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Archivo para 27 Diciembre 2007

Apostolado cristiano y libertad

27 Diciembre 2007 Moral y Luces Deja un comentario

jueves, 27 de diciembre de 2007
Ramiro Pellitero


¿Deben los cristianos dar testimonio de su fe? La Congregación vaticana para la doctrina de la fe ha publicado un documento con el que desea aclarar la relación entre la misión de la Iglesia y el respeto a la conciencia y la libertad religiosa.

Algunos han dicho que basta trabajar por la justicia y la solidaridad, puesto que cualquier intento de convencer a otros en cuestiones religiosas sería limitar la libertad, o incluso podría lleAlmudi.org - Ramiro Pelliterovar a la intolerancia y a la violencia; otros han apuntado que no sería necesario anunciar a Cristo ni fomentar la adhesión a la Iglesia, porque cabe la salvación sin unirse explícitamente a Cristo y a la Iglesia.

El documento analiza esta cuestión en relación con el hombre, con la Iglesia y con el ecumenismo.

En relación con el hombre, recuerda que la libertad se fundamenta y se abre desde la verdad. El relativismo pone al yo como medida de la verdad y acaba por encerrarlo en su propia prisión. La desconfianza en alcanzar la verdad (escepticismo) y la confianza exclusiva en las propias fuerzas (individualismo), olvidan que vivimos en las tradiciones, al mismo tiempo que hemos de desarrollar la capacidad crítica, por medio de la razón, la experiencia y el diálogo, con la ayuda de los demás.

Ciertamente, Dios puede salvar a los hombres mediante caminos que sólo Él conoce. Pero sin Cristo, falta la plenitud de verdad, de bien y de belleza; la plenitud de luz, de vida y de sentido que permite alcanzar la alegría ya en esta vida; en una palabra, la plenitud de salvación. Porque se mueve en el terreno de la libertad y de la amistad, el apostolado ha de realizarse en un diálogo sincero que comprenda las razones y los sentimientos de los otros, sus esperanzas y sus sufrimientos. No se compagina con el engaño, el egoísmo o la arrogancia, la falta de respeto o la coacción. Pero no se desentiende de la verdad y del bien, por egoísmo, comodidad o pereza.

Respecto a la Iglesia, la evangelización o el apostolado cristiano supone una llamada a la comunión con Cristo, que comporta el compromiso con la caridad y la justicia. No significa sumarse a un grupo de poder o a una utopía política; tampoco al intento de una comunión genérica entre los que buscan a Dios. El cristiano convencido de su fe debe dar testimonio de la propia vida, acompañado por la palabra oportuna que explica “las razones de su esperanza“, y siempre teniendo en cuenta las diversas situaciones de las personas.

En cuanto al ecumenismo (promoción de la plena comunión entre los cristianos), es tarea que pide la colaboración de todo cristiano. Si un cristiano no católico pide entrar en la plena comunión con la Iglesia Católica, debe ser respetada su libertad. Obviamente, el ecumenismo comporta la obligación de evitar cualquier presión indebida.

Como conclusión, el apostolado no sólo es legítimo y conveniente, sino necesario, y hoy más que nunca compromete a todos y cada uno de los cristianos, con un compromisoarduo y al mismo tiempo fascinante. En palabras de Benedicto XVI, el anuncio y el testimonio del Evangelio son el primer servicio que los cristianos pueden dar a cada persona y a todo el género humano, por estar llamados a comunicar a todos el amor de Dios, que se manifestó plenamente en el único Redentor del mundo, Jesucristo.

Ramiro Pellitero, profesor de Teología pastoral en la Universidad de Navarra

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Niños sin rostro

27 Diciembre 2007 Moral y Luces Deja un comentario

jueves, 27 de diciembre de 2007
Juan Manuel de Prada


ABC

El progre es ese tío que ha logrado hacer pasar su cinismo por filantropía. La última hazaña filantrópica del progre consiste en reclamar aborto libre, a la vez que prohíbe que los padres puedan propinar a sus hijos un cachete si se ponen brutos. Vista desde la perspectiva progre, la aparente incongruencia de esta hazaña filantrópica adquiere un encadAlmudi.org - Juan Manuel de Pradaenamiento lógico irreprochable: cuantos más niños podamos meter en la trituradora de carne cuando todavía no tienen rostro, más reparo nos dará golpear el rostro de los que sobrevivan.

El drama moral comienza con la decisión de contemplar el rostro del otro; mientras no haya rostro que contemplar, el progre puede hacer como si el otro no existiese. «¿Por qué hoy en día se rechaza el infanticidio, mientras casi se ha perdido la sensibilidad ante el aborto? -se preguntaba el teólogo Joseph Ratzinger en su opúsculo El derecho a la vida-. Quizá sólo porque en el aborto no se contempla el rostro de la criatura que jamás verá la luz». Ojos que no ven, corazón que no siente; y como el progre no está para afrontar dramas morales, cierra los ojos del corazón y mete al niño gestante en la trituradora de carne, antes de que adquiera un rostro humano.

En su afán por no mirar el rostro del otro, el progre ha desarrollado una suerte de antropología bizantina que hace depender la condición humana de una vida gestante de su tamaño, de su viabilidad, de las semanas de gestación, etcétera. El progre nos quiere hacer creer que un feto de diez semanas no merece protección jurídica porque no puede desarrollar una vida independiente de su madre.

Pero la inviolabilidad de la vida humana en modo alguno depende de que sea viable por sí misma; más bien al contrario, una vida se torna más valiosa cuando más desvalida se halla, cuando más reclama nuestra ayuda para seguir existiendo, cuando carece de poder y de voz para defenderse. La inviolabilidad de la vida depende, en fin, de nuestra decisión de mirarla de frente, reconociendo en ella una dignidad inalienable. La vida humana no es intangible por el mero hecho de que pueda desarrollar una existencia autónoma: un anciano aquejado de demencia senil o un paralítico amarrado a su silla de ruedas tampoco pueden vivir por sí mismos; y, sin embargo, no se nos ocurriría pensar que por ello carecen de dignidad.

Naturalmente, para alcanzar a ver la dignidad de una vida gestante, hay que mirarla a través de los ojos del corazón, allá donde reside nuestra libertad para elegir el bien o el mal. Y como el progre rehúye las decisiones morales, como ni siquiera acepta que existan bien y mal, recurre al fisiologismo más mostrenco y dictamina: una vida gestante no es vida, puesto que no tiene rostro. Y puesto que no tiene rostro, no puede ser sujeto, sino objeto del que puedo disponer libremente, objeto que puedo destruir llegado el caso.

Pero el progre, decíamos antes, necesita disfrazar su cinismo de filantropía. Y para justificar la matanza de vidas gestantes necesita invocar derechos. El progresismo es una máquina de hacer derechos como churros; basta con girar el manubrio y arrimar la sartén. Y, así, el progre se saca de su manga de filántropo el «derecho al aborto»: la mujer tiene derecho a decidir sobre su calidad de vida; la sociedad tiene derecho a desembarazarse de niños indeseados para garantizar a los ciudadanos altas cotas de bienestar, etcétera. El progre disfraza de derechos lo que no son sino expresiones del interés más descarnado y egoísta; y, en esta labor de camuflaje, no tiene empacho en negarle la dignidad a la vida, mientras esa vida no tenga rostro. Pero de la mirada que dirigimos a esas vidas sin rostro depende nuestra propia dignidad: cuando las tratamos como objetos de los que podemos disponer a nuestro libre antojo, estamos negando su dignidad, pero también la nuestra. Estamos, sencillamente, dejando de ser humanos.

Y el progre, que ha dejado de ser humano, necesita fingir que lo sigue siendo con aspavientos filantrópicos. Entonces va y prohíbe que a los niños supervivientes de sus carnicerías les peguemos un cachete. Tal vez en el llanto de esos niños cacheteados oiga el llanto mudo de los niños que arrojó a la trituradora, cuando aún no daban la talla. Tal vez en el rostro lloroso de los niños cacheteados vea el rostro de los niños que no llegaron a tenerlo, porque nunca fueron mirados con los ojos del corazón.
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