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Por qué nos confesamos los cristianos

Hablar de la confesión es poco menos que una heroicidad. Pero me lo pide el cuerpo. Estamos en Cuaresma y es precepto al menos una confesión anual en este periodo de conversión personal. Quien no quiera confesarse, porque carece de sentimiento de culpa – qué mal suena el término- lo tiene muy claro. Acude al confesor, le dice que no reconoce pecado alguno en su vida y Santas Pascuas. Pero que acuda al médico del alma, porque el sacerdote nos sirve de puente entre Dios y nosotros.

He conocido confesores de los que mejor huir, atosigan con preguntas, carecen de psicología, les hace falta un rodaje por el mundo. Con ellos en el confesionario no me extraña que estos cada día estén más solos y abandonados. La confesión está olvida por jóvenes y mayores. Sirva como ejemplo mi experiencia, conozco a una persona que cuando sale el tema tiene por costumbre decirme: ¿si el cura no me cuenta lo que hace por qué voy a contarle yo nada a él? . Y de ahí nadie le apea. Vivo con la pena de saber que no tiene sentido de la misericordia, que no sabe lo que es el perdón, que no conoce la mano amorosa del Padre.

Ya me gustaría a mí tener un discurso convincente, pero me temo que pueda estropear los ánimos de mis lectores provocándoles más rechazo que deseo de acudir al citado sacramento. Importante señalar esto último, es un sacramento que tiene origen en el propio Evangelio “A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados….”. No estoy segura, pero puede que aquello del acto de contrición se haya olvidado por completo. Todo es gracia, hasta el hecho de poder reconocerse pecadores. De manera que lo mejor para un tiempo de conversión es solicitar la gracia de una buena confesión. Sin prisas, pero sin pausas.

Lo digo con conocimiento de causa, quien pide encuentra. Pero hay que pedir por la propia conversión, incluso teniendo fe. Porque lamentablemente Dios no ocupa el primer lugar en nuestro orden de prioridades. La suma belleza, bondad, misericordia, Dios en mayúsculas que tiene todo lo que podamos desear, no es lo primero. No lo es en mi vida y ahora personalizo.

Me gustaría que este post sirviera para expresar aquello que deseamos del sacramento de la reconciliación. Todos podemos opinar qué nos gustaría, ¿suprimirlo tal vez?. ¿Dar absoluciones colectivas?. No soy la más apropiada para profundizar en estos temas, pero me he lanzado a la piscina porque no hace mucho sugerí a un compañero que acudiese a la confesión, siempre en caso de reconocer que lo que había hecho estaba mal.

El principal problema de la actualidad, es que nadie siente que obra mal. Hay un nulo sentido del bien y del mal. Todo es justificable, excusable, relativo. Y seguramente haciendo hincapié en el rostro amoroso del Padre, nos hemos olvidado también de hablar de la gracia de ser perdonados. Ya sé que “por mí misma nada puedo”, pero lo vuelvo a repetir, todo es gracia, incluso el saberse perdonada.

Pues abundando en esa imagen del pecado como rechazo a la bondad y al bien, como dar la espalda a lo que debe ser lo primero y principal de nuestra vida. Jesús insiste en pedirnos ser consecuentes con aquello que creemos. No basta con cumplir, tenemos que dar fruto. Y mira por donde, no podemos hacer nada por nuestros propios medios. ¿Será o no será necesario acudir a la misericordia del Padre?. Yo me reconozco pecadora, egoísta, vanidosa. Quiero purificar mis intenciones, mis emociones, poner cada cosa en su sitio. Y puedo decir como Pablo: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”. Cuando estas palabras salen del corazón, es el momento de recibir la gracia del perdón.

Pues por hoy, no digo nada más. Cada uno conoce su itinerario personal, cada cuál sabrá que es aquello que más le cuesta y tal vez puedan escuchar la voz del profeta Isaías:

“Dejen de hacer el mal, aparten de mi vista sus malas acciones, busquen la justicia, auxilien al oprimido, defiendan los derechos del huérfano y la causa de la viuda”.

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