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Archivo para 24 Diciembre 2007

El Belén perenne del Sagrario

24 Diciembre 2007 Moral y Luces Deja un comentario

sábado, 22 de diciembre de 2007
Guillaume Derville


“Días de Navidad, principios de 1939. Renacer y continuar, comenzar y seguir. En lo material, inercia es no cambiar: no moverse lo quieto, no detenerse lo que se mueve. Pero en lo espiritual, seguir y continuar no es nunca inercia.

Volvamos a lo mismo, siempre a lo mismo: Dios con nosotros, Jesús niño; y nosotros, guiados por los Ángeles, yendo a adorar al Niño Dios, que nos muestran la Virgen y S. José. Por todos los siglos, de todos los confines del orbe, cargados y animados por el trabajo de todas las actividades humanas, irán llegando magos al Belén perenne del Sagrario. Cuida y trabaja, preparando tu ofrenda -tu labor, tu deber- para esta Epifanía de todos los días” [1].

Nacimiento en BelenLa adoración de los Magos, el Bautismo del Señor, las bodas de Caná: tres manifestaciones de la divinidad del Verbo encarnado, tres epifanías que están colocadas en el tiempo pero tienen sabor de eternidad, porque Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre [2].

En la hermosa carta que encabeza la cuartilla de Noticias del mes de diciembre de 1938, poco más de diez años después de la fundación del Opus Dei, nuestro Fundador contempla al Niño Dios en Belén.

Después de reafirmar la definición de la vida interior que tantas veces hemos actualizado en nuestro itinerario de acercamiento al Señor: comenzar y recomenzar, San Josemaría une el misterio de la adoración de los Magos con nuestro trabajo profesional. Relaciona el alcance eterno de aquella ofrenda con la dimensión divina que pueden cobrar nuestras ocupaciones ordinarias.

Nosotros somos también, de algún modo, aquellos magos que, guiados por la estrella de la vocación, nos acercamos a Belén en el tiempo presente, desde todos los confines del orbe. Los Magos, que no son miembros del pueblo hebreo, sino gentiles, anuncian esa gran convocación que será la Iglesia, Pueblo de Dios. Venían de Oriente, de más allá del Jordán. Preguntaba Herodes dónde estaba el Rey de los judíos.

Los príncipes de los sacerdotes y los escribas sabían que el Mesías tenía que nacer en Belén [3], pero no se molestaron en ir a saludarle. Herodes se inquieta y toda Jerusalén con él [4]; sin embargo, sólo esos extranjeros hacen el viaje. Amar es más que conocer, saber no basta para llegar a Jesús.

Cuarenta días después del nacimiento, cuando el divino Niño había sido presentado en el Templo, el viejo Simeón proclamaba la Salvación de los pueblos y profetizaba a quien iba a ser luz para iluminar a los gentiles y gloria de Israel [5]. Luz divina para todas las naciones y, por eso mismo, gloria de Israel.

Los pastores -hebreos- y los Magos -paganos- son los primeros de una multitud donde ya no habrá diferencia entre judío y griego, entre esclavo y libre, entre varón y mujer [6]. Con los Magos, comienza a cumplirse la profecía de Simeón para los gentiles. Nosotros, siglos después, formamos también parte de ese Pueblo convocado en la Nueva Alianza. «Un pueblo de entre los judíos y los gentiles que se condensara en unidad no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera un nuevo Pueblo de Dios»[7]. El pan de las ovejas perdidas de la casa de Israel se hace pan para todos [8].

Los Magos llevan oro, incienso y mirra. ¿Qué llevamos nosotros al Niño Jesús? Nos acercamos a Belén cargados y animados por el trabajo de todas las actividades humanas.

Cargados

Cargados, porque el trabajo duro, continuo, exigente, es para nosotros peso. El trabajo, siempre vocación del hombre, con el pecado se volvió esfuerzo, lucha y dolor. Con la desobediencia, entró la muerte; muerte que Cristo quiso también padecer.

Nosotros, como los Magos, traemos mirra. Como Nicodemo, llevaremos una mixtura de mirra y áloe a los pies de la Cruz, tomaremos su Cuerpo y lo envolveremos en lienzos, con los mejores aromas que podamos encontrar [9]: mirra de abnegación por amor a Cristo y a las almas, de amor a la Cruz en el trabajo de cada día, aunque cueste y porque cuesta.

El trabajo nuestro, participación en los sufrimientos de Cristo, es también bálsamo para curar, para limpiar y aliviar las tremendas heridas que hemos abierto con nuestros pecados en su Santísima Humanidad. Nada faltó a la Pasión de Jesús para salvarnos, pero, para que sus méritos se nos apliquen, debemos completar en nuestra carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para su cuerpo que es la Iglesia [10]. Alegría de participar en los sufrimientos de la Cruz para que Cristo se forme en cada miembro de su cuerpo místico: afán de almas, amor redentor del cristiano. Nuestras fatigas sirven para la salvación de muchas almas.

¿Dónde está el Rey de los judíos?, preguntaba Herodes. ¿A dónde iremos, cargados con nuestro trabajo? Iremos al Belén perenne del Sagrario. Allí, como fruto de la Misa -trabajo de Dios-, como fruto de la Cruz, está sustancialmente presente.

El pan de vida, pan bajado del cielo, pan para la vida del mundo [11], nos está esperando ahora en el Belén del Sagrario, donde hay más humildad, más anonadamiento que en la cuna y que en el Calvario. Los Reyes Magos encontraron a Jesús en Bêt-lehem, que significa casa del pan. El grano de trigo que muriendo dará mucho fruto yace sobre un poco de paja [12].

Vamos a Belén con el oro del desprendimiento de los éxitos y de los fracasos, con el incienso de las ganas de servir y de comprender -caridad, pureza: buen olor de Cristo- y la mirra del sacrificio de cada día [13].

Animados

Vamos animados por el trabajo, porque el trabajo es para nosotros camino para llegar a Jesús; es, de algún modo, el camino hacia Belén: allí donde nace el Verbo encarnado, donde Cielos y tierra se unen, en el seno de María y, después, en aquella humilde cuna de Belén. Allí vamos nosotros, que tratamos de unir trabajo y oración, oración y trabajo: el mundo con Dios.

Figuras del NacimientoVamos con buen ánimo, con paso alegre. El trabajo es, en efecto, y a pesar de las dificultades que siempre conlleva -y que algunas veces tanto nos hacen sufrir-, vida, tarea, don, crecimiento, servicio a Dios y a los demás. Por eso tratamos de quererlo, hacerlo con alegría, con entusiasmo: con pasión profesional. El trabajo es, en este sentido, motor que impulsa. Es bueno salir de casa con deseos de cumplir aquella tarea humana que constituye nuestra vocación profesional y, a la vez, nos ubica en la sociedad.

Él es el artesano, el hijo del artesano [14], el que trabajó treinta años en Nazaret. Es el Hijo de Dios que transformó el pan en su Cuerpo. ¡Cuánto le costó el trabajo de la cruz! Abbá, no se haga mi voluntad sino la tuya [15]; y ese sometimiento de la voluntad lo actualizamos cada día cuando el sacerdote, prestando su voz y toda su persona al Señor, actuando in Persona Christi Capitis, repite las palabras de la Institución de la Eucaristía: Esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Así vamos, cargados y animados, tras las huellas de quien subió a Jerusalén con el peso de nuestros pecados, animado por deseos de salvación, por deseos de entrega.

Quam dilecta tabernacula tua, Domine virtutum![16]. Vamos, animados por el trabajo, al Sagrario, al Tabernáculo, a la casa del Señor de los Ejércitos, fuerza de nuestras luchas de paz por alcanzar las virtudes. Le ofrecemos esa lucha a Él, porque no hay nada bueno que hayamos hecho que no venga de Él. ¿Qué tienes que no hayas recibido?, decía San Pablo [17].

Esas virtudes que hemos tratado de ejercer en el trabajo son de Dios: la laboriosidad -mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo [18]-, la paciencia, la responsabilidad, el cuidado de las cosas pequeñas, el esfuerzo por acabar, el afán por hacer crecer a los demás y la humildad para valorar su trabajo, la alegría, el servicio. En el comenzar y recomenzar está la lucha para adquirir esas virtudes, hábitos operativos que forjan nuestra personalidad y, poco a poco, nos identifican con Cristo.

Para amar

Al trabajar nosotros es Él quien trabaja, quien sufre y se entrega, quien ama. Vamos hacia la casa del Pan, eterno Belén del Sagrario donde está el Hijo único del Padre, el Verbo eterno de Dios. En la patena, uniendo nuestra tarea al pan -fruto de la tierra y de nuestro trabajo-; y en el cáliz, uniendo al vino -fruto de la vid y de nuestro trabajo [19]- la gota de agua de nuestra vida.

Cuida y trabaja, dice san Josemaría. Un trabajo bien hecho, cuidado, esmerado. El trabajo que corresponde al pequeño deber de cada momento: Haz lo que debes y está en lo que haces [20]. Cuidado, esmero, preparación de tu ofrenda.

Vamos al Sagrario que se encuentra en la parroquia, en una iglesia cercana al lugar de trabajo, o de camino; al Sagrario de algún oratorio. Vamos allí para acortar el tiempo hasta la próxima Misa, preparando la ofrenda de la jornada con el cuidado y la impaciencia de los enamorados, con la ilusión de hacer de cada día una Misa, para encomendar a nuestros familiares y amigos, para sentirnos amados…, ¡y para amar! [21].

De modo muy especial, a la hora de las pruebas o cuando hay que dar un nuevo paso, quizá más costoso, hacia un mayor abandono interior, ha llegado el momento de ir al Sagrario a hablar con el Señor, que nos muestra sus llagas como credenciales de su amor; y, con fe en esas llagas que físicamente no contemplamos, descubriremos con los Apóstoles la necesidad de que Cristo padeciera y así entrara en su gloria; acogeremos más claramente la Cruz como un don divino, entendiendo así aquella exhortación de nuestro Padre: empeñémonos en ver la gloria y la dicha ocultas en el dolor [22].

El Sagrario es Belén, casa del pan, siempre demasiado pobre para el Señor. Es Belén porque allí está con su alma, con su cuerpo, con su sangre y su divinidad [23], porque se ofrece, como en Belén, a nuestra contemplación y a nuestra adoración. No vamos a Él con las manos vacías, sino con el trabajo ya hecho y el que queda por hacer.

La Visita al Santísimo Sacramento es una pausa de adoración: Jesús, aquí está Juan el lechero; o también: Señor, aquí está este desgraciado, que no te sabe amar como Juan el lechero [24]. Con nuestro nombre, le hablamos de la ofrenda que le estamos preparando: soy el médico, el obrero, el juez, el maestro de escuela…, que vengo a darte lo que soy y lo que hago; y a pedirte perdón por lo que he dejado de hacer.

Vamos a Él con los ángeles y, como en Belén, está Santa María y está San José. El padre y la madre de familia llevan a sus hijos a saludar a Jesús en el Tabernáculo; el profesional al colega; el estudiante a su amigo, enseñando con el ejemplo cómo la fe mueve a ir al encuentro del Señor que nos espera.

Fe, pureza, vocación

Padrenuestro, Avemaría, Gloria. Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los Santos[25]. Después de adorar al Padre nuestro del Cielo, invocamos a la Madre de Dios y Madre nuestra, para que nos enseñe a dar gloria con nuestra vida a la Trinidad.

Ella nos dio el Cuerpo de Jesús; Ella nos da a Cristo en la Eucaristía. Sus manos recibieron el oro, el incienso y la mirra que los Magos ofrecieron a Jesús. En sus manos se purifican nuestras ofrendas y también nuestras miserias. Da brillo al oro de nuestra fe, enciende con su amor materno el incienso de nuestra pureza y llena de aroma la mirra de nuestra entrega. Santa María mantiene vivo el fuego de nuestra fidelidad y de nuestro apostolado. Con ella daremos luz y calor. Seremos lámparas de fe, de caridad ardiente, luz divina que alumbra el camino hacia Belén.

Vamos hacia esa última y eterna epifanía divina, la última revelación que describe el último libro del Nuevo Testamento, escrito cuando, por una parte, parecían crecer las confusiones doctrinales, amenazando la verdad de los cristianos, y, por otra, se desencadenaba la primera persecución universal y sistemática contra la Iglesia.

El emperador, una criatura de barro ebria de gloria humana, pretendía ser adorado como Señor y Dios. Pero las sombras de gloria vana desaparecerán con el río de agua de la vida, claro como un cristal, procedente del trono de Dios y del Cordero. Los que verán su rostro no necesitarán lámparas porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos [26].

Mientras tanto, el fulgor divino se propaga como un incendio, de corazón a corazón: fuego apostólico que se alimenta de la fidelidad diaria, con la humildad que persevera en la fe, con el Pan que hace más firme la pureza, con la vocación fortalecida en la Palabra, en la oración.

Oro, incienso y mirra. Fe, pureza y camino: tres puntos intangibles que cada semana consideramos con el Señor y que nos gusta comentar cuando queremos acudir a la ayuda de la dirección espiritual. Así recomenzamos, cada día, cada semana, preparando nuestra ofrenda para la Epifanía de todos los días.

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Vidas con o sin esperanza

24 Diciembre 2007 Moral y Luces Deja un comentario

domingo, 23 de diciembre de 2007
Ramiro Pellitero


Ramiro Pellitero, profesor de Teolog�a pastoral en la Universidad de NavarraEn la película “Vidas contadas” (Jill Sprecher, 2002) queda claro que la historia de cada uno se entreteje con la de los demás. La vida no parece justa muchas veces: “La fortuna sonríe a algunos y se ríe de otros” -dice un personaje-, y la felicidad puede convertirse “en una maldición”. Incluso los que tienen fe pueden sentir la tentación de “tirar la toalla” ante las dificultades. Pero es patente el valor tanto de la fe como de la libertad.

Le cuesta más entenderlo al profesor de Física, acostumbrado a la “irreversibilidad” de las leyes de la materia. Sin embargo, desde el principio intuye que la realidad personal funciona de otra manera; él quiere “lo que todos queremos: vivir la vida, despertarme animado, ser feliz”, y para eso huye “de una vida predecible, del aburrimiento”; aunque se equivoca casi siempre en los medios, y pocas veces se pone en el lugar de los demás.

Se ve cómo los gestos de las personas cambian los acontecimientos, para bien (una actitud amable, una sonrisa) o para mal (una venganza, un desprecio). Nuestras decisiones influyen en la vida de los demás. Que “el ser humano necesita de 45 centímetros de espacio personal” debe de ser un consuelo en Manhattan -símbolo por antonomasia de la vida moderna-, donde es difícil evitar mezclarse con los otros. Además hay que contar con que necesitamos tiempo para rectificar, aunque el tiempo también se acaba. “El juez está a la puerta…, consideramos felices a aquellos que resistieron”, dice un predicador en la película. Hasta el final, todo puede arreglarse o estropearse: “A veces -dice otro personaje- la gente tiene suerte: se le concede una segunda oportunidad”. En todo caso, el destino no está escrito, sino que con Machado habría que concluir: “se hace camino al andar”.

Para Saint-Éxupéry, somos como ramas que pertenecemos a un mismo árbol. Y Josemaría Escrivá predicaba que “ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad”. Por tanto, que “Dios y yo” es lo único importante, es una verdad a medias, como reconocía Newman en una especie de retractación. Y el Concilio Vaticano II proclamó que “Dios quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo”, la familia de Dios (la Iglesia, como germen de la solidaridad entre todos los pueblos).

En su encíclica sobre la esperanza cristiana, Benedicto XVI critica que la edad moderna haya sustituido el “Reino de Dios”, por el “reino del hombre”, entendido el hombre como materia sin libertad. Pero también habla de una necesaria “autocrítica del cristianismo moderno”, para que se comprenda mejor a sí mismo desde sus propias raíces. Cabe preguntarse en este sentido si no habremos caído, muchos cristianos, en el “mito del progreso” (materialista) o en una fe que no ha sido suficientemente pensada y hecha cultura, de manera que hayamos contribuido a la idea de que el mensaje del Evangelio es individualista.

Afirma el Papa que, en Jesús, Dios “nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto” y que “estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser para todos”. Sobre esta base se apoya la fe en el juicio definitivo y el carácter salvador de la esperanza cristiana. Es ciertamente -señala- esperanza para mí, pero siempre es a la vez esperanza para los demás, para los otros. Y por tanto el cristiano debe plantearse no sólo la pregunta. “¿Cómo puedo salvarme yo mismo?”, sino también: “¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza?. Entonces -concluye- habré hecho el máximo también por mi salvación personal”.

En resumidas cuentas, Benedicto XVI dice que los cristianos hemos de aprender de nuevo una “esperanza activa”, que nos lleve a colaborar con los otros, en la oración, en el trabajo, en el sufrimiento por sacar adelante las cosas buscando la verdad y la justicia, y rechazando todo individualismo. Ya 150 años antes de Cristo, dijo Terencio: “Soy humano y nada de lo humano me es ajeno”. En esa misma línea con las luces del cristianismo, escribió Dostoievsky que “todos somos responsables de todo”.

Al final de “Vidas contadas”, se pregunta si la fe no es “la antítesis de las pruebas” (porque no probaría nada). En su segunda encíclica el Papa, con la tradición cristiana, sostiene que la fe es la “prueba” de lo que no se ve, la “sustancia” de lo que se espera, la llave para la “vida eterna”. Y la fe y la esperanza se prueban y se muestran por el amor. De la esperanza de las personas tocadas por Cristo -señala- “ha brotado esperanza para otros que vivían en la oscuridad y sin esperanza”.

Ramiro Pellitero, profesor de Teología pastoral en la Universidad de Navarra

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Aprender de la Sagrada Familia

24 Diciembre 2007 Moral y Luces Deja un comentario

lunes, 24 de diciembre de 2007
Almudí


María, José, Jesús Niño, ocupan de un modo muy especial el centro de nuestro corazón. ¿Qué nos dice, qué nos enseña la vida a la vez sencilla y admirable de esa Sagrada Familia?. De la Homilía de san Josemaría Escrivá “El matrimonio vocación cristiana” (En Es Cristo que pasa, nn. 22-30)

La Sagrada Familia22. Estamos en Navidad. Los diversos hechos y circunstancias que rodearon el nacimiento del Hijo de Dios acuden a nuestro recuerdo, y la mirada se detiene en la gruta de Belén, en el hogar de Nazareth. María, José, Jesús Niño, ocupan de un modo muy especial el centro de nuestro corazón. ¿Qué nos dice, qué nos enseña la vida a la vez sencilla y admirable de esa Sagrada Familia?

Entre las muchas consideraciones que podríamos hacer, una sobre todo quiero comentar ahora. El nacimiento de Jesús significa, como refiere la Escritura, la inauguración de la plenitud de los tiempos, el momento escogido por Dios para manifestar por entero su amor a los hombres, entregándonos a su propio Hijo. Esa voluntad divina se cumple en medio de las circunstancias más normales y ordinarias: una mujer que da a luz, una familia, una casa. La Omnipotencia divina, el esplendor de Dios, pasan a través de lo humano, se unen a lo humano. Desde entonces los cristianos sabemos que, con la gracia del Señor, podemos y debemos santificar todas las realidades limpias de nuestra vida. No hay situación terrena, por pequeña y corriente que parezca, que no pueda ser ocasión de un encuentro con Cristo y etapa de nuestro caminar hacia el Reino de los cielos.

No es por eso extraño que la Iglesia se alegre, que se recree, contemplando la morada modesta de Jesús, María y José. Es grato -se reza en el Himno de maitines de esta fiesta- recordar la pequeña casa de Nazareth y la existencia sencilla que allí se lleva, celebrar con cantos la ingenuidad humilde que rodea a Jesús, su vida escondida. Allí fue donde, siendo niño, aprendió el oficio de José; allí donde creció en edad y donde compartió el trabajo de artesano. Junto a El se sentaba su dulce Madre; junto a José vivía su esposa amadísima, feliz de poder ayudarle y de ofrecerle sus cuidados.

Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El mensaje de la Navidad resuena con toda fuerza: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Que la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones, escribe el apóstol. La paz de sabernos amados por nuestro Padre Dios, incorporados a Cristo, protegidos por la Virgen Santa María, amparados por San José. Esa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos. Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida.

23. El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo, y, a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque -queramos o no- el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra.

Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar.

La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.

Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría… Hablando del matrimonio, de la vida matrimonial, es necesario comenzar con una referencia clara al amor de los cónyuges.

24. El amor puro y limpio de los esposos es una realidad santa que yo, como sacerdote, bendigo con las dos manos. La tradición cristiana ha visto frecuentemente, en la presencia de Jesucristo en las bodas de Caná, una confirmación del valor divino del matrimonio: fue nuestro Salvador a las bodas -escribe San Cirilo de Alejandría- para santificar el principio de la generación humana.

El matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne; como dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, esté o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla.

Nos ha dado el Creador la inteligencia, que es como un chispazo del entendimiento divino, que nos permite -con la libre voluntad, otro don de Dios- conocer y amar; y ha puesto en nuestro cuerpo la posibilidad de engendrar, que es como una participación de su poder creador. Dios ha querido servirse del amor conyugal, para traer nuevas criaturas al mundo y aumentar el cuerpo de su Iglesia. El sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad.

Ese es el contexto, el trasfondo, en el que se sitúa la doctrina cristiana sobre la sexualidad. Nuestra fe no desconoce nada de lo bello, de lo generoso, de lo genuinamente humano, que hay aquí abajo. Nos enseña que la regla de nuestro vivir no debe ser la búsqueda egoísta del placer, porque sólo la renuncia y el sacrificio llevan al verdadero amor: Dios nos ha amado y nos invita a amarle y a amar a los demás con la verdad y con la autenticidad con que El nos ama. Quien conserva su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la volverá a hallar, ha escrito San Mateo en su Evangelio, con frase que parece paradójica.

Las personas que están pendientes de sí mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás -también en el matrimonio-, puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del cielo.

Durante nuestro caminar terreno, el dolor es la piedra de toque del amor. En el estado matrimonial, considerando las cosas de una manera descriptiva, podríamos afirmar que hay anverso y reverso. De una parte, la alegría de saberse queridos, la ilusión por edificar y sacar adelante un hogar, el amor conyugal, el consuelo de ver crecer a los hijos. De otra, dolores y contrariedades, el transcurso del tiempo que consume los cuerpos y amenaza con agriar los caracteres, la aparente monotonía de los días aparentemente siempre iguales.

Tendría un pobre concepto del matrimonio y del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas dificultades, el amor y el contento se acaban. Precisamente entonces, cuando los sentimientos que animaban a aquellas criaturas revelan su verdadera naturaleza, la donación y la ternura se arraigan y se manifiestan como un afecto auténtico y hondo, más poderoso que la muerte.

25. Esa autenticidad del amor requiere fidelidad y rectitud en todas las relaciones matrimoniales. Dios, comenta Santo Tomás de Aquino, ha unido a las diversas funciones de la vida humana un placer, una satisfacción; ese placer y esa satisfacción son por tanto buenos. Pero si el hombre, invirtiendo el orden de las cosas, busca esa emoción como valor último, despreciando el bien y el fin al que debe estar ligada y ordenada, la pervierte y desnaturaliza, convirtiéndola en pecado, o en ocasión de pecado.

La castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida. Existe una castidad de los que sienten que se despierta en ellos el desarrollo de la pubertad, una castidad de los que se preparan para casarse, una castidad de los que Dios llama al celibato, una castidad de los que han sido escogidos por Dios para vivir en el matrimonio.

¿Cómo no recordar aquí las palabras fuertes y claras que nos conserva la Vulgata, con la recomendación que el Arcángel Rafael hizo a Tobías antes de que se desposase con Sara? El ángel le amonestó así: Escúchame y te mostraré quiénes son aquellos contra los que puede prevalecer el demonio. Son los que abrazan el matrimonio de tal modo que excluyen a Dios de sí y de su mente, y se dejan arrastrar por la pasión como el caballo y el mulo, que carecen de entendimiento. Sobre éstos tiene potestad el diablo.

No hay amor humano neto, franco y alegre en el matrimonio si no se vive esa virtud de la castidad, que respeta el misterio de la sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a la entrega. Nunca he hablado de impureza, y he evitado siempre descender a casuísticas morbosas y sin sentido; pero de castidad y de pureza, de la afirmación gozosa del amor, sí que he hablado muchísimas veces, y debo hablar.

Con respecto a la castidad conyugal, aseguro a los esposos que no han de tener miedo a expresar el cariño: al contrario, porque esa inclinación es la base de su vida familiar. Lo que les pide el Señor es que se respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que obren con delicadeza, con naturalidad, con modestia. Les diré también que las relaciones conyugales son dignas cuando son prueba de verdadero amor y, por tanto, están abiertas a la fecundidad, a los hijos.

Cegar las fuentes de la vida es un crimen contra los dones que Dios ha concedido a la humanidad, y una manifestación de que es el egoísmo y no el amor lo que inspira la conducta. Entonces todo se enturbia, porque los cónyuges llegan a contemplarse como cómplices: y se producen disensiones que, continuando en esa línea, son casi siempre insanables.

Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara.

Los esposos deben edificar su convivencia sobre un cariño sincero y limpio, y sobre la alegría de haber traído al mundo los hijos que Dios les haya dado la posibilidad de tener, sabiendo, si hace falta, renunciar a comodidades personales y poniendo fe en la providencia divina: formar una familia numerosa, si tal fuera la voluntad de Dios, es una garantía de felicidad y de eficacia, aunque afirmen otra cosa los fautores equivocados de un triste hedonismo.

26. No olvidéis que entre los esposos, en ocasiones, no es posible evitar las peleas. No riñáis delante de los hijos jamás: les haréis sufrir y se pondrán de una parte, contribuyendo quizá a aumentar inconscientemente vuestra desunión. Pero reñir, siempre que no sea muy frecuente, es también una manifestación de amor, casi una necesidad. La ocasión, no el motivo, suele ser el cansancio del marido, agotado por el trabajo de su profesión; la fatiga -ojalá no sea el aburrimiento- de la esposa, que ha debido luchar con los niños, con el servicio o con su mismo carácter, a veces poco recio; aunque sois las mujeres más recias que los hombres, si os lo proponéis.

Evitad la soberbia, que es el mayor enemigo de vuestro trato conyugal: en vuestras pequeñas reyertas, ninguno de los dos tiene razón. El que está más sereno ha de decir una palabra, que contenga el mal humor hasta más tarde. Y más tarde -a solas- reñid, que ya haréis en seguida las paces.

Pensad vosotras en que quizá os abandonáis un poco en el cuidado personal, recordad con el proverbio que la mujer compuesta saca al hombre de otra puerta: es siempre actual el deber de aparecer amables como cuando erais novias, deber de justicia, porque pertenecéis a vuestro marido: y él no ha de olvidar lo mismo, que es vuestro y que conserva la obligación de ser durante toda la vida afectuoso como un novio. Mal signo, si sonreís con ironía, al leer este párrafo: sería muestra evidente de que el afecto familiar se ha convertido en heladora indiferencia.

27. No se puede hablar del matrimonio sin pensar a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que con el matrimonio se inicia. Una familia se compone no sólo del marido y de la mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los abuelos, de los otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos ellos ha de llegar el calor entrañable, del que depende el ambiente familiar.

Ciertamente hay matrimonios a los que el Señor no concede hijos: es señal entonces de que les pide que se sigan queriendo con igual cariño, y que dediquen sus energías -si pueden- a servicios y tareas en beneficio de otras almas. Pero lo normal es que un matrimonio tenga descendencia. Para estos esposos, la primera preocupación han de ser sus propios hijos. La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.

Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.

Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.

28. Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.

Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre todo éste: que vuestros hijos vean -lo ven todo desde niños, y lo juzgan: no os hagáis ilusiones- que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras.

Es así como mejor contribuiréis a hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad.

29. Escuchad a vuestros hijos, dedicadles también el tiempo vuestro, mostradles confianza; creedles cuando os digan, aunque alguna vez os engañen; no os asustéis de sus rebeldías, puesto que también vosotros a su edad fuisteis más o menos rebeldes; salid a su encuentro, a mitad de camino, y rezad por ellos, que acudirán a sus padres con sencillez -es seguro, si obráis cristianamente así-, en lugar de acudir con sus legítimas curiosidades a un amigote desvergonzado o brutal. Vuestra confianza, vuestra relación amigable con los hijos, recibirá como respuesta la sinceridad de ellos con vosotros: y esto, aunque no falten contiendas e incomprensiones de poca monta, es la paz familiar, la vida cristiana.

¿Cómo describiré -se pregunta un escritor de los primeros siglos- la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia une, que la entrega confirma, que la bendición sella, que los ángeles proclaman, y al que Dios Padre tiene por celebrado?… Ambos esposos son como hermanos, siervos el uno del otro, sin que se dé entre ellos separación alguna, ni en la carne ni en el espíritu. Porque verdaderamente son dos en una sola carne, y donde hay una sola carne debe haber un solo espíritu… Al contemplar esos hogares, Cristo se alegra, y les envía su paz; donde están dos, allí está también El, y donde El está no puede haber nada malo.

30. Hemos procurado resumir y comentar algunos de los rasgos de esos hogares, en los que se refleja la luz de Cristo, y que son, por eso, luminosos y alegres -repito-, en los que la armonía que reina entre los padres se trasmite a los hijos, a la familia entera y a los ambientes todos que la acompañan. Así, en cada familia auténticamente cristiana se reproduce de algún modo el misterio de la Iglesia, escogida por Dios y enviada como guía del mundo.

A todo cristiano, cualquiera que sea su condición -sacerdote o seglar, casado o célibe-, se le aplican plenamente las palabras del apóstol que se leen precisamente en la epístola de la festividad de la Sagrada Familia: Escogidos de Dios, santos y amados. Eso somos todos, cada uno en su sitio y en su lugar en el mundo: hombres y mujeres elegidos por Dios para dar testimonio de Cristo y llevar a quienes nos rodean la alegría de saberse hijos de Dios, a pesar de nuestros errores y procurando luchar contra ellos.

Es muy importante que el sentido vocacional del matrimonio no falte nunca tanto en la catequesis y en la predicación, como en la conciencia de aquellos a quienes Dios quiera en ese camino, ya que están real y verdaderamente llamados a incorporarse en los designios divinos para la salvación de todos los hombres.

Por eso, quizá no puede proponerse a los esposos cristianos mejor modelo que el de las familias de los tiempos apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia a los gentiles; Aquila y Priscila, que difundieron el cristianismo en Corinto y en Efeso y que colaboraron en el apostolado de San Pablo; Tabita, que con su caridad asistió a los necesitados de Joppe. Y tantos otros hogares de judíos y de gentiles, de griegos y de romanos, en los que prendió la predicación de los primeros discípulos del Señor.

Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído.

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