Archivo

Archivo para 25 Diciembre 2007

Un pontificado Itinerante

25 Diciembre 2007 Moral y Luces Deja un comentario

Juan Pablo IIEn nuestros encuentros a 10.000 metros de altura, cuando le preguntábamos a Juan Pablo II por qué viajaba tanto, solía contestarnos que él era el sucesor de Pedro, pero también de Pablo. En repetidas ocasiones nos explicó que no quería vivir en un palacio, asilado como un monarca, porque su lugar estaba entre la gente, no podía ignorar la humanidad que le rodeaba; para él viajar era un imperativo moral.

Como pastor de la Iglesia universal sentía como un deber recorrer el mundo, llevando la palabra de Dios hasta los rincones más recónditos del planeta para demostrar con su presencia que Dios quiere a todos sin distinción de raza, cultura e incluso de religión, ya que también visitó países donde los católicos era una minoría.

Durante 26 años, Juan Pablo II fue un viajero incansable; ni siquiera durante el último año de su vida renunció a viajar. Ante el mundo se presento como un peregrino, un profeta, a veces un cruzado, animado por una visible urgencia misionera que provenía de la convicción de que solo un mundo que reconoce a Dios puede ser digno del hombre. Su afán era convencer a la humanidad de que este era el camino que la salvaría. Para lograrlo, apoyado en su báculo pastoral, como los cruzados en su espalda, el Papa dio varias veces la vuelta al mundo para afirmar que sólo el Evangelio puede liberar al hombre de los falsos ídolos, de las ideologías y del imperialismo que dividía al planeta; del ateísmo, suceso que representaba el desafío más fuerte del cristianismo. Con su maratón apostólico, Juan Pablo II, sereno, abierto y sin complejos, profundamente enamorado de Cristo y del hombre, intentó liberar al mundo del pesimismo y devolverle al orgullo de su identidad cristiana, con el entusiasmo, seguramente contagioso, de la fe, que en su caso era fuerte como una roca. Durante un vuelo, nos comento: “El Papa debe tener una geografía universal porque después del concilio Vaticano II, la Iglesia es consciente de que pertenece al mundo entero”.

También nos reveló que su espiritualidad era geográfica porque todos los días, al rezar, “se desplazaba espiritualmente para todo el planeta”.

Desde sus primeros viajes comprendió que el mensaje tenía que ir unido a la presencia, porque hacerse presente en cualquier punto del planeta representaba una señal de solidaridad, de participación en la historia de un pueblo o de una nación.

En la primera entrevista que concedió al diario oficial de la Santa Sede, el Observatore Romano, y a Radio Vaticana, el Papa se refirió abiertamente a las objeciones de los que encontraban excesivos sus viajes, tanto por número como por ritmo: “mucha gente -dijo el Papa- piensa que viaja demasiado y muy seguido. Considero que humanamente hablando tiene razón, pero la Providencia es quien me guía y a veces no me sugiere hacer algo por excesum, por exceso. En otra ocasión le dijo al escritor francés André Frozard: “Si no viajara, me tacharían de indiferente ante lo que sucede en el mundo”.

Juan Pablo II realzó la dimensión pública de la fe en un mundo donde ésta se había convertido, por razones políticas o sociales, en un hecho meramente personal y privado. Con él, la religión salió de las catacumbas físicas y morales. Con sus viajes alrededor del mundo dio un continuo testimonio público de la fe, llenó las plazas, los parques y los estadios, con símbolos claros y visibles gracias a la extraordinaria capacidad que tenía de entrar en sintonía con las multitudes, de saber encontrar las palabras y los gestos que de él esperaban.

Uno de los logros de sus viajes fue seguramente que los católicos volvieran a sentirse orgullosos de serlo y perdieran el miedo a manifestar ese orgullo. LO vimos en México, en los países del Este europeo, en Cuba, en los países de mayoría protestante, musulmana o ortodoxa.

Con su presencia, el Papa infundió nueva fuerza y vigor a las Iglesias locales, que al tomar conciencia de si mismas se volvían, después de su partida, en puntos de referencia claves para la vida del país. En las naciones donde la Iglesia había sido victima de persecuciones y donde había tenido que llevara acabo su misión clandestinamente, los pastores descubrieron que después de organizar las visitas papales, ellos las convertían en verdaderos guías del pueblo.

Juan Pablo II opinaba, sin embargo, que los viajes también lo enriquecían personalmente, porque le daban la posibilidad de conocer de manera más profunda, más arraigada en la realidad, situaciones que solo conocía superficialmente. El contacto directo llegó a modificar en algunas ocasiones la visión que tenía y fuimos testigos de cómo cambiaba sus textos para que fueran más acordes con la realidad. Él evangelizaba, pero se sentía a la vez evangelizado; además, los viajes ensanchaban sus horizontes interiores. El Papa era consciente de que a veces, en situaciones de guerra, de injusticia, de dictadura, su voz predicaba en el desierto. Al volver de su sexto viaje a América Latina, un reportero en el avión puso en tela de juicio la utilidad de sus mensajes en ese continente agobiado por la violencia y la injusticia. “Es necesario -le contesto el Papa- que haya una voz que clame en el desierto, porque al final esta voz es siempre escuchada. Es una voz que grita en el desierto desde hace 2000 años”.

Juan Pablo II en AvionEl haber recorrido el mundo como defensor del individuo y de sus derechos hizo que prácticamente Juan Pablo II entrara en contacto con muchos de los hombres poderosos de la Tierra. Se le acusó de haber estrechado las manos manchadas de sangre de los dictadores, de haberlos bendecido en palacio que fueron el marco de actos injustos y violentos.

A lo largo de su pontificado, Juan Pablo II fue consciente de las instrumentalizaciones de las que fue objeto por parte de los hombres del poder. Sabía que los poderosos, demócratas u opresores, esperaban siempre de sus visitas una legitimación porque consideraban que aparecer a su lado valía más que cualquier campaña electoral. En la conversación que mantuvo con el vaticanista Gian Franco Svidercoschi, al volver de su quinto viaje por África, en 1989, el Papa, se refirió a los “riesgos políticos” de sus encuentros con los gobernantes y le preguntó que debería hacer. Tenía que evitarlos, fue la respuesta. Surgiría entonces -explico el Papa- una visión falsa de una Iglesia “sobrenatural”, como si el hecho de reunirse con estos hombres fuera un pecado. “Quizás a veces la política es algo pecaminosa”. Quizás existen a veces políticos pecadores; pero no es posible ignorar -termino diciendo Juan Pablo II, esta dimensión política de la vida, sobre todo en la vida de una nación”.

De hecho con su pontificado itinerante, Juan Pablo II demostró lo fundamental que es conversar con quienes poseen el poder, para abogar ante ellos, por el bien de los pueblos.

Valentina Alazraki

TOTUS TUUS

Boletín de la Postulación de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios, JUAN PABLO II.

 

Categorías:Historia, Mundo, Religión

“Sin verdadera familia no hay futuro para la sociedad”

25 Diciembre 2007 Moral y Luces Deja un comentario

Redacción – 24/12/2007

Los organizadores estiman que serán más de un millón de personas -pertenecientes a movimientos, parroquias, delegaciones de familia y particulares- las que se acerquen el día 30 a la plaza de Colón a la gran celebración “Por la familia cristiana” que ha organizado el Arzobispado de Madrid. El acto constará de dos partes: acto previo y Celebración de la palabra, presidida por el arzobispo de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela

“Estaremos allí mi familia y yo. Tenemos que defender la verdadera familia: un padre + una madre + hijos. Sin verdadera familia no hay futuro para la sociedad”. Gonzalo Colmenarejo es uno de los cientos de personas que han mostrado su apoyo a la gran celebración “Por la familia cristiana” el próximo 30 de diciembre en la madrileña plaza de Colón.

Para José Antonio Galvache, es aún mayor la intensidad con la que vivirá la “Fiesta de la Familia” pues justo el día anterior celebrará con su esposa sus 46 años de casados. Fruto de este matrimonio nacieron cuatro hijos y nueve nietos. Según relata en la página www.porlafamiliacristiana.com, educaron a sus hijos en la fe con esfuerzo y dedicación pero asegura que “ha merecido la pena”. “Una familia -añade- que gracias a Dios es buena gente y está unida y siempre ha pretendido parecerse a la Sagrada Familia de Nazaret”.

No podemos permanecer impasibles

El testimonio de Ignacio Rivero Navarrete invita a reflexionar sobre la legislación vigente: ley de “divorcio exprés”, “matrimonio” homosexual, investigación con embriones, reproducción asistida, debates sobre el aborto y la eutanasia… Y afirma que “no podemos dejar pasar más tiempo permaneciendo impasibles ante la destrucción de los valores por los que nuestros padres lucharon”. Por ello, invita a todos a que manifiesten su apoyo a la familia católica y rechazar todas aquellas iniciativas del Gobierno que “no hace sino destruir esos valores”.

Ignacio augura que “habrá un antes y un después de esta celebración” y propone “contagiar a toda Europa el entusiasmo y la alegría de la familia cristiana”. De esta manera, todos los años se podría festejar, incluso en otras capitales europeas, donde los valores cristianos se ponen continuamente en cuestión.

Según Julio Carrizo Martin, la celebración debe ser “la luz” para todos; para quienes viven en una familia cristiana y para que desconocen o creen imposible vivir esta realidad. En familia, precisamente, viven Santi y Esther, para quienes esta institución “es único referente válido para el mejor desarrollo de cada uno de sus miembros y de la transmisión de la fe y de los valores cristianos de padres a hijos”.

Desarrollo del acto

En un acto previo a la Celebración litúrgica, que comenzará a las 11 de la mañana el próximo 30 de diciembre en la madrileña plaza de Colón, y durará hasta la Celebración de la Palabra, dos presentadores expertos en comunicación darán la bienvenida a los presentes, saludando a los grupos de las diócesis que participarán en esa gran fiesta.

Un matrimonio, un joven y unos abuelos darán testimonio de su vida cristiana en familia y, después, se dará paso a dos vídeos de Juan Pablo II animando a las familias cristianas, uno de ellos está realizado a partir de fragmentos de su misa con las familias en la Plaza de Lima, en 1982.

Está previsto que tras esta emisión se de paso a la conexión con Roma para recibir en directo el mensaje del Papa Benedicto XVI a los participantes de la celebración, después del Ángelus.

El acto previo culminará cuando el presidente de la Conferencia Episcopal Española y obispo de Bilbao, monseñor Ricardo Blázquez, y los cardenales españoles saluden a los asistentes, justo antes de que diversos grupos y movimientos intervengan con unas palabras, como la Comunidad de San Egidio, Comunión y Liberación, Camino Neocatecumenal, Focolares, Renovación Carismática, Foro de la Familia y Acción Católica.

A posteriori, se realizará una procesión con la imagen auténtica de la Virgen de la Almudena traída por jóvenes que viene acompañada de familias enviadas a misión por el arzobispo de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela. Para acompañar este momento, los asistentes podrán escuchar el himno a la Virgen cantado por el coro de la Almudena.

La celebración de la Palabra comenzará con una oración y un saludo del cardenal Rouco. Tras estas palabras, el presidente de la Confederación Nacional Católica de Padres de Familia y Padres de Alumnos (CONCAPA), Luis Carbonell, realizará una monición, antes de la primera lectura (sin concretar), el Salmo “Como brotes de Olivo” (L.Deiss), por el coro de la Almudena y el Evangelio cantado, precedido por una monición hecha por el presidente de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), Alfredo Dagnino.

El cardenal Rouco pronunciará, a continuación, su homilía.

Finalmente, se escuchará la oración de los fieles, un Padre Nuestro y la Bendición final y el canto “María, pequeña María”. Para ello, el Arzobispado de Madrid ha puesto en funcionamiento un número de teléfono (91 366 59 21), al que podrán llamar tanto las familias que busquen alojamiento como aquellos organismos (parroquias, congregaciones, centros culturales e incluso familias de Madrid) que puedan ofrecer camas a los peregrinos.

Homilía de Benedicto XVI en la Misa del Gallo

25 Diciembre 2007 Moral y Luces Deja un comentario

martes, 25 de diciembre de 2007
Ecclesia Digital


Queridos hermanos y hermanas:

«A María le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (cf. Lc 2,6s). Estas frases, nos llegan al corazón siempre de nuevo. Llegó el momento anunciado por el Ángel en Nazaret:

Nacimiento en Belen«Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.

Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de san Lucas sobre la situación de Belén: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.

En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda? ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última que hallamos en el Evangelio.

De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de san José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, así también nos dice Juan: «Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo. El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.

En algunas representaciones navideñas de la Baja Edad media y de comienzo de la Edad Moderna, el pesebre se representa como edificio más bien desvencijado. Se puede reconocer todavía su pasado esplendor, pero ahora está deteriorado, sus muros en ruinas; se ha convertido justamente en un establo. Aunque no tiene un fundamento histórico, esta interpretación metafórica expresa sin embargo algo de la verdad que se esconde en el misterio de la Navidad.

El trono de David, al que se había prometido una duración eterna, está vacío. Son otros los que dominan en Tierra Santa. José, el descendiente de David, es un simple artesano; de hecho, el palacio se ha convertido en una choza. David mismo había comenzado como pastor. Cuando Samuel lo buscó para ungirlo, parecía imposible y contradictorio que un joven pastor pudiera convertirse en el portador de la promesa de Israel. En el establo de Belén, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza davídica de un modo nuevo: en aquel niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraerá hacia sí el mundo es la Cruz. El nuevo trono -la Cruz- corresponde al nuevo inicio en el establo. Pero justamente así se construye el verdadero palacio davídico, la verdadera realeza.

Así, pues, este nuevo palacio no es como los hombres se imaginan un palacio y el poder real.

Este nuevo palacio es la comunidad de cuantos se dejan atraer por el amor de Cristo y con Él llegan a ser un solo cuerpo, una humanidad nueva. El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, ésta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jesús edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los ángeles en el momento de su nacimiento: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.

Gregorio de Nisa ha desarrollado en sus homilías navideñas la misma temática partiendo del mensaje de Navidad en el Evangelio de Juan: «Y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14).

Gregorio aplica esta palabra de la morada a nuestro cuerpo, deteriorado y débil; expuesto por todas partes al dolor y al sufrimiento. Y la aplica a todo el cosmos, herido y desfigurado por el pecado. ¿Qué habría dicho si hubiese visto las condiciones en las que hoy se encuentra la tierra a causa del abuso de las fuentes de energía y de su explotación egoísta y sin ningún reparo?

Anselmo de Canterbury, casi de manera profética, describió con antelación lo que nosotros vemos hoy en un mundo contaminado y con un futuro incierto: «Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos, para los que no habían sido creadas» (PL 158, 955s). Así, según la visión de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los ángeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Así, pues, Navidad es la fiesta de la creación renovada. Los Padres interpretan el canto de los ángeles en la Noche santa a partir de este contexto: se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios. Para los Padres, forma parte del canto navideño de los ángeles el que ahora ángeles y hombres canten juntos y, de este modo, la belleza del cosmos se exprese en la belleza del canto de alabanza. El canto litúrgico -siempre según los Padres- tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.

En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría y nace el canto. Al final de nuestra meditación navideña quisiera citar una palabra extraordinaria de san Agustín.

Interpretando la invocación de la oración del Señor: “Padre nuestro que estás en los cielos”, él se pregunta: ¿qué es esto del cielo? Y ¿dónde está el cielo? Sigue una respuesta sorprendente:

Que estás en los cielos significa: en los santos y en los justos. «En verdad, Dios no se encierra en lugar alguno. Los cielos son ciertamente los cuerpos más excelentes del mundo, pero, no obstante, son cuerpos, y no pueden ellos existir sino en algún espacio; mas, si uno se imagina que el lugar de Dios está en los cielos, como en regiones superiores del mundo, podrá decirse que las aves son de mejor condición que nosotros, porque viven más próximas a Dios. Por otra parte, no está escrito que Dios está cerca de los hombres elevados, o sea de aquellos que habitan en los montes, sino que fue escrito en el Salmo: “El Señor está cerca de los que tienen el corazón atribulado” (Sal 34 [33], 19), y la tribulación propiamente pertenece a la humildad. Mas así como el pecador fue llamado “tierra”, así, por el contrario, el justo puede llamarse “cielo”» (Serm. In monte II 5,17). El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón.

Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios.

Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo. Amén.

Categorías:Mundo, Religión, Testimonios