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Archivo para 24 enero 2010

Que «Él pueda avanzar» en la web

Mensaje del Papa Benedicto XVI para la 44º Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

Redacción, 23 de enero de 2010 a las 13:41

El papa Benedicto XVI dijo hoy que los sacerdotes deben anunciar el Evangelio no sólo con los medios tradicionales, sino también de los que aporta la nueva generación de medios audiovisuales como foto, vídeo, animaciones, blogs y sitios web, y dirigirse asimismo a los no creyentes.

El Papa habló así en su discurso “El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra” con motivo de la próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales.

Las comunidades eclesiales, han incorporado desde hace tiempo los nuevos medios de comunicación como instrumentos ordinarios de expresión y de contacto con el propio territorio, instaurado en muchos casos formas de diálogo aún de mayor alcance, explicó.

Su reciente y amplia difusión, así como su notable influencia, “hacen cada vez más importante y útil su uso en el ministerio sacerdotal”, dijo. “La tarea primaria del sacerdote es la de anunciar a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, y comunicar la multiforme gracia divina que nos salva mediante los Sacramentos”, refirió.

«¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!»

Para el Papa, las vías de comunicación abiertas por las conquistas tecnológicas se han convertido en un instrumento indispensable para responder adecuadamente a preguntas teológicas, que surgen en un contexto de grandes cambios culturales, que se notan especialmente en el mundo juvenil. En verdad -añadió- el mundo digital, ofreciendo medios que permiten una capacidad de expresión casi ilimitada, abre importantes perspectivas y actualiza la exhortación paulina: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!”.

“Así pues, con la difusión de esos medios, la responsabilidad del anuncio no solamente aumenta, sino que se hace más acuciante y reclama un compromiso más intenso y eficaz”, afirmó.

A este respecto, el sacerdote se encuentra como al inicio de una nueva historia, porque en la medida en que estas nuevas tecnologías susciten relaciones cada vez más intensas, “tanto más se verá llamado a multiplicar su esfuerzo para poner dichos medios al servicio de la Palabra“, insistió.

Deben anunciar el Evangelio -subrayó- valiéndose no sólo de los medios tradicionales, sino también de los que aporta la nueva generación de medios audiovisuales (foto, vídeo, animaciones, blogs, sitios web), ocasiones inéditas de diálogo e instrumentos útiles para la evangelización y la catequesis.

El sacerdote podrá dar a conocer la vida de la Iglesia mediante estos modernos medios de comunicación, y ayudar a las personas de hoy a descubrir el rostro de Cristo, insistió. Para ello, ha de unir el uso oportuno y competente de tales medios -adquirido también en el período de formación- con una sólida preparación teológica y una honda espiritualidad sacerdotal, alimentada por su constante diálogo con el Señor, añadió.

También en el mundo digital, se debe poner de manifiesto que la solicitud amorosa de Dios en Cristo por nosotros no es algo del pasado, ni el resultado de teorías eruditas, sino una realidad muy concreta y actual.

Que «Él pueda avanzar» en la web

“La Palabra podrá así navegar mar adentro hacia las numerosas encrucijadas que crea la tupida red de autopistas del ciberespacio, y afirmar el derecho de ciudadanía de Dios en cada época, para que Él pueda avanzar a través de las nuevas formas de comunicación”, reflexionó el Papa.

Así -señaló-, una pastoral en el mundo digital está llamada a tener en cuenta también a quienes no creen y desconfían, pero que llevan en el corazón los deseos de absoluto y de verdades perennes, pues esos medios permiten entrar en contacto con creyentes de cualquier religión, con no creyentes y con personas de todas las culturas.

“El desarrollo de las nuevas tecnologías y, en su dimensión más amplia, todo el mundo digital, representan un gran recurso para la humanidad en su conjunto y para cada persona en la singularidad de su ser, y un estímulo para el debate y el diálogo”, concluyó. (RD/Efe)

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Lo que pienso sobre Medjugorje

Con motivo de la estancia estas Navidades en Medjugorje del Cardenal Arzobispo de Viena Christoph Schönborn, se ha suscitado de nuevo la polémica por la veracidad de la apariciones de la Virgen María en aquel lugar de Bosnia-Herzegovina. Distintas páginas (incluida la nuestra) y agencias de prensa se han hecho eco del tema. Ha habido opiniones para todos los gustos. Yo quiero dar la mía, como conocedor directo de aquel lugar. Antes ofrezco un resumen de  la información que ofrece aciprensa sobre el tema de actualidad:
El Obispo de Mostar-Duvno (Bosnia-Herzegovina), Mons. Ratko Perić, explicó que la reciente visita del Arzobispo de Viena, Cardenal Christoph Schönborn, a Medjugorge, no significa el reconocimiento de la “autenticidad” de las apariciones marianas y que, lamentablemente, podría ser interpretada como un gesto de apoyo a un grupo de católicos “en desobediencia eclesiástica”.
En un texto firmado por Mons. Perić, el Prelado explica que la reciente visita pública del Cardenal a finales de diciembre, así como sus expresiones sobre el hecho que las apariciones “no son obra humana”, y su visita a la “vidente” Marija Lunetti, lo han dejado “no poco sorprendido”.
Esta sorpresa, explica el Prelado bajo cuya jurisdicción se encuentra Medjugorge -cuya autenticidad aún no ha sido declarada oficialmente por la Iglesia- se debe a que “existe entre nosotros los obispos cierto protocolo eclesiástico: el obispo o el cardenal que desea venir de otra diócesis y aparecer públicamente, se anuncia en primer lugar al obispo local, hecho sugerido también por la prudencia eclesial. Considero además que tal prudencia eclesial y tal regla habitual han debido aplicarse especialmente en este caso”.
“Estoy sorprendido porque de la oficina del Cardenal Schönborn hasta la publicación de esta declaración no se ha anunciado nada y supongo que el Cardenal conoce la actitud de la Iglesia en Medjugorje, actitud basada en las investigaciones y las conclusiones, de que no se puede afirmar que se trata de ‘apariciones’ o ‘revelaciones sobrenaturales’”.
Seguidamente explica que su visita al “cenáculo” y a una disidente “quien, además, como religiosa no tiene permiso de operar en el territorio de esta diócesis, se podría interpretar también como apoyo a ella. No solo a ella, sino también a un conspicuo número de nuevas comunidades y asociaciones de fieles desobedientes, en Medjugorje, que en la visita del Cardenal pueden leer un aliento a su desobediencia eclesiástica”.
El Obispo da cuenta luego de algunos “hechos dolorosos” en la Iglesia local que involucran a diversos ex franciscanos, ahora disidentes, como “Tomislav Vlašić, quien fuera dimitido de los frailes menores el año pasado y que la Santa Sede ha liberado de toda obligación sacerdotal, y fray Jozo Zovko, privado de todo ejercicio sacerdotal en el territorio de esta diócesis desde 2004, quien, según noticias de los diarios, fue retirado por sus superiores religiosos del territorio de Herzegovina, y al que se le ha prohibido todo contacto con Medjugorje”.
El Obispo de Mostar-Duvno concluye su declaración informando a “los fieles que la visita del Cardenal Christoph Schönborn no significa algún tipo de reconocimiento de la autenticidad de las ´apariciones´ ligadas a Medjugorje. Lamento que el Cardenal, con su visita y declaraciones haya añadido más sufrimiento a la Iglesia local que no contribuyen a su paz y unidad que se hacen tan necesarias” (http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=27990)
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Hasta aquí el resumen de prensa. Ahora me permito hacer mi comentario sobre el particular.

Hace ya años me invitaron a un Retito Internacional para sacerdotes en Medjugorje. Desconocía por entonces todo lo relacionado con aquel lugar, aunque tenía vagas noticias sobre apariciones de la Virgen. Fuimos varios, y allí nos juntamos a otros setecientos venidos de todos los rincones del mundo. Los temas del retiro eran los normales, pero había un clima muy especial. Escuchábamos, rezábamos, celebrábamos, convivíamos, y nos sentíamos queridos y arropados por cientos de fieles que habían ido para rezar por nosotros. El ambiente profundamente espiritual y fiel a la Iglesia me impactó. Pero hubo algo que todavía no he olvidado, y es el testimonio de dos sacerdotes en la clausura del Retiro. Uno de ellos muy joven, un poco más de un año de ordenación. Habló durante veinte minutos. Se había entregado totalmente al apostolado con los jóvenes, hasta el punto de convivir con ellos y como ellos. Abandonó su vida interior, llegó a alcoholizarse, ya no encontraba sentido a su vida. Alguien lo había invitado a este Retiro, pero no tenía dinero. Lo que tenía era deudas en todos los bares de la Parroquia. Un día vino una persona a verle y le entregó un dinero para sus necesidades. Era la cantidad exacta que necesitaba para el viaje desde Polonia a Bosnia. Estando allí se sentía inútil ya que el no vivía lo que allí se estaba diciendo. Y entonces decidió suicidarse en el lugar donde estaba residiendo. Pero en un momento del Retiro vio una gran Luz en su corazón que le llevó a una radical conversión. Le prometió a Dios y a la Virgen seguir adelante con su sacerdocio con la ayuda de la Gracia. Lo he vuelto a ver en Medjugorje otros años sucesivos muy contento.
El otro caso se trataba de un sacerdote  de mediana edad. El problema que padecía era muy parecido. También había pensado en el suicidio. Llegó incluso a colocar el cordón con el que se iba a ahorcar en la barra de la cortina de su pensión. Pero Dios y la Virgen le cambiaron el corazón. Y muchos otros testimonios fuertes. Todo ello me hizo pensar que aquel lugar estaba bendecido por Dios.

Llevo ya acudiendo a Medjugorje unos ocho años. Ahora asisto al Encuentro Internacional de la Juventud que se celebra la primera semana de Agosto. ¡Impresionante la participación! Este verano pasado unos 50.000 jóvenes, mas unas 100.000 personas de otras edades, y 650 sacerdotes. Y allí, un lugar poco apto para el turismo, se va a orar, a celebrar la Eucaristía, a escuchar la Palabra de Dios, a convivir, a rezar el Rosario, y a CONFESAR. Subrayo esto porque a Medjugorje se le ha llamado el confesionario del mundo. Soy testigo de ello. Yo mismo he estado entre los 150 sacerdotes que ininterrumpidamente atienden a los miles de penitentes que, en todos los idiomas del mundo, quieren pedir perdón y recibir la absolución. Es en el Confesionario donde se ve lo que es Medjugorje, y en la solemnes Celebraciones de la Eucaristía, y en la Adoración permanente al Santísimo, y en el rezo del Santo Rosario, etc. Oficialmente no se habla allí de otra cosa. Creo sinceramente que la Virgen está muy presente, pero los PP. Franciscanos son muy prudentes y solo hablan lo que la Iglesia tiene aprobado, el resto es cosa de la Madre, que sabrá lo que tiene que hacer.

El problema con el Obispo diocesano viene de lejos, y sería largo de explicar. Cuando las flaquezas humanas se meten por medio enturbian el ambiente, por eso la Santa Sede se ha reservado el juicio sobre Medjugorje. El Obispo solo tiene competencia para tratar asuntos parroquiales en aquel lugar.

La presencia del Cardenal Christoph Schönborn entra dentro del estudio que la Santa Sede está haciendo del fenómeno Medjugorje. Es un hombre totalmente fiable. Tuve ocasión de tratarle en el Primer Congreso Mundial de la Divina Misericordia que él presidía. Se ganó el cariño de todos. Y yo me fio de lo que él diga.

Podría estar escribiendo mucho sobre el tema. Ocho años de experiencia da para mucho, pero ya habrá ocasión. Yo animo a que  vayan los que puedan a Medjugorje, porque es como ir a unos Ejercicios Espirituales, donde te sientes tocado por Dios, de la mano de la Virgen. Un sacerdote  joven me dijo: “Fui buscando a la Virgen y me encontré con Dios”. Esto es Medjugorje. Las cosas extrañas quedan para el anecdotario. Y si alguno de los primeros franciscanos fue infiel, también lo fue Judas en la Ultima Cena, y esta no dejó de ser Verdad.

Juan García Inza
Categorías:Mundo, Religión, Testimonios

¿Se producen milagros en Medjugorje?

24 enero 2010 1 Comentario

Muchos me preguntan sobre acontecimientos extraordinarios en Medjugorje. Yo no soy crédulo. Más bien, por mi condición de jurista, tiendo a analizar fríamente las cosas para dar una respuesta justa. Es verdad que mucha gente puede que vaya a Medjugorje buscando cosas extraordinarias, expectaculares. Esto ocurre también en Lourdes, Fátima, etc. Y creo que es una deformación que solemos tener los creyentes a medias: queremos ver para creer. Ocurría en tiempo de Jesús. Y ocurre con todos los santos que ha habido, y hay, en la historia de la Iglesia.

Pero en realidad no debemos creer por la evidencia de los hechos extraordinarios. Eso ya no sería fe. Creemos porque confiamos, por que nos fiamos de Dios, de la Virgen, del testimonio de aquellos que están muy cerca de lo sobrenatural. La primera vez que fui a Medjugorje en verdad iba con un poco de expectativa ante lo que me podía encontrar allí. Pero sinceramente no quería someter mi impresión sobre aquel lugar al asombro ante lo “maravilloso”. Intenté dejarme llevar y empaparme del ambiente.

Pero sí vi cosas maravillosas: la conversión de tanta gente, la búsqueda del perdón de Dios, la profunda devoción a la Eucaristía, las comuniones fervorosamente recibidas, los rosarios contemplados y rezados sin prisas, la fraternidad entre todos, la naturalidad con que cada miércoles y viernes se ofrecía a Dios y a la Virgen el ayuno a pan y agua para pedir por la conversión del mundo… Vi la maravilla de gente joven que adoraba a Dios de rodillas sobre un suelo abrupto, me emocionó como subían por el monte de las apariciones, prácticamente intransitable, por ser roca viva y afilada, mucha gente con los pies descalzos, vi subir a paralíticos en volandas,   a niños sobre los hombros, a un compañero sacerdote mayor que caminaba con bastón y me adelantó en la marcha hacia la cumbre, gente recogida en oración profunda, alegría, mucha alegría… Y nada de fanatismo.

Yo no vi a la Virgen, pero tenía la plena seguridad que Ella andaba muy cerca de allí. Había, y hay, hechos extraordinarios, pero no le doy mayor importancia. Dios hace lo que quiere y cuando quiere. Me emocionó un niño polaco de unos ocho años de rodillas rezando en silencio ante una de las estaciones del Vía Crucis.  Me conmovió aquella chica angelical que tras darle la comunión se echó al suelo abrazando mis pies en actitud de agradecimiento por lo que le había dado: Jesucristo. Vi la gracia de Dios y la mano de la Virgen en la conversión de María Vallejo Nájera, y en el solista del grupo “La Familia” de Irlanda, que cambió radicalmente su vida y entró en la Trapa, y en el criminal que, tras años en la cárcel, se encontró con Dios de la mano de la Virgen, y dio su testimonio ante miles de personas, entre las que me encontraba yo, y en tantísmos que volvieron de Medjugorje de la mano de Dios…

Sería interminable contar todo lo que guardo en mi memoria y en mi corazón. Estos son los auténticos milagros de la Virgen. Pienso que los videntes contemplan a nuestra Madre, pero algún día lo dictaminará la Iglesia. Mientras tanto en Medjugorje siguen rehabilitándose a través de la oración cientos de drogadictos en la Comunidad del Cenáculo de Sor Elvira. Y muchas almas jóvenes se entregan a Dios continuamente. Son los frutos de la oración y la penitencia, los regalos de la Madre…

Yo no defiendo nada. Solo doy testimonio de lo que he visto y oído. El Señor se encarga de lo demás. Pero hay que dar gracias que, en un mundo tan materialista, exista este rincón del planeta, en Bosnia-Herzegovina, donde es posible respirar paz y levantar el corazón a Dios sin disimulo. Lo que yo puedo decir es: “Id y lo veréis”.

Juan García Inza

juan.garciainza@gmail.com

Quiero comprar un milagro

Cuentan que esta era una niña precoz de 8 años. Un día escuchó a su madre y a su padre hablar acerca de su hermanito Andrew.
Ella solo sabía que su hermano estaba muy enfermo y que su familia no tenía dinero.

Planeaban mudarse para un complejo de apartamentos el siguiente mes porque su padre no tenía el dinero para las facturas médicas y la hipoteca.

Solo una operación costosísima podría salvar a Andrew.
Escuchó que su padre estaba gestionando un préstamo pero no lo conseguía.

Escuchó a su padre murmurarle a su madre, quien tenia los ojos
llenos de lágrimas, “Solo un milagro puede salvarlo.” Tess fue a
su cuarto y sacó un frasco de jalea que mantenía escondido en el
closet. Vació todo su contenido en el suelo y lo contó cuidadosamente. Lo contó una segunda vez, ¡una tercera! La
cantidad tenía que ser perfecta. No había margen para errores. Luego colocó todas las monedas en el frasco nuevamente, lo tapó y se escabulló por la puerta trasera y caminó 6 bloques hasta la farmacia que tenía el jefe indio color rojo en el marco de la puerta.
Esperó pacientemente su turno. El farmacéutico parecía muy ocupado al momento y no le prestaba atención. Tess movió su pie haciendo un ruido. Nada.

Se aclaró la garganta con el peor sonido que pudo producir. Nada.

Finalmente, sacó una moneda del frasco y golpeó el “mostrador”.

“¿Qué deseas?- le preguntó el farmacéutico en un tono bastante
desagradable. Y le dijo sin esperar respuesta: “Estoy hablando con
mi hermano que acaba de llegar de Chicago y no lo he visto en
años”.

“Bueno, yo quiero hablarle acerca de mi hermano,” le contestó Tess
en el mismo tono que usara el farmacéutico. “Está muy enfermo y
quiero comprar un milagro.”

“¿Qué dices?” dijo el farmacéutico- “Su nombre es Andrew y
tiene algo creciéndole dentro de la cabeza y mi padre dice que solo un milagro lo puede salvar. Así que, ¿cuánto cuesta un milagro?

“Aquí no vendemos milagros, pequeña. Lo siento pero no te puedo
ayudar”, le contestó el farmacéutico; ahora en un tono más
dulce.


“Mire, yo tengo el dinero para pagarlo. Si no es suficiente, conseguiré el resto. Solo dígame cuanto cuesta.

El hermano del farmacéutico era un hombre elegante. Se inclinó
y le preguntó a la niña: – “¿Qué clase de milagro necesita tu
hermanito?

“No lo se.” Contestó Tess con los ojos a punto de explotar. “Solo se que está bien enfermo y mi mami dice que necesita una operación.
Pero mi papá no puede pagarla, así que yo quiero usar mi dinero.”

“¿Cuánto dinero tienes?- le preguntó el hombre de Chicago.
“Un dólar con once centavos”- contestó Tess en una voz que casi no se entendió. “Es todo el dinero que tengo pero puedo conseguir más
si lo necesita.”
“Pues que coincidencia.”
Dijo el hombre sonriendo. “Un dólar con once centavos, justo el
precio de un milagro para hermanos menores.” Tomó el dinero en una mano y con la otra cogió a la niña del brazo y le dijo:
“Llévame a tu casa. Quiero ver a tu hermano y conocer a tus padres. Veamos si yo tengo el milagro que tu necesitas.”


Ese hombre de buena apariencia era el Dr. Carlton Armstrong, un
cirujano especialista en neurocirugía. La operación se efectuó sin cargos y en poco tiempo Andrew estaba de regreso a casa y en buena salud.

Los padres de Tess hablaban felices de las circunstancias que
llevaron a este doctor hasta su puerta. Esa cirugía, dijo su
madre. “fue un verdadero milagro”.
Me pregunto cuanto habría costado. Tess sonrió. Ella sabía
exactamente cuanto costaba un milagro, un dólar con once centavos

más la fe de una pequeña. Un milagro no es la suspensión de
la ley natural, sino la operación de una ley más alta.

Afirman que la historia no es verídica, pero al menos sirve como parábola. Que cada uno saque sus consecuencias.
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Tal vez si ponemos un poco de fe y de amor, conseguiremos hacer muchos milagros en Haití. Nos están esperando, y Dios lo quiere

Juan García Inza
juan.garciainza@gmail.com

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Murió con el Señor en las manos

Con el Señor en las manos

Algunos medios se han hecho eco del acontecimiento. Cuando fue descubierto el cuerpo sin vida del Vicario General de Puerto Príncipe entre los escombros de la Catedral, llevaba abrazado un copón con Formas Consagradas, es decir, con el Santísimo Sacramento. Fue una muerte egridulce.  Por un lado terrible por las circunstancias que ya sabemos, y por otro lado saber que el Señor está contigo.

Esto me ha hecho reflexionar sobre el amor a la Eucaristía. Es el tesoro más grande que tenemos en la Iglesia, y debe ser la preocupación principal de los sacerdotes: estar muy cerca de Dios. Y en la Eucaristía esto se puede conseguir. Estamos celebrando el Año Sacerdotal en memoria del Santo Cura de Ars. Y esto me ha movido a espigar en la vida de este Santo enamorado de la Eucaristía y, por tanto, de todos los hombres por los que el Señor se ha quedado permanentemente en la tierra.  Y me he encontrado estas perlas espirituales y teológicas que comparto con mis lectores:

A su llegada, Ars estaba frío y, de alguna manera, indiferente con respecto a Dios. El quería conquistar el pueblo. El humilde cura rural tuvo como la intuición de que la devoción a la Sagrada Eucaristía es y será siempre entre los pueblos el medio más eficaz de renovación cristiana. “Nuestro Señor está ahí escondido, esperando que vayamos a visitarle y a pedirle. El está ahí, en el sacramento de su amor; él suspira e intercede sin cesar junto a su Padre por los pecadores. Está ahí para consolarnos; de esta forma, debemos visitarle a menudo.

Cuánto le agrada ese pequeño rato que quitamos a nuestras ocupaciones, o a nuestros caprichos, para ir a rezarle, a visitarle, a consolarle de todas las injuria que recibe.


Cuando ve venir con prisa a las almas puras… ¡él les sonríe! ¡Y qué felicidad experimentamos en la presencia de Dios, cuando nos encontramos solos a sus pies, delante de los santos sagrarios”

Dice en otro momento ante la multitud que se agolpa en la pequeña iglesia de Ars: “Sin la divina Eucaristía, no habría felicidad en este mundo, la vida no sería soportable. Cuando recibimos la santa comunión, recibimos nuestra alegría y nuestra felicidad”.

El santo cura vivía en una extrema pobreza. En su casa no tenía casi nada. Vestía de lo poco que le quedaba, ya que todo lo que podía se lo daba a los pobres. Su comida, si es que se puede llamar a ello comer, se reducía a la mínima expresión. Pero le dolía que el Señor estuviera en aquella vieja iglesia rodeado de tanta pobreza. Hizo todo lo que pudo para tener el mejor sagrario y altar, unos buenos ornamentos, y todo lo necesario para rodear dignamente al Amor de los amores, a Dios mismo. En esto se parecía mucho a la Madre Teresa de Calcuta, y tantos santos que han buscado la dignidad del culto, al mismo tiempo que han defendido la dignidad del ser humano. Pobres para con uno, pero no para con Dios.

“Hijos míos, no hay nada tan grande como la Eucaristía. ¡Poned todas las buenas obras del mundo frente a una comunión bien hecha: será como un grano de polvo delante de una montaña!

Si pudiésemos comprender todos los bienes encerrados en la santa comunión, no haría falta nada más para contentar el corazón del hombre… el avaro no correría tras los tesoros, ni el ambicioso tras la gloria; cada uno abandonaría la tierra, sacudiría el polvo y se iría volando a los cielos”.
En las biografías de San Juan María Vianney encontramos abundantes referencias a sus sermones,  catequesis y estilo de vida. Todo en el mismo tono de amor a Dios y a los hombres. Este acontecimiento del sacerdote muerto en Haití abrazado a la Eucaristía, es un buen testimonio, y una excelente catequesis, sobre lo que el Santo Cura de Ars, como todos los santos y el Magisterio de la Iglesia, no se cansan de repetir: La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace a la Eucaristía. Y ella es el tesoro más grande que tenemos, porque es la permanente encarnación del Hijo de Dios. Es Dios con nosotros. Sin la Eucaristía la Iglesia no pasaría de ser una organización religiosa mas, con proyección social, pero no sería en verdad la Familia de los hijos de Dios, que cada domingo se reúne para  Celebrar su presencia entre nosotros.

El Señor tendrá en el cielo, junto así, al sacerdote de Haití que murió con El en los brazos.

Juan García Inza
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El Partido Republicano hace suya la causa pro vida

300.000 PERSONAS EN WASHINGTON, D.C.

Arrastrado por la opinión pública, el Partido Republicano hace suya la causa pro vida

Nada menos que tres posibles presidentes de Estados Unidos se sumaron a la Marcha virtual por la Vida que este año acompañó a la que, en la calle y desde hace 37 años, intenta dar la vuelta a la situación creada por la sentencia Roe vs Wade, que abrió en todo el mundo occidental la espita de la legalización del aborto. Sarah Palin volvió a ejercer de líder en ciernes de los republicanos.

Actualizado 23 enero 2010

Cada aniversario de la sentencia Roe vs Wade, con la que en 1973 el Tribunal Supremo de Estados Unidos estableció el aborto como asunto federal (considerando que las leyes estatales antiabortistas invadían el derecho a la intimidad) y abrió la vía a su legalización, se celebran en todo el país concentraciones y manifestaciones para pedir una marcha atrás en la cultura de la muerte.

Este año la Marcha por la Vida ha tenido una dimensión especial, dado que la reforma sanitaria que impulsa Barack Obama incluye la cobertura del aborto, iniciativa que en principio tuvo que paliar el presidente para conseguir la aprobación del Congreso. Aun así, los cambios que forzó el representante demócrata por Michigan, Bart Stupak (antiabortista), no tienen garantizada su vigencia, y él mismo declaraba este viernes no confiar en que sus enmiendas formen parte de la propuesta final.

En cualquier caso, en los últimos meses se han publicado distintas encuestas que señalan que la opinión pública norteamericana ha invertido su sentido y apoya ahora mayoritariamente la causa de la vida. Y, de hecho, ante la hipótesis de un fin de ciclo, 300.000 personas secundaron la convocatoria y varios políticos decidieron sumarse a ella ante lo que es ya un caladero de votos imprescindible en cualquier elección.

Y, sobre todo, entre la juventud: más de la mitad de los asistentes tenían menos de 25 años, según declaró el presidente de Human Life International, el padre Thomas Euteneuer. Por parte católica, la manifestación había ido precedida por una vigilia y una misa en la catedral de Washington, D.C., en la que estuvieron presentes 5 cardenales, 40 obispos, 350 sacerdotes y 550 seminaristas, junto a miles de fieles que abarrotaban el templo y los alrededores.

Ya en la calle, entre las diversas personas que se dirigieron a los manifestantes había varios dirigentes políticos, como el representante republicano por Iowa, Steve King, quien agradeció al pueblo de Massachusetts haber roto la mayoría demócrata en el Senado al elegir a Scott Brown en una circunscripción que desde hace más de medio siglo estaba en manos demócratas, y en particular de los Kennedy, el ex presidente John y el recientemente fallecido Ted. Al no contar con 60 senadores, Obama no podrá imponer la reforma sanitaria como tenía previsto.

Apoyo de tres posibles presidentes
Pero junto a la concentración en la calle, este año hubo como novedad una manifestación virtual que permitía a los asistentes situarse, a través de un avatar, frente al edificio del Congreso donde tuvo lugar la Marcha por la Vida.

Y entre quienes quisieron tener su avatar en la calle figuraron dos contendientes en la carrera presidencial republicana de 2008, Mitt Romney y Mike Huckabee (el hombre que hace tándem con el actor Chuck Norris, quien recientemente hizo un duro alegato antiabortista), y la compañera de ticket de John McCain, la ex gobernadora de Alaska, Sarah Palin. Tampoco faltaron el gobernador de Texas, Rick Perry, y el gobernador de Minnesota, Tim Pawlenty: ambos han sonado en alguna ocasión como firmes aspirantes a la Casa Blanca, en particular el segundo. Quedó claro pues, aunque fuese en forma de avatares, que el Partido Republicano tiene asumida la causa de la vida como propia si quiere mantener el apoyo de sus bases y ganar elecciones. Durante el tiempo en el que George W. Bush permaneció en la presidencia apoyó siempre con un mensaje esta concentración ante el Capitol Hill.

Sarah Palin, quien capitaliza en los últimos meses el sentir de las bases conservadoras del Partido Republicano, dirigió un mensaje a los asistentes a través de Twitter: «Afirmar el valor y la dignidad de toda vida humana inocente y defender a los indefensos son valores americanos fundamentales, así que concentraos en paz y esperanza».

Así sucedió, en una carrera contra el aborto que se presume larga pero en la que sus partidarios, al menos en Estados Unidos, se hallan en franco retroceso, confiando ya solamente en el baluarte de la cultura de la muerte que constituye desde hace un año la presidencia del país.

IMPRESIONANTES TESTIMONIOS

La fosa de Camuñas, auténtico boomerang contra el Gobierno y su selectiva «memoria histórica»


En marzo de 2009 se realizaron los trabajos previos de extracción de toneladas de escombros arrojados a la boca de la mina para ocultar los crímenes. Ahora se habla de recuperar los cadáveres de unas trescientas personas. Pero no es el único lugar de la zona donde pueden encontrarse enterramientos colectivos. Muchos siguen intactos y su apertura dejaría claras muchas cosas.

Actualizado 24 enero 2010

La información sobre los primeros de trabajos de extracción de restos humanos (verdaderas reliquias martiriales) que la Sociedad Científica Aranzadi está llevando a cabo en la Mina El Quijote situada en los límites entre las provincias de Ciudad Real y Toledo ha revolucionado la actualidad. En marzo de 2009 se realizaron los trabajos previos de extracción de toneladas de escombros arrojados a la boca de la mina para ocultar los crímenes, ahora se habla de recuperar los cadáveres de unas trescientas personas.

Manos piadosas habían escrito sobre una lápida de granito: «Aquí yacen cristianos que dieron sus vidas víctimas de la Guerra de 1936 a 1939». Pero la afirmación no es del todo exacta, porque los frentes de combate quedaban a muchos kilómetros del límite entre las provincias de Toledo y Ciudad Real. Aquéllas no eran las víctimas de una guerra. Fueron inmoladas en una de las más sangrientas persecuciones religiosas que recuerda la historia, persecución que se sitúa en el contexto de un proceso revolucionario iniciado años atrás y del que se había conocido un ensayo en la Revolución de Octubre de 1934 en la que no faltaron escenas similares a las que se repitieron a escala general entre 1936 y 1939.

La ocupación del poder por el Frente Popular a partir de febrero de 1936 (con la manipulación del resultado electoral para asegurarse la mayoría del Parlamento y el control sobre el Gobierno) hacía evidente que el proceso revolucionario llevaba camino de culminarse con éxito. Cuando el 17 de julio se inicia el Alzamiento Nacional (verdadero movimiento cívico-militar) para poner fin a esta situación, el Gobierno responde una vez más vulnerando la legalidad y entregando armas a las milicias de los partidos y organizaciones sindicales socialistas, anarquistas y comunistas. En los lugares donde no lograron imponerse los sublevados, la revolución iba a triunfar con todas sus consecuencias programadas de antemano, entre ellas, la eliminación de las personas consideradas hostiles.

El diputado comunista Antonio Mijé lo había anunciado con toda claridad en Badajoz el 18 de mayo después de que desfilaran por la calle de la ciudad miles de milicianos: «Yo supongo que el corazón de la burguesía de Badajoz no palpitará normalmente desde esta mañana al ver cómo desfilan por las calles con el puño en alto las milicias uniformadas; al ver cómo desfilaban esta mañana millares y millares de jóvenes obreros y campesinos, que son los hombres del futuro Ejército Rojo [...]. Este acto es una demostración de fuerza, es una demostración de energía, es una demostración de disciplina de las masas obreras y campesinas encuadradas en los partidos marxistas, que se preparan para muy pronto terminar con esa gente que todavía sigue en España dominando de forma cruel y explotadora» [Claridad, Madrid, 19-mayo-1936].

Había que acabar con esa gente. Y lo ocurrido en la mina de las Cabezuelas no es sino un caso entre muchos.

Evidencias documentales
Aunque poco antes de terminar la Guerra se hicieron desaparecer todas las evidencias documentales que podían arrojar luz sobre lo ocurrido, en 1940 se comenzó la instrucción de la denominada Causa General que tenía por objeto fijar, mediante un proceso informativo encomendado al Ministerio Fiscal, el sentido, alcance y manifestaciones más expresivas de las actividades protagonizadas por los revolucionarios y del Gobierno que los respaldó durante la contienda civil. En este fondo documental encontramos datos para reconstruir la tragedia.

Así, la Alcaldía de Camuñas daba cuenta de la existencia de esta enorme fosa común:«En este término municipal existe una mina abandonada y a la misma han sido arrojados bastantes cadáveres no sólo de los pueblos colindantes sino -según rumor público- hasta de Madrid. Dicha mina está situada a un kilómetro de la margen derecha de la carretera de Madrid a Cádiz» [Archivo Histórico Nacional, Causa General, Leg.1048(1)].

El Alcalde de Herencia precisaba: «Al parecer, resulta de todo punto imposible hacer la exhumación de los cadáveres depositados en la citada “Mina de las Cabezuelas”; desconociendo el número de arrojados a la misma, aunque se supone que el número de ellos, excede de los dos mil y como es consiguiente, de varios pueblos de España, especialmente de esta región» [Archivo Histórico Nacional, Causa General, Leg.1029(1)].

Geografía martirial
Suponemos que la investigación que ahora se está realizando ayudará a fijar el número de víctimas que fueron arrojados a la mina pues los testimonios de que disponemos son bastante imprecisos. Se tiene constancia de que allí fueron a parar muchos de los asesinados en los pueblos del entorno tanto de Ciudad Real (Alcázar de San Juan, Herencia, Las Labores, Manzanares…) como de Toledo (Camuñas, Consuegra, Madridejos, Turleque, Villafranca de los Caballeros…) pero los testimonios recogidos coinciden en que también llegaron camiones con cadáveres procedentes de otros lugares. Como dato puede servir el siguiente: de los sesenta y ocho asesinados vecinos de la localidad de Herencia se estima que unos cuarenta fueron arrojados a la Mina. Estamos hablando de decenas de casos identificados, hombres y mujeres con nombres y apellidos, entre ellos varios sacerdotes. Únicamente de siete de ellos está abierto el proceso de beatificación.

Algunos de los sucesos más dramáticos pudieron recogerse de boca de los familiares y supervivientes: «Aurelio Rodríguez, un carretero a quien fueron a buscar a su casa y tirotearon en la cama. Su mujer Úbeda Bolaños se agarró a él siendo también herida. A ambos les metieron en un camión y les llevaron a la mina, donde les arrojaron juntos, ella estaba todavía viva. Al cura Tapia le llevaron a la sima. Él bendijo a quienes habían de ser sus verdugos. Después le arrojaron vivo. A Ismael Moreno que no podía levantarse de la cama le cosieron a balazos. Su mujer tuvo que apagar las ropas del lecho que ardían de los tiros. A mi tío Vicente que se subió al tejado porque le acosaban, le acribillaron a tiros y luego le echaron a la mina […] A Jesús Rodríguez y otro grupo les cogieron en sus casas; luego les llevaron a una cueva que había en un monasterio y allí les torturaron hasta hartarse. Después les llevaron a la mina y allí les arrojaron, a unos muertos y a otros vivos. A Victoriano Rodríguez le emparedaron, a Emilio García le mataron en plena calle; a Moisés Beteta le asesinaron en el camino delante de unos niños»

A mediados de septiembre con el pretexto de que un bombardeo nacional había incendiado los depósitos de CAMPSA en Alcázar de San Juan se sacó de la cárcel y de sus domicilios a numerosas personas; entre ellos al sacerdote Luis Castellano, se le llevó hasta la mina donde se negó a blasfemar y fue asesinado.

«Ese mismo día cayó en Alcázar un centenar de víctimas, fusiladas en su mayor parte en las tapias del cementerio y arrojadas otras al pozo de la mina de Camuñas» [Historia de la Cruzada, IV, p.546; en la Causa General son unos cincuenta los nombres de vecinos de Alcázar que aparecen como fusilados alrededor de esta fecha].

No es la única
Desgraciadamente, la mina de Puerto Lápice no es la única de las fosas que la revolución dejó a su paso y que siguen intactas: por no hablar de las de Paracuellos del Jarama (Madrid) o de las de centenares de asesinados cuyos restos nunca pudieron ser identificados como ocurrió en las inmediaciones de Quinto, Codo y Belchite (Zaragoza) o en Teruel al ser ocupadas estas localidades por el Ejército Popular.

Sin salir de la provincia de Ciudad Real,  otro escenario trágico fue la mina Jarosa, en término municipal de Alhambra y uno de los principales lugares de ejecución fue un pozo ubicado en el cementerio de Carrión de Calatrava. Según testimonios obrantes en la Causa General: «En esta población no se pudieron averiguar si se recogió algún cadáver por el motivo de no intervenir juzgado ni persona alguna únicamente se sabe que de noche traían a personas procedentes de la cárcel de Ciudad Real asesinándolos dentro del Cementerio de esta población y echándolos en una noria que existe dentro del cementerio calculándose que habrá en dicha noria más dos zanjas unos seiscientos cadáveres» y en 1943 el Alcalde informaba que no se habían podido llevar a cabo exhumaciones «dado su mal estado y su profundidad» [Archivo Histórico Nacional, Causa General, Leg.1027(2)].

Historia frente a memoria
La aparición de los restos humanos en la mina de las Cabezuelas (auténticas reliquias martiriales) marcará un hito histórico en la resistencia contra el proceso de manipulación de la historia reciente de España a que estamos siendo sometidos en virtud de la ideología de la llamada recuperación de la memoria histórica ratificada ahora con todo el aparato jurídico y con todo tipo de iniciativas pintorescas.

En principio, porque estamos ante el primer caso  que ha adquirido notoriedad pero es de esperar que sigan otros muchos en la medida que haya personas e instituciones dispuestas a respaldar los enormes gastos que suponen estas iniciativas dirigidas a recuperar los cuerpos de las víctimas del terror rojo para las que hay escaso lugar en los proyectos fomentados por la administración.

En segundo lugar porque estos hechos serán analizados, explicados y asumidos a partir de la aplicación de los métodos propios de la investigación histórica, única forma posible de alcanzar un conocimiento científico del pasado. No sería deseable que nadie caiga en la trampa de interpretarlos como una especie de “memoria histórica al revés”.

Y, por último, porque nos permiten situar en su verdadera perspectiva la exigencia de responsabilidades penales que ocurrió con posterioridad. Más de uno de los verdugos de las Cabezuelas fueron ejecutados después de ser sometidos a Consejos de Guerra en los que quedó sobradamente acreditada su culpabilidad. Sus nombres (¿luchadores por la democracia y la libertad?) figuran en las listas de presuntas “víctimas de la represión franquista” que nos presentan los voceros de la memoria histórica

Más información sobre estos sucesos en:

http://www.persecucionreligiosa.es/mina_camunas/principal_mina.html

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Una conversión a la misericordia de Cristo

Actualizado 11 enero 2010

La historia de conversión que hoy os traigo me impactó muchísimo cuando la leí, no solo por la vida que durante años llevó Diane Kramer antes de su regreso a casa, sino por su experiencia de conversión real en el momento en que optó libremente por regresar a la Iglesia Católica de verdad.

Os llamará la atención cómo en el proceso previo a su conversión real ella acudía de manera periódica a una Iglesia Católica, después de haber pasado por iglesias episcopalianas y evangélicas, pero siempre tuvo la impresión de que faltaba algo. El problema real estaba en que en esa pequeña iglesia local, formada en su mayor parte por gentes que habían vivido la “revolución hippie” y eran en producto del baby-boom, había gran cantidad de lo que ella llama “buenos sentimientos y camaradería” al tiempo que la consideraba “relajada” porque no era estricta en cuestiones morales y el sacerdote que dirigía las celebraciones e impartía los sacramentos en ella se había acomodado a éste tipo de feligresía. ¿Qué es lo que ella considera poco estricta en cuestiones morales? Pues sencillamente, que convenía con la contracepción, con las relaciones prematrimoniales,… En cierta forma el tipo de comunidad que buscan algunos católicos que quieren seguir “estando” pero a su manera, haciendo un catolicismo a la carta. Y la que algunos sacerdotes mantienen con tal de no perder su “clientela”.

Pues bien, éste tipo de comunidad hubiera sido perfecta para una católica de nacimiento que practicó las relaciones prematrimoniales, que utilizaba métodos anticonceptivos y que había llegado a abortar por no cortar su carrera profesional y había creado un “catolicismo a medida” para poder sobrellevar todo eso; si no fuera porque el Señor la tocó y experimentó un proceso de conversión profunda que la llevó a tener un enorme sentido de culpabilidad.

¿Qué es lo que sanó completamente a Diane? Sencillamente la Misericordia Divina. El conocimiento de que “todo puede ser perdonado si se entrega”.

Hay dos cosas que han llamado poderosamente mi atención en ésta conversión, en primer lugar la enorme atracción que sienten muchos de los que han nacido católicos y se han alejado de la Iglesia hacia la tradición y la liturgia, en definitiva hacia las muestras de devoción y a las formas de realizar el ritual, que no encuentran en otras denominaciones y echan de menos.

En segundo lugar la reacción del joven internauta que se corresponde con ella vía e-mail, cuando afirma que un pecado que nosotros no reconocemos como tal no puede ser perdonado, concretamente dice: “El pecado es el pecado, dijo. Debemos ser honestos en reconocer nuestro pecado a fin de recibir la Divina Misericordia. Dios no puede perdonar un pecado si insistimos en que ni siquiera existe”.

El testimonio es una lección única que nos lleva a pensar que “rebajando” las exigencias no conseguimos llenar iglesias, ni sanar corazones, ni traer paz a miles de seres humanos atormentados por el pecado,… eso solo lo puede hacer el Señor con su amor y su misericordia, nuestra labor es, únicamente, transmitir su mensaje sin contaminarlo, sin tratar de disfrazarlo para “venderlo” mejor, el mensaje se vende por si solo.

Tomado de:

http://www.envoymagazine.com/backissues/1.4/jul_augstory2.html

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LA HISTORIA DE DIANE KAMER

24 enero 2010 1 Comentario

La verdadera historia de una joven mujer católica que abandonó la Iglesia y cayó en un desierto espiritual durante años. Con paradas en el aborto, la anticoncepción y la Iglesia Esperanza Evangélica, y que finalmente fue guiada de regreso a casa, a la Iglesia de Cristo y a sus sacramentos siguiendo las señales de las autopistas de la información.

Nacida católica, me pasé mis primeros años en un ghetto irlandés-americano en el centro de la ciudad de Boston. Allí, durante los piadosos años 50, desarrollé una maravillada fascinación por la cultura católica. Me encantaba el ambiente de misterio: las estatuas, las velas votivas y las vidrieras… los himnos en latín, las procesiones y novenas de mayo… las iglesias poco iluminadas, llenas de incienso durante la misa y la bendición. Me empeñé en leer “Vidas de los Santos”, que tomé prestado de la biblioteca pública móvil. Y al igual que muchas chicas de esa época, soñaba con ser monja.

Pero después nos mudamos a los suburbios cuando yo tenía ocho años, y la influencia católica se desvaneció. Mi madre, que siempre se había inclinado hacia el escepticismo, poco a poco se apartó de la participación en la parroquia. En mi adolescencia, yo también me convertí en una escéptica. Dejé de ir a misa y derivé en un irreflexivo agnosticismo. Luego, al final de mi adolescencia, algo ocurrió. Después de un semestre desastroso en una universidad “experimental”, estaba viviendo en casa, buscando un trabajo sin mucho entusiasmo. En las noches de fin de semana, mis amigos hippies y yo quedábamos en un café patrocinado por la Iglesia Congregacional local. Pronto varios amigos me invitaron a un estudio de Biblia en la casa de una vecina que había ayudado a montar la cafetería. Yo no tenía nada mejor que hacer, así que me enganché. En las semanas que siguieron, navegamos a través de los Evangelios sinópticos, y me encontré poderosamente atraída por Jesús. Argumenté, me resistí, me opuse, pero siempre volvía a por más. Por último, nuestra anfitriona nos llevó un día de viaje a otro café cristiano al oeste de Massachusetts. Allí, cuando los jóvenes ministros me preguntaron si estaba dispuesta a recibir a Jesús, me sorprendí a mí misma respondiendo que sí. A la mañana siguiente, durante el viaje de vuelta a casa, me sentí eufórica, liberada. Sabía poco acerca de la fe que había abrazado, pero estaba convencida de que había pasado un punto sin retorno. Todo parecía fresco y nuevo. Unos meses después, cuando volví a la universidad, descubrí que algunos de mis compañeros también “habían aceptado a Jesús”. Pero después de coquetear con el pentecostalismo, éstos amigos anhelaron una tradición más rica, más litúrgica. Empezaron a asistir a una parroquia local episcopaliana de la High-Church. Bajo su influencia, yo también viajé desde el fundamentalismo al anglicanismo – y, finalmente, regresé al catolicismo.

Antes de mi regreso a la Iglesia Católica, recibí el “Bautismo en el Espíritu Santo” en un Encuentro Evangélico de Hombres de Negocios. Comencé a orar en lenguas, y pronto me involucré mucho en la renovación carismática católica local. Por desgracia, mi comprensión de la espiritualidad católica era casi nula. Aunque yo estaba estudiando Historia Medieval, conocía y me preocupaba poco sobre de las oraciones tradicionales que precedieron al Vaticano II. Atrapada en el espíritu post-conciliar, me olvidé de devociones como el Rosario y de otras antiguas devociones en favor de formas de culto más espontáneas. Y, por hambre de una experiencia más profunda de Dios, me centré en los “sentimientos” – lo que los místicos llaman “consuelos”- en lugar de hacerlo en Jesucristo. Terminada la universidad, de vuelta en la gran e impersonal Boston, colgué mi fe por un tiempo. Gradualmente, bajo la presión de la revolución sexual, abandoné tanto mis creencias como mi castidad. Recuerdo una ocasión, estaba sentada en el asiento del pasajero con un colega con quien compartía una carrera que se realizó en la carretera 128. “Vamos a chocar”, pensé, “y me voy a morir en pecado mortal”. La idea me asustó, pero no lo suficiente como para llevarme de vuelta a la Confesión.

Irónicamente, llegué al punto más bajo a mitad de mi veintena, mientras estudiaba Historia de la Iglesia en la Harvard Divinity School. Supongo que debía creer todavía en algo, de lo contrario ¿por qué estudiar Historia de la Iglesia? Pero ciertamente no vivía mi fe. Estuve sólo un año en Harvard, antes de decidir volver al mundo real. Pero el Señor estaba cumpliendo su voluntad en mí incluso entonces, porque en la Universidad de Harvard me encontré con el hombre que se convertiría en mi esposo.

Steve estaba trabajando en su doctorado en Historia Bizantina en la Harvard Graduate School of Arts and Sciences. Estuvimos juntos en una clase, y luego perdimos el contacto. Un año después de dejar la Universidad, nos encontramos saliendo del metro en el centro de Harvard Square. Intercambiamos números de teléfono, a continuación, pusimos en marcha una relación de pareja bastante tormentosa. Algunos meses más tarde, nos fuimos a vivir juntos y formamos un hogar. En el otoño de 1980, mientras trabajaba en una conocida casa editorial de Boston, me quedé embarazada. En ese momento, Steve estaba ganando un sueldo escaso como profesor no-residente en la Leverett House de Harvard. Yo ganaba casi lo mismo en mi trabajo editorial. Deprimida y preocupada por mi carrera, opté por el aborto. Steve me acompañó a una clínica gestionada por feministas y sostuvo mi mano mientras me retorcía de dolor durante el angustioso procedimiento de succión. Después no sentí ningún remordimiento, solamente alivio. Pasarían años antes de que me enfrentara a las consecuencias de mi “elección”.

Sin embargo, el Señor se negó a renunciar a mí. A pesar de que insistía en los pecados más terribles, continuó dibujándome suavemente para Él. Un año más tarde, me uní formalmente a la Iglesia Episcopaliana. Aquí, pensaba, encontraría el ritual católico y la riqueza, sin las restricciones de la “rígida” moral católica. Traducción: podría ser una buena episcopaliana y seguir viviendo con mi novio. En 1982, Steve y yo nos casamos en una ceremonia episcopaliana en la Memorial Church de Harvard. El verano siguiente, nos mudamos a una zona rural del noroeste de Luisiana, donde Steve había aceptado un trabajo de profesor. Durante los siguientes seis o siete años, nos movimos arriba y abajo de la Costa Este: en primer lugar hacia el centro-norte de Vermont, luego a sur de Vermont y luego de nuevo hacia el sur, hacia Carolina del Norte. Desde el principio habíamos acordado tener “hijos por elección”, a través de los años hemos practicado sistemáticamente el control de la natalidad -con un método barrera, el diafragma, ya que tenía miedo de la píldora-.

De tanto en tanto, seguíamos asistiendo a iglesias episcopales. Otras veces, hartos de la teología anglicana políticamente correcta, nos dejábamos caer en la iglesia católica local. Sin embargo, siempre nos sentíamos como intrusos. Normalmente me deslizaba por el pasillo en el momento de la Comunión. Asegurándome de recibir la Sagrada Forma del ministro laico de la Eucaristía, no del sacerdote. Supersticiosamente, temía que el sacerdote pudiera mirar en mi alma y ver mi pecado mortal, mi aborto en el pasado y mis prácticas anticonceptivas presentes. A pesar de mi fachada de valentía, sentía vergüenza interior. Incluso cuando una amiga católica me dijo secamente que sus objeciones al control de la natalidad eran una “tontería”, en el fondo sabía que estaba pecando. En el momento en que nos establecimos cerca de Winston-Salem, North Carolina, sabía que no podía volver al anglicanismo. Steve y yo nos sentíamos desmotivados por nuestras experiencias en la Iglesia Episcopal. Estábamos cansados de enseñanzas de baja cota y de corte progresista. Pero, ¿dónde podríamos ir?

Steve comenzó a explorar el evangelismo -una cosa fácil de hacer aquí en Piedmont, Carolina, un bastión de los Bautistas del Sur. Pero mientras que yo también sentía la tentación de la teología Bautista -una vez salvos, ya está- no me encontraba cómoda en una iglesia austera, desnuda, sin liturgia ni tradición.

Durante una enfermedad, Steve experimentó una profunda conversión a Cristo. Comenzó a leer la Biblia con avidez y a escuchar la radio evangélica. Un día se sintió golpeado por las palabras de Cristo: “El que reciba a uno de éstos pequeños por causa mía, a mí me recibe”. Poco después, el día de Año Nuevo, anunció que podríamos tratar de concebir un hijo. Yo estaba encantada. A los 40 años, ya no sentía mi vieja aversión a la maternidad. Ahora anhelaba un bebé. Yo sufría una enfermedad grave aún no diagnosticada -hipertiroidismo- por lo que me tomó un tiempo quedar embarazada. Pero, finalmente, ese noviembre, experimenté síntomas inequívocos. La prueba de embarazo resultó positiva. Los recuerdos de mi aborto inundaron mi mente y mi corazón. Profundamente arrepentida, me sentía indigna de este nuevo don precioso que el Señor me había dado por su gracia. Empecé a anhelar el regreso a la Confesión. En ese tiempo, estábamos asistiendo a una pequeña iglesia misional católica no demasiado lejos de nuestra casa en Backwoods. En gran parte llevada por sus miembros laicos, era extremadamente “relajada”. Sin vidrieras, ni reclinatorios. Sin rigurosas exigencias morales. Sólo un montón de buenos sentimientos y de camaradería.

Durante el servicio penitencial de adviento, hice mi primera confesión en al menos 15 años. El Padre escuchó con simpatía comó confesaba el aborto. Entonces vacilante planteé la cuestión del control de la natalidad con medios artificiales. Yo sabía Steve tenía previsto regresar a la anticoncepción una vez nacido el bebé. ¿Cómo podría confesar algo que yo honestamente tenía toda la intención de seguir haciendo? El Padre me dejó fuera de juego. La Planificación Familiar con métodos naturales, dijo, era “el ideal de la Iglesia”, pero no siempre podemos estar a la altura de los ideales. Además, mi relación con Steve era de primordial importancia. El Señor no nos quiere peleando por el control de la natalidad. Si creemos sinceramente que no podemos abstenernos durante la época fértil, que así sea. La Anticoncepción artificial, dio a entender, es el menor de dos males, es preferible a la discordia civil. Salí de la Confesión convencida de que podía seguir usando el diafragma.

Mirando en retrospectiva, sin embargo, no puedo culpar completamente al Padre por ello. Él me había dicho lo que quería oír, pero fue mi culpa querer escucharlo. Ahora estaba de regreso “oficialmente” en la Iglesia Católica, pero todavía no me sentía en casa. Mi vida de oración era un desastre. No podía conectar con Dios. Mi fe parecía hacer poca o ninguna diferencia en mi vida. ¿Por qué no podría yo vivir como una “nueva criatura” en la alegría, la paz y la libertad del Señor? Esta pregunta me perseguía. Sin embargo, nunca se me ocurrió que la respuesta era mi desobediencia. Como tantos otros, me había convertido en una católica de cafetería. En el fondo, lo sabía bien, pero no me atreví a entregar todo el corazón a las enseñanzas de la Iglesia. Lamentablemente, Steve creía con más fuerza que yo que no estaba mal escoger y elegir entre las creencias católicas. Se rió de mi sugerencia de que quizá deberíamos jugar con las reglas -seguir todas las normas- en lugar de decidir por nosotros mismos aquellas a las que obedecer.

Una vez más, sin embargo, la culpa es sólo mía. El punto de vista de Steve sólo era su adaptación a mis propias inclinaciones, así que tomé el camino de no oponer resistencia. Nuestro hijo John Michael nació en julio de 1992, en la Fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo. En cuanto me recuperé, volví al diafragma. Pero ahora era madre, y eso hizo una diferencia. Cuando tuve a mi bebé en mis brazos y me perdí en su mirada, adquirí una nueva perspectiva sobre el control de natalidad. ¿Quién era yo para impedir el milagro de la vida? ¿Cómo me atrevo a frustrar el designio del Creador? Poco a poco, empecé a creer que la anticoncepción estaba equivocada.

Dividida entre Steve y Dios, empecé a correr riesgos en secreto. A veces me “olvidaba” de aplicar el espermicida en el diafragma. De vez en cuando, simplemente “olvidaba” el diafragma. Pensé que a mi edad, el riesgo de concepción era bajo. Sin embargo, 19 meses más tarde, estaba embarazada de nuevo. Nuestro hijo Paul Stephen nació en octubre de 1994. Una vez más volví al diafragma, pero esta vez con una fuerte resistencia. Empecé a rezar para que Steve estuviera de acuerdo con la Planificación Familiar Natural. Sin embargo, había pocas esperanzas de ello. Cada vez que abordaba el tema, él se negaba rotundamente ¡Y quiero decir rotundamente!

Fue en éste contexto que empecé a explorar el ciberespacio. En esos momentos, yo todavía amamantaba a Paul de vez en cuando, a pesar de que había vuelto a mi trabajo de redacción de textos publicitarios en una agencia de publicidad local. Por las tardes, me sentaba en la computadora, acunando a Paul en un brazo mientras le amamantaba plácidamente. Con la otra mano, escribía el correo electrónico, notas y mensajes de tablón de anuncios. Siendo novata en la red, empecé con cosas fáciles: los tablones de anuncios de America Online. De inmediato, me adentré en foros de Religión y Cultura, donde descubrí “Cristiandad Online”.

Pero después de algunas incursiones en el ciber-evangelismo, me centré en los foros católicos. En ese momento, sentí el empujón poderoso del Espíritu Santo hacia la verdadera fe. Desde el comienzo, los tablones de mensajes católicos me sorprendieron, porque estaban llenos de anuncios de católicos a los que doblaba la edad. Allí estaban los chicos “de la cadera”, la generación X, discutiendo ansiosamente sobre teología y sobre delicados aspectos doctrinales. Pero eso no fue lo más sorprendente. No. Lo que realmente me sacudió fue su ortodoxia. En nuestra pequeña iglesia misionera, con su atmósfera de los años 60, la ortodoxia se consideraba pasada de moda. Sin embargo, estos jóvenes la daban por sentado. Para ellos, el catolicismo era fresco. No estaban hablando de catolicismo de cafetería con su tendencia post-conciliar de tirar al bebé junto con el agua del baño. Hablaban del artículo genuino, completo, con total fidelidad al Magisterio y la sumisión absoluta a la autoridad de la Iglesia.

Enfermos por los compromisos de sus padres, estos chicos estaban ocupados en la recuperación del patrimonio que habían perdido: las antiguas devociones y oraciones, la Eucaristía y la devoción mariana. Echando un vistazo a sus mensajes, podía sentir el ambiente católico de mi infancia y el sentido del misterio impresionante de nuestra fe. Lo que fuera que estos jóvenes tenían, yo lo quería. Yo ansiaba una fuerte y vigorosa alternativa al ruido de fondo teológico. Quería adorar totalmente a Dios y obedecerle sin reservas. Con un sentido de libertad exultante, me di cuenta que no tenía negociar con el tibio catolicismo liberal tan bien recibido por mis compañeros del Baby Boom. De hecho, los liberales “baby boomers” tienen mucho que aprender. La ortodoxia estaba de moda.

Comencé a enviar mensajes mostrando mi acuerdo con los mensajes más ortodoxos. Me encontré defendiendo posiciones que ni siquiera sabía que tenía: la necesidad de la fe y las obras para la salvación, el papel fundamental de María. Sin embargo, mientras lo hacía, tuve la sensación persistente de que era una impostora. Después de todo, yo misma no era una católica ortodoxa en el buen sentido. ¿Qué dirían mi ciber-compañeros, me preguntaba, si supieran que todavía practico el control de natalidad? Fue entonces cuando me encontré de bruces con la Beata Faustina.

Estaba navegando a través del foro católico de AOL una noche, cuando un título me llamó la atención: “Divina Misericordia”. Bueno, ciertamente la necesitaba. Siempre tenía dificultades en creer que Dios realmente me ama. Hice clic en la línea de asunto y el mensaje se abrió. Conforme lo leía, empecé a respirar más rápido. Éstas, al parecer, fueron las mismas palabras que Jesús habló en la revelación privada hecha a una monja polaca hace poco más de 60 años. “Yo soy el Amor y la Misericordia misma”, dijo a la Beata Faustina. “Que los débiles, las almas pecadoras no tengan miedo de acercarse a mí, porque incluso si hubiera más pecados que granos de arena hay en el mundo, todos serán ahogados en las profundidades inconmensurables de mi misericordia”.

¿Será cierto? ¿Podría Jesús amarme con tanto ardor? Sé que el Evangelio habla de la infinita misericordia de Nuestro Señor, pero de alguna manera no lo creía. Estas palabras suenan tan familiares, que raramente se registran. Además, parecía que diferentes personas pudiesen interpretarlas de diferentes maneras. Los evangélicos locales, por ejemplo, a menudo promueven la visión calvinista de que Dios se lava las manos de los pecadores endurecidos. Después de todo, Él ha predestinado los condenados a la ira, ¿verdad?

En el nivel consciente, he rechazado el calvinismo, sin embargo, ésta terrible forma de ver a Dios todavía me persigue. ¿Qué pasa si es correcto? ¿Y si Dios no esta dispuesto a prodigar su gracia sobre una persistente pecadora como yo? Ahora, de repente, este temor se evaporó. A medida que releía el mensaje electrónico, me daba cuenta de que Dios es amor. Él desea salvar a cada alma en la tierra, y hace todo lo que está en su mano para acercar a cada uno hacia Él. Sólo nosotros -con nuestra libre voluntad- frustramos su deseo. Elegimos el infierno. Como señala Faustina, “Dios no condena a nadie”. ¡Qué mensaje liberador! Impresionada, respondí con un e-mail al joven que había publicado los extractos de la “Divina Misericordia” pidiéndole: “¡Wow! Por favor, cuéntame más!”.

Pronto el joven y yo entablamos correspondencia. Seguí su consejo y compré “La Divina Misericordia en mi alma”, el diario de la Beata Faustina, que recoge las palabras que le dijo el Señor. Lo leí de principio a fin y aún tenía hambre de más. Así que empecé a rezar una novena que consiste en la Coronilla de la Divina Misericordia. (Recitado sobre un rosario común, la Corona se compone de dos oraciones básicas: “Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, en expiación por nuestros pecados y los de todo el mundo, y por los méritos de su dolorosa pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero”) Una de las intenciones de mi novena trataba sobre el control de la natalidad.

Como siempre, pensaba que mi marido seguiría en desacuerdo con en el control natural del embarazo, sin embargo, recé por ello de todos modos, con la esperanza remota de que cambiaría. Al final de la novena, una vez más pedí a Steve que cambiáramos a un sistema natural de control del embarazo. Yo esperaba otro “No”. Para mi sorpresa, él dijo “Sí”. Emocionada, informé de esta respuesta inesperada a mi ciber-amistad. De paso le mencioné que Steve y yo habíamos estado practicando la anticoncepción, con apoyo aparente de mi confesor. En mi propia defensa, hice hincapié en que simplemente había sido “obedecer a mi marido”. No se me ocurrió que yo no estaba obligada a obedecer a sus demandas, cuando éstas infringen la fe y la moral.

Mi ciber-conocido respondido con prontitud. Se alegró de Steve y yo ya no utilizáramos esos métodos anticonceptivos. Pero le sorprendió mi ignorancia impresionante de las enseñanzas de la Iglesia. El pecado es el pecado, dijo. Debemos ser honestos en reconocer nuestro pecado a fin de recibir la Divina Misericordia. Dios no puede perdonar un pecado si insistimos en que ni siquiera existe. ¡Uf! Apenas unos meses antes la respuesta me habría ofendido y me habría molestado. Pero ahora me convenció. Comprendí que -a pesar de mis novenas- consideraba los métodos naturales como una “opción”, en lugar de como algo que necesitaba. Esto estaba mal. Para experimentar la libertad que ansiaba, tenía que renunciar completamente a todo pecado mortal. Así lo hice. Incluso corte el diafragma en tiras.

Ese fue el comienzo de mi largo viaje espiritual de regreso al seno de la Iglesia, volver a la Eucaristía y la confesión frecuente, al Rosario y la devoción mariana. En el proceso, mi vida de oración ha florecido y mi relación con Jesús se ha profundizado. Me siento más cerca que nunca de su misericordioso Sagrado Corazón. Y me siento más cerca de mi prójimo, también, ya que por fin puedo ver a cada persona a través del prisma del amor ilimitado de Cristo. También he descubierto el poder del sufrimiento redentor: la alegría de ofrecer el dolor y las molestias para la salvación de las almas. Y sólo he arañado la superficie.

La conversión es un proceso continuo que conlleva frecuentes retrocesos, guerra espiritual, el arrepentimiento y la renovación diaria. Pero no puedo imaginar la vida de otra manera. Y no puedo volver al catolicismo de cafetería que me atrapó sólo unos pocos años atrás, antes de encontrar la maravillosa misericordia de Dios en el ciberespacio.

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Testimonio de mi conversión al Catolicismo

“El Demonio es protestante”, fue la primera frase que pronuncié, tras mi conversión, a quienes me escucharon por más de doce años como su pastor. El escándalo fue mayúsculo. Algunos ya habían notado que mis vacaciones fueron demasiado precipitadas y quizá hasta exageradamente prolongadas. Fueron unas vacaciones raras incluso para mi familia, que me veía reticente a las prácticas habituales en casa, como la lectura y explicación de la Biblia. Ya habíamos tenido demasiadas rencillas a causa de mis nuevos pensamientos.

Al principio fue el Verbo
Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en esta Revista que ahora aprecio tanto, como es la que me honra publicando este trabajo. Yo encontraba que la nota era demasiado radical en sus afirmaciones, demasiado rotunda para lo que yo estaba acostumbrado a leer.

No me dejaba muchos “flancos” descuidados por donde atacar. O refutaba el centro del asunto o no tenia sentido desmenuzar tres o cuatro aspectos como se me había enseñado a realizar de forma automática e inconsciente. Generalmente los católicos tienen como que una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la mesa, y como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados flojos.

En lo personal nunca recurrí a lo que ahora entiendo como “leyendas negras“, porque me parecía que era inconducente debatir basándome en miserias personales o grupales sin haber derribado la propia lógica de su existencia. Eso hice con algunas sectas o con temas como la evolución o algunos derechos humanos según se les entiende normalmente.

Reconozco que muchos de los que en ese momento eran mis hermanos caen en ese error, tratando de derribar moralmente al “adversario” diciéndole cosas aberrantes sobre su fe. Pero basta un buen argumento, y bien plantado, para que uno se vea obligado a retirarse a las trincheras de la Biblia y no querer salir de allí hasta que el temporal que iniciamos se calme al menos un poco. Pero no nos funciona a todos el mismo esquema. Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda.

El artículo en cuestión me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino.
Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas. Hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que él estuvo siempre mucho más ansioso de verme que yo de verle a él. En ocasiones nos veíamos forzados a encontrarnos en público por obligaciones propias del pueblo. Pero de ordinario no nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un “cura nuevo“, con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.

Primera confesión de mala fe
Yo aprovechaba – Dios me perdone – de sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importaba tanto como a nosotros, que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina.

Otra cosa que solía hacer – me avergüenzo al recordarla – era tirar a mis chicos a discutir con los de la parroquia. Los pobres parroquianos se veían en serios apuros en esas ocasiones.

En el fondo yo me aprovechaba de que los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir cosas a los pobres y para hacer “dinámicas de vida“, pero de doctrina y de Escrituras no saben nada.

Nos gustaba vencerlos con las cosas más tontas posibles. A veces surgían temas más sabrosos, pero con los argumentos normales bastaba para al menos hacerles callar.

Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan “cálido” en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana, con la que ni siquiera se casó.

A cambio del párroco de siempre salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo y de mirada penetrante. Lo habían “castigado” relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante.

Yo generalmente acudía para refrescar mi memoria y cargarme de elementos que luego trabajaba como materia de mis prédicas, o para sondear la visión católica de alguna cosa.

El Padre M. no fue tan abierto. Me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga.

En verdad quedé un poco desarmado, pero logramos charlar casi de todo. Casi… porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura.

En un aprieto que me puso, le dije: “Padre M… comencemos desde el principio” Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: “De acuerdo: al principio era el Verbo y...”

Me largué a reír nerviosamente. Aparte de que me respondía con una frase utilizada en la Misa (al menos en la tradicional), ¡imitaba mi voz citando la Biblia!

Pastor Boullón“, me dijo luego, No avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen… y por eso también fue el primer Evangélico“.

Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó:
- Si… fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano!
- Pero Cristo les respondió con la Biblia…
- Entonces usted me da la razón, Pastor… los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien… y le tapó la boca.
Tomó su Biblia y me leyó lo que ya sabía: que cuando el Señor ayunaba el demonio le llevó a Jerusalén, y poniéndole en lo alto del templo le repitió el Salmo XC, II-12): “Porque escrito está que Dios mandó a sus ángeles que te guarden y lleven en sus manos para que no tropiece tu pie con alguna piedra
-       Pero el Señor le respondió con Deuteronomio VI, 16: Pero también está escrito “No tentarás al Señor tu Dios“. Y el demonio se alejó confundido.
Yo también me alejé, como el demonio, confundido. Me sentía rabioso por haber sido llamado demonio, y por lo que es peor: ¡ser tratado como el demonio en el desierto!

Creo que fue la plática más saludable de mi vida.

La táctica del demonio
Llegué a casa rabioso. Me sentía humillado y triste. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca que venia enriqueciendo con el tiempo. Consulté a varios autores tan “evangélicos” como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas, pese a que todos utilizábamos la Biblia para apoyar lo que decíamos y demostrar que los otros se equivocaban.

Me armé de fuerzas y a la primera oportunidad, caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Me recibió tan amable como la vez pasada, sólo que esta vez su distancia la hacía menos tajante a causa de su mirada divertida y curiosa de la razón que me llevaba otra vez a su lado.

Le largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí – creo – brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia. Y cerré tomando la Biblia del cura y le leí hechos XVI, 31: “¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús – respondió Pablo – y te salvarás tú y toda tu casa.

Bebí un sorbo del té que me había ofrecido y le miré desafiante, esperando su respuesta. Pasaron eternos minutos de silencio.

Cuando carraspeé, el sacerdote me dijo:
- ¿Continuará la lectura de San Pablo?
-       Ya terminé, Padre M.
- ¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a Corintios, XIII, 32.
-       Leí en voz alta: “Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy.”
- Entonces la fe…
-       La fe… la fe… la fe es lo que salva
- ¡Vaya novedad! Me dice riendo. ¡No sé bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios que ahora encontraron un buen medio para salvarse.
-       ¿Salvarse?
- Sí.. salvarse, amigo mío. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? Y si sólo la fe salva…
- …¿?
- No se quede en silencio, Pastor… siéntese aquí que se aliviará un poco. Si quiere seguir como el Demonio, tentándome con la Biblia, le recuerdo que ahí mismo se nos dice que esa fe no salvará a los demonios, porque “como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta” (c.II) Y aún así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice “Si quieres salvarte, guarda los mandamientos”. Ahí tiene usted la respuesta completa.
Me acompañó hasta la puerta y me dijo: “Le dejo con dos recomendaciones.
La primera es que se cuide de sus hermanos de congregación. Ya sospechan de usted por venir tan seguido. La segunda es que vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica – sólo una me basta – en que se pruebe que solo debe enseñarse lo que está en la Biblia“.

Caminé a casa más preocupado por los comentarios que por el desafío. Eso sería fácil.

“Sólo la Biblia”
Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. “Si es sólo la Biblia“, me dije, “entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba“.

Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente no encontré nada. En años de ministerio, jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición.

Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M. y de la lectura de esta revista y de mucha literatura escrita con fines apologéticos.

El pago del mundo
Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica. Quizás sea porque un sacerdote es esencialmente distinto a un “Pastor” protestante, o quizás por la experiencia de distintos ordenes (confesión, dirección espiritual, etc.), el Padre M. acertó en su advertencia sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas “no estrictamente ecuménicas“.

Yo aún no me había percatado de esa desconfianza, pero observando con mayor atención notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban.

Me decepcioné mucho, pero no me dejé vencer por la tentación. El demonio -pensaba- me estaba tentando con Roma y para eso endurecía los corazones.

Pasada una semana de angustias, me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Me encontraba en un punto tal que no quería volver a la parroquia católica pero tampoco me sentía en paz con eso.

Después de la cena, oramos con los chicos y se fueron a dormir. Me sentí y abrí mi corazón a mi esposa. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención.

Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto… para ella.

Traté de cumplir con todo. Ella siempre fue la sensatez y me refrenaba en las locuras. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma. Algo me atraía de ese ambiente, y por lo demás deseaba la compañía de ese sacerdote provocador y bonachón.

Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia para demostrar públicamente que no les guardaba ninguna simpatía.

Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento.

Con el tiempo, mi familia y mis feligreses me dieron vuelta sus espaldas y fue la gran cruz que tuve que soportar por amar a Cristo en Su Iglesia.

Mi querido amigo se despide
No he querido exponer aquí todas las cosas que charlamos con el buen Padre M. durante semanas y semanas. Yo le visitaba furtivamente y él me acogía con amable paternidad. Yo daba vueltas en torno al tema e intentaba responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo detestaba tener que darle la razón!

El tiempo me fue haciendo más perceptivo a sus sutilezas e ironías. De alguna forma misteriosa este sacerdote me tenía cautivado. Me acorralaba hasta la muerte, pero me daba siempre una salida honorable. Le gustaba desmoronar todos mis argumentos.

Su estilo era único: destrozaba mis argumentos, acusaciones y refutaciones primero desde la lógica, dándome dos posibilidades… o quedar como un tonto o verificar por mí mismo esa estupidez. Luego, y sólo luego, me invitaba a revisar el punto que yo trataba -si tenía sentido- desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Supongo que uno de sus mayores puntos fuertes era su sólida cultura y su gran vida de piedad.

Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que le visitara en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía -jamás dio muestras de sufrir- y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo.

Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia.
Desde ese día le acompañé a diario. Dejé muchos compromisos de lado. La tensión comenzó a crecer hasta llegar a agresiones verbales abiertas y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo. Mi familia estaba amenazada con la pobreza.

Fueron días de mucha angustia. Sabía que caminaba por los caminos correctos. Incluso pensaba en hacerme admitir en la Iglesia. Los temores y las dudas de antes de la internación del Padre M. se disiparon. No quería arrepentirme de mis errores ni recibir el perdón y el consuelo de nadie más. Pero la situación que me rodeaba era tan compleja que me paralizaba.

Recé muchísimo y acudí a pedir el consejo del Padre M. Él me recibió con mucha amabilidad y escuchó con atención mis problemas. Él ya los conocía. Me habló de la fortaleza de esos mártires que no tuvieron en cuenta ni la carne ni la sangre ni las riquezas, sólo amaron la verdad y dieron público testimonio de su adhesión a la fe. “Más vale entrar al Cielo siendo pobres que irse al infierno por comodidades“, sentenció.

Como adelanté al principio, reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. “¡El Demonio es protestante!“, les dije para abrir la charla. Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones.

Mas tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el Padre M. quien me tranquilizó respecto al altercado. Desde entonces y después de pasados años de mi conversión nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos. El Padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma… y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado. Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que a su tiempo y forma vivan la vida de gracia de la santa fe.

Roma… mi dulce hogar
Rogué al buen sacerdote me preparara para abjurar mis errores y ser admitido en la Iglesia. Dispuso de todo y una mañana de abril de 2001 fui recibido en el seno de la Esposa de Cristo. En junio de ese mismo año mi querido amigo entregó su alma al Señor, siendo muy llorado por todos cuantos le conocimos mejor. Le lloraron los enfermos y presos que visitaba, los niños y jóvenes de catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que acudían a él en busca de consejo y del perdón de Dios. En tributo a él escribo estas líneas. Mi querido sacerdote y Revista Cristiandad.org fueron mis dos grandes apoyos e impulsores tanto de mi conversión como de mi impulso apostólico al trabajar especialmente con los conversos y preparados para la conversión.

Tras su partida la parroquia fue administrada por un sacerdote más cercano al estilo del predecesor del Padre M. Yo sentí mucho esto porque con su prédica y actuar desmentía muchos de esos grandes principios eternos que había conocido y amado.

A veces me pregunto por la oportunidad de muchos cambios que se hacen más para contentar a los malos que para agradar a los buenos. Recuerdo que mi sacerdote amigo no era muy afecto a ceder ante nosotros, sino mas bien a mostrarnos todas las banderas, incluso las más radicales. Y éstas fueron, precisamente, las que más me indignaron pero a un mismo tiempo me atrajeron.

Pero persevero en el amor a la Iglesia de siempre, a esa doctrina de la que el Señor dijo que pasarían Cielo y Tierra pero que ni una sola jota sería cambiada.

Bien se por experiencia propia y por la de tantos que han compartido conmigo sus testimonios de conversión, que esos coqueteos con el error no producen conversiones. Y las pocas que se producen son de un género muy distinto -por superficiales y emocionales- de las verdaderas conversiones, esas que producen santos. La realidad es la que constataba a diario como Pastor protestante, cuando la poca preparación de los católicos y la confusión que produce el falso ecumenismo llenaban las bancas de nuestras iglesias y los bolsillos de nuestras congregaciones evangélicas. La ignorancia religiosa de los fieles es la cosa más agradecida por las sectas, porque al ser muchas veces hija de la pereza espiritual se acompaña por la pereza intelectual. Basta entonces cualquier cosa que les emocione, que les haga sentir queridos, y luego viene el sermón acostumbrado para hacerles dudar primero y luego darles respuestas rotundas. Eso los desestabiliza y luego les atrae nuestra seguridad. ¡Y luego salimos a la calle a gritar contra los dogmas!

Ahora, junto con ustedes, puedo acudir a los pies de María Santísima y pedir que por amor a la Divina Sangre de Su Hijo Amado obtenga la conversión de los paganos, de los herejes y cismáticos y que haciendo triunfar a la Iglesia sobre Sus enemigos instaure la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.
Categorías:Mundo, Religión, Testimonios
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