendo eso que Jesús le dijo de que tenía que volver a nacer. Pero eso es lo que yo quiero, es a lo que yo quiero comprometer mi vida. ¡Voy a seguir luchando por alcanzar la fe!”[7]

2. Un buscador que no hace pie en todos los suelos

Vivir la vida enseña no sólo a adoptar la actitud del buscador, sino también a tomar conciencia de que la realidad le supera porque es mucho más rica que él, que vive en un mar en el que no siempre hace pie. Un buen científico como Severo Ochoa, Premio Nobel por sus investigaciones, afirmó al final de su vida a una periodista:

”No tengo ni una sola respuesta para nada de lo que de verdad me interesa. Puedes escribir bien grande que te he dicho que soy un extraño sabio… un sabio que no sabe nada”.

Esta afirmación no era pacífica. Aunque su formulación es parecida al socrático “sólo sé que no sé nada”, no tiene nada que ver. Ochoa gritaba su frustración, pues a las preguntas ¿por qué es la vida?, ¿cuál es el origen?, ¿qué es la muerte?, ¿qué hay después?, ¿sabe usted dónde está el amor de su esposa?, ¿me podría explicar sobre una pizarra por qué, al atardecer, se pone usted tan triste?… no sabía responder.

Nadie da una respuesta plena, pero él era uno de los que se plantean los misterios como si fuesen problemas, no recorren un paso hacia el misterio porque sólo se fían de la razón…: son necios sabios. Ochoa sabe que no es un ignorante sabio como Sócrates, sino un necio sabio. Su queja tenía el sabor de la frustración. Hay problemas y misterios.

El hombre buscador sabe que debe resolver los problemas como problemas, y desentrañar los misterios como misterios: acercándose a ellos respetuosamente, sabiendo que no hace pie en esas profundidades, contemplándolos y dejándose instruir, permitiendo que le envuelvan totalmente. Los misterios no tienen una resolución tan asequible como los problemas, pero son incomparablemente más gozosos y fecundos. Una pequeña luz que nos haga vislumbrar el misterio es mucho más interesante que el dominio completo de cualquier problema.

Un buscador como el cineasta Ingmar Bergman es protagonista de una interesante reacción. Escéptico, pensaba que la muerte es el fin, el paso al no-ser. Hasta que muere quien fue durante años su mujer. Aunque su razón racionalista le niega ya la posibilidad de un encuentro futuro con ella, no puede no rebelarse. Pisotea su expediente racionalista y afirma, con una extraña seguridad, que volverá a verla:

“No ha pasado un día en mi vida sin que haya pensado en la muerte. O en el que el pensamiento de la muerte no me haya tocado de alguna manera. Así que escribí una película sobre la muerte. Era El séptimo sello. Fue una muy buena terapia. A veces, lo que uno hace, lo que uno escribe… puede ser una terapia. Y en aquel caso fue así. Pero luego me pasó algo raro. Lo que pasó fue que… me salió un absceso con un principio de septicemia. Así que había que eliminar el absceso. Me lo hicieron en el hospital de Sophia Hemmet. Noté un pequeño pinchazo… y después… no pasó nada. Hay ocho horas de mi vida… que están totalmente eliminadas. Era hipersensible a aquel anestésico, y me habían puesto demasiado. Aquello me fascinó, porque pensé: ‘¿Es así, la muerte?’. Eres una luz que se enciende y entonces, un día, se apaga. Y no queda nada, ninguna llama. Así que no hay razón para temer la muerte. Es algo espléndidamente piadoso. Algo magnífico. Y, habiendo comprendido esto, yo vivía contento. Vi que podía apartar mis pensamientos cotidianos sobre la muerte. Los pensamientos seguían viniendo… sobre todo en mi hora del lobo, al alba… pero podía apartarlos diciéndome que no eran nada. En un instante, paso de ser algo a ser nada. Me gustaba esa idea. Pero luego llegó el gran problema. El problema aplastante, que fue cuando murió Ingrid, casi exactamente hace ocho años. Y, lógicamente, me dije: ‘No voy a volver a ver a Ingrid jamás. Se ha ido para siempre’. Pero lo curioso es que siento la presencia de Ingrid, sobre todo aquí en Faro. De una forma intensa. Y pienso: ‘Es imposible que sienta su presencia si no existe’. Y es que aquella operación fue una reacción química. No era la muerte de verdad, sino una muerte artificial. En la muerte real puede que Ingrid me esté esperando, y que exista. Y que venga a buscarme. Yo doy por sentado que voy a encontrarme a Ingrid. Y he eliminado por completo la pesadilla de que no vuelva a verla. Doy por sentado que voy a encontrarme con Ingrid”.

A esto me refería con lo de abrazar en toda su verdad y con respeto cada una de las experiencias antropológicas por las que nos va paseando nuestra existencia. Abrazar el hecho de la muerte nos hace conscientes de que no hacemos pie, de que estamos ante un misterio del que puedo ser buen aprendiz. Es imprescindible educarnos a vivir cómodos con el misterio. Un testimonio, aunque sea referido al caso particular de la liturgia, es el del cardenal Ratzinger:

“En los antiguos edificios monásticos se encontraban la Escuela de Señoritas y el entonces Instituto para la Formación del Niño, llamado ‘jardín de infancia’. Ha quedado particularmente grabado en mi memoria el recuerdo del ‘Santo Sepulcro’, con muchas flores y luces de colores, que se erigía entre el Viernes Santo y el Domingo de Pascua y que nos ayudaba a sentir próximo el misterio de la muerte y resurrección, a percibirlo con nuestros sentidos internos y externos, mucho antes que cualquier intento de comprensión racional”[8].

Traigo a colación este recuerdo por lo oportuno que resulta percibir el misterio con los sentidos internos y externos antes de intentar hacerlo con la razón.

3. El amor es quien me abre puertas a otras verdades

Tomando pie en la experiencia de Bergman, podríamos distinguir otro hito en la vivencia de estos misterios: es el amor a Ingrid el que le hace vislumbrar algo que la razón le negaba. Aprendemos que en las cuestiones últimas que preocupan al hombre no hay que separar pensamiento y existencia. Pensamiento y existencia se condicionan recíprocamente.

El pensamiento sabe que sus conquistas están limitadas a lo razonado. Por eso, al mismo tiempo, sabe que la persona es capaz de conquistas más amplias que se extienden a toda la realidad razonable, aunque en muchos casos no habrá sido alcanzado razonadamente. Los misterios nos ofrecen realidades razonables que no somos capaces de razonar. ¿Cómo alcanzamos esas verdades? El amor es la llave.

Lo mismo ocurre cuando, ante comportamientos de otros que no hay forma de defenderlos con la razón, lo justificamos diciendo que “son cosas del amor”. Y así es. El amor abre puertas a verdades más plenas. El amor, la relación con los demás, el encuentro con algunos cristianos, poner el afecto en juego, es algo indispensable. “Nunca se puede buscar la fe de manera aislada, sino sólo en el encuentro con personas creyentes capaces de entenderte. La fe crece siempre en comunidad”[9].

Y es que “sin una cierta cantidad de amor no se encuentra nada. Quien no se compromete un poco para vivir la experiencia de la fe y la experiencia de la Iglesia, y no afronta el riesgo de mirarla con ojos de amor, no descubrirá otra cosa que decepciones. El riesgo del amor es condición preliminar para llegar a la fe”[10].

Es más. Ese momento de la experiencia que me ayuda a buscar más allá, donde no hago pie, en el encuentro con los otros, es imprescindible porque a la misma fe cristiana le constituye ser un encuentro. “La persona, en cuanto ser relacional, ha sido creada de tal forma que se hace en el otro, y descubre también su sentido, su misión, su exigencia y posibilidades vitales en los encuentros con los demás.

Esta estructura fundamental de la existencia humana nos permite entender después la fe y el encuentro con Jesús. La fe no es un mero sistema de conocimientos, es, en esencia, el encuentro con Cristo”[11]. Es importante descubrir esta estructura del hombre en cualquiera de las situaciones antropológicas por las que atravesamos, ya que la decisión a favor de Dios es una decisión del pensamiento y, al mismo tiempo, de la vida, en sinergia.

4. Un frustrado redimible

Otro aspecto que podemos descubrir sería que el hombre frustrado por una tensión no resuelta puede ser redimido en el encuentro con Cristo, o con hombres en los que vive Cristo.

Un fabuloso diálogo entre Freud y Dios, escrito por Eric-Emmanuel Schmitt para el teatro, pone en boca del científico doctor esta queja contra Dios: “¡Le acusaría de falsas promesas!”. Lo razona con estas palabras:

Freud: El mal es la promesa incumplida… ¿qué es la muerte… sino la promesa de la vida que emana de mi sangre bajo mi piel y que nunca se cumple? ¿Por qué cuando me toco o me entrego a la embriaguez mental que es el puro placer de existir no me siento mortal? La muerte no está en ninguna parte, ni en mi vientre, ni en mi cabeza… no la siento. La muerte la conozco de oídas, me enseñaron a conocerla, ¿hubiera sabido que un día moriría si nadie me hubiera hablado de ella? Yo me creía inmortal. La muerte es traicionera, siempre ataca por la espalda, nunca de frente… lo peor de la muerte no es… la nada, es… ¡la promesa de la vida… incumplida! Por culpa de Dios. ¡Ay el dolor! ¿Qué es sino la falsa integridad del cuerpo? Un cuerpo hecho para correr, para gozar, un conjunto armónico que funciona con la exactitud de las manecillas de un reloj y aquí está vulnerado, amputado, descompuesto… El dolor no se siente en la carne, ya que toda herida es una herida del espíritu. Es la promesa incumplida, la culpa… es de Dios. El mal que los hombres se hacen los unos a los otros, ¿qué es sino la paz perdida? La promesa que había en el calor de una cabeza acurrucada entre los senos maternos… la ternura de una dulce voz que nos hablaba desde lo más profundo del corazón aunque ni siquiera comprendiéramos las palabras. La unión total con el universo que conocimos, cuando el universo no eran sino dos manos amantes que nos daban el biberón… ¿Dónde ha ido todo eso? ¿Por qué esta guerra? Promesa incumplida… de nuevo, la culpa es de Dios. Pero el peor de los males, la fina y acerada punta de la maldad, es la mente, a la que la misma inteligencia convierte en estúpida, parecería como si Dios nos hubiera dado la inteligencia únicamente para rozar sus límites… la sed… sin agua. Creemos que lo sabremos todo, que lo comprenderemos todo, y la razón nos abandona en el camino. ¡No lo sabemos todo! Y no comprenderemos nada. Aunque viviera trescientos mil años y supiera el nombre y el número de las estrellas, seguirían siendo indescifrables para mí y yo seguiría preguntándome: ¿qué hago en esta tierra con los pies hincados en el barro? Los límites de la razón… ésa es la última de las promesas incumplidas. La vida sería bella si no fuera una traición, sería fácil la vida si no hubiera creído que tenía que ser larga, alegre, justa. Esperaba demasiado, tenían que haberme creado más irracional para no esperar nada. Por eso, señor Berside, si Dios existe, es un Dios mentiroso, predica y luego abandona. Él ha creado el mal, porque el mal es la promesa que no se cumple.

Dios: Déjeme explicarle.

Freud: No quiero más explicaciones. Si Dios está contento de lo que ha hecho, del mundo que ha creado, entonces sería un dios singular, un dios cruel, un dios hipócrita, un criminal, el autor del mal de los hombres. Más le valiera no existir. Si hubiera un dios, no podría ser otro que el mismo diablo. (…) Si Dios existiera, si estuviera aquí esta noche en la que el mundo llora y mi hija está presa entre las garras de la Gestapo, le diría: ¡No existes! Si eres todopoderoso entonces eres un malvado, si no eres malvado no eres todopoderoso, perverso o limitado, no eres un dios a la altura de Dios, no es necesario que existas. Los átomos, el azar, el choque de los planetas; eso basta para explicar un mundo tan injusto… Definitivamente, no eres más que una hipótesis inútil.

La respuesta de Dios es contundente:

Dios: Y sin duda Dios te respondería así: Si pudieras ver de antemano como yo la cinta de los años venideros, serías aún más violento pero dirigirías tu acusación al verdadero responsable. Si pudieras ver más allá… Este siglo será uno de los más extraños de la Tierra. Se conocerá como el siglo del hombre, pero será el siglo de todas las pestes, como ésa que ya empieza a expandirse por Viena y de la que sólo ves los primeros bubones, pronto llegará al mundo entero y no hallará apenas resistencia. Tú te librarás de ella, Freud, considérate afortunado. A los otros, a tus amigos, a tus discípulos, a tus hermanos y a tantos inocentes los van a matar, por decenas, por millones, en falsas duchas que en lugar de agua librarán gas, y serán sus hermanos los que se lleven los cuerpos para arrojarlos a grandes fosas que luego cubrirán con cal. ¿Y sabes que los nazis harán jabón con sus grasas? Verdad que resulta extraño que pueda uno lavarse el culo con aquello que tanto se odia. Ya habrá otras pestes, pero en el origen de todas aparecerá el mismo virus, el mismo que te impide creer en mí, el orgullo. Jamás el orgullo humano habrá llegado tan lejos, hubo un tiempo en que el orgullo humano se contentaba con desafiar a Dios, hoy quiere reemplazarle. Hay una parte divina en el hombre, la que le permite negar a Dios. Tú no te contentas con menos, acabas de decirlo. El mundo, el mundo no es más que un producto del azar, una confusa y absurda obstinación de moléculas y en la ausencia del verdadero maestro sois vosotros los que, en adelante, legisláis. “Ser el señor”. Jamás esa locura tendrá tanto arraigo como en este siglo. “Dueños de la naturaleza”. Y contaminaréis la tierra y ennegreceréis las nubes. “Señores de la materia”. Y haréis temblar al mundo. “Dueños de la política”. Y crearéis el totalitarismo. “Señores de la vida”. Y temeréis tanto a la enfermedad y a la muerte que aceptaréis subsistir a cualquier precio para no vivir, sino sobrevivir anestesiados como vegetales en un invernadero. “Señores de la moral”. Y pensaréis que, ya que son los hombres los que inventan las leyes, todo vale, es decir… que nada vale. Entonces el dinero será Dios, le construiréis templos, le adoraréis y ya nadie pensará en la nada, en la ausencia del verdadero Dios. Al principio, os felicitaréis por haber matado a Dios, pero si ya nada se debe a Dios todo recae sobre el hombre, ¿no? La vanidad no conoce la angustia, os atribuiréis toda la inteligencia, jamás la historia habrá conocido filósofos más oscuros y, sin embargo, más felices. Freud, esto aún no lo ves, pero el mundo se verá privado de la luz. Y cuando un joven en una tarde de duda tan frecuente en la juventud pregunte a los hombres de su alrededor: ¿por favor, por favor, cuál es el sentido de la vida? Nadie podrá responderle. Será vuestra obra, la tuya y la de otros, eso es lo que haréis los grandes de este siglo, explicaréis: el hombre por el hombre y la vida por la vida. Y el hombre será un loco en su celda que juega una partida de ajedrez entre su inconsciente y su conciencia. ¡Freud… Freud! ¿Aún tienes la embriaguez del conquistador, del que crea pero piensa en los otros, en los que están por nacer? ¿Qué mundo les habrás dejado? El ateísmo revelado.

Dos coordenadas en la Escritura

Quizás hubiera ahorrado muchas páginas recogiendo antes estas dos directrices marcadas en el Nuevo Testamento. Una corresponde a Cristo, la otra a san Pablo. “No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud” (Mt 5, 17-19). Abrazar al hombre en sus diversas situaciones y vivirlas en plenitud. El sentido de estas palabras de Cristo tiene otro contexto, pero las parafraseo para darle un nuevo sentido.

Cualquier experiencia del hombre, si queremos vivirla en toda su verdad, llevándola a la plenitud a la que aspira, nos acercará a Cristo, posiblemente nos llevará hasta Él. La afirmación de Pablo se dirige a una de las iglesias que él fundó, en un mundo hostil a su mensaje: “Examinadlo todo, y quedaos con lo bueno” (1 Tes 5, 21). Un buen predicador exclamaba que el mundo es de quien lo ama[12].

Nada de lo bueno nos es ajeno. ¿La solidaridad es buena? Por supuesto. Que la caridad pueda expresar algo más pleno y perfecto no impide que la solidaridad, en sí misma, sea buena. La solidaridad, pues, no nos es ajena. Conviene que estemos precavidos para no cambiar la máxima del Apóstol de Tarso por otra que vendría a decir que “sólo lo perfecto nos es propio”. No: nada bueno nos es ajeno.

A este caso se refería Benedicto XVI cuando afirmaba que “la educación en la fe debe consistir antes que nada en cultivar lo bueno que hay en el hombre. El desarrollo del voluntariado, inspirado por el espíritu del Evangelio, ofrece una gran ocasión educativa”[13].

Quizás aludía a eso Juan Pablo II cuando escribía que la evangelización del tercer milenio requiere que los cristianos seamos expertos en humanidad.

Notas

[1] Para festejarme, 1899.

[2] Benedicto XVI, Orar, 35.2, tomado del 15 de noviembre de 2005.

[3] Jámblico, Vida de Pitágoras, 17.35, en Hugo Rahner, Mitos griegos en su interpretación cristiana, p. 69.

[4] Benedicto XVI, Orar, 28.9, tomado de Mirar a Cristo, pp. 99-100.

[5] Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, capítulo “Jóvenes: ¿realmente una esperanza?”, Plaza y Janés, Barcelona 1994.

[6] Domingo de Ramos, XXI JMJ, 9 abril 2006.

[7] H. Mumma, El existencialista hastiado. Conversaciones con Albert Camus (J. Á. Agejas, ed.), Voz de Papel, Madrid 2005.

[8] Benedicto XVI, Orar, 44.1, tomado de Mi vida, recuerdos, p. 24.

[9] Benedicto XVI, Orar, 36.1, tomado de Dios y el mundo, p. 301.

[10] Benedicto XVI, Orar, 1.2, tomado de ¿Por qué soy todavía cristiano?, p. 110

[11] Benedicto XVI, Orar, 11.2, tomado de Dios y el mundo, p. 235.

[12] Nguyên van Thuan, F.X., El camino de la esperanza, Edicep, Valencia 2000, pp. 81-82.

[13] Benedicto XVI, Orar, 38.1, tomado del 26 de noviembre de 2005.

Categorías:Mundo, Religión

Desiste de abortar gracias a ella

Mujer que amenazó con cuchillo a pro-vida desiste de abortar gracias a ella

NUEVA YORK, 19 Feb. 10 / 06:50 am (ACI)

Una mujer embarazada, que amenazó con un cuchillo a una activista pro-vida que se manifestaba pacíficamente en las afueras de una clínica abortista en Duluth, Minnesota (Estados Unidos), explicó que fue gracias a la valiente intervención de la joven que desistió de abortar y conservar a su bebé.

Los hechos ocurrieron el pasado 24 de noviembre de 2009 pero no fue sino hasta ahora, en el juicio que se le sigue por esta agresión, que se conoció el desistimiento de abortar de Mechelle Hall, una mujer de 26 años que amenazó con un cuchillo en la garganta a Leah Winandy, de 21 años de edad.

Ella, su madre Sarah Winandy y otros activistas se manifestaban pacíficamente en las afueras de una clínica abortista tratando de convencer a las mujeres para que no aborten a sus bebés.

“Gracias por estar allí. Si no hubieras estado allí, probablemente hubiera seguido adelante y me hubiera arrepentido el resto de mi vida. Probablemente hubiera seguido otro camino (el aborto). Estoy verdaderamente apenada por lo que le hice a ella”, declaró Hall telefónicamente al ser consultada sobre lo que piensa de Winandy.

Por su parte, Leah Winandy desde Wisconsin comentó que “estaba allí para pedirle a las madres que no maten a sus bebés en la clínica abortista. Ella (Hall) caminaba hacia mí. Sacó un cuchillo y lo blandía mientras me decía ‘no te me acerques’. Yo le dije ‘por favor no mates a tu bebé. Teme a Dios’. Me acerqué un poco más y le dije: ‘mira y escucha tu ultrasonido’. Se abalanzó sobre mí y puso el cuchillo en mi garganta”.

La oficina del fiscal que sigue el caso contactó a Leah Winandy y le preguntó si estaba de acuerdo con que a Mechelle Hall se le diera solamente libertad condicional en vez de mandarla a prisión. Ella accedió. “Perdono a Mechelle por lo que hizo y lo hago porque Dios me ha dado el perdón en mi corazón por ella”, agregó.

Mechelle Hall explicó que sabrá el sexo del bebé, que lleva en su seno desde noviembre, el próximo mes de marzo.

Por su parte, el Director Nacional de Priests for Life (Sacerdotes por la Vida), P. Frank Pavone, dijo que este caso muestra “lo que es verdad sobre quienes buscan abortar e incluso sobre quienes hacen los abortos: están confundidos y son ambivalentes. Pese a sus esfuerzos por aparecer seguros de lo que hacen, no lo están. Pese a la retórica sobre la ‘libertad de elegir’, se vuelcan al aborto porque sienten que no tienen libertad ni opción”.

“Y la lección para los activistas pro-vida es que lo que con frecuencia se presenta como ira y disgusto es el primer paso para la conversión. No debemos temerle a estas reacciones”, concluyó.

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Después del Cristo de Monteagudo….

FERRÍN CALAMITA YA SUFRIÓ AL ABOGADO

Después de querer eliminar el Cristo de Monteagudo, va a por la Cruz de Muela

El abogado oriolano José Luis Mazón va a iniciar acciones judiciales para reclamar la desaparición la Cruz de la Muela, uno de los principales símbolos que dominan el paisaje de Orihuela, enclavado desde hace un siglo en la sierra, de titularidad pública. El letrado se ampara en sentencia anticrucifijos del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Actualizado 19 febrero 2010

José Luis Mazón, presidente de la Asociación Preeminencia del Derecho abre así otro frente contra los monumentos de culto religioso católico instalados en suelo público, como ya lo hiciera días pasados con la petición de desmonte del Cristo de Monteagudo, de Murcia, contra el que ya ha presentado un recurso contencioso administrativo en el Tribunal Superior de Justicia de Madrid. El sábado pasado mil personas se manifestaron en defensa de ese símbolo en Murcia. A Mazón le parece «muy bien» que «los símbolos religiosos estén los lugares de culto, en tu coche o en tu casa, pero éstos, que no son obras de arte, están ocupando un lugar y suelo público».

En la tarjeta de presentación de este letrado oriolano están causas como la que acabó apartando de la carrera judicial al conservador juez Ferrín Calamita por frenar el proceso de adopción de una pareja homosexual. También ha propiciado una investigación del Tribunal de Cuentas sobre el dinero destinado para que el Congreso americano diera una medalla a Aznar. O la que terminó condenando en 2000 al presidente del Constitucional y a diez magistrados, a pagar una indemnización por archivar un recurso sin examinarlo. Igualmente, denunció el cobro de cursos por el juez Garzón en Nueva York.

Siete toneladas en hierro a 462 metros de altura

La actual cruz se ubicó sobre el monte que le da nombre, La Muela (462 metros de altura), en junio de 1985. Realizada en hierro galvanizado, tiene catorce metros de alto y ocho metros de cruceta. Está situada sobre una peana de otros dos metros. El conjunto pesa casi ocho mil kilos, según señala el cronista oficial de Orihuela, Antonio Luis Galiano, en un ensayo histórico sobre este monumento.

Aunque existen referencias muy antiguas, la cruz como tal domina el horizonte de la huerta y el casco urbano de Orihuela de forma casi ininterrumpida desde principios del siglo XX. La cruz original fue derribada durante la Guerra Civil y repuesta de nuevo en 1942. En la madrugada del día de Año Nuevo de 1985 la base fue aserrada en un acto cuya autoría nunca pudo ser aclarada y de ahí el origen de la actual. Al margen de su simbología religiosa forma parte de la estampa que identifica a Orihuela junto al seminario de San Miguel, y el sendero para alcanzar la cumbre donde se emplaza es muy popular entre los deportistas de la Vega.

El origen histórico de la actual cruz se sitúa, según las mismas fuentes, en el viaje que San Vicente Ferrer realizó a Orihuela en febrero de 1411 y al que se le atribuye una primera colocación.

El demonio está más presente que nunca

EL ARZOBISPO DE OVIEDO HABLA DEL «SEPARADOR»

«El demonio, en medio de un mundo que lo frivoliza, está más presente que nunca»

Muchos son los que aseguran que el diablo es un invento de los cristianos para meter miedo y tener sometidos a sus fieles. Incuso algunos lo creen entre su clero. El arzobispo de Oviedo, monseñor Sanz Montes, expone con claridad el contenido de la misión diabólica que sigue presente hoy: lograr la ruptura de la unión del hombre con Dios, mediante sutiles argucias.

Actualizado 19 febrero 2010

La sociedad postmoderna occidental es, en buena medida, descreída. No cree ni en Dios ni en el diablo, aunque a veces se recurra a este último, incluso para entretener como parte de la trama central de una serie de televisión, como sucede esta temporada en «Los hombres de Paco». Incluso, hay sacerdotes que niegan la existencia del Príncipe de las Tinieblas.

Sin embargo, «el demonio -en medio de un mundo que lo ignora y lo frivoliza- está más presente que nunca en los miedos, en los dramas, en las mentiras y en los vacíos del hombre postmoderno, aparentemente desenfadado, juguetón y divertido», como apunta el arzobispo de Oviedo, monseñor Sanz Montes, en una meditación sobre el evangelio del próximo domingo, primero de Cuaresma, en el que se relatan las tentaciones del diablo a Jesús en el desierto.

Separar al hombre de Dios

Según el prelado, en todos los nombres que el diablo recibe en la Biblia, subyace el mismo cometido de su misión: «El que separa, el que arranca; diablo, dia-bolus: el que divide», que con Jesús se manifiesta de tres formas distintas, pero que, en definitiva, se trata de «romper la comunión con el Padre Dios».

Las tres tentaciones que narra el capítulo 4 del evangelio según san Lucas son universales y por tanto, muy actuales a juicio de monseñor Sanz. Son las seducciones del «dios-tener (en todas sus manifestaciones de preocupación por el dinero, por la acumulación, por las “devociones” de lotos y azarees, por el consumo crudo y duro)»; del «dios-poder (con toda la gama de pretensiones trepadoras, que confunden el servicio a los demás con el servirse de los demás, para los porpios intereses y controles)» y del «dios-placer (con tantas, tan desdichadas y sobre todo tan deshumanizadoras formas de practicar el hedonismo, tratando de censurar inúltilmente nuestra limitación y fuinitud».

A través de ellas, el diablo trató de conducir a Jesús, y hoy a nosotros, «por un camino en el que Dios o es banal y superfluo, o es inútil y pernicioso».

Tiempo de buscar la unión con Dios

«¿Quién duda de que hay mil diablos que nos encantan y seducen desde el chantaje de sus condiciones y ponmiéndonoslo fácil y atractivo, nos separan de Dios, de los demás y denosotros mismos?», se pregunta  finalmente monseñor Sanz en su meditación, para animar a continuación a los fieles a vivir la cuaresma como «un tiempo para volvernos al Señor volviendo a unir todo cuanto el tentador ha separado».

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Abraza la Fe Romana

MONSEÑOR RICHARDSON ABRAZA LA FE ROMANA

Un antiguo obispo anglicano se muestra feliz de ser ahora «sólo un católico común»

Fuera de la oferta de acogida de Benedicto XVI a los anglicanos que quieran abrazar la fe católica, hay otros caminos. Es el caso de Paul Richardson, antiguo obispo anglicano que ahora se muestra feliz de ser «sólo un católico común», de misa diaria.

Actualizado 18 febrero 2010

Nicolás de Cárdenas/ReL

Quien fuera obispo anglicano auxiliar de Newcastle, Paul Richardson, ya se encuentra en plena comunión con la Santa Sede. Richardson, que también ejerció como prelado anglicano en Papua Nueva Guinea y en la diócesis Wangaratta en Australia – fue recibido en la Iglesia en la capilla de la Universidad de Durham el mes pasado.


Según informa Damian Thompson en el diario británico The Telegraph, Paul Richardson asegura que su conversión no es el producto de las recientes controversias relativas a la posibilidad de acceder al orden sacerdotal para mujeres y homosexuales. «Me hubiera convertido en un católico, incluso si no de la Iglesia de Inglaterra era ordenar mujeres obispos», asegura el antiguo prelado. «En cierto sentido creo que es lo que he sido siempre, así que esto es como volver a casa».

Richardson, de 63 años, no tiene previsto unirse a la estructura basada en un ordinariato prevista en la «oferta» de Benedicto XVI a los anglicanos que quieran unirse a las filas católicas, pero no ha descartado la ordenación como sacerdote católico: «No se puede saltar y decir “quiero ser ordenado”. Creo que tengo que dejar que la Iglesia me guíe sobre eso», asegura Richardson.

En la actualidad, Paul Richardson vive en Londres, donde asiste a la misa diaria en la catedral de san Jorge en Southwark con el convencimiento de que «estoy muy feliz de ser sólo un católico común».

Dejó Vancouver 2010 por religiosa

17 febrero 2010 1 Comentario

Kirstin Holum

Joven deportista dejó estrellato de Vancouver 2010 por vocación religiosa

VANCOUVER, 17 Feb. 10 / 03:46 am (ACI)

En 1998 en los Juegos Olímpicos de Nagano, en Japón, una velocista estadounidense de solo 17 años deslumbró al mundo del deporte. Más de uno se atrevió a pronosticar una carrera de éxito para Kirstin Holum y un futuro prometedor que habría llegado a su clímax en los Juegos Olímpicos de Invierno Vancouver 2010. Dios tenía otros planes para ella que decidió dejarlo todo y convertirse en religiosa.

En 1998 Holum quedó sexta en la competencia de velocidad de tres mil metros, en una disciplina dominada por atletas que en promedio están alrededor de los 30 años. En aquella oportunidad la ganadora de la medalla de oro fue la alemana, Gunda Niemann-Stirnemann, de 32. Por eso se esperaba que los juegos de Vancouver 2010 fuesen el momento cúspide en la carrera de Kirstin.

Aprendió a patinar gracias a su madre, Dianne Holum, que brilló en las olimpiadas de 1972 en donde ganó la medalla de oro en su especialidad y fue entrenadora de Eric Heiden, ganador de cinco medallas de oro en los juegos olímpicos de invierno.

En declaraciones a Yahoo Sports, Kirstin Holum, que es conocida ahora como la hermana Catherine, comenta que “el patinaje de velocidad era una inmensa parte de mi vida. Todavía me encantaba el deporte, pero tuve este llamado increíblemente fuerte que me decía que era tiempo de seguir por un camino distinto en la vida“.

Tras relatar que fue en una visita al Santuario de Fátima donde decidió consagrar su vida a Dios, la hermana Catherine cuenta que “es curioso ver cómo ha cambiado mi vida. Tuve el maravilloso privilegio de competir en una olimpiada, y ahora soy bendecida sirviendo a Dios y a aquellos menos afortunados“.

Luego de completar sus estudios en arte, incluyendo una tesis sobre las Olimpiadas en el Instituto de Arte de Chicago, Holum se unió a las Hermanas Franciscanas de la Renovación, quienes se dedican a “trabajar con los pobres, los indigentes y por la evangelización”.

La hermana Catherine comenzó su servicio en el Bronx, en Nueva York y tiempo después pasó a Leeds, Inglaterra, y vive actualmente en el convento de Saint Joseph.

“Cuando doy mi testimonio es divertido ver la reacción de los muchachos luego de decirles que estuve en una Olimpiada”, bromea y agrega que “sus ojos se abren mucho y ponen más atención. Es muy bueno compartir con ellos”.

“Sé que no exactamente lo que uno esperaría normalmente de una religiosa, pero creo que es bueno que la gente sepa que los miembros de una orden religiosa pueden llegar de cualquier contexto o forma de vida. Al final todo es cuestión del compromiso con el mensaje” del Evangelio, añade la hermana Catherine.

Pese a los años, el mundo del patinaje no olvida lo gran atleta que fue la ahora hermana Catherine. Shani Davis y Tucker Fredricks, que compiten por Estados Unidos en Vancouver 2010, y que crecieron entrenando en su época de juveniles con Holum, la recuerdan con aprecio. “Les deseo lo mejor y espero que les vaya muy bien” dijo.

“No me resulta fácil pensar que las cosas pudieron haber sido diferentes para mí y que pude haber participado de otras Olimpiadas, pero definitivamente no era el camino del Señor para mí y por ello no me arrepiento para nada del que tomé“, concluye.

El cristianismo me salvó

«ESTOY DISFRUTANDO EL DESCUBRIRME A MÍ MISMO»

Una estrella del heavy, confiesa: «El cristianismo me salvó»


El vocalista del conocido grupo de heavy metal Megadeth, Dave Mustaine, confesó recientemente que «el cristianismo me salvó». Reconoció también que de joven «era muy malo» y que luego de su conversión «es inmensa la diferencia con lo que era antes».

Actualizado 16 febrero 2010

En declaraciones al sitio Wenn, Mustaine, que también hizo parte de otro famoso y polémico grupo de este tipo de música, Metallica, señala que «una vez que cambió mi vida, pensé: “Si alguien necesitaba convertirse en cristiano, ese era yo porque antes era muy malo”».

«Realmente estoy disfrutando el descubrirme a mí mismo. No sé qué es lo que me depara el futuro, pero es inmensa la diferencia con lo que era. Me alegra no haberme rendido porque hubo algunos años en los que sentía que todo el mundo estaba molesto conmigo», contó.

«¡Hubo también muchos momentos en los que pensé que el negocio de la música estaría mejor sin mí y que hubiera debido dedicarme a pelar cebollas para vivir!», exclama en Wenn, segñun recoge ACI.

El vocalista también relata que ha pasado años de su vida pidiendo perdón a la gente y espera que también su ex esposa lo pueda perdonar. «La única persona con la que ya no tengo problemas es mi ex. La amo y somos amigos, pero la única cosa en el mundo entero que más me molesta, es que me costó mucho dejar de pelear con ella».

De pertenecer a una secta satánica a monja

LA INCREÍBLE VIDA DE MICHELA, DE «NUOVI ORIZZONTI»

De pertenecer a una secta satánica a monja, tras intentar asesinar a la que hoy es su fundadora


Michela, en la actualidad religiosa de la Comunidad Nuovi Orizzonti, tiene una vida de película. Abandonada por su madre cuando era un bebé, atrapada por una peligrosa secta satánica, convencida de la necesidad de asesinar a una monja por indicación de la sacerdotisa, que a la vez era su psiquiatra… Cuenta su testimonio en ReL con una intensidad y pasión, que a más de uno le dejará pensativo…

Actualizado 15 febrero 2010

Jesús García/ReL

Cuando se experimenta el amor de Dios, se aprende que no se puede guardar para uno mismo. Yo llevo diez años viviendo esta forma de amor. Llevando el amor a quienes no conocen el amor de Dios.

«Chiara, sácanos de este infierno»
La comunidad a la que pertenezco nació en 1984, fundada por Chiara Amirante, que comenzó a llevar la palabra de Dios a los puntos de muerte de la ciudad de Roma. Tantos jóvenes que no conocían la palabra de Dios le pedían: «Chiara, sácanos de este infierno».

No creía absolutamente nada en Dios
Yo llevo doce años en la comunidad. Tengo 40, pero cuando entré, no creía absolutamente nada en Dios. Creía que los sacerdotes y las religiosas se hacían sacerdotes y religiosas por falta de trabajo. Veía una Iglesia que solo daba reglas. Una Iglesia que prohibía todo.

Además, yo me hacía una pregunta: «Si es verdad que Dios es amor, ¿por qué en el mundo hay sufrimiento?». Me lo preguntaba porque con el sufrimiento tuve contacto apenas nací. Mi papá y mi mamá me abandonaron en un hospital recién nacida. Viví mis primeros seis años de vida en un orfanato. Dos meses después de que saliese de allí, el instituto fue clausurado por maltrato a menores. Yo había conocido todo menos el amor, y cuando un niño no conoce el amor, es difícil que de adulto sepa dar amor. Crecí rebelde. En la escuela era instrumento de santificación para los profesores.

El dinero era el dios de mi vida
A los 18 años ya eres mayor de edad en Italia, así que me fui de la casa en que vivía. Pude hacerlo porque tenía un trabajo, una ocupación. Yo era chef de cocina internacional, muy reconocida. Comencé a trabajar en Italia y el resto de Europa y el dinero empezó a ser el dios de mi vida. Cuanto más tenía, mas quería tener, pero a fin de mes no me quedaba nada.

Novios de usar y tirar
En lo referente a todo lo que pertenece al mundo de la afectividad, era un desastre. Tenía novios según la estación del año. Uno para el invierno, otro para el verano…. Y me decía: «Yo el corazón no lo meto en esto». Eran novios de usar y tirar, pero cada historia que pasaba, era una herida más que dejaba mi corazón muy lastimado.

Un novio católico-convencido
Finalmente me enamoré de una persona que todas las madres de familia soñarían para su propia hija. Era inteligente, bueno, perfecto. Pero tenía un pequeño defecto: era un chico católico, un católico convencido. Esto, para mí, solo suponía un defecto por una razón, porque cuando yo le preguntaba cuando nos íbamos a ir a la cama, él me respondía: «Después del matrimonio». Él empezó a hablarme de Dios, pero yo le dije: «Escucha Luca, las relaciones de tres no funcionan. Somos tú y yo. Punto. Dios debe quedar fuera». Él fingió seguirme la corriente.

¿Quieres casarte conmigo?
Cuando ya llevábamos dos años saliendo, vino sin avisar una noche a mi casa. Era la primera vez en ese tiempo que vino a mi casa, por lo que pensé: «Hoy lo hacemos». Pero él tenía otras razones muy diferentes en su cabeza y me dijo: «Escucha Michela, hablé con mi padre espiritual, porque tengo intención de casarme contigo». Yo me le quedé mirando un poco perpleja, pero por un solo motivo: no sabía qué era un padre espiritual. Yo le respondí: «Vamos al registro civil, pedimos una cita, estampamos nuestras firmas y ya estamos casados». Y me dijo: «No. Para mí es importante el sacramento del matrimonio. Nos dan la posibilidad de efectuar un matrimonio mixto donde tu declares ser no creyente, pero yo pueda casarme contigo dentro de la Iglesia». Entonces mi siguiente pregunta fue: «¿Y esto cuanto cuesta?». «Nada», respondió mi chico. Pensé que si no costaba nada y no perdía mi imagen de atea, podía aceptarlo. Sólo le puse una condición: «Organiza tú la boda».

Murió antes de la boda
Pusimos una fecha y él comenzó a organizar todo. Era bonito, porque de verdad que Luca era un chico fantástico. Pero nunca me llegué a casar con él. Falleció cuatro días antes de la fecha escogida.

Poco después de comenzar los preparativos, contrajo el VIH por culpa de una transfusión de sangre contaminada. Ahí entré en contacto con la primera verdad de mí vida. Porque yo, con el dinero, hasta ese día había comprado todo y a todos. Pero descubrí que había una cosa que no podía comprar: la vida de mi novio. Eso para mí fue una derrota. Luca partió para el paraíso cuatro días antes de nuestra boda y ahí se me derrumbó el mundo.

«Dios, empeñaré mi vida en destruirte»
Me enfadé con Dios por haberme quitado a mis padres. Me enfadé con Dios por haber sufrido tanta violencia desde pequeñita. Me enfadé con Dios por la muerte de Luca. La noche de su funeral, me marché a la playa y allí mismo hice un juramento: «Dios, si tú no existes, pasaré toda mi vida diciéndoselo a todo el mundo. Pero si existes de verdad, empeñaré mi vida en destruirte».

New Age y el Reiki
Ahí empezó mi guerra con Dios. Para buscar a Dios y saber si existía, me acerqué a varias filosofías. Todo lo que era la New Age y el Reiki. Pero ahí no encontré nada de la presencia de Dios. A todo esto, mi vida era triste y angustiosa. Hasta que un día me propusieron comenzar psicoterapia. Yo pensé que si había probado ya tantas cosas, podía probar eso también. Así que comencé a ir un día a la semana. Poco a poco me iba sintiendo mejor en la consulta de aquella doctora. Empecé a ir en vez de un día a la semana, dos días, luego tres, y acabé teniendo cuatro sesiones semanales con ella. La psicoterapia se convirtió en mi droga. Yo no lo sabía, pero no tenía la facultad de decidir nada de mí vida.

Una sacerdotisa satánica
Un tiempo después la doctora me dijo que tal vez necesitase sesiones de hipnosis: «Tenemos que entrar a lo más profundo de tus heridas». Le dije que sí. Desafortunadamente no estaba en grado de tomar ninguna decisión. No se lo que hicieron conmigo, pero el problema fue que esta doctora era en realidad una sacerdotisa de una de las sectas satánicas más importantes de Italia. Y yo entré a formar parte de ella, de la mano de mi doctora.

Dos años en la secta
Pasé ahí dos años de mi vida. Dos años que me llevaron a perder mi dignidad de mujer, mi dignidad de ser humano. Allí he visto muerte y violencia. Llegué a alcanzar la muerte del alma. Me convertí en una auténtica marioneta manejada por manos satánicas.

«Mata a Chiara»
La noche de Navidad de hace catorce años (1996), durante un rito, me dijeron que existía la posibilidad de ser la sacerdotisa de una secta, en una ciudad de Italia. En ese mundo solo importa el poder, el tener, por lo que yo acepté, pero para ser la sacerdotisa tenía que afrontar una prueba de filiación, de pertenencia. Me dijeron: «En Roma hay una joven, de nombre Chiara, que ha fundado hace poco tiempo una comunidad. Está muy protegida por la Iglesia y para nosotros es un obstáculo, porque acerca a muchos jóvenes a Dios. Si tú verdaderamente quieres pertenecer a nosotros y tener el poder, debes hacer una cosa: mata a Chiara». Y acepté.

Decidida al asesinato
La noche del 5 de enero partí hacia Roma. Me habían dado toda la información de donde encontrar a Chiara y yo me dirigí a su casa, a la sede de la comunidad. A las 20.00 horas llegué hasta la puerta y sin dudar, convencida de lo que iba hacer, toqué el timbre.

«Por fin has llegado a tu casa»
Lo que ocurrió entonces lo tengo que contar desde el testimonio de Chiara, quien no me conocía absolutamente de nada, como es obvio.

Chiara cuenta siempre que, en ese momento, en su corazón escuchó una voz, la voz de la Virgen María que le decía: «Abre tú la puerta, que es una hija mía que tiene una gran necesidad».

Chiara se levantó, caminó apresurada hasta la puerta a cuyo otro lado la esperaba yo, y cuando abrió la puerta hizo una sola cosa. Me abrazo y me dijo: «Bienvenida hija mía. Por fin has llegado a tu casa».

Con el cuchillo en la mano
Ese abrazo cambió mi vida. Fue un abrazo indeleble que llegó a mi corazón. Fue más allá de mi cuerpo, de mis brazos. Yo no pude reaccionar, no pude moverme, no pude hacer nada. Chiara me desarmó absolutamente con ese abrazo, con su mirada.

Me llevó dentro, a su pequeña habitación y comenzamos a hablar. Ella me preguntó cómo estaba, y yo sin decir ninguna palabra le entregué el arma con el que la iba a matar. Se lo conté y le dije: «Chiara, para mí ya no hay esperanza». Ella me respondió: «¡Sí, sí que hay esperanza, porque el amor ha vencido a la muerte! ¡Hay esperanza para ti porque hubo quien dio la vida por ti! ¡Y Jesús te ama!».

«Me matarán y te matarán a ti también»
Yo le contesté: «Chiara, yo les conozco. Sé como son. Tengo poco tiempo. Me matarán y te matarán a ti también». «No Michela –respondió Chiara muy firme-. No lo harán, porque María te quiso en esta casa». Y en aquella casa me quedé.

Sesión de exorcismos
Obviamente, la primera cosa por hacer era una buena confesión. Llamaron a un sacerdote, pero debido a las actividades en las que había estado involucrada no me pudieron dar la absolución. Hubo que escribir a la Santa Sede, a la Congregación para la Doctrina de la Fe, toda mi historia. Un cierto cardenal Ratzinger , respondió en pocos días: «Hoy la Iglesia está de fiesta porque un Hijo ha regresado a casa».

También tuve que pasar por varias sesiones de exorcismo. Obviemos los detalles.

Comunión y consagración
Con un permiso muy especial, la noche del 27 de enero, en la capilla de las hermanas de la Madre Teresa, en Roma, pude recibir la comunión, pude consagrar mi corazón al Corazón Inmaculado de María, y hacer los votos de pobreza, obediencia y castidad, más el cuarto voto propio de la comunidad de Chiara, que es el voto de ser y llevar la alegría de Cristo Resucitado.

Un nuevo camino
Ahí comenzó mi camino. Mi camino de sanación, un camino en el que nunca nadie antes pudo sanar mis heridas, y donde sí que las pudo sanar Jesús.

Pero pasado un tiempo, hubo una herida que no había podido sanar. Esa herida era la falta de una madre, porque a mí me faltaba una madre. Me faltaba en Navidad, cuando todas la madres telefonaban a las demás y yo no recibía una llamada. Me faltaba el día que celebraba mi cumpleaños… Esa ausencia de mi madre, cada vez que pasaba esto, reabría las viejas heridas y había que empezar de nuevo.

Un grito de dolor
Un buen día, a Chiara se le ocurrió enviarme a un centro de ayuda para la vida. Se me había encargado abrir una casa de acogida para madres solteras y jóvenes embarazadas con riesgo de someterse a un aborto por miedo o por dificultad. Allí las podríamos acoger. Pero al poco tiempo empecé a recoger un grito de dolor. Era el grito de dolor de aquellas mujeres que habían abortado y que me decían: «¿Sabes? Hoy tendría un hijo de ocho años, pero lo llevé a matar».

Aprendí a no juzgar
Por las noches llegaba a casa y me ponía delante de Jesús, en el sagrario, y le entregaba todo ese dolor que llevaba de las mujeres. Una de esas noches, empecé a escuchar en mi corazón: «Michela, si hoy existes tú, es porque tu madre dijo sí a la vida». Os tengo que decir que cuando se experimenta la misericordia de Dios, la primera cosa que se aprende es a no juzgar. Y yo no tenía ningún derecho de juzgar a mi madre. Porque si una madre llega a abandonar a un hijo es porque hay un gran dolor.

A la busqueda de la madre
En ese momento comenzó a despertar en mi interior la necesidad de buscar a mi madre, no para juzgarla ni regañarla, sino para darle las gracias por mi vida.

La ley italiana permite obtener información del propio origen y después de las investigaciones pertinentes localicé a mi madre. Comenzamos a telefonearnos, y un día me sugirió conocernos personalmente. La fecha concertada fue el 2 de Junio de 2004. Esa misma mañana partí hacia la ciudad donde ella vivía para encontrarme con ella, como habíamos quedado.

«Sal de mi vida»
Yo iba sola y en ese viaje había dos partes dentro de mí. Una parte era esa parte humana que se sentía entusiasmada por poder decirle por fin a alguien «mamá». Pero había otra parte más racional que me decía: «Michela, no sabes qué puedes encontrar allá». Mi error fue que en aquella duda venció la parte más humana. Pero el hombre propone y Dios dispone, porque pocos minutos después de encontrarnos, con una mirada que yo no le deseo ni a mi peor enemigo, mi madre me dijo: «Tú para mí no has existido nunca, no has existido hasta ahora, no existes hoy. Sal de mi vida». Yo no sé que siente una madre cuando un hijo dice no a su amor, pero les puedo decir lo que siente un hijo cuando una madre le dice no a su amor…

«¿Qué le hecho de malo a Jesús?»
Fue un gran dolor. Regresé a Roma, cogí a Chiara y sujetándola contra un muro le dije: «¿Pero yo qué le hecho de malo a Jesús? Trabajo para Él, ¿por qué no me puede ayudar?».

A mí pregunta de por qué Jesús me trata así, Chiara me contestó: «¿Sabes, Michela? Santa Teresa de Ávila le preguntó lo mismo a Jesús, y Jesús le dijo que así trataba Él a sus amigos». Ya sabéis lo que Santa Teresa le respondió a Jesús: «Ahora entiendo por qué tienes tan pocos».

Unas vacaciones para reflexionar
Era una situación dolorosa, de la que era difícil salir, por lo que entonces Chiara me propuso unos días de vacaciones. Yo pensé: «Estupendo, me iré a la playa y tomaré el sol», pero Chiara ya había pensado en todo: «Hay un lugar al que puedes ir. Es un pueblo en Bosnia que se llama Medjugorje. Cógete unas vacaciones y vete allí». Yo le dije a Chiara: «A Medjugorje yo no voy, Chiara. Mejor me pagas las vacaciones en Croacia, que está muy cerca y tiene un mar estupendo. Ya cuando esté allí, un día me acerco a Medjugorje. Pero yo no me voy a meter entre las colinas, las piedras y el calor. Eso no son vacaciones». Chiara me respondió: «Te recuerdo que hiciste un voto de pobreza y otro de obediencia. Elige por cual de los dos quieres ir a Medjugorje». Así que elegí el de la obediencia, y voluntariamente vine a Medjugorje.

Medjugorje
Llegué a Medjugorje ¡Me daban una pena los peregrinos! Porque yo pensaba que yo estaba allí porque me habían obligado, pero no entendía por qué ellos no iban al mar, pudiendo hacerlo.
En fin, los primeros diez días fueron un desastre. Yo no quise saber nada de peregrinos, ni del fenómeno de Medjugorje, ni de nada.

Una vidente y la aparición
El día decimoprimero, estaba tras la explanada, cerca de la carpa verde. Estaba tumbada en mi toalla, tomando el sol. En serio, pasaba de todo. Y ahí tirada me vio Marija, una de las videntes. No nos conocíamos de nada, pero a ella le llamó la atención, no sé si verme tumbada tomando el sol, o mi toalla verde chillona.
Se acercó a mí y me dijo: «Hola, ¿qué haces?». «Estoy esperando a que comience la Misa». Entonces Marija, sin más, con toda la naturalidad, me dijo: «Vente mañana conmigo a una aparición».

¡Imagínate! Era ridículo. Tanto que me dio la risa y le contesté: «Mira, va a ser mejor que la Virgen María venga a mí, porque yo de aquí no me muevo». Marija me miró un poco sorprendida, en silencio. Al cabo de unos segundos, cuando se me quitó la sonrisa de la cara, me dijo: «Tú vente mañana».

Unos días aburridos
En Medjugorje, si no vives el fenómeno, tampoco es que haya mucho que hacer. Mis primeros diez días allí fueron tan aburridos, que por muy absurdo que pareciese, asistir a una aparición suponía algo distinto en medio de aquel aburrimiento, así que el día siguiente aparecí a la hora que me había dicho Marija en el Oasis de la Paz, donde iba a vivir su aparición. Al llegar allí, aquello estaba lleno de gente.

Yo llegué a las seis y cuarto de la tarde y allí había gente que llevaba más de tres horas, con todo el calor. Yo pensé: «Qué tontería llegar tan temprano, si de toda formas a la Virgen solo la ve la vidente, pero bueno».

Al cabo de unos minutos llegó Marija. Me vio en el jardín, me cogió de la mano y me llevó dentro de la capilla con ella, delante del todo, a su lado. Me llevó hasta allí a rastras y de un empujón me puso de rodillas. Todo el mundo rezaba y yo pensaba: «Qué buenos todos estos peregrinos, mira cómo rezan», pero mi corazón estaba muy cerrado y no quería participar con ellos.
Recuerdo el momento en que comenzó la aparición. Todo el mundo se quedó en silencio y Marija se quedó mirando extasiada hacia arriba.

En medio de la aparición
En ese momento pensé: «Cualquiera desearía estar aquí a su lado, ¿cómo es posible que a mí no afecte?». La miré a Marija y vi que, sin emitir ningún sonido, movía sus labios, ¿y saben cual fue mi pensamiento en ese momento?: «Pero ella, con la Virgen, ¿habla en croata o en italiano?». Os prometo que lo pensé, de verdad, incluso quince días después de aquello se lo pregunté a ella. Me dijo que hablaban en croata.

¿Un trasplante del corazón?
Bromas a parte, en cierto momento de la aparición ocurrió algo. Y se lo cuenta la persona más racional que existe. Empecé a sentir un calor en el cuerpo. Era un calor que llegaba hasta la punta de mis dedos, hasta mis pies. Era un calor maravilloso. Sentí como si algo me abrazara, me rodeara y me cubriese entera, y entonces ocurrió lo más increíble, y es que sentí como si me hiciesen un transplante de corazón. Digo trasplante porque sentí como si algo se metía en mi pecho y me arrancara una piedra de dentro. Era un corazón herido, enfermo, y sentí como si me colocasen un corazón nuevo ahí dentro, en su lugar. Subrayo la palabra transplante, porque no fue un corazón curado, sino un corazón nuevo, que me llenaba de paz el alma, la mente y el cuerpo.

«Algo bellísimo»
Al acabar la aparición yo no entendía nada de lo que estaba sintiendo, pero era bellísimo. Empecé a darme cuenta de que tenía que marcharme y comencé a repetirme a mí misma que en realidad no pasaba nada, para ver si me calmaba, pero qué va, cada vez que lo decía mejor lo sentía.

Entonces Marija se levantó e hizo lo que hace siempre. Explicó a todos lo sucedido: «He presentado a la Virgen María todas vuestras intenciones de oración. La Virgen María ha orado por ustedes y les ha bendecido». A todo esto yo seguía de rodillas a su lado. Entonces ella, delante de todos me miró y dijo: «La Virgen María ha hecho suyo el dolor de tu corazón. A partir de hoy solo ella será tu madre».

«La Virgen te vió»
Salí de la capilla. Marija no sabía nada de mi historia. Cuando ella salió yo estaba en el jardín, desconcertada. Me cogió de nuevo por el brazo y, sin estar yo todavía muy convencida de lo que suponía que había pasado, le pregunté: «Marija, tu estabas ahí, ¿me viste durante la aparición?», y ella me respondió: «No, yo no te vi. Pero la Virgen sí».

«María me coge de la mano»
Desde aquel día hasta hoy he sentido a María en mi vida. La he sentido de una manera muy concreta. He descubierto que cada vez que tengo el rosario en las manos, es María quien me coge de la mano.

Modelo de santidad
Aquella tarde aprendí otra cosa. Era cierto que hasta ese día había trabajado para Dios, pero María quería que yo trabajase con Dios. Y otra cosa bellísima fue que si yo quería ser santa, debía tomar a la Virgen María como modelo de santidad. Os aseguro que eso, para un carácter como el mío, no es nada fácil. No es fácil vivir la obediencia. No es fácil vivir la humildad. No es fácil vivir el silencio de María. El silencio de María bajo la cruz. Pensad que María estaba bajo la cruz.

Un dolor transformado en amor
Aquella fue una experiencia bellísima, porque descubrí que el dolor puede ser transformado en amor por la humanidad.
Os digo que si aquella tarde del entierro de Luca dije que Dios no existía, después de doce años puedo deciros que Dios sí que existe.

Ocho años de silencio
Durante ocho años he vivido en silencio. Durante ocho años he estado escondida. Pero hace dos años, en un capítulo general de la familia salesiana, Chiara y algunos otros me pidieron que contara mi historia. Al principio tuve miedo. Pero cuando aprendes que la vida no te pertenece a ti, que la vida es un regalo, el miedo puede ser canjeado. Yo hice este pacto con Jesús: «Jesús, si mi vida, mi historia, sirve a un solo joven a encontrar tu misericordia, yo daré mi vida por esto».

No tener miedo del sufrimiento
Queridos jóvenes, no tengáis miedo del sufrimiento. El sufrimiento existe, sí. El mundo nos dice que no existe, nos enseña cómo cubrirlo, cómo barnizarlo con capas de cosas sin importancia. Pero Jesús nos enseña a vivirlo con Él. Lo que tiene a Jesús clavado en la cruz no son los clavos, sino el amor especial que tiene por cada uno de nosotros. Por eso os ruego, por favor, que como decía san Francisco de Asís, no permitáis que el Amor de los amores no sea amado. ¡Llevemos el amor de Dios a todas partes! Podemos hacerlo, Jesús nos ha enseñado cómo. Somos pequeños, pero seamoslo como decía la madre Teresa de Calcuta: como las gotas del mar, que hacen un océano.

Dios nos ama hasta morir
Queridos jóvenes, estáis todos callados. Hay un gran silencio, pero como decía san Pedro, yo no tengo oro ni plata. ¡Lo que yo tengo me llega de la Providencia! Mirad, ni si quiera este rosario que llevo en el bolsillo es mío. Me lo han dado. Queridos jóvenes, yo no tengo nada, y a diferencia de san Pedro yo no hago milagros. Pero os puedo decir una cosa: ¡Que hay un Dios que ha dado su vida! ¡Que hay un Dios que nos ama hasta morir! ¡Que debemos experimentar la alegría de Cristo resucitado!

Los satanistas creen más que nosotros
Mirad ese pedazo de pan. Ese pedazo de pan que nosotros adoramos, ese pedazo de pan blanco con el que nos nutrimos… ahí está realmente el cuerpo de Jesús. Y esto os lo digo con un gran dolor, porque los satanistas creen más que nosotros que ahí está el cuerpo de Jesús. Nosotros tenemos que empezar a creer. Tenemos que empezar a vivir a Jesús. Mirad san Pablo. Él decía: «No soy yo quien vive, es Jesús quien vive en mí» .

Utiliza el sufrimiento, pero no huyas de él

Os lo repito, no huyáis del sufrimiento, utilizarlo. Levádselo a Jesús y ese sufrimiento se transformará en amor.

Me despido con una frase de Edith Stein . Cuando Edith Stein se convirtió, le preguntaron por qué se había convertido al catolicismo, y ella respondió: «Yo busqué el amor. Y encontré a Jesús».

Ganar es poder

Invictus

10/02/2010 | Enrique García-Máiquez

El líder surafricano Nelson Mandela vio en el Campeonato del Mundo del Rugby de 1995, celebrado en Sudáfrica, una extraordinaria oportunidad de cohesionar al país.

El rugby era un deporte de la minoría blanca y los colores de su camiseta un símbolo del apartheid. Contra esa concepción se dispone a luchar Mandela, con la colaboración de los jugadores del equipo, especialmente de su capitán. La victoria deportiva se convierte, por tanto, en una cuestión de Estado y la épica del deporte trasciende su manida categoría de metáfora o analogía para alcanzar el valor de un símbolo y una trascendencia real.

La película trabaja, con contundente eficacia, con estas coordenadas. Las interpretaciones de Morgan Freemann y de Matt Damon son muy convincentes. No es una cuestión menor, porque alrededor de ellos gira la película, que sólo comparten protagonismo con la nación sudafricana. Lo hace del mismo modo que giraría cualquier narración épica alrededor de los héroes y del pueblo, más o menos anónimo.

‘Rugby’ y heroísmo

Algunos críticos se han extrañado de la escasa presencia de Clint Eastwood. Comparan Invictus con otras entregas suyas, y comentan que, aunque ha mantenido el pulso de director, y que la película tiene un ritmo perfecto y una factura impecable, se ha diluido su personalidad.

Probablemente sea un efecto buscado por el propio director, consciente de que en las narraciones épicas, el poeta ha de hacerse invisible, para no restar con su voz el más mínimo protagonismo a los héroes y a la acción. No es una coincidencia tampoco que haya buscado la impersonalidad en la primera cinta que rueda después de despedirse definitivamente de su papel de actor.

Que Eastwood ha tenido muy claras las exigencias del género épico puede verse también en la manera en la que ha filmado las escenas de rugby. Recordaban, por su violencia y sus primeros planos descarnados, a One million dollar baby. No ha buscado embellecer las peripecias del juego para nada y nunca, consciente de que la estética suaviza la épica, ha mostrado ninguna carrera limpia. Esas carreras, aunque no son frecuentes, son de una belleza indiscutible, lo más bonito del rugby. Pero al director le interesaba descarnar el deporte que estaba filmando.

La forja de una nación

Porque era más que un deporte, más que un espectáculo: era la forja de una nación. Las historias que subrayan este hecho: la asistenta de color de la familia, las relaciones entre los guardaespaldas de Mandela, el niño que escucha la final con la policía han sido tildadas de exageradas. No lo creo. La historia que se cuenta es muy grande: el nacimiento de un país, y Eastwood no quiere dejar ni una sombra de duda sobre su intención.

A los españoles, Invictus nos interesa más por otros motivos. Pertenecemos a una nación en crisis de identidad, y sus lecciones, si alguien quisiera aprenderlas, nos vendrán muy bien. La primera, una advertencia sobre la peligrosidad de permitir bromas con las selecciones deportivas de las comunidades autónomas. Mucho se ha dejado en manos de los políticos locales, pero la importancia como catalizador de sentimientos de los equipos deportivos no conviene olvidarla nunca.

Y tras la advertencia la ilusión. Quizá la selección española de fútbol, que parte pronto hacia Sudáfrica, pueda inyectarnos un poco de moral colectiva y de sentimiento de pertenencia a nuestro viejo país.

Nos gustaría, por supuesto, que el patriotismo español hundiese sus raíces en la tierra bien fértil de su historia, más que los percances de una cita deportiva. Bien, pero no olvidemos que, como supo Mandela y nos muestra Eastwood, ya los griegos, nuestros antepasados, sabían de la importancia del deporte.

Joseph Kentenich, fundador del movimiento Schönstatt

Detenido por la Gestapo, internado en Dachau y desterrado de su tierra

14/02/2010 | Eduardo T. Gil de Muro *

Kentenich fundó el movimiento Schönstatt.

Hay que señalar como clave de la larga existencia de ochenta y tres años la condición comprometidamente personal y libre que Kentenich vivió con una generosidad e hidalguía memorables. No debió de serle fácil a este hombre atravesar entre incertidumbres una infancia de pueblo que pronto se sintió amenazada por el estrecho margen que lo doméstico le permitía al avance normal de la existencia.

Tampoco debió de ser cuestión pequeña el adaptar su tiempo y sus muchas condiciones naturales a la disciplina de una escuela y de unos seminarios en los que el sentido de la obediencia podía conducir en muchos casos a una especie de ciega obediencia que cercenaba en gran parte la natural tendencia de Kentenich a la propia disposición de las ideas y de los comportamientos.

Esos primeros años de la vida de Kentenich vinieron a revelar el profundo sentido que de sí mismo y de su trato con Dios fue apareciendo en su existencia presacerdotal. Cuando llegó al altar tras largos y combativos años de formación en los seminarios de los Padres Palotinos, Joseph Kentenich ya estaba seguro de que era Dios quien estaba conduciendo su existencia y quien seguiría trazando -a oscuras y segura- su tarea del futuro apostólico.

Su madre Catalina le había regalado de pequeño una mínima antología de pensamientos teresianos. Allí pudo aprender para siempre aquello tan abulense de que “sólo Dios basta”. “Dios es mi origen -escribía Kentenich- y tiene que ser, por eso mismo, la estrella que dirija mi vida. Todo pasa y mi vida tendrá que ser siempre un empeño de permanecer siempre en unión con Dios”.

Pero este proyecto casi místico tenía que tropezar con la adversa inseguridad de los calendarios y de los hombres. Kentenich se vuelca sacerdotalmente en la formación de una juventud que le cae en suerte cuando encuentra en Schönstatt un pequeño refugio del espíritu que, bajo la protección de la Virgen, se convierte pronto en una referencia espiritual que puede llegar a extenderse como una marea salvadora. Muchachos de este primer Schönstatt aparecen en los frentes de batalla de la Primera Guerra Mundial.

Kentenich mantiene con ellos una unión espiritual que recoge los mejores frutos cuando se regresa a las líneas de la posguerra. Kentenich, paso a paso, va urdiendo la teología de una presencia mariana que alienta, sobre todo, una sed de espíritu en la libertad interior y en la entrega a la tarea del Evangelio.

Una catacumba del horror. Schönstatt pasa de ser una víctima doméstica a ser un mensaje universal. Cuando aparece el laicismo agresivo del nazismo, Kentenich entra en sospechas oficiales: las SS lo vigilan, lo examinan en sus doctrinas, lo sienten cercano y peligroso. La libertad interior de Kentenich es en esos días tan intensa como ancha y agresiva.

*Autor de Historia de un hombre libre. Ed. Monte Carmelo

** Reportaje íntegro en el número 264 del semanario, desde el viernes 12 de febrero en los quioscos.

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