Un pontificado Itinerante
En nuestros encuentros a 10.000 metros de altura, cuando le preguntábamos a Juan Pablo II por qué viajaba tanto, solía contestarnos que él era el sucesor de Pedro, pero también de Pablo. En repetidas ocasiones nos explicó que no quería vivir en un palacio, asilado como un monarca, porque su lugar estaba entre la gente, no podía ignorar la humanidad que le rodeaba; para él viajar era un imperativo moral.
Como pastor de la Iglesia universal sentía como un deber recorrer el mundo, llevando la palabra de Dios hasta los rincones más recónditos del planeta para demostrar con su presencia que Dios quiere a todos sin distinción de raza, cultura e incluso de religión, ya que también visitó países donde los católicos era una minoría.
Durante 26 años, Juan Pablo II fue un viajero incansable; ni siquiera durante el último año de su vida renunció a viajar. Ante el mundo se presento como un peregrino, un profeta, a veces un cruzado, animado por una visible urgencia misionera que provenía de la convicción de que solo un mundo que reconoce a Dios puede ser digno del hombre. Su afán era convencer a la humanidad de que este era el camino que la salvaría. Para lograrlo, apoyado en su báculo pastoral, como los cruzados en su espalda, el Papa dio varias veces la vuelta al mundo para afirmar que sólo el Evangelio puede liberar al hombre de los falsos ídolos, de las ideologías y del imperialismo que dividía al planeta; del ateísmo, suceso que representaba el desafío más fuerte del cristianismo. Con su maratón apostólico, Juan Pablo II, sereno, abierto y sin complejos, profundamente enamorado de Cristo y del hombre, intentó liberar al mundo del pesimismo y devolverle al orgullo de su identidad cristiana, con el entusiasmo, seguramente contagioso, de la fe, que en su caso era fuerte como una roca. Durante un vuelo, nos comento: “El Papa debe tener una geografía universal porque después del concilio Vaticano II, la Iglesia es consciente de que pertenece al mundo entero”.
También nos reveló que su espiritualidad era geográfica porque todos los días, al rezar, “se desplazaba espiritualmente para todo el planeta”.
Desde sus primeros viajes comprendió que el mensaje tenía que ir unido a la presencia, porque hacerse presente en cualquier punto del planeta representaba una señal de solidaridad, de participación en la historia de un pueblo o de una nación.
En la primera entrevista que concedió al diario oficial de la Santa Sede, el Observatore Romano, y a Radio Vaticana, el Papa se refirió abiertamente a las objeciones de los que encontraban excesivos sus viajes, tanto por número como por ritmo: “mucha gente -dijo el Papa- piensa que viaja demasiado y muy seguido. Considero que humanamente hablando tiene razón, pero la Providencia es quien me guía y a veces no me sugiere hacer algo por excesum, por exceso. En otra ocasión le dijo al escritor francés André Frozard: “Si no viajara, me tacharían de indiferente ante lo que sucede en el mundo”.
Juan Pablo II realzó la dimensión pública de la fe en un mundo donde ésta se había convertido, por razones políticas o sociales, en un hecho meramente personal y privado. Con él, la religión salió de las catacumbas físicas y morales. Con sus viajes alrededor del mundo dio un continuo testimonio público de la fe, llenó las plazas, los parques y los estadios, con símbolos claros y visibles gracias a la extraordinaria capacidad que tenía de entrar en sintonía con las multitudes, de saber encontrar las palabras y los gestos que de él esperaban.
Uno de los logros de sus viajes fue seguramente que los católicos volvieran a sentirse orgullosos de serlo y perdieran el miedo a manifestar ese orgullo. LO vimos en México, en los países del Este europeo, en Cuba, en los países de mayoría protestante, musulmana o ortodoxa.
Con su presencia, el Papa infundió nueva fuerza y vigor a las Iglesias locales, que al tomar conciencia de si mismas se volvían, después de su partida, en puntos de referencia claves para la vida del país. En las naciones donde la Iglesia había sido victima de persecuciones y donde había tenido que llevara acabo su misión clandestinamente, los pastores descubrieron que después de organizar las visitas papales, ellos las convertían en verdaderos guías del pueblo.
Juan Pablo II opinaba, sin embargo, que los viajes también lo enriquecían personalmente, porque le daban la posibilidad de conocer de manera más profunda, más arraigada en la realidad, situaciones que solo conocía superficialmente. El contacto directo llegó a modificar en algunas ocasiones la visión que tenía y fuimos testigos de cómo cambiaba sus textos para que fueran más acordes con la realidad. Él evangelizaba, pero se sentía a la vez evangelizado; además, los viajes ensanchaban sus horizontes interiores. El Papa era consciente de que a veces, en situaciones de guerra, de injusticia, de dictadura, su voz predicaba en el desierto. Al volver de su sexto viaje a América Latina, un reportero en el avión puso en tela de juicio la utilidad de sus mensajes en ese continente agobiado por la violencia y la injusticia. “Es necesario -le contesto el Papa- que haya una voz que clame en el desierto, porque al final esta voz es siempre escuchada. Es una voz que grita en el desierto desde hace 2000 años”.
El haber recorrido el mundo como defensor del individuo y de sus derechos hizo que prácticamente Juan Pablo II entrara en contacto con muchos de los hombres poderosos de la Tierra. Se le acusó de haber estrechado las manos manchadas de sangre de los dictadores, de haberlos bendecido en palacio que fueron el marco de actos injustos y violentos.
A lo largo de su pontificado, Juan Pablo II fue consciente de las instrumentalizaciones de las que fue objeto por parte de los hombres del poder. Sabía que los poderosos, demócratas u opresores, esperaban siempre de sus visitas una legitimación porque consideraban que aparecer a su lado valía más que cualquier campaña electoral. En la conversación que mantuvo con el vaticanista Gian Franco Svidercoschi, al volver de su quinto viaje por África, en 1989, el Papa, se refirió a los “riesgos políticos” de sus encuentros con los gobernantes y le preguntó que debería hacer. Tenía que evitarlos, fue la respuesta. Surgiría entonces -explico el Papa- una visión falsa de una Iglesia “sobrenatural”, como si el hecho de reunirse con estos hombres fuera un pecado. “Quizás a veces la política es algo pecaminosa”. Quizás existen a veces políticos pecadores; pero no es posible ignorar -termino diciendo Juan Pablo II, esta dimensión política de la vida, sobre todo en la vida de una nación”.
De hecho con su pontificado itinerante, Juan Pablo II demostró lo fundamental que es conversar con quienes poseen el poder, para abogar ante ellos, por el bien de los pueblos.
Valentina Alazraki
TOTUS TUUS
Boletín de la Postulación de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios, JUAN PABLO II.
«Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.












