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Archivo para 9 Diciembre 2007

La barbarie silenciosa

La barbarie silenciosa (el aborto libre en España)

TERCERA. JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS. Director de ABC

Los decapitan, les succionan la masa cerebral, les inyectan líquidos letales y, tras descuartizarlos, introducen sus despojos en una trituradora conectada a los desagües y esa vida arrasada bárbaramente queda sin rastro. Así se practican abortos en unas clínicas de Barcelona a criaturas prácticamente a término -siete y ocho meses de gestación- y a otras cuyo derecho a vivir, aun no siendo viables fuera del claustro materno, está amparado por el artículo 15 de la Constitución española y por una ley natural inderogable y de vigencia universal. En España -hay que afirmarlo desde el más básico conocimiento jurídico- abortar es delito. La ley de 1985 sólo -y ya es demasiado- despenalizó unos determinados supuestos. El tercero de ellos -riesgo real para la vida o la salud de la embarazada- ampara más del 97 por ciento de los abortos que se practican. Es obvio que se trata de un fraude de ley de proporciones incalculables y que, de hecho, está permitiendo que Cataluña en particular y España en general se hayan convertido en un macabro paraíso abortista al que acuden en sangrienta peregrinación miles de extranjeras en cuyos países de origen las leyes no son -como aquí ocurre- meros ornamentos legislativos. Como bien recordaba el pasado viernes un lector de ABC, Julián Marías consideró la aceptación social del aborto como «el máximo desprecio de la vida humana en toda la historia conocida, y a la vez la negación de la condición personal». Así es. Una destructiva mentalidad sedicentemente liberal y progresista está usurpando el inicio de la vida y su final -mediante el aborto y la eutanasia activa- a sus propios titulares, imponiendo una abominable cultura de la muerte. Ni existe un derecho de la mujer a su propio cuerpo para deshacerse de la vida que ella en un acto voluntario -sea o no imprudente, esa es otra cuestión- ha creado, ni tampoco se da facultad por parte de nadie para acortar de manera activa la vida de un enfermo o de un anciano aunque la esperanza de supervivencia haya desaparecido o resulte del todo improbable. Hay tramos de la existencia -la inicial y la terminal- a los que hay que aproximarse con un respeto ignífugo frente a las llamaradas insensibles que para, hipócritamente, superar la barbarie silenciosa descubierta ahora en Barcelona proponen una nueva ley de plazos que nos conduciría, ya sin eufemismos, a un sistema de aborto libre. La circunloquialmente denominada «interrupción voluntaria del embarazo» es, hoy por hoy, o sigue siéndolo, motivo de abierto debate en todas las sociedades conscientes de la necesidad de preservar determinados valores cívicos. No es una estratagema «conservadora», como con manifiesta indigencia ética se trata de relativizar este asunto; tampoco la oposición al aborto es una imposición moral de carácter confesional -en este caso del catolicismo y, en general, del cristianismo-, y mucho menos se trata de una incomprensión inhumana hacia muchos dramas personales y familiares que conducen a mujeres indefensas, engañadas, solas y abandonadas a esas clínicas de exterminio. Lo que se dilucida con el debate sobre el aborto es el modelo de sociedad y de convivencia que queremos construir; cuáles son los valores que debemos proteger mediante leyes justas y morales y qué medidas deben adoptarse para que el aborto no se convierta -como ahora ocurre- en una brutalidad de perfiles tan repugnantes que muchos medios de comunicación y la mayoría de los ciudadanos prefieren eludir para no enfrentarse a esa realidad que desafía a la conciencia colectiva. Nada de lo que estamos conociendo tiene sentido social ni moral cuando existen medios anticonceptivos no abortivos para evitar la fecundación y cuando en España se mantiene una demanda abundante y constante de adopciones. Habrá, pues, que informar masivamente para evitar los embarazos indeseados y ofrecer métodos de barrera -desde luego nunca abortivos- cuyo coste sea mínimo o, a ser posible, gratuito. Y habrá que reconducir las peticiones de adopción, ahora dirigidas a terceros países, para facilitarla en España, aunque ello conlleve circunstancias emocionalmente más duras para la madre biológica y los padres adoptivos. Y habrá que invertir cuanto dinero sea necesario en una y otra iniciativa para evitar la lacra del aborto libre que -se admita o no- se ha instalado al amparo de un supuesto de despenalización que se ha comportado como cobertura para perpetrar demasiados desafueros. Y habrá que aplicar la ley, lo que ahora no se hace. Hacerlo corresponde al Estado y, en particular, a los tribunales, que requieren de la alerta permanente de las fuerzas y los cuerpos de seguridad -tanto centrales como autonómicos-, pero también de los colectivos implicados, especialmente el de los médicos, que con aplastante mayoría se comportan conforme a las exigencias de su juramento hipocrático y se amparan masivamente en la objeción de conciencia. La práctica del aborto se ha convertido, además, no sólo en una inmoralidad ontológica, sino también en un pingüe negocio. En las clínicas de exterminio desmanteladas en Barcelona, la tarifa que habían de abonar las embarazadas por deshacerse de su criatura aumentaba al mismo ritmo que el tiempo de gestación: feto de seis meses, seis mil euros; de siete meses, siete mil euros; y de ocho meses -sí, de ocho meses-, ocho mil euros. Se calculaba, al parecer, el trabajo de la trituradora y, seguramente, el esfuerzo del verdugo cuando decapitaba a su víctima. Verdaderamente repugnante. Y sorprendente que la finísima piel de tantos colectivos cívicos se motee con urticarias por atentados ecológicos, culturales o sexuales y, en cambio, su epidermis parezca paquidérmica cuando ahí al lado, en la zona alta de la Ciudad Condal, y en tantas otras, se perpetra una barbarie que requeriría de un Truman Capote redivivo para relatarla con el énfasis de su legendario «A sangre fría». No recurramos como paliativo a esta imperturbabilidad mediática y social ante estos crímenes a la perplejidad que causan o la atribución del ánimo escandalizado a una pulsión confesional. No hablamos de creencias -que también vendrían al caso-, sino de decencias; no hablamos de moral religiosa, sino de conciencia cívica; no escapemos de este macabro asunto por el portillo del drama personal de las embarazadas que abortan, porque de lo que estamos hablando es de los carniceros que las explotan y de la inacción con la que se olvida a las madres y la impunidad con la que actúan los victimarios. España -recordaba en estas páginas el Secretario de Estado del Vaticano, Tarsicio Bertone, hace unas semanas- ha sido un «faro de civilidad» por los valores que, como sociedad, ha sabido proteger y aprehender en su convivencia. Los estamos perdiendo a una velocidad suicida y necesitamos una reposición de nuestra identidad colectiva con más urgencia que nunca. El vanguardismo relativista y permisivo en que en estos años nos hemos enfangado no sólo merma nuestro crédito de solvencia común, sino que, además, nos comienza a restar autoestima. Los crímenes abortistas de Barcelona tendrían que constituir un aldabonazo en la conciencia social porque la brutalidad y vesania de esos carniceros no deja de ser un signo del despiadado momento en el que discurre nuestro convivir.

La gran esperanza

domingo, 09 de diciembre de 2007
Alejandro Llano


Gaceta de los Negocios

¿Qué me cabe esperar? Ésta es la pregunta decisiva que toda persona se hace a lo largo de su vida. Representa un interrogante acerca del sentido de nuestra existencia y del destino que nos aguarda. La formuló Immanuel Kant hace más de dos siglos y encuentra hoy una luminosa respuesta en Spe salvi, la encíclica sobre la esperanza que acaba de publicar Benedicto XVI.

Alejandro LlanoLo que todos esperamos es vivir. Por eso la muerte se presenta ante nosotros como una profunda quiebra en la que parece que nuestras expectativas se hunden. Pero, bien pensado, lo que de verdad queremos no es una indefinida prolongación de los días del calendario. Aspiramos a más. El objeto de nuestro deseo es una vida plena, en la que -como dice el Papa- “la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos a la totalidad”. Anhelamos sumergirnos en “el océano del amor infinito”, en la inmensidad del ser, desbordados por la alegría. Y esto, lo sabemos bien, no es algo que nos quepa alcanzar en esta vida.

Se trata de un tema perfectamente serio, que escritores superficiales están tratando de manera frívola. Hay razones filosóficas que fundamentan rigurosamente la realidad de la inmortalidad del alma. Pero, sobre todo, nos cabe esperar en la vida eterna gracias a la confianza cierta que nos ofrece la fe en Jesucristo, muerto y resucitado por amor.

No se trata de una salvación individualista. Nadie se salva solo, así como nadie puede ser libre por su cuenta. La vida humana es un entramado de libertades que únicamente se pueden conciliar si todos aspiramos concertadamente a un bien solidario. Nada hay menos humano ni menos cristiano que el atomismo social, imperante en las ideologías de la modernidad. No es cierto que, si todos buscan su beneficio egoísta, lo que resulte sea el interés general.

Pero también se han mostrado vanas las promesas del colectivismo revolucionario, que pretendía establecer el reino del hombre sobre la tierra. El teólogo Joseph Ratzinger sabe que un mundo sin Dios es un mundo sin libertad y no promete, en modo alguno, un mundo bueno. Los cráneos apilados de Pol Pot ofrecen el icono de muerte al que da culto el totalitarismo marxista. “Quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida”. Y por eso se muestran tan insuficientes las propuestas postmarxistas de Horkheimer, Adorno o Bloch.

La gran esperanza es la que mueve y anima las pequeñas esperanzas. El amor personal, los empeños profesionales, la propia pugna política, el trabajo que mejora la sociedad y protege la tierra… todas esas realidades humanas son excelentes siempre que no se absoluticen y, en lugar de señalar caminos, se constituyan en barreras que obstaculizan y separan. Quien sabe esto, no ignora la clave del optimismo. Quien lo ignora, está abocado a la congoja.

El ambiente bronco y violento que tantas veces impregna la sociedad actual no surge de crispaciones coyunturales ni encuentra su remedio en leyes coercitivas. Lo que el pesimismo colectivo denota es un déficit de esperanza, fomentado por quienes pretenden organizar la vida común con horizontes secularizados y, a la postre, materialistas. No hay remedios automáticos para las patologías sociales más acuciantes. Si las personas van perdiendo la visión de las dimensiones trascendentes, no tienen mucho que esperar. Y la amargura suele desembocar en un enfrentamiento que no acepta conciliaciones banales.

Cada persona esperanzada es, ella misma, un foco de esperanza. El que vive para los otros ofrece continuamente salidas a los aparentes callejones sin salida. Todo gesto de solidaridad y de ayuda es algo así como una bocanada de aire fresco en un ambiente enrarecido. Aunque hoy día las cosas no se presenten fáciles para quienes proponen una visión religiosa del mundo, su aportación es decisiva para la sociedad. Porque la religión es la clave de toda cultura y pieza imprescindible de una educación que no se reduzca a ese adiestramiento que termina por revelarse como ramplón y estéril.

Benedicto XVI traza en un panorama grandioso y realista, tan alejado de las utopías de la liberación como del consumismo que pone su corazón en satisfacciones inmediatas. Este horizonte trascendente confiere peso y valor a cada una de las actuaciones humanas que, como ya apunta el diálogo Gorgias de Platón, serán tenidas muy en cuenta al final.

El Romano Pontífice no vacila a la hora de afirmar que el argumento más fuerte en favor de la vida eterna es precisamente el de la necesidad de un restablecimiento de la justicia que abarque todo el arco de la historia. Los débiles encontrarán satisfacción de los atropellos sufridos, mientras que el cinismo del poder no se dará por bueno. Pero el balance definitivo no anuncia temor sino amor. Sólo el amor salva. Sin menoscabo de la justicia, lo que nos espera es la misericordia.

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El Papa “peregrina” a Lourdes

“Yo soy la Inmaculada”

El Papa “peregrina” a Lourdes al inicio del Año Jubilar por 150° aniversarioBenedicto XVI

VATICANO, 08 Dic. 07 / 09:53 am (ACI).- Hoy, solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, se inicia un Año Jubilar por el 150° aniversario de las apariciones de la Virgen María a Santa Bernadette Soubirous en la gruta de Massabielle. Este mediodía, durante el rezo del Ángelus en el Vaticano, el Papa Benedicto XVI ha emprendido una “peregrinación ideal” a Lourdes.

“A Ella volvemos con fe nuestra oración, mientras que vamos idealmente en peregrinación a Lourdes donde precisamente hoy ha comenzado un año jubilar especial con ocasión del 150° aniversario de sus apariciones en la gruta de Massabielle”, dijo el Santo Padre este mediodía desde el balcón de su estudio en el Palacio Apostólico del Vaticano.

Ante numerosos feligreses que se dieron cita en la Plaza de San Pedro, el Pontífice pidió que “María Inmaculada, estrella del mar, brille sobre nosotros y guíe nuestro camino”.

En noviembre pasado, durante la presentación en el Vaticano del programa de las celebraciones por el aniversario, el Obispo de Tarbes y Lourdes, Mons. Jacques Perrier, aseguró la presencia, aunque sin definir la fecha, del Papa Benedicto XVI en el santuario mariano localizado en su diócesis.

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“Identidad de género”

9 Diciembre 2007 Moral y Luces 1 Comentario

Ambiguo y anómalo

“Identidad de género” es concepto ideológico y sin fundamento científico, señala jurista

Francesco D’AgostinoROMA, 08 Dic. 07 / 02:28 pm (ACI).- El Presidente de la Unión de Juristas Católicos de Italia, Francesco D’Agostino, advirtió que el concepto de “identidad de género” que busca ser incluido en la legislación de la Unión Europea es ideológico, ambiguo y carece de fundamento científico.

 ”Por primera vez, la ley introduciría el concepto de ‘identidad de género’, ideológico y sin fundamento científico, cristalizando, de manera problemática, una definición que es abierta, ambigua, todavía en discusión en un debate cultural amplio y articulado”, señaló el jurista respecto a la introducción, el último jueves, de una propuesta para incluir el controvertido concepto en el Tratado de Ámsterdam.

Este tratado, vigente desde 1999 y que busca la modificación de ciertas disposiciones del Tratado de la Unión Europea, señala que los estados son libres de “tomar las acciones oportunas para combatir las discriminaciones sobre el sexo, la raza o el origen étnico, las religiones o las tendencias sexuales”.

“El género es una categoría nueva, nacida en los últimos 20 años en el ámbito de un debate antropológico, que pretende separar la sexualidad biológica de la sexualidad psicológica, para definir una identidad sexual intermedia, que el sujeto se atribuye a si mismo”.

Se trata, prosiguió, de una definición que es anómala y problemática bajo el aspecto jurídico, en razón de su ambigüedad“. Significaría, precisó, reconocer “identidades plurales y arbitrarias”.

Para D’Agostino, el concepto de “identidad de género” es, asimismo, “ideológico” pues “se refiere a una posición contraria a la naturaleza, que atribuye al individuo el poder de manipular la naturaleza, la biología, en cualquier dirección”.

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