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Archivo para 24 marzo 2009

El Ángel de los Drogadictos

José Hernando Palacio
Un sacerdote convertido en el ángel de los drogadictos

El nombre del joven sacerdote es José Hernando Palacio. Para los jóvenes drogadictos, es un “ángel en esta selva de fierro”; para muchos vecinos, una “plaga” que debe ser eliminada.

Pese a las amenazas de muerte, unos 200 abandonados, muchos de ellos jóvenes drogadictos siguen reuniéndose en la casa “El Buen Samaritano”, donde se escucha la oración: “Señor, te doy gracias por la comida que nos estás dando y por el padre Palacio, y te pido que no me falten ni lo uno ni lo otro”.

Y es que en este albergue, ubicado en el barrio Popular de Tuluá, en Colombia, muchos como él reciben desayuno, almuerzo y comida de manos del padre Palacio, su fundador y director.

Esos mismos drogadictos, a quienes la sociedad teme y rechaza, son la causa de las amenazas de muerte que ha recibido durante las últimas semanas el sacerdote.

“Dar comida al hambriento es cumplir con un precepto de la Iglesia, es hacer la obra de la caridad”, señala el sacerdote. “Estas personas que han caído en el oscuro mundo de las drogas son quizá las que más amor necesitan de sus semejantes”.

Y por eso les tiende la mano, les aconseja y hasta les hace orar cada vez que van por la comida, olvidando que algunos le han pagado mal y hasta le han robado.

Pero no sólo los drogadictos reciben la bendición del Padre Palacio. En el albergue viven 48 ancianos, la gran mayoría de ellos abandonados y olvidados por sus familias, que han encontrado en este sacerdote aquel hermano o amigo para quien no significan un estorbo. “En el anciano y el indigente hallamos a Dios escondido”, dice el sacerdote.

Amor desde la familia

El sacerdote señala que la bondad de Dios que busca derramar con los necesitados “Es la gran herencia de mi madre Aleyda Marín”, una mujer que fue capaz de criar y educar con una máquina de coser a sus 16 hijos. Nacido en Filadelfia (Caldas) en agosto de 1950, el padre José Hernando Palacio vivió una niñez y una juventud plenas, en medio de un ambiente católico. A sus 12 años quedó huérfano de padre y desde entonces se acostumbró a ver a su mamá acostarse a las dos de la madrugada y levantarse a las cuatro para seguir trabajando.

Así les dio estudio a todos y así les enseñó también que la vida es maravillosa, por dura y difícil que parezca. Doña Aleyda supo sembrar en el corazón de José Hernando la semilla invaluable de la caridad. “Ella no tenía nada para darles a los necesitados. Regalaba todo, les daba comida. Cuando murió, hace tres años, cumplimos su última voluntad: le pedimos a la gente que no trajera flores al velorio sino alimentos para repartirlos a los pobres del pueblo”, explica el P. José Hernando.

A los 22 años, después de haber estado a punto de contraer matrimonio por lo que llama “una locura de juventud”, José Hernando acogió el llamado de Dios que siempre lo había inquietado. Un hermano ya era sacerdote y una hermana religiosa; y ambos lo apoyaron en la decisión de dejar las noches de baile por los días de recogimiento y estudio en el seminario de Cristo Sacerdote en la Ceja (Antioquia). 

Vida sacerdotal

En 1979 se ordenó y su primera parroquia le fue asignado en el entonces tranquilo Urabá antioqueño, en medio de una comunidad cristiana y trabajadora pero que poco a poco comenzaba a sentir los rigores de la violencia guerrillera.

Después de servir como párroco algunos años en Porto Alegre (Brasil) regresó a Manizales y posteriormente pasó a la diócesis de Buga, donde fue asignado a la parroquia del corregimiento de La Marina y posteriormente a la de San Judas Tadeo en Tuluá.

“Estando en Tuluá, vi la necesidad de ayudar a toda esa gente que vive en las calles sin Dios, sin ley y sin amor. Entonces cogí mis ahorros de toda la vida e inicié la obra el 13 de agosto de 1998. Comenzamos con 13 ancianos, hoy viven 48 y hasta tenemos más terreno pensando en ampliar la casa más adelante”, relata.

Para el padre, que ha recibido la autorización de su obispo para dedicarse a tiempo completo al albergue, la casa “Buen Samaritano” “es una obra de la Iglesia y no de mi exclusividad”.

Es además una ocasión para probar en el servicio la vocación de jóvenes que dicen aspirar al sacerdocio. En efecto, actualmente diez jóvenes que quieren ser sacerdotes se turnan para cocinar, asear la casa, bañar, vestir y afeitar a los ancianos.

Lourdes con los ojos del milagro

Nada grande se hace de repente, dice un viejo refrán. Ni siquiera los milagros, porque Dios prepara las almas con solicitud paterna para que reciban las grandes gracias. Henry Lassere, agraciado con un milagro en Lourdes, da ejemplo de esa metodología divina al contar el proceso de su cura y conversión.

Era el año 1862. Henry Lassere, escritor famoso, sufría una grave enfermedad que poco a poco lo estaba dejando ciego. Había consultado a los mejores médicos especializados, y todos decían que su caso no tenía solución. Muy angustiado ante la idea de la ceguera completa, decidió escribir una carta a uno de sus mejores amigos, Charles Freycinet, renombrado ingeniero, al que confió su tragedia.

Días después llegó la respuesta de Freycinet con un inesperado consejo, porque era protestante: “Volviendo de Cauterets uno de estos días, pasé por Lourdes. Visité la célebre gruta y supe cosas maravillosas sobre las curaciones producidas por el agua de la fuente. Con mucha insistencia te pido que intentes este medio.Poco tiempo después, el 2 de octubre de 1862, los dos amigos se reencontraron en París. Freycinet insistió nuevamente con Lassere, queriendo persuadirlo a seguir su consejo. Se puso a su disposición para enviar una carta a Lourdes solicitando el agua milagrosa. Deseaba tanto beneficiar a su amigo, que incluso le recomendó confesarse a fin de estar dignamente preparado para la intervención divina. Ante esta actitud, Lassere se sintió impresionado.

Yo, si fuera católico y creyente como lo eres tú, no dudaría un momento en recurrir a este medio. Si es cierto que los enfermos fueron curados repentinamente, tú puedes ser uno de ellos; y si no fuera así, ¿qué pierdes con probar?…”

Escuchemos cómo relata él mismo uno de los mayores prodigios ocurridos en los comienzos de la gruta de Lourdes:

La tarde de ese día [10 de octubre de 1862] dicté algunas cartas a Freycinet, y a las cuatro volví a casa. Cuando subí la escalera, el cartero me entregó una pequeña caja de madera en la que estaba escrito: “Agua natural”. Era agua de Lourdes. Sentí una fortísima impresión.Lassere salió en busca de confesión, pero fue en vano, porque había una gran cantidad de personas en la fila del confesionario.

-La cosa va en serio -me dije a mí mismo- Freycinet tiene razón: sin haberme purificado, no puedo pedir a Dios un milagro a mi favor.

Mi inclinación me llevaba a distraerme -prosigue- pero una voz paternal me llamaba al recogimiento. Vacilé un largo tiempo… Finalmente me fui a casa. Tomé la caja, que contenía también una noticia de las apariciones de Lourdes, y subí a mi cuarto. Me arrodillé al pie de la cama, y a pesar de mi indignidad, pedí a Dios la curación de mi ceguera. Pero temía tocar con mis manos impuras ese cofre, que contenía el agua sagrada y, de otro lado, sentía una gran tentación de abrirlo y pedir la curación, aun antes de la confesión que pretendía hacer a la noche.

Esta violenta angustia duró mucho tiempo, terminando en una oración: “Sí, Dios mío, soy un miserable pecador, indigno de tocar un objeto que has bendecido, pero es la aglomeración de mis miserias la que debe mover tu compasión. Dios mío, recurro a ti y a la Virgen María, lleno de fe y sumisión, desde el fondo de mi abismo. Esta noche confesaré mis culpas a tu ministro. Pero mi fe no puede, no quiere esperar. Perdóname Señor, y cúrame. Y tú, Madre de misericordia, ven en socorro de este hijo desdichado”.

Después de este apelo a la Bondad Divina, encontré ánimo para abrir la caja. Adentro había una botella de agua cristalina, cuidadosamente empaquetada. Retiré el tapón, puse el agua en una taza y tomé un paño. Estos preparativos, que hacía con minucioso cuidado, eran de una solemnidad que me impresionaba. Yo no estaba solo. Era patente la presencia de Dios y de la Virgen, que había invocado poco antes. Una fe ardiente me abrasaba el alma. Me arrodillé y recé: “Santísima Virgen, ¡apiádate de mí y cura mi ceguera física y moral!”

Con el corazón lleno de confianza me froté los ojos, mojándolos con el agua de Lourdes. Esta operación no duró más de treinta segundos. Cuál no fue mi sorpresa: cuando el agua milagrosa tocó mis ojos, inmediatamente me sentí curado. Fue como si me fulminara un rayo; es lo que puedo decir para explicarme. ¡Qué grande es la contradicción de la naturaleza humana! ¡Momentos antes yo creía que se realizaría el milagro y ahora no podía dar crédito a mis ojos, los mismos que certificaban mi curación completa! Tal fue mi vacilación que cometí la falta de Moisés, golpeando dos veces la roca. Seguí orando y mojándome los ojos y la frente, sin atreverme a verificar el prodigio.

Pero al cabo de diez minutos eran tantas las energías vitales que empezaba a tener en la vista, que la duda resultaba imposible.

-¡Estoy curado!- grité.

Corrí a tomar un libro para leer… pero interrumpí el movimiento.

-No, el primer libro que voy a poner ante mis ojos no puede ser al azar…

Y fui a buscar el folleto relativo a las apariciones de Nuestra Señora de Lourdes, que había venido junto con el agua. Leí 104 páginas seguidas sin detenerme. Veinte minutos antes no podría haber leído tres líneas. Y si me costó parar en la página 104, fue porque eran ya las 17:30, y a esa hora de un 10 de octubre, en París es de noche.

Fui a confesarme y comuniqué al P. Ferrand de Missol la gran dádiva que la Santísima Virgen me había concedido. Él me permitió comulgar al día siguiente para dar gracias a Dios y tomar la firme resolución de que un acontecimiento de esta naturaleza debería transformar mi corazón.

(Henry Lassere, Les épisodes miraculeux de Lourdes, Société générale de librairie, 1883)

Tomado de www.heraldos.org

Un milagro en la tumba de Sor Faustina

Antes de cumplir 15 años, Maureen Digan disfrutaba de una vida normal, con una salud normal. De pronto le vino una enfermedad progresiva pero terminal, llamada: Lymphedima. Esta es una enfermedad a la que no responde ningún medicamento y no tiene, por tanto, remedio alguno.

En los 10 años siguientes Maureen tuvo 50 operaciones quirúrgicas y a veces tenía que quedarse en el hospital hasta por un año. Los amigos y parientes le sugirieron que rezara y pusiera su confianza en Dios. Pero Maureen no podía entender, primero, por qué Dios había permitido que tuviera aquella enfermedad y segundo, porque ella había perdido su fe completamente. Es más, su deteriorada enfermedad necesitaba la amputación de una pierna. Una tarde, mientras Maureen estaba en el hospital, su marido, Bob, fue a ver una película titulada: “La Misericordia Divina, imposible escapar a ella”, y allí se convenció de los poderes de curación a través de la intercesión de Sor Mª Faustina Kowalska. Bob persuadió a Maureen y a los doctores para que fuera hasta la tumba de Sor Mª Faustina, en Polonia.

Llegaron a Polonia el 23 de Marzo de 1981 y Maureeen se confesó por primera vez desde que era una joven de pocos años. En la tumba (ahora Capilla de la Beata Faustina) Maureen recuerda haber dicho en su inimitable estilo: “Muy bien, Faustina, hice un largo viaje hasta aquí, ahora haz tú algo…” En su corazón ella oyó que Sor Faustina le decía: “Si quieres mi ayuda, yo te la daré”.

De repente pensó que sus nervios se rompían. Sintió que todos los dolores parecía que salían de su cuerpo y que su pierna hinchada, y que iba a ser amputada, volvía a su tamaño normal. Cuando Maureen regresó a los Estados Unidos fue examinada por cinco doctores independientes que llegaron a la conclusión de que estaba completamente curada. No tenían ninguna explicación médica para la curación de su enfermedad progresiva y terminal. La evidencia de este milagro fue examinada por otros cinco doctores nominados por la Sagrada Congregación para la Causa de los Santos y habiendo pasado la prueba, fue examinada por un equipo de teólogos y, finalmente, por un equipo de Cardenales y Obispos. La curación fue aceptada como milagro concedido por la intercesión de Sor Mª Faustina Kowalska ante el cuadro de la Divina Misericordia. Sor Faustina fue beatificada, por la prueba de este milagro, el día 18 de Abril de 1993, fiesta de la Divina Misericordia (2º domingo de Pascua).

El día 30 de Abril del Año Santo 2000 la Beata Mª Faustina Kowalska fue solemnemente canonizada por el Papa Juan Pablo II, que, con fecha 5 de Mayo de ese mismo año, instituye y decreta la Fiesta de la Misericordia Divina para toda la Humanidad, en el 2º domingo después de Pascua.

Santa Lucia Filippini

Virgen , Marzo 25

El Instituto de “Maestre Pie” no es tan conocido fuera de Italia como merece serlo. Pero en una época en la que todavía no se pensaba en la educación obligatoria, obró maravillas tanto en el mejoramiento religioso como en el social de las mujeres de su país.

Aunque Santa Lucía no fue la verdadera fundadora de esta notable organización, fue quizás la más celosa, la de mayor influencia y la más santa entre todas sus primeras propulsoras.

Nacida un 13 de Enero de 1672, en Tarquinia, en Toscana, distante aproximadamente nueve kilómetros de Roma, quedó huérfana a temprana edad. Siendo aún joven, la seriedad de sus intenciones, su gran piedad y sus notables cualidades llegaron a oídos del obispo de la diócesis, cardenal Marcantonio Barbarigo, quien la persuadió a ir a Montefiascone para trabajar en un instituto educacional para el entrenamiento de maestros, que él había fundado y puesto bajo la dirección de religiosas.

Lucía se dedicó en cuerpo y alma al trabajo, donde tuvo contacto con la Beata Venerini, a quien por ser la más eficaz y dedicada organizadora de un instituto similar en Viterbo, el cardenal había llamado a Montefiascone para que con tribuyera con su experiencia al bien de su fundación.

Ningún alumno pudo haber mostrado más aptitudes que Santa Lucía. Su modestia, su caridad y su profunda convicción del valor de las cosas espirituales, aunados a su decisión y su práctico sentido común, se ganaron todos los corazones.

La obra prosperó asombrosamente. Nuevas escuelas para niños y centros educacionales se multiplicaron en todas direcciones y, en 1707, por deseo expreso del Papa Clemente XI, ella fue a Roma a fundar allí la primera escuela de “Maestre Pie” en la calle de Chiavi d´Oro.

Lucía pudo permanecer en la ciudad tan sólo un poco más de seis meses, ya que sus obligaciones la llamaban a otras partes, pero los niños acudían en multitudes que excedían, con mucho, el cupo destinado para ellos; a Lucía antes de partir, se le llegó a conocer en casi todo el distrito, como la Maestra Santa.

Como Rosa Venerini, tenía el don de la palabra fácil y convincente. Sin embargo, su fortaleza no igualaba el esfuerzo con que se dedicaba al trabajo. Enfermó gravemente en 1726 y, a pesar de la atención médica que se le dio en Roma, nunca pudo recuperar del todo su salud.

Murió con la más santa de las muertes, el 25 de marzo de 1732, día que ella misma había predicho.

Santa Lucía Filippini fue canonizada en 1930, siendo Papa Pío XI.

Da la razón al Papa

El máximo experto en Sida de Harvard da la razón al Papa

miércoles, 25 de marzo de 2009
ElConfidencialDigital.com


El director del ‘Proyecto de Investigación de Prevención del Sida’ de Harvard, Edward Green, afirma: “El Papa tiene razón. Nuestros mejores estudios muestran una relación consistente entre una mayor disponibilidad de preservativos y una mayor (no menor) tasa de contagios de Sida”.

Pocas horas después del despegue del avión que transportó al Papa a Camerún el lunes pasado, saltó la polémica que ha copado los titulares del primer viaje de Benedicto XVI a África.

A la pregunta de un periodista francés sobre la postura de la Iglesia eAlmudi.org - Sidan torno al Sida, Benedicto XVI respondió que “no se puede resolver simplemente con la distribución de preservativos: al contrario, existe el riesgo de aumentar el problema. La solución, añadió el Papa, se logrará con la “humanización de la sexualidad”.

Los días siguientes portavoces de gobiernos de Alemania, Francia o España criticaron duramente las palabras del Papa. El secretario general del Ministerio de Sanidad, José Martínez Olmos, “pidió al Papa entonar el ‘mea culpa’ porque está dando un mensaje contrario a la evidencia científica”.

Ahora, uno de los expertos más acreditados en investigación sobre prevención del Sida dan la razón a Benedicto XVI: “Las evidencias que tenemos apoyan sus comentarios. No podemos asociar mayor uso de preservativos con una menor tasa de SIDA“.

En una entrevista con el National Review Online, Green explica la causa de este fenómeno con el conocido como “comportamiento desinhibido” o “compensación del riesgo”: “Cuando se usa alguna tecnología para reducir un riesgo, como el preservativo, a menudo se pierden los beneficios asumiendo un mayor riesgo que si uno no usara esa tecnología“.

“También me di cuenta de que el Papa dijo que la monogamia era la mejor respuesta al Sida en África. Nuestras investigaciones muestran que la reducción del número de parejas sexuales es el más importante cambio de comportamiento asociado a la reducción de las tasas de contagio del Sida”.

“Sin embargo -argumentaba a finales de 2007 en una conferencia en Sudáfrica- los programas patrocinados por los más importantes donantes no han promovido la monogamia, ni siquiera la reducción de diferentes parejas. Es difícil entender por qué. Imagínense que se pusieran sobre la mesa 15 millones de dólares para luchar contra el cáncer de pulmón. Sin duda tendríamos que estudiar el comportamiento de los fumadores: consejos para dejar de fumar, o al menos reducir los cigarrillos al día”.

Green sostiene que el modelo en la lucha contra el Sida sigue siendo el ugandés, donde el Gobierno adoptó en los años 80 un programa que decía “quédate con tu pareja o sé fiel”. “Allí los programas han intentado modificar los comportamientos sexuales a un nivel más profundo”.

Edward Green, autor de investigaciones en numerosos países de África durante los últimos 20 años, está a punto de publicar ‘Sida e ideología’, donde describe cómo la industria está recibiendo millones de dólares al año promoviendo el uso de preservativos, medicamentos, y tratamientos para el Sida, y es claramente resistente a la idea de que el cambio de comportamiento es la solución.

Del Sexo casual a la Castidad

chcaLa periodista Dawn Eden ha publicado el libro “The Thrill of the Chaste: Finding Fulfillment While Keeping Your Clothes On” (La Emoción de la Castidad: Encontrando Satisfacción con la Ropa Puesta), en el que sostiene que para la mujer tiene mucho más sentido la castidad que el sexo casual. Una controvertida periodista americana experta en música rock, y que por muchos años fue una abanderada de la “revolución sexual”, se ha convertido -tras abrazar la fe católica- en una ferviente promotora de la castidad. Ella misma explica sus razones. El pasado 10 de marzo, Eden publicó el siguiente artículo traducido al español por El Espectador de Bogotá:

Del sexo casual a la castidad

Un mantra de la generación de los sesenta era que todo debía ser gratis. Pero en las reediciones del festival de Woodstock décadas después, los hippies ya vendían como buhoneros el agua a US$5 la botella. El “amor libre”, sin embargo, era todavía alentado al ritmo en que el Nuevo Establecimiento se aferraba a su autoestima revolucionaria, mediante la promoción del sexo por el sexo como puro placer sin consecuencias.

Hoy, ese dogma está siendo confrontado por una nueva contracultura -de mujeres castas- que está derribando las puertas para protestar porque el sexo de los buhoneros, como su agua, tiene en realidad un precio muy alto.

Pueden contarme entre esas hijas insatisfechas de la revolución sexual. Nací en 1968, como millones de otras niñas, en un mundo que alentaba a las mujeres a explorar su sexualidad. Se nos presentaba casi como un acto feminista. Incluso, la llamativa pregunta que sirvió de fundamento filosófico de la novela y programa de televisión Sex and the City -¿Puede una mujer tener sexo como un hombre?- no es más que una versión moderna de la misma pregunta que en 1962 hizo Helen Gurley Brown en Sex and the Single Girl.

Era el amanecer de la revolución sexual, cuando los bolsos de las mujeres comenzaron a cargar píldoras anticonceptivas al lado del Revlon Fire y el Ice Lipstick. Brown, quien sería después editora de Cosmopolitan, se preguntaba entonces si la mujer podía tener sexo libre sin consecuencias emocionales, y se contestaba que sí porque “igual que el hombre, es una criatura sexual”.

Su aporte dio origen a millones de artículos sobre “100 nuevos trucos sexuales” en las revistas femeninas. Y uno de los íconos feministas de la época, Germaine Greer, habló con entusiasmo de que “los rockeros son importantes porque desmitifican el sexo; lo aceptan como algo físico, y no son posesivos con sus conquistas”.

La filosofía olorosa a patchouli de Greer sigue viva en las revistas modernas, las series de televisión y las películas que dicen sin parar a las mujeres que si no son felices teniendo sexo premarital es porque lo están haciendo mal. Más que eso, las excepciones a la norma cultural -la pequeña minoría de mujeres que, por varias y tristes razones, se sienten impulsadas a ser meros objetos sexuales- son mostradas como el ideal platónico. Si rockeros, modelos, galanes de la televisión y del cine y estrellas pop se pueden llevar a la cama a un hombre diferente cada noche -y aparentan tener el mejor tiempo de sus vidas- con seguridad usted, humilde lectora, puede ocasionalmente esconder sus valores pasados de moda y follarse a un tipo al que acaba de conocer.

Sexo casual… y frecuente

El fruto de este aceptado estilo de vida de la mujer soltera es más semejante al de un hábito de drogas que a un paradigma de los encuentros amorosos. En un círculo vicioso, la mujer se siente sola porque no es amada y entonces tiene sexo casual con hombres que no la aman.

Esa fue mi vida. Me gasté mis 20 y mis tempranos 30 buscando sexo premarital de cualquier manera -anhelando el matrimonio pero buscando descansar en el placer físico, la validación del ego y un respiro de la soledad. Como historiadora del rock basada en Nueva York, colaborando para revistas como Mojo y Bilboard y escribiendo las notas de los discos remasterizados, las oportunidades para travesuras no tenían límite.

Me leí entonces I’m With the Band (‘Estoy con la banda’), de la super fanática del rock Pamela Des Barres, y envidié su habilidad para beber todo lo deseable de los rockeros -su buena figura, ingenio, creatividad y fama- sin que al parecer perdiera nada en sus aventuras con ellos. Mi gran secreto era que, bajo ese anhelo por tener una conexión amorosa, me aterrorizaba la intimidad. Mostrarme vulnerable abría la puerta a la posibilidad de un rechazo. Desde ese punto de vista, un músico de gira era mi compañero sexual ideal. Podía disfrutar con él una suerte de vínculo temporal de cuento de hadas, sin tener que derribar los muros que debía levantar para protegerme. El rechazo vendría cuando él siguiera al siguiente pueblo, y a la siguiente mujer, -pero de alguna manera, verlo venir me hacía sentir en control-. Estaba escogiendo, pensaba, el dolor menor.

Pero en esa época de sexo casual, había un momento que aprendí a temer más que cualquier otro. Me atemorizaba, no que el sexo fuera malo, sino que fuera bueno.

Si el sexo era bueno, incluso aunque en mi corazón sabía que la relación no iba a funcionar, sentía de todos modos como si el acto me hubiera unido a mi compañero sexual de una manera más profunda que antes. Está en la naturaleza del sexo despertar emociones profundas dentro de nosotras -que no son bienvenidas cuando uno está tratando de mantenerlas ligeras-.

En esas noches, el peor momento era cuando todo terminaba. De un momento a otro me sentía sacudida de regreso a la tierra. Entonces me tiraba boca arriba y me sentía despojada. Él podría seguir ahí, y si estaba de mucha suerte, se recostaría a mi lado. Aun así, no podía dejar de sentir que el hechizo se había roto. Podíamos frotarnos las narices, reírnos como bobos o quedarnos dormidos en los brazos del otro pero sabía que era teatro, y él también. No estábamos realmente intimando -todo había sido solo un juego-.

Los campeones de la revolución sexual son en esencia cínicos. Saben en sus corazones que el sexo casual no hace felices a las mujeres -y por eso sienten la necesidad de promocionarlo todo el tiempo-. El sexo que tuve, antes que acercarme a la satisfacción personal y el matrimonio que buscaba, solo me había vuelto menos capaz de alcanzar un matrimonio o siquiera una relación comprometida. Sacrifiqué los que deberían haber sido los mejores años de mi vida, por una mentira negra.

Si bien creo que hay que enseñarles a las jóvenes que deben reservar el sexo para el matrimonio, hay un área en la que estoy de acuerdo con los opositores: la abstinencia no significa nada a menos que uno entienda exactamente lo que es. Y agregaría que para entender lo que es uno debe entender también lo que son el sexo y el matrimonio, qué significan, cuál es su propósito.

Eso suena simple, pero mientras crecía yo tuve poca idea del significado y el propósito del sexo y del matrimonio. Pensaba que el sexo era algo que uno hacía para divertirse o si quería tener hijos (bueno, en esto último iba por buen camino). El matrimonio, creía, significaba una autorización social para tener sexo con una persona en particular. La gente casada debía tener sexo solamente con su pareja porque… bueno, porque no era agradable poner cuernos, la infidelidad podía llevar al divorcio y sabía que eso era doloroso.

Todas estas suposiciones se basaban en lo que había visto viviendo con mi madre y, en menor grado, visitando a mi papá. Mis padres habían quedado heridos por el fracaso de su propia unión y su amargura manchó la imagen del matrimonio que me heredaron.

Como una quinceañera sin un fundamento moral que sostuviera mi decisión de guardarle la virginidad a Mr. Right -diferente del temor a ser lastimada por Mr. Wrong- me sentí libre de empujar el sobre. No, más que libre; me sentí con autoridad para forzar las cosas, pues tenía resentimiento de que Dios -si existía- no me hubiera enviado mi alma gemela. Me convertí en una de esas vírgenes míticas que llegan a “todo, menos…” El nombre Lewinsky todavía no se había vuelto un verbo, pero si hubiera existido, me imagino a los hombres diciéndoselo en secreto a mis espaldas.

El placer por el placer

Cuando, a la edad de 23 años, finalmente me cansé de esperar y perdí mi virginidad con un hombre al que no amaba, fue un gran acontecimiento para mí. Aunque, mirándolo en retrospectiva, no fue en realidad tan significativo. Cierto, mis aventuras se volvieron menos complicadas. Cuando hacía “todo, menos…”, me preocupaba de tener que explicar por qué no quería seguir hasta el final; una vez comencé a tener sexo, eso no era necesario. Pero en un sentido más amplio, la pérdida de mi virginidad, lejos de constituirse en la frontera entre el pasado y el presente, fue apenas un instante en mi continua degradación sexual. El descenso había comenzado desde que comencé a buscar el placer por el placer.

La filosofía hedonista que urge a los jóvenes ese tipo de comportamiento hace daño tanto a los hombres como a las mujeres; pero es particularmente dañina para la mujer, pues la presiona a subvertir sus más profundos deseos emocionales. He probado esa filosofía -de que una mujer puede fornicar como un hombre- y no funciona. No estamos hechas para eso. Las mujeres están hechas para un vínculo.

Por eso, por mucho que tratemos de convencernos de que no es así, el sexo siempre nos dejará sientiéndonos vacías a no ser que estemos seguras de que somos amadas, de que el acto es parte de una pintura mayor, de que somos amadas por lo que somos y no solamente por nuestros cuerpos. A mí me tomó mucho tiempo entenderlo.

Encuentro con la castidad

Ahora vivo un tipo de vida muy diferente. Todavía me encuentro de vez en cuando con viejos amigos músicos, pero me veo más con coristas de iglesia. Mi decisión de resistirme al sexo casual, de nuevo, estuvo influenciada por mi madre -aun cuando no de la manera que ella hubiera querido-.

Cuando era una quinceañera, mi madre abandonó sus creencias en la Nueva Era por el Cristianismo. Yo no tenía esos planes. Mi misión en la vida, como la veía, era diferente -creativa, liberal, rebelde-.

Pero un día, en diciembre de 1995, estaba haciéndole una entrevista a Ben Eshbach -líder de una banda de rock de Los Angeles llamada Sugarplastic- y le pregunté qué estaba leyendo. Me contestó The Man Who Was Thursday (‘El hombre que fue jueves’), de G.K. Chesterton. Lo conseguí por curiosidad y me dejó cautivada. Pronto estaba consiguiendo lo que podía de Chesterton, comenzando por Orthodoxy (Ortodoxia).

Me mantuve leyendo a Chesterton, incluso mientras continuaba con mi estilo de vida libertino, hasta que una noche, en octubre de 1999, tuve una experiencia hipnótica -de esas en las que una no sabe si está despierta o dormida-. Escuché una voz de mujer que decía: “Algunas cosas no están para ser conocidas. Algunas lo están para ser entendidas”. Me arrodillé y me puse a rezar -y eventualmente entré a la Iglesia Católica-.

Una noche el año pasado salí a comer con un amigo, un encantador periodista inglés con el que hubiera comenzado a salir si compartiera mi fe (no lo hacía) y si estuviera interesado en casarse (tampoco). Me acribilló con preguntas sobre la castidad, llegando hasta a sugerir que, ya que llevaba tanto tiempo buscándolo, quizás no iba a encontrar al hombre que buscanba.

“No es así”, le respondí. “Mis posibilidades son mejores ahora que nunca antes, porque antes de ser casta estaba buscando el amor en los lugares equivocados. Apenas ahora es que estoy realmente preparada para el tipo de hombre que quiero que sea mi esposo”.

“Puedo tener 38″, concluí, “pero en términos de búsqueda de marido, tengo apenas 22″.

Hasta aquí su artículo. Dawn Eden es actualmente editora del Daily News de Nueva York, periódico que la contrató después de que su rival, el New York Post, la despidiera por defender abiertamente sus convicciones cristianas. Ganó su prestigio como periodista e historiadora del rock hace unos años, tiempo en el que se acostaba con algunos de sus entrevistados. Esa transformación de defensora y practicante del sexo libre a activista del celibato la llevó a la fama en Estados Unidos, país que ahora debate el tema por la aparición de su primer libro: ‘The Thrill of the Chaste: Finding Fulfillment While Keeping Your Clothes On” (“La emoción de la castidad: encontrando satisfacción con su ropa puesta”). Dawn Eden es un símbolo del movimiento que defiende la abstinencia sexual, cuyos miembros usan un anillo de plata para indicar que son castos.

Fuente: http://www.infordeus.com/noticia.asp?ref=11143

(7 de junio de 2007 )

Categorías:Mundo, Religión, Salud, Testimonios

Sara Mahoney

Testimonio de una Fe que trasciende la fragilidad

Cuando Sara Mahoney supo en marzo que se había ganado una beca completa en el Saint Mary College en Notre Dame, ella no celebró con amigos, como es acostumbra entre los jóvenes de su edad, sino que prefirió ir a la Iglesia para agradecer con sus oraciones algo más que una beca que le cubriría cuatro años de matricula y libros.

Sarah nació en agosto de 1981 sin una pierna izquierda y un dedo pulgar izquierdo, y con problemas digestivos severos, todo resultado del síndrome de Vateros.

Superando las expectativas de sus familiares y amigos quienes se preguntaron si realmente ella podría llegar a tener una vida normal, Sarah desarrolla cada día una apretada agenda de actividades en la escuela y en la Iglesia y un programa de trabajo similar al de cualquier persona que cursa la secundaria.

Sarah es el claro testimonio de una voluntad que fortalecida por la fe, sabe enfrentar con heroísmo la adversidad, extrayendo de ella no un motivo para abandonarse, sino un fuerte estímulo para arreciar la lucha por la felicidad y para afianzar su fe.

La heroicidad

Momentos después de que Sarah nació, fue transportada con urgencia al Children’s Memorial Hospital en Chicago porque su esófago no estaba conectado a su estómago.

Ésta fue la primera de las numerosas visitas a hospitales que ella tendría que realizar en un futuro, visitas que muchas veces requirieron cirugías, algunas por severas complicaciones, incuyendo un largo tiempo de estadía por recuperación.

Para muchas familias ésta hubiese sido una situación demasiado difícil de superar y manejar , en alguno de los casos hubiese significado el ‘rendirse’. Sin embargo, los Mahoney; Sara, su madre Judy, su padre Paul, y la religiosa Shannon, no se rinden tan fácilmente.

“Ellos son una familia fortalecida en la fe” afirmó el P.Gerald Schweitzer, del Sagrado Corazón en Wanatah y St. Martin of Tours en La Crosse, donde Paul y Judy han pertenecido desde que ellos contrajeron matrimonio, en 1978.

El P. Schweitzer comentó que “hay mucho más en Sarah que su discapacidad física” y que “las personas necesitan conocerla, para aprender a mirar más allá de lo exterior, más en profundidad”. “Ella es un momento lleno de gracia para nosotros, “declaró el sacerdote al Northwest Indiana Catholic, el periódico de la Diócesis de Gary.

Sentido Salvífico del Dolor

Mientras ella puede recitar de memoria la fecha en que cada una de sus cada una sus cirugías fueron realizadas, y sus respectivas complicaciones, Sarah no se aferra a los recuerdos. Más bien, ella los describe como el motivo que la impulsaron a vivir cada vez más profundadamente su fe.

En lugar de lamentarse con un “Por qué a mi”y quedarse estática pensando en las cosas que pudo haber hecho, Sarah concentra su mirada y sus energías en las oportunidades y el esperanzador horizonte que el Señor ha puesto a su disponibilidad.

“Si usted se queda sentado en casa, usted está optando por quedarse en las cosas malas” afirmó ella.

Fe en la acción

Sandra Holt, maestra de inglés y consejera de la escuela secundaria de Crosse, describe a Sarah como “más madura y más motivada que los otros estudiantes su edad.”

Aunque Sara formó parte del equipo de cheerleaders (porristas) de la escuela y es dirigente del equipo del softball, la materia académica son su fuerte.

“Ésa es mi propia competencia”, explicó Sarah, “Yo siempre puedo mejorar mi mente”.

Durante los años, Sarah se ha vuelto frecuentemente a Dios y ha orado para que el dolor se marche y para que ella y su familia encuentren siempre en Dios el apoyo que necesitan.

Hoy, la vida de Sarah, incuyendo uss oraciones está dirigidas al servicio de los demás.
“Yo oro, pidiendo la bendición de todos aquellos con los que voy a estar en contacto hoy y toda la semana”, comentó.

Cuando se refiere a sus futuros estudios, Sarah los proyecta con una visión fundamentada en la fe y el servicio. En este sentido, afirmó que “yo quiero servir donde hay necesidad, brindar cuidado médico a las personas que no pueden permitirse ese lujo.”

Sarah atribuye esta combativa y positiva actitud a la educación que le dieron sus padres, quienes nunca quisieron sobreprotegerla ni exagerar en el tema de la invalidez para no causarle un anticipado sentimiento de fracaso y una actitud derrotista.”

“Yo amo a mis padres, dijo Sarah, y se los digo todos los días. Continuó explicando que la clave que hizo fuerte su relación con ellos fue la comunicación. “La comunicación es la llave maestra que abre todas las puertas. Si yo no les decía cómo me estaba sintiendo, ellos no lo hubiesen sabido nunca.

Nosotros acostumbramos hablar sobre todo, ” Finalmente Sarah afirma que cuando piensa en su “nunca permanece en las cosas malas. Más bien se centra en lo positivo.” “lo malo va venir y encontrarte, tu tienes que encontrar lo bueno”.

Una lección de Vida

La carta que presentamos relata la experiencia de una madre ante la enfermedad severa de su hijo más pequeño. Este hecho de la vida real sucedió en la familia que forman Claudia y José Antonio y sus hijos: Claudia de 6 años, Marta de 4 y Raúl, que hoy tendría ya 2 años, pero a consecuencia de una lesión cerebral muy severa, murió a los 13 meses de nacido.

Raúl nació después de seis meses de un embarazo complicado. Era muy pequeño y desde el inicio todo su desarrollo fue muy especial. Estuvo 40 días en incubadora, pesaba 1 kilo y 200 grs. y medía sólo 36 cm.

Querida Vero:

Créeme que no tengo la menor idea de cómo comenzar, pero te escribo esta experiencia por si en algo puede ayudarte para tu propia vida.

Me pregunto si existe alguien que entienda los misterios de la vida… hoy sólo le pido a Dios me permita amar lo que me pone delante, aunque a veces me sienta un poco sola ante retos tan escabrosos. Sé que tengo una misión en mi propia vida y lo que más quiero es llegar al final del camino y cumplirla, pero he aprendido que, aunque vale la pena, no resulta tan fácil.

El nacimiento de Raulito marcó un punto y aparte en mi vida; no entendía desde un inicio por qué tantas trabas, si antes de él, todos mis embarazos habían sido tan normales. Como fuera, acepté este último y lo único que pedía a Dios, era ver finalizados los nueve meses, aunque me tuvieran que costar, pues sabía que dentro de mí realmente había una vida, por la que valía la pena cualquier sacrificio. Además, tenía la enorme ilusión de tener conmigo, aquello que como madre considero como lo más valioso: la vida de mi propio hijo.

Puse todo de mi parte para que mi bebé permaneciera dentro de mí el máximo tiempo posible…, pero en esto ya no decidía yo. Había una fuerza natural más fuerte que la mía, alguien detrás de todo esto que quiso que las cosas fueran distintas.

Así fue como nació Raúl de 6 meses y dos semanas: un bebé con un gran espíritu de lucha y sin embargo, un bebé asociado desde el inicio al sufrimiento. Al nacer, pasó directamente a la incubadora. Los doctores nos explicaron que los niños prematuros tienen un desarrollo normal, sólo que es un poco más lento que el de los niños que nacen después de los nueve meses de embarazo. Nos explicaron también que la incubadora, en algunas ocasiones, puede presentar tres riesgos: afectar la vista del bebé, su sentido del oído y su cerebro. Cuando Raúl alcanzó los 2 kilos salió de la incubadora y llegó finalmente a casa, pero lloraba mucho, y los doctores sugirieron que se le hicieran estudios del estómago para ver si tenía algún reflujo que le estuviera molestando.

Con estos estudios iniciamos un largo camino de batalla por su salud. A los cuatro meses de nacido, notamos cosas extrañas para un niño normal: sus ojos no tenían simetría, es decir, no los movía como lo hacemos nosotros siguiendo los objetos con la vista; tampoco se movía, ni emitía sonidos, no se reía…, en fin, todo esto nos inquietó mucho, y fue así como anduvimos de doctor en doctor, y de un lado a otro con el niño, sin poder encontrar una opinión que nos dejara clara su situación.

A los seis meses supimos que tenía un problema en el cerebro, sin nombre ni apellido, así que consultamos otro especialista, que nos explicó que Raúl tenía una malformación en su cerebro, lo llamaba “un trastorno de migración neuronal”; con esto se explicaban tantos problemas en el inicio de mi embarazo. A partir de aquí, lo único que se nos indicó fue iniciar con el niño, lo antes posible, terapias físicas para ofrecerle una mejor calidad de vida. Nadie sabía a ciencia cierta qué tanto podríamos conseguir con él.

Iniciamos sus terapias, y como pasaba el tiempo, no veíamos progreso, Raúl seguía sin moverse, y su mirada permanecía perdida. Su problema con el estómago seguía ahí, no comía nada, dormía poco… tenía ya un añito de vida, y sólo pesaba 6 kilos.

Finalmente al año y 23 días, murió. Cuando dormía, le vino un reflujo que le quemó el esófago, y con eso, sus vías respiratorias se cerraron y le sobrevino un paro cardíaco.

Esta es la historia de mi Raúl, y yo ahora sé que así nació porque tenía una grandísima misión que sólo podía realizar siendo tal como era. Lo que hoy me da consuelo es pensar que yo fui necesaria para que, a través de mí, este bebé viniera a cambiar la vida de toda mi familia. Sabía que cada uno en su vida va encontrando el camino para ser feliz. Pero, así ¿se podía ser FELIZ?????

Antes, yo pensaba que sólo las cosas agradables nos podían hacer felices, y siempre daba gracias al cielo porque no tenía sufrimientos. Jamás pensé que el dolor fuera a tocar mi vida; veía con admiración a la gente que sufría por diversos motivos, pero no me daba cuenta de que también el dolor es un regalo que nos enriquece mucho y que misteriosamente, al mismo tiempo, encierra una felicidad muy auténtica y muy profunda.

Conocí el dolor y el sufrimiento con este hijo mío, y por medio de él, aprendí que para ser feliz también se necesita sufrir.

Hoy no puedo menos que agradecer lo que ha sucedido con mi hijo y con nosotros (digo nosotros porque no soy sólo yo la beneficiada: somos mi esposo, mis hijas y yo); digo GRACIAS porque este niño tan especial para nosotros, vino a probar nuestra capacidad de amar, vino a enseñarnos la incomodidad de lo cómodo, vino a enseñarnos lo que cuesta renunciar a lo placentero, a pararnos para servirle a él, a olvidarnos de nuestro sueño para intentar confortar al que sufre y no puede conciliar el sueño; nos enseñó que no hay hora para el descanso, y que realmente la fuerza del cuerpo no es la del espíritu, que puede más que ninguna otra fuerza. Nos enseñó a valorar la sonrisa del que no puede valerse por sí mismo, y nos retó a vivir de cara a lo que realmente vale y no de cara a las cosas materiales que se acaban.

Este bebé pudo enternecernos a todos. Nos enseñó con su ejemplo el sacrificio de comer lo que nos parecía menos apetitoso, pensando en el trabajo que él tenía que pasar para tolerar cualquier alimento. Aprendimos a comerlo todo, aunque no nos gustara, sólo con recordar el sabor tan espantoso de la leche que Raúl se tenía que tomar.

En fin, este bebé me enseñó muchas lecciones y me hizo realizarme como mujer, descubriendo que lo que más feliz me hacía era amarlo y tener la oportunidad de hacer algo por él. Aprendí a mirar con los ojos del alma, como me enseñó mi bebé, que jamás pudo ver, pero le bastó con sentir el amor de su hermosa familia. Él veía un mundo que antes yo no veía.

Vero, éstas fueron sin duda, las experiencias más duras pero también las más enriquecedoras que he vivido. Mi esposo y yo estamos seguros de que nuestro sacrificio ha valido la pena, y que tenemos en el cielo a ese angelito que no se olvidará de nosotros, y que sin duda cuida de sus hermanas que lo recuerdan todos los días.

Escribo esto y todavía termino llorando, pero quise compartir contigo esta experiencia que hoy me deja llena y satisfecha.

Recibe un gran saludo… te quiere tu hermana de siempre. Claudia.

Autor: Anónimo
Fuente: http://www.mujernueva.org/

Dios sonríe a un Ateo

Leí en una ocasión una historia muy bonita, la cual tenemos colgada en el grupo y que me gusta recordar frecuentemente. En esta historia un creyente le preguntaba a un profesor de religión: ¿Encontraré alguna vez a Dios?, a lo que el profesor le respondió: No, te encontrará Él a ti primero.
Muy parecido fue el caso de esta historia, fue Dios quien encontró al hombre, sin éste haberlo buscado.

La siguiente historia la escuché contar al Vicario Judicial de la Diócesis de Orihuela-Alicante en una de sus homilías. Quizás todos los detalles no son exactos al 100%, pero voy a intentar relatarla tal y como la recuerdo. El Vicario la contó en primera persona, porque le había pasado a él mismo. Contó lo siguiente:

Esta historia ocurrió cuando yo todavía era sacerdote. Un día cualquiera se me acercó un hombre por la calle y entusiasmado me dijo lo siguiente:

- Padre, le tengo que contar una cosa. Una cosa que sólo le puedo contar a Usted, porque sé que si se la cuento a otra persona, se va a reír de mi.
El cura, estupefacto ante las palabras de aquel hombre le preguntó:
- Y bien, ¿de qué se trata eso que sólo me puedes contar a mi?
- Verá Padre, Usted sabe que yo en todo esto de Dios y de la Iglesia…nunca he creído. De hecho nunca me paso por la Iglesia ni nada de nada.
- Sí lo sé, y de sobra.
- Pues mire, es que me pasó una cosa que nunca me hubiera imaginado que me iba a pasar. Y la cuestión, es si se la contara a alguien que no fuera usted me tomaría por loco o yo qué sé y se reiría de mí como mínimo.
- ¿Y qué es?, a ver, cuéntame – el cura ya estaba medio desesperado por saber qué era aquello que le había pasado a aquel pobre ateo y que tanto le entusiasmaba.
- Pues mire, padre, venía yo de viaje en avión, y claro, hicimos una parada en el aeropuerto de Barajas (Madrid). Nos quedamos en la sala de espera esperando a que nos llamasen para coger posteriormente el avión que nos traía aquí a Alicante.
Mientras esperamos comencé a ver una muchedumbre de gente que se dirigía toda entusiasmada hacia un ala del aeropuerto. Yo me preguntaba, ¿qué será?, ¿qué pasará?, y me decidí ir a ver lo que pasaba. Cuando por fin alcancé a la muchedumbre, vi que estaban todos apiñados en torno a algo que mi vista no alcanzaba ver. Pregunté a una muchacha que había allí y me dijo que estaba a punto de bajar la Madre Teresa de Calcuta de un avión.
Claro, yo no creo en estas cosas, pero ¡era la Madre Teresa de Calcuta!, un personaje famoso, ¿me lo iba a perder?, y decidí quedarme a ver aquel evento.
Después de un rato esperando por fin apareció aquella mujer. Me sorprendió porque no era gran cosa: bajita, pequeñita, algo estropeada por los años, encorvada… Ella miraba hacia el suelo con las manos unidas mientras camina entre toda aquella gente. Todos estábamos con los ojos clavados en ella, ¿se lo imagina?
- Sí, continua
- Pues bien, aquella mujer, que camina lentamente, de repente, al pasar a la altura donde yo me encontraba (yo la miraba fijamente, como el resto, atento a no perderme nada) la mujer se paró, de repente levantó la cabeza, me miró y me sonrió. ¿Sabe usted? ¡¡me miró a mi!!, cuando allí había una multitud de gente, y de entre todos me miró a mi, y encima ¡¡me sonrió!!.

El cura se quedó un poco estupefacto, no sabía que tenía de especial todo aquello. Pronto lo entendió. Continuó el hombre hablando cada vez más entusiasmado diciendo..
- Pero, es que, Padre, ahora viene lo mejor. Al posarse la mirada de aquella mujer en mí, sentí de repente un algo por dentro, en mi interior. Padre, ¡sentí a Dios!, ¡¡yo noté a Dios!!, ¿se lo puede creer? ¿yo un hombre ateo sentí a Dios?. Durante toda la tarde y días después sentí una alegría, una paz… algo inexplicable. Padre, le digo ¡¡que sentí la presencia de Dios cuando aquella mujer me miró y me sonrió!! ¿Se lo puede creer? ¿Ve como si no se lo cuento a alguien que no sea Usted nadie me creería y se reirían de mi?
- Pues claro que me lo creo -respondió el cura muy serio- de hecho, mira mi cara, ¿Ves como yo no me río? Te comprendo perfectamente
Aquel día, Dios encontró a este hombre, que si mal no recuerdo era de Elda (Alicante). Una persona que no era creyente sintió a Dios, ¿cómo puede ser esto?
Pero claro, es comprensible 100%. La Madre Teresa de Calcuta irradiaba la Luz de Dios, ella era el reflejo de Dios, porque estaba LLENA DE DIOS. Y es a eso a lo que debemos de aspirar todos, a ser el reflejo de Dios, para que todas las personas (creyentes o no) vean a Dios a través de nosotros/as. Para ello, debemos de estar en unión con Él, debemos de estar cerca de Él. Mantenerle vivo en nosotros y como la Madre Teresa de Calcuta, irradiar su luz.

Categorías:Mundo, Religión, Testimonios

De Delicuente a Monje

DE DELINCUENTE A MONJE: LA VIDA DE ALBERT WENSBOURGH

Dña. María Vallejo-Nágera
Pedagoga y escritora

Vitoria, 30 de septiembre de 2003

La verdad es que me apetece muchísimo estar hoy con ustedes, porque son la primera audiencia que tengo fuera de Madrid y quiero comprobar su reacción ante la presentación de mi novela. Desde luego, la presenté hace una semana escasa y desde ese día he sido bombardeada por todo tipo de periodismo: llamadas de la radio, de la prensa, etc. Por eso quiero saber ahora qué opinan ustedes al respecto.

Y para empezar les cuento que Un mensajero en la noche es un caso real. Además de que soy una persona muy, muy creyente, soy católica, yo he vivido en Londres estos últimos ocho años, y en el año 1994, más concretamente, colaboré con la Iglesia en la guerra de Bosnia, trabajando en un campo de refugiados, por lo que tengo muchísimos amigos sacerdotes católicos de allí. El caso es que, un buen día, uno de esos sacerdotes llamó a mi residencia londinense y me preguntó si estaba trabajando en mi tercera novela, a lo que yo contesté que ciertamente no sabía qué me pasaba, que me sentaba delante del ordenador y no me funcionaba la cabeza (a pesar de la imaginación que suelo tener), que no lograba arrancar, en definitiva. Entonces, muy decidido, me dijo: “Tengo una historia para ti. Ayer conocí en un monasterio benedictino, en un pueblecito -cuyo nombre no puedo facilitarles porque el abad me pidió que lo guardara totalmente en el anonimato para que nadie moleste a los monjes-, a una persona muy famosa en los ambientes de Scotland Yard porque ha dado una guerra tremenda”. Y, efectivamente, esta persona estaba muy perseguida por la ley. Había pertenecido a una banda de mafiosos, una familia inglesa al modo siciliano que, si bien a ustedes no les sonará de nada, desgraciadamente en Inglaterra han sido un gran problema. Pues bien, el protagonista de mi novela, al que he llamado Albert para proteger su intimidad y su anonimato, no era sino uno de los matones de esta banda.

Desde luego, el personaje real del que les hablo y que he reflejado en Un mensajero en la noche fue un gran delincuente, un hombre muy agresivo y peligroso. Scotland Yard estuvo años y años buscándole, y cada vez que le cogían se salvaba por aquello de que, en el ámbito de la justicia, siempre hay grandes abogados que trabajan precisamente para los mafiosos, ya que éstos cuentan con ingentes sumas de dinero para pagarles. No obstante, un día, durante un atraco a mano armada en un gran banco al sur de Londres, la policía pudo atraparle (de hecho fue filmado por las cámaras) y le cayeron veinticinco años de cárcel. Y a pesar de que nuevamente un gran abogado apeló la sentencia, tan sólo consiguió rebajar la pena a catorce años de prisión. Así comenzó, entonces, su vida como recluso, tan problemática o más como la que tuvo en libertad. Y aquí comienza también el relato del protagonista del libro.

Lo cierto es que daba muchísima guerra, como les comentaba al principio. Era traficante de tabaco, alcohol y, en fin, todo tipo de droga dentro de la cárcel, y aunque la policía era conocedora de sus trapicheos, era sumamente inteligente y escurridizo (no en vano, era líder de todas y cada una de las cárceles por las que pasó, que, si no me equivoco, fueron diez). Claro que no siempre se salía con la suya, y por tanto no es de extrañar que fueran muchas las veces en las que acababa en celdas de castigo dentro de la propia prisión. Dichas celdas suelen ser muy pequeñas, y si el resto tiene muebles muy precarios, éstas tan sólo cuentan con un pequeño camastro o letrina y unos ventanucos muy pequeños que generalmente dan a patios cerrados. Esto es, nada de vistas al jardín, como de hecho tuvo en otras celdas de las muchas otras cárceles en las que fue recluido el mafioso del que les hablo.

Así que ahí fue encerrado en muchísimas ocasiones en las que tan sólo contaba con una pequeña lucecita que le dejaban encender a determinadas horas del día por si quería leer. Y hete ahí que a las dos de la mañana del 1 de enero de 1997, estando en una de estas celdas de castigo, en una prisión muy conocida y muy peligrosa que se llama Wakefield, al norte de Inglaterra, para ser más concretos, nuestro protagonista dormía profundamente en su camastro cuando, según relata, le despertó un gran puñetazo en el pecho que le hizo caerse de la cama. Inmediatamente pensó que alguno de sus compañeros de pasillo, igual de peligrosos que él, había conseguido entrar en la celda y atacarle. No obstante, acto seguido consiguió despabilarse un poco mientras preguntaba quién había entrado. Y cuál no fue su sorpresa cuando vio una figura humana llena de luz que le estiraba una mano y se le acercaba a la boca haciéndole sentir un inmenso calor en el cuerpo (y les recuerdo que era enero, que nevaba fuera de la cárcel y que, normalmente, allí ponen la calefacción a ciertas horas del día y a muy pocas horas de la noche, por lo que, como mucho, disponen de alguna que otra manta gruesa, pero nada más).

Entonces, comenzó a sudar, y de repente, de nuevo según su propio relato, algo, un empuje, le obligó a caer de rodillas sin por ello enterarse aún muy bien de qué sucedía. Fue en ese preciso momento cuando ese ser, esa luminosa aparición, le dijo que era un ángel del Señor y que había llegado hasta él para darle un mensaje que, por cierto, es un secreto que solamente saben el abad y el arzobispo que años más tarde le ordenó monje benedictino. De dicho mensaje lo único que él nos transmitió a mí y a todos los demás fue que ese ángel le dijo que tenía que cambiar. “Albert, deja de correr -fueron sus primeras palabras-. El Señor te ha escogido y vas a trabajar para él. A partir de ahora nunca más podrás volver a ofender a tu Señor, y acabarás tus días en una casa de Cristo”. Lo demás es, como les digo, un secreto que únicamente contó a las dos personas arriba citadas.

Después, esa figura angelical desapareció dejándole inmerso en una enorme confusión, en un enorme miedo, ya que no sabía lo que eran los ángeles. Debemos comprender que era una persona que nunca había creído, que ni siquiera estaba bautizada, así que no entendía lo que era la religión. Y, por si fuera poco, toda su vida, desde niño, había sido muy traumática: fue abandonado, siendo bebé, en un orfanato, por lo que pasó su infancia de uno en otro centro de acogida de niños huérfanos, y su adolescencia también resultó atroz, pues fue violado por otro marinero adulto en el barco donde faenaba como pescador. A raíz de aquello empezaron las violaciones, la droga, la delincuencia adolescente y, por último, los actos mafiosos. Por tanto, no resulta raro que se quedara totalmente bloqueado y pensara, como él mismo confesaba, que se había vuelto loco.

De su éxtasis le despertaron los gritos del resto de los presos, que no vieron al ángel pero sí que sintieron su luz. Sea como fuere, el caso es que este episodio fue sumamente importante para él, porque supuso adoptar una seguridad tremenda en sí mismo. Y no es para menos. Como les acabo de comentar, en un primer momento pensó que tantos años abusando del alcohol y las drogas habían hecho mella en él hasta el punto de que su adicción le estaba pasando factura con una locura de semejante tamaño, y para hacerle frente reaccionó de una manera muy humana y muy curiosa, esto es, decidiendo fumarse un porro, puesto que, por supuesto, guardaba droga bajo su colchón. Sin embargo, en su cabeza seguía repiqueteando la frase del ángel, “nunca más podrás volver a ofender a tu Señor”, y nada más acercarse el porro a la boca notó una enorme arcada y empezó a devolver, a temblar y a tener convulsiones. Y posteriormente, una vez calmado, miró a las paredes de su celda, que, como las de los otros compañeros, estaban cubiertas de pornografía, y notó una inmensa tristeza. Ni asco, ni rabia, sino una inexplicable e inmensa tristeza. Entonces, no pudo frenarse y empezó a arañar las paredes para quitar todas aquellas fotos que le rodeaban.

Así, ése fue el verdadero momento en el que, tal y como el ángel le había indicado, Albert cambió absolutamente de personalidad. No en vano, pasó unos diez días muy confuso, sin querer hablar con sus amigos. Anteriormente había sido el líder dentro de la cárcel porque sin duda era el más conflictivo, pero algo había sucedido, algo iba a ser distinto en él a partir de aquel episodio. Por tanto, no es de extrañar que los primeros sorprendidos fueran sus compañeros, que comenzaron a atosigarle preguntándole cómo había conseguido ese foco de luz tan increíblemente potente, cuando él no tenía ningún foco.

En fin. Para no destriparles toda la novela, porque todo su relato lo encontrarán en ella, resumiré el asunto comentándoles que, poco a poco, se atrevió a hablar y relatar su experiencia. Había un monje que solía visitar a los presos de la cárcel, y si al principio Albert pasaba muchísima vergüenza y ni siquiera se atrevía a acercarse a él y contarle lo que le había sucedido, un día, por fin, logró vencer su timidez y explicarle su curiosísimo caso. Entonces, este monje le regaló su primera Biblia, lo que dio lugar a la verdadera transformación de Albert, hasta el punto de que empezaron a ocurrirle muchísimos fenómenos extraños y místicos dentro de la cárcel. Como, por ejemplo, cuando aprobaba con matrícula todos los exámenes de Teología, materia que pidió estudiar, sin apenas tener tiempo para prepararlos. Él lo explicaba argumentando que notaba un calor alrededor de él al sentarse delante del examen. Un calor que le permitía adquirir un entendimiento tan claro de lo que le preguntaban y un conocimiento bíblico y teológico tan profundo que no acertaba a comprender el porqué de su situación.

Así las cosas, acabó cumpliendo su condena y posteriormente dedicó su vida a orar y ayudar al prójimo a través del sacerdocio. Su intención fue, desde el primer momento, trabajar en un monasterio como monje benedictino, y, de todos los monasterios ingleses en los que intentó entrar sin éxito, pues era rechazado por su pasado, sólo hubo uno que quiso acogerle: Nuestra Señora María de la Paz. Claro que, por supuesto, este nombre también me lo he inventado para proteger a los monjes de allí, aunque la historia siga siendo real. Pero, sea como fuere, el caso es que ahí acaba su vida.

Yo le conocí recién ordenado. Recuerdo que, cuando fui a verle, me encontré con la desagradable sorpresa de que había diez periodistas ingleses de renombre haciendo cola delante de mí para saber la historia de quien, para entonces, ya era una persona muy conocida en el mundo de Scotland Yard, como les decía al comienzo de la conferencia. Lo cierto es que la noticia había volado dentro de las cárceles y había llegado al mundo periodístico de Londres rápidamente, por lo que pensé que iba a rechazar entrevistarse conmigo. El abad me dijo: “No sé qué pasara, porque usted es la única mujer, la única extranjera y la única católica”. Así que, como se pueden imaginar, parecía tener todas las de perder ante tanto periodista anglicano (aunque Albert fuera católico).

No obstante, me escogió, y todavía estoy agradeciendo al Señor que tuviera yo esa inmensa fortuna. He estado un año y medio trabajando junto a él en el monasterio. Le he entrevistado muy a fondo, me he estudiado todos los tests psiquiátricos que le hicieron tanto en la cárcel como a la entrada del monasterio (porque también tuvo la enorme suerte de que el abad que le admitió fuera psiquiatra, lo que permitió que su caso fuera estudiado muy a fondo), y, puesto que estaba claro que no se trataba de una esquizofrenia, una psicosis o cualquier otro tipo de trastorno debido a las drogas, esto es, que estaba totalmente sano cuando entró, experimenté muchísima seguridad como entrevistadora.

Por tanto, ésta es la historia que relato en Un mensajero en la noche. Digamos que puede haber un 85% de verdad y un 15% ficticio, que es mi personaje. Yo lo he querido disfrazar de periodista inglesa, porque yo no soy periodista, soy pedagoga. Además, soy madre de familia y la entrevistadora es soltera, aunque realmente éstos sean pequeños detalles sin importancia. Entonces, yendo a lo verdaderamente significativo de todo esto y por concluir el tema, quisiera leerles un fragmentito de una de las grabaciones de mis charlas con Albert, porque creo que sus palabras les pueden hacer comprender sus sentimientos, su necesidad de contar al mundo su historia con esa enorme alegría y ese enorme entusiasmo que le caracterizaban. Albert murió jurándome que todo era cierto, que jamás me había mentido y que su fe se basaba en un hecho místico inexplicable que él todavía no había conseguido entender con claridad. “Porque yo, María -me repetía una y mil veces-, no era digno de recibir un regalo así. No lo soy aún. Muero sin ser digno. Pero cuéntaselo al mundo, María, tanto a la gente normal como a los presos, las prostitutas, los mendigos, los desolados. A todos. Todos deben conocer mi historia, porque Él, en su infinita misericordia, me salvó. Que mi testimonio sirva, a través de tu novela, para que muchos crean”.

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